El País, 11/05/2026. “Carta abierta al jefe del Gobierno español sobre la Jefatura de Policía de Barcelona, sede de torturas durante la dictadura franquista.
Señor presidente del Gobierno:
Me dirijo a usted para hacerle partícipe de un recuerdo personal estrechamente vinculado con un conflicto de la actualidad: la solicitud de cierre de la Jefatura Superior de Policía de Barcelona, situada en la Vía Laietana 43 de la capital catalana. El 24 de enero de 1969 se declaró el estado de excepción en toda España. La causa la aclaró el entonces presidente del Gobierno, el almirante Luis Carrero Blanco: un “grupo de anarquistas, ateos y drogados” había causado graves disturbios estudiantiles en Barcelona, con repercusiones en distintas universidades del país. Como miembro del “grupo de anarquistas, ateos y drogados”, es decir del movimiento estudiantil antifranquista, fui apresado una semana después y detenido durante 16 días en la Jefatura Superior de Policía, antes de ser encarcelado en la Modelo. El estado de excepción facilitaba que el interrogatorio fuera indefinido.
A principios de febrero de 1971 fui detenido de nuevo a raíz de una manifestación callejera. En ese momento no había un estado de excepción completo, como dos años antes, pero sí se había decretado uno parcial que anulaba, asimismo, el plazo legal de 72 horas como límite de una detención. Esta vez fui retenido en la Jefatura, como paso previo a la prisión, 17 días. Sumados a los 16 días anteriores alcanzamos los 33 días.
Y 33 días en la Jefatura Superior de Policía de Barcelona eran suficientes para ser un testigo directo de lo que allí se hacía. Iba a escribir 33 días con sus noches, pero me he frenado a tiempo: allí no había días y noches sino una suerte de niebla continua que se tragaba indistintamente los días y las noches. Las celdas, auténticas mazmorras, no tenían luz natural y, tras desposeerte de los relojes, la primera experiencia de desamparo era la alteración del tiempo. Simplemente estabas a su disposición con una pérdida absoluta de la autonomía humana. El juego era muy sencillo: ellos esperaban que te desplomaras y tú luchabas, y sufrías, para no desplomarte. Yo era muy joven entonces si bien pronto tuve que adivinar la esencia del juego.
En consecuencia no puedo aceptar ningún eufemismo. Allí no se “presionaba”, no había “interrogatorios intensos”, no había “mano dura”, no “se ejercía coacción”. No, allí se torturaba. Y para llevar a cabo ese ejercicio, el más ominoso de cuantos ha ideado el ser humano, había un batallón de policías especializados, perfectamente jerarquizados, que daban y recibían órdenes, siempre preparados para derrotar y humillar, algo que con frecuencia conseguían, algo que, si se les resistía, aumentaba su irritación. Allí se torturaba con toda la brutalidad que pueda imaginarse, solo mitigada, en ocasiones, por el cálculo infame que el torturador aplica a la víctima.
Por otra parte nadie necesitaba ocultarse. La Jefatura Superior de Policía de Barcelona no era, como ahora se dice, una “cloaca del Estado”. Nadie se ocultaba porque tenían todo el amparo del poder. No eran torturadores anónimos, eran agentes con nombres y apellidos de la Brigada Político-Social que alardeaban de su misión en el mundo. Como la memoria también guarda lugar para la inmundicia yo me acuerdo de varios de esos nombres, encabezados siempre por los hermanos Antonio Juan Creix y Vicente Juan Creix, la siniestra jefatura bifronte conocida en toda la ciudad. Habían ejercido en varias ciudades de España. Se los consideraba, y no sé si esto les halagaba, “maestros de torturadores”.
He hablado poco de todo esto a lo largo de medio siglo y cuando me referí escuetamente a estos hechos en un libro de 2010 algunos amigos, incluso íntimos, se sorprendieron por la información. En mi caso, de los menos perjudicados entre los perjudicados, son circunstancias que casi se han perdido en la bruma. Sin embargo me molesta no poder pasar, sin asco, por delante de este edificio de Vía Laietana, en mi propia ciudad natal. Me indigna, aún más, la condescendencia con que son tratadas las antiguas víctimas cuando intentan llevar el asunto a los tribunales. Parece que no se esté hablando de una tortura de verdad por parte de torturadores de verdad bajo una dictadura de verdad. Y me produce vergüenza que tras cinco décadas de democracia perviva un símbolo, ya no del franquismo, sino de la vertiente más tenebrosa del ser humano. La tortura no es “diabólica” ni “inhumana”; es la representación más abyecta del hombre, la ausencia absoluta de compasión.
Cierre este edificio, presidente, haciendo uso de la autoridad que le hemos conferido. Podemos hacer de él una biblioteca o un memorial. O, quizá mejor, demolerlo para que corra un aire fresco y purificador.
Gracias por su tiempo,
Rafael Argullol
https://elpais.com/opinion/2026-05-11/cierre-este-edificio-presidente.html.