“León XIV, político” por Gorka Larrabeiti

Prevost quiere dejarles claro a quienes intentan manipular el poder pontificio que él juega en otra liga histórica: la espiritual.

Un año después de su nombramiento, hemos pillado al papa en su primera mentirijilla: “No soy un político”. Ocurre que el papa acaso no sea tan sólo un político. Y ocurre también que a esa media mentira le sucedía una gran verdad seguida de un mandoble antológico, que sumía a Trump en la plena mezquindad política, al tiempo que a él lo elevaba a otra más alta condición: No quiero entrar en un debate con él”, “no le tengo miedo”. Por otro lado, en el primer aniversario del papado de Prevost, se han publicado artículos que tratan, ora de ceñir el alcance del poder papal a lo estrictamente religioso, ora de atemperar su posicionamiento político presentando a León XIV como alguien ni de izquierda ni de derecha: un pontífice que ha venido a reequilibrar la iglesia, un papa de mero centro.

Así, pese al riesgo de simplificación, las cuestiones a debatir serían dos. Primera: ¿es o no el papa un político? Y segunda: de serlo, ¿de qué parte está? La primera pregunta es de perogrullo y la respuesta obvia es un sí mayúsculo. Que Francisco fracasara en la guerra de Ucrania o en la carnicería de Gaza no quita para no ver que la potencia del papa es distinta. No hay sobre la faz de la Tierra institución humana más longeva. Hasta la Paz de Westfalia, el papa hacía de árbitro en las contiendas entre Estados. A partir de entonces, fue tan sólo un Estado más. Con la Revolución Francesa, la Santa Sede suplió astutamente su progresiva pérdida de poder temporal con una subjetividad internacional cada vez mayor. Tras la Segunda Guerra Mundial, la Santa Sede se ganó un papel protagonista en las Convenciones de Viena, en la Ostpolitik, en la Conferencia de Helsinki, y lo hizo con extraordinario oficio diplomático. Pablo VI clarificó su condición política en su famoso discurso ante la ONU de 1965: “Quien os habla es un hombre como vosotros; es vuestro hermano, y hasta uno de los más pequeños de entre vosotros, que representáis Estados soberanos, puesto que sólo está investido —si os place, consideradnos desde ese punto de vista— de una soberanía temporal minúscula y casi simbólica: el mínimo necesario para estar en libertad de ejercer su misión espiritual y asegurar a quienes tratan con él, que es independiente de toda soberanía de este mundo. No tiene ningún poder temporal, ninguna ambición de entrar en competencia con vosotros”. Tras la modosidad diplomática de Pablo VI llegaría el alarde imperial de comunión anticomunista de Reagan y Juan Pablo II tan añorada por los ases del nacionalcristianismo global (Meloni, Orbán, Hazony, Marion Maréchal, etc.) en la cumbre del National Conservatism celebrada en Roma en 2020.

¿Tampoco Benedicto XVI fue un político? Vaya si lo fue. Para él, el pluralismo podía pecar de relativismo moral y era deber del cristiano pelear en la arena política por la pervivencia de unos principios no negociables entre los cuales la justicia social brillaba, extrañamente, por su ausencia. Tan hiperpolítico era Benedicto XVI que Andreotti, tras una intervención conjunta ante el Senado italiano de un Ratzinger aún cardenal y del presidente de esa institución, Marcello Pera, resumió así los comentarios en los corrillos posteriores a sendos discursos: “Hemos escuchado al cardenal Pera y al presidente Ratzinger”.

¿Francisco tampoco fue un político? Francisco no sólo fue un político, sino que tuvo la condición mejor que puede tener un papa para un laico: fue un papa ilustrado, que, con el Evangelio como estrella polar y la Doctrina Social como brújula, se batió por la fraternidad, la defensa de la casa común y el derecho como ningún papa antes.

A la iglesia y los Estados Unidos les une en este momento la idea de que son imperios perdidos, con la salvedad de que la iglesia lleva siglos perdiendo su imperio y siglos conservándolo, mientras que Trump acaba de cometer un error que para Maquiavelo era el mayor indicio de decadencia en el poder temporal: “El desprecio del culto divino” (Discursos sobre la primera década de Tito Livio, XII).

¿Por qué reitera, pues, León XIV que no es un político? Porque quiere dejarles claro a quienes quieren manipular el poder pontificio que él, como se dice ahora, juega en otra liga histórica: la espiritual. Y también por lo ya dicho: porque no quiere debatir con políticos como el vicepresidente Vance, el cual invitó al Vaticano a ceñirse a temas de moralidad y dejar que fuera el presidente Trump quien dicte la política pública estadounidense. Este papa propone un modelo totalmente divergente del trumpiano. Niega la posibilidad de una nueva cruzada desmontándola de raíz: denuncia la “falsa propaganda” de las políticas de rearme; afirma que somos muchos quienes no ignoramos la cantidad de dinero que se embolsan los “mercantes de muerte”; propugna un nuevo contrato lingüístico no violento: “Desarmemos las palabras y contribuiremos a desarmar la tierra”. Para desesperación de Trump, Rubio Vance, León XIV sostiene que “la fe no separa la vida espiritual de la social”. Este es un papa demasiado poco moralista o, sin tapujo cursivo, demasiado poco interesado en lo sexual, ese señuelo tan eficaz para tapar la gula belicista y la ira bélica. Para hacerse una idea de lo social que es este papa, véanlo hace unos días aplaudiendo al arzobispo de Nápoles cuando este acusaba a la Camorra de ser no sólo criminal, sino también “mentira educativa, falsa promesa, religión del dinero, robo de futuro”.

Hace poco, Adrian Vermeule, profesor de Harvard con mucho predicamento entre los admiradores de la teocracia, tuiteaba: “En el Año del Señor de 2026, la cuestión de la relación entre los poderes temporal y espiritual vuelve a ser central en nuestra política. Rawls y Habermas desaparecen en el espejo retrovisor”. A este trance histórico iliberal, en el que desde el otro lado del charco Trump, Vance y Rubio cuestionan a cañonazos mediáticos la función y la autoridad del papado, la iglesia ha llegado preparada y habiendo hecho ya autocrítica. Según el sociólogo Giuseppe De Rita, en los últimos 30 años la iglesia cometió el error de pensar que le bastaba con ejercer el poder como influencia y no como fuerza. El hecho es que esa ausencia ha coincidido con un debilitamiento de la democracia. Ahora en la iglesia ven que urge recuperar un terreno baldío en el que se ha hecho fuerte la derecha identitaria. Los católicos deben volver a mojarse en política como cuando escribieron, animados por Pío XII, el Código de Camaldoli, una de las bases del movimiento de la Democracia Cristiana europea. Hoy, sentenciaba ya en 2023 el cardenal Zuppi, presidente de la Conferencia Episcopal Italiana, hace falta “una Camaldoli europea”.

La iglesia, como potencia política, es un Guadiana. No conviene subestimarla cuando menos se la ve; tampoco sobreestimarla en sus crecidas. El Secretario de Estado James Buchanan dio indicaciones al agregado comercial ante los Estados Pontificios el 5 de abril de 1848: “Nuestra relación directa con los Estados Pontificios sólo puede ser de carácter comercial”. El aparato de EEUU siempre tuvo claro que no cabía mantener relaciones diplomáticas con el jefe de una iglesia, porque ello entrañaría poner en peligro su sagrado principio constitucional de la separación iglesia-Estado. Darle a una iglesia un estatuto preferencial en relación con el Gobierno estadounidense hubiera arrinconado el principio de conceder a todos los organismos religiosos el mismo estatuto. Esa tradición se mantuvo durante buena parte del siglo XX. En enero de 1951, la Junta General del Consejo Nacional de Iglesias cristianas de los EEUU seguía instando a que no se llevara a cabo ninguna tentativa a fin de establecer relaciones diplomáticas con la Santa Sede, y, de hecho, hasta 1984, no las hubo. Luego, con Reagan y Juan Pablo II, llegó la entente en pro de un régimen de cristiandad remozado; y después, con Francisco, la disolución de aquella fusión entre lo sacro y el poder temporal con fines imperiales. León XIV sigue, sin duda, en este respecto la misma línea que Francisco. Por eso lo atacan cotidianamente desde los mismos medios ultraconservadores de EEUU que impugnaban a diario el pontificado de Francisco.

Uno de los más sobresalientes diplomáticos vaticanos del siglo XX, el cardenal Achille Silvestrini, decía: “Los viejos soberanos absolutos sabían de sobra lo que podía significar un cambio de pontificado. Los comunistas, en cambio, desatendieron totalmente esa idea y el nombramiento de Juan Pablo II el 16 de octubre de 1978 les pilló desprevenidos. Tal vez pensaban que los cardenales jamás se atreverían a elegir un papa proveniente de uno de los países marxistas. Un error que el emperador de Austria o el rey cristianísimo de Francia jamás hubiera cometido…”. Lo mismo vale para Trump. ¿Cómo pudo escapárseles otra vez otro papa social, otro papa con agenda evangélica, otro pontífice tan demasiado político, tan poco de centro y tan cercano a los grandes ideales de cualquier socialista? 

León XIV visita España en breve. Para los creyentes será una visita pastoral. Para todo el mundo será también una visita muy política.

Gorka Larrabeiti es profesor de español residente en Roma.

Fuente: https://www.infolibre.es/opinion/plaza-publica/leon-xiv-politico_129_2191840.html

Autor: admin

Profesor jubilado. Colaborador de El Viejo Topo y Papeles de relaciones ecosociales.

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