El País, 16/05/2026. “Que haya israelíes con decencia para denunciar tantos crímenes resalta el envilecimiento de esa mayoría que según las encuestas apoya una campaña de exterminio”.
Sin un motivo concreto el reportero palestino Sami al-Sai fue detenido por un grupo de soldados israelíes y llevado a una prisión. En uno de esos corredores subterráneos con suelo de cemento y puertas metálicas a los lados que son una especialidad universal de la arquitectura carcelaria, a Sami al-Sai, que tenía los ojos vendados, lo arrojaron al suelo y empezaron a darle golpes y patadas. Caído bocabajo, le bajaron los pantalones y los calzoncillos, y Al-Sai escuchó una carcajada colectiva cuyo motivo iba a comprender muy pronto. Uno de los soldados, con gran jolgorio de todos, intentaba penetrarlo analmente con la porra. No estaba siendo fácil, aunque los demás lo animaban, y alguno de ellos se ofrecía a sustituirlo. Al-Sai lo oyó pedir una zanahoria. En ese momento otra voz dijo: “No hagais fotos”. La zanahoria fue mucho más efectiva. Una mano que sin duda era de mujer le retorció los testículos hasta hacerle gritar. La mujer dijo: “Esa parte es para mí”. Al cabo de un rato, cansados de diversión, o porque tenían otra tarea que cumplir, los soldados lo dejaron tirado en una celda. Sami al-Sai se palpó el cuerpo y vio que estaba cubierto de sangre y de vómitos que no eran suyos, y que tenía dientes rotos incrustados en la piel. A otros les habían aplicado el mismo tratamiento en el mismo lugar que a él. Los soldados habían intentado que trabajara para ellos como confidente. Para Al-Sai eso era una injuria a su oficio de periodista.
El caso de Samri al-Sai es uno de los que recoge Nicholas Kristof en su columna semanal del The New York Times. El Times es un diario al que se acusa con frecuencia, y no sin motivo, de parcialidad en favor de Israel, y Kristof, como algún otro de sus columnistas, escribe a veces y hasta se comporta en sus viajes más como un dignatario internacional que como un reportero. Es el efecto inevitable de trabajar para un medio tan poderoso y para un público lector que abarca medio mundo. Pero cuando escribe sobre guerras medio olvidadas y sobre catástrofes que son simas del sufrimiento humano, Kristof adquiere una voz cercana y limpia de admoniciones, y estremece con la seriedad de las cosas que cuenta y con un sentido de la justicia y el ultraje, una compasión verdadera hacia las continuas matanzas de los inocentes que lleva muchos años presenciando con sus propios ojos.
Cuando los presos palestinos salen libres —en la libertad tan limitada de Gaza y los territorios ocupados— su tormento no acaba. Sus torturadores les avisan de que si cuentan lo que han vivido los perseguirán y se vengarán de ellos y de sus familias. Uno de los supervivientes que había aceptado aparecer con su nombre en el artículo de Kristof lo llamó unos días después para rogarle que lo borrara. En la sociedad en la que viven esos hombres, confesar que han sufrido una violación será una afrente a su honor masculino, y hasta puede perjudicar las oportunidades de matrimonio de sus hermanas o sus hijas. La vejación llega al extremo de usar perros adiestrados para que se ocupen de montar a los presos. Alguien filmó uno de estos espectáculos y lo publicó en las redes sociales con gran éxito. “La violencia sexual es parte de una política de Estado”, dice un informe de las Naciones Unidas. Save the Children ha documentado violaciones de chicos entre 12 y 17 años. Las víctimas son mayoritariamente masculinas, pero también hay casos abundantes de mujeres. La Cruz Roja no tiene acceso a las prisiones ni a los centros de detención israelíes. Una mujer de 42 años le contó a Kristof que fue desnudada, atada bocarriba a una mesa y violada repetidamente. A las presas palestinas se las desnuda para someterlas a registros vejatorios que fácilmente terminan en una violación, y en repetidas visitas a la celda de soldados varones y mujeres igualmente dispuestos a infligir nuevos tormentos sexuales.
Una heroica organización pacifista israelí, B’Tselem, mantiene una página web que no puede visitarse sin escándalo y náusea. Welcome to Hell, se titula el informe de B’Tselem para 2026. Pero no hay infierno de la literatura que se aproxime ni de lejos a lo que relatan esos testimonios. Cuenta Tamer Katmut, de 41 años, residente en Gaza, preso ahora en una cárcel de fama siniestra en el desierto del Neguev: “Uno de los soldados me introdujo un palo en el ano, lo dejó dentro un minuto, y luego lo sacó. Lo introdujo de nuevo con más violencia, y yo grité hasta el límite de mis pulmones. Después de otro minuto, lo sacó de nuevo y me dijo que abriera la boca. Me lo metió en la boca y me ordenó que lo lamiera”. Yuli Novak, director ejecutivo de B’Tselem, cuenta en The Guardian la furia con que ha sido recibido en Israel el informe de Nicholas Kristof, y explica esa deriva inhumana de gente que parecía normal hasta que se le ofreció la oportunidad de degradar sin peligro ni límite a sus semejantes inermes. Ninguna denuncia de abusos ha prosperado en el sistema judicial de Israel, que hasta hace no mucho parecía un modelo de independencia. Nueve soldados fueron castigados en 2024 cuando se hizo público el vídeo tomado por ellos mismos de la violación colectiva que habían cometido. Una multitud ciudadana, acompañada y alentada por dirigentes políticos, rodeó la prisión y la tomó por asalto. Los soldados fueron liberados. Netanyahu los calificó públicamente de héroes. Poco después los restituyeron en sus puestos con todos los honores. El único que sufrió un castigo sin indulto fue el médico militar que había filtrado el vídeo de la violación. No es una forma de tortura que practiquen solo los militares: en los territorios ocupados de Cisjordania, la violencia sexual sobre hombres, mujeres y niños la practican metódicamente los colonos ultraortodoxos, sin duda inspirados por el trato hacia los enemigos del pueblo de Israel que exige Jehová en varios libros del Antiguo Testamento, en versículos que recitan de memoria los miembros más extremistas del Gobierno israelí. El Deuteronomio da instrucciones precisas: “Pero de las ciudades de estos pueblos que Jehová tu Dios te da por heredad, ninguna persona dejarás con vida/ sino que los destruirás completamente: al heteo, al amorreo, al cananeo, al ferezeo, al hebeo y al jebuseo, como Jehová tu Dios te ha mandado”.
Alta tecnología y teocracia. Carceleros violando a presos con un palo y expertos en inteligencia artificial diseñando bombardeos de exterminio y sistemas de reconocimiento facial para que no se escape nunca ningún sospechoso. En un informe del Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas de marzo de 2025 se enumeran los casos de violencia sexual, reproductiva y de género cometidos por Israel tras el ataque terrorista de Hamás el 7 de octubre de 2023. El 59% de los muertos palestinos son mujeres, niños y viejos. Las mujeres lactantes o en fase de crianza son objetivos permanentes de los militares israelíes, así como las muy precarias maternidades de los hospitales. Tiradores de precisión eliminan una a una a abuelas y madres que huyen con niños de un ataque, o que van en busca de agua o comida. Una mujer a punto de dar a luz recibió un disparo cuando se acercaba a un hospital, y los sanitarios no pudieron atenderla porque el fuego continuo se lo impedía. La vieron agonizar y morir a unos pasos de donde ellos estaban. Que haya israelíes con la suficiente decencia y coraje para denunciar tantos crímenes resalta más el envilecimiento de esa inmensa mayoría que según las encuestas apoya una campaña de exterminio que ni merece el nombre de guerra porque es sobre todo una continua agresión militar contra una población civil confinada entre ruinas y basuras. Pienso en eminentes escritores israelíes a los que leí y admiré y me pregunto si en el silencio que han elegido no habrá al menos una parte de vergüenza.
https://elpais.com/opinion/2026-05-16/pormenores-del-infierno.html.