El País, 22/05/2026.”Las peticiones de cárcel contra el filósofo y activista ecologista por dos manifestaciones pacíficas responden a la dinámica que prioriza los intereses empresariales sobre la desobediencia civil.”
“Alguien tuvo que calumniar a Josef K., ya que, sin haber hecho nada malo, una mañana lo detuvieron”. Sonará a los lectores esta frase; se trata del inicio de El proceso, la famosa novela de Kafka cuyo protagonista intentará esclarecer —sin éxito— las misteriosas razones de una detención que no obedece a ningún comportamiento criminal. El arbitrio de la justicia, los vericuetos insondables de la burocracia, y la prevalencia del sinsentido constituirán, a partir de entonces, un periplo angustioso a lo largo de las páginas.
En la vida real, quizá Jorge Riechmann, filósofo, poeta y profesor de la Universidad Autónoma de Madrid, se haya sentido como Josef K. desde que el 7 de octubre de 2019 la Policía lo detuviese, junto al técnico en energía Paco del Pozo y la psicóloga Marina M. Martínez, por haber participado en una protesta climática pacífica. De los 300 manifestantes que ese día cortaron el tráfico a la altura de Nuevos Ministerios, en Madrid, sólo ellos tres fueron objeto de la acción de las fuerzas del orden. Ahora, más de un lustro después, el próximo día 26, se enfrentan a un juicio penal acusados de resistencia grave a la autoridad —algo que ellos niegan—, delito por el que la Fiscalía les pide 10 meses de prisión. “Sin haber hecho nada malo”, quizá sostendría, si levantara la cabeza, el autor judío; es más, por haber realizado una buena obra, se podría argumentar, pues alertar de una emergencia ecológica que amenaza la supervivencia de la especie humana demuestra un alto grado de compromiso moral.
Riechmann es un erudito cuya extensísima producción intelectual —más de 100 libros— se encuentra profundamente imbricada con su labor como activista: gracias a él, conocemos la interrelación entre el antropocentismo extractivista y la falta de justicia intergeneracional, el transhumanismo y la adicción a los móviles; por descontado, el calentamiento global y el desapego hacia una naturaleza considerada apenas como recurso y disociada del alma humana desde, al menos, la instauración del relato de la modernidad. Su prolífico desempeño se relaciona estrechamente con un discurso científico que, como dijo el secretario general de la ONU, António Guterres, advierte a menudo de que se han abierto las puertas del infierno.
La dana de Valencia, con 238 muertos a cuestas, las inundaciones sufridas recientemente en Andalucía o la desconsoladora temporada de incendios vividos el verano pasado son apenas pruebas cercanas de un horror que también se materializa a nivel internacional. Podemos preguntarnos cómo incide el cambio climático en las decisiones geopolíticas que están tomando las potencias hegemónicas, desde la pelea por los combustibles fósiles en un mundo marcado por la escasez, hasta la invasión de Ucrania, pasando por el deseo febril de conquistar Groenlandia a sabiendas de que el derretimiento del hielo permitirá nuevas rutas árticas.
El afán belicista que se expande ante nuestros ojos atónitos, con el consiguiente aumento de la militarización y el gasto en defensa en muchos países, responden a la inseguridad que nace de una Tierra esquilmada, pero, en lugar de premiar a quienes izan la bandera roja de peligro a partir de un conocimiento incuestionable, el sistema judicial español parece haberse sumado a una represión de la protesta pacífica que ya se ejerce en otras naciones.
El caso de Riechmann, por lo tanto, no representa una excepción; más bien se inserta en una fatídica inercia por la cual se siguen priorizando el interés de grandes grupos empresariales y las dinámicas neoliberales por encima del bienestar ciudadano y derechos humanos como el de manifestación. Sus circunstancias ejemplifican la deliberada elección institucional de evitar modificar el rumbo hacia el abismo, y amedrentar a quienes avistan las consecuencias. Pero la de Riechmann no es sólo una historia de criminalización del ecologismo; su cuerpo acusado podría emparentarse asimismo con una trayectoria de desobediencia civil que va desde Gandhi a Martin Luther King, pasando por Berta Cáceres o Rosa Parks. La ética en el obrar que brota en tiempos convulsos cuando, según King, la ley esconde una inmoralidad, ha caracterizado a lo largo de la historia movimientos sociales que abogaban por la igualdad racial o de género, la descolonización, la democracia y, en general, distintas cristalizaciones de la dignidad humana. Si algunos de estos luchadores dieron sus huesos por una causa justa, los de Riechmann podrían acabar entre rejas, pues está imputado por otro acto ocurrido en abril de 2022, cuando varios académicos y activistas arrojaron un líquido rojo biodegradable contra la fachada del Congreso de los Diputados, tras lo cual algunos fueron detenidos por la Policía.
La justicia debe hacer su trabajo, pero auguro que pocas cosas causarían más estupor colectivo que la imagen del profesor encerrado en una celda. Supondría el símbolo de un fracaso de la civilización; el confinamiento de la razón, sometida al régimen penitenciario; el triunfo de la ilógica fábula kafkiana sobre la necesidad de cuidar la casa de todos y de cuidarnos a nosotros mismos. Ninguna acción no violenta que parta, además, del consenso científico debería ser estigmatizada, mucho menos castigada.
Azahara Palomeque es escritora y doctora en estudios culturales por la Universidad de Princeton. Su último libro es Pueblo blanco azul (Cabaret Voltaire).