“La muerte de los otros” por Víctor Gómez Pin

El País, 29/05/2026. “Es comprensible que la sociedad se pregunte hasta qué punto es legítimo que un miembro de la misma deserte, por así decirlo.”

Inevitablemente, a intervalos, retorna el tema de las trabas a las que se enfrentan personas que, con plena lucidez, han decidido poner fin a sus vidas. A menudo ello supone someterse a un proceso literalmente kafkiano, dada la complejidad jurídica (hasta cinco tribunales en el caso punzante de Noelia Castillo) y el sentimiento de impotencia de la persona protagonista, enfrentada a una casuística no siempre comprensible. En un caso más reciente, tras dos años de espera, el Tribunal Supremo sienta jurisprudencia al ratificar una sentencia anterior, según la cual se reconoce el interés legítimo de los familiares a interponerse en la decisión de anticipar la propia muerte.

Sin duda, tanto la eutanasia como el suicidio asistido provocan tensión social. De entrada, en las personas “con un intenso vínculo afectivo” (expresión del Alto Tribunal), privadas de un ser próximo, y confiando quizás en que la persona hoy carente de amor a la vida acabará encontrando razones para estimarla. Esta tensión se extiende a las instancias jurídicas y legislativas, sometidas a razones contrapuestas. Pues aun haciendo abstracción de eventuales sentimientos religiosos (determinantes otrora, pero sin sentido en un estado formalmente aconfesional), el respeto a la voluntad individual choca en este caso con un argumento mayor: el ser humano no solo se relaciona con los demás, sino que es en sí mismo el nudo constituido por estas relaciones. Siendo la colectividad lo que configura la identidad del sujeto, esta tendría derecho a considerar conveniente su persistencia, al igual que considera conveniente su eventual sacrificio en el campo de batalla. De hecho, esto valía en nuestros países cuando era legal la pena de muerte: esta se aplicaba a un reo, pero no se permitía que el reo tomara la decisión por sí mismo.

En suma, es bien comprensible que la sociedad se pregunte hasta qué punto es legítimo que un miembro de la misma deserte, por así decirlo. Preocupación que puede pesar en el ánimo del propio sujeto, aunque esta no sea para él prioritaria dada la inevitable confrontación interna que entraña su decisión, y en relación a la cual habría de medirse el grado de solidaridad de las personas de su entorno.

Mi principio es el suicidio, jamás consumado, que no consumaré jamás”, escribía Cesare Pavese. Sabido es que, en el caso del poeta italiano, sí se consumó el proyecto, pero podría perfectamente no haberse consumado, pues la desazón respecto a la idea de prescindir de la propia vida no es una contingencia, sino expresión de un desgarro inherente a la idea misma. El sujeto no puede estar seguro de que su decisión refleja una conformidad de todas sus facultades conscientes o inconscientes. La persona mayormente dispuesta a renunciar a su vida de día puede perfectamente percibir lo punzante del proyecto tras el despertar de un sueño inquietante, del que directa o indirectamente la idea de la propia muerte formaba parte.

Y, sin embargo, pese a esa interna confrontación, o quizás en razón de la misma, hay razones para considerar que la idea de la muerte voluntaria es inherente a la singularidad de la condición humana y forma parte de su dignidad. La aparición del ser humano constituyó una radical emergencia en la historia evolutiva, corolario de lo cual es que no siente la muerte como resultado de un proceso meramente biológico. “Saberse desterrado en la tierra, siendo tierra, es saberse mortal”, escribió Octavio Paz. Sabedor de su propia muerte, es lícito que el ser humano llegue a considerar su derecho a prescindir de su ser biológico. Se tome o no la decisión de llevarla a cabo, la idea de avanzarse a la inevitable muerte natural está en todos los humanos, siendo, por así decirlo, un universal antropológico.

Es posible que la persona tensada por la idea de la muerte voluntaria finalmente decida permanecer en vida, pero en todo caso la variable ha de ser cuál de los polos de la interna polaridad prevalece. Constatamos, por el contrario, que, en ocasiones, el paso al acto depende menos de la convicción del sujeto que de la deliberación de jueces, más o menos atentos al criterio de especialistas clínicos.

Hace años, una película se hizo célebre por su puesta en evidencia de la perturbación que supone en la conciencia ciudadana la sospecha de que funcionarios controlan “la vida de los otros”. Pues bien, quizás no es menos perturbador el saber que hay funcionarios atentos a la conveniencia o inconveniencia de “la muerte de los otros”.

Y un último apunte. Una oda marítima de cuya autoría no hay seguridad evoca la soledad en la que muere el marino (“the sailor rests alone”). Pues bien, se acompaña al que desea morir o eventualmente se acentúa el sufrimiento al impedirle hacerlo, pero, se trate o no de muerte voluntaria, la presencia exterior se esfuma en la muerte misma. Cabe sospechar que en los momentos álgidos de la vida humana la soledad impera, pero desde luego se muere solo. Solidaridad auténtica es el respeto a quien decide avanzar ese momento punzante.

Víctor Gómez Pin es catedrático emérito de Filosofía de la Universidad Autónoma de Barcelona.

https://elpais.com/opinion/2026-05-29/la-muerte-de-los-otros.html.

Autor: admin

Profesor jubilado. Colaborador de El Viejo Topo y Papeles de relaciones ecosociales.

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