«¿Por qué Palestina es la lucha de todos?” por Lavinia Marchetti

28 de mayo de 2026. Traducido por Tlaxcala

Existe una forma equivocada de decir que Palestina es la lucha decisiva de nuestro tiempo, que consiste en considerarla la peor de las catástrofes en curso. Querer hacer una graduación del dolor hace perder el punto teórico.

Mientras escribo, el estrecho de Ormuz está cerrado, la guerra de los últimos meses entre Irán y el bloque usraelí ha reformateado el precio del petróleo crudo y con él el del pan a escala planetaria, Sudán sigue contando sus muertos al margen de lo visible, el Líbano arrastra los bombardeos israelíes de 2024 y se encamina hacia un genocidio sobre el “modelo” laboratorio de Gaza, Taiwán recibe suministros de armas usamericanas como un nuevo Berlín de 1948, los gobernantes europeos se aprietan en torno a la palabra rearme. El punto es otro. Gaza no se mide junto a estas catástrofes: las contiene. Es el banco de pruebas donde se verifica qué aceptará el mundo en los próximos cincuenta años.

La diferencia entre una guerra y Gaza reside enteramente en esta función de prototipo, un genocidio exportable a gran escala. La invasión rusa de Ucrania es una guerra clásica del siglo XX, entre Estados, con líneas de trinchera y retórica nacionalista del siglo anterior. El enfrentamiento con Irán en 2025 fue el primer gran conflicto del orden multipolar en formación y consagró dos hechos decisivos. El ejército israelí alcanza hoy cualquier objetivo en el planeta. Ormuz puede ser cerrado en represalia por una agresión occidental. En Sudán hay una guerra civil por el control de una renta extractiva y por mil otras razones, de escala superior a Gaza en número de muertos, y sin embargo permanece invisible en el discurso público europeo, prueba adicional de la selectividad racial del duelo occidental. Todas estas guerras/masacres responden a lógicas conocidas. Son catástrofes del siglo XX prolongadas en el XXI. Gaza es otra cosa. Allí se está verificando qué es posible hacerle a una población desarmada bajo la mirada de una población mundial interconectada, sin pagar costo político alguno. El primer genocidio íntegramente grabado en vídeo de la historia humana ocurre en alta definición, transmitido en directo por las propias víctimas a través de sus teléfonos.

De esta función se deriva la centralidad teórica de Palestina. El laboratorio no solo se refiere a la tecnología de control que Tel Aviv exporta desde hace décadas, desde drones autónomos hasta suites de vigilancia biométrica. Ese es el nivel industrial, ya ampliamente analizado. Por debajo, trabaja un nivel más radical. Se está experimentando qué es capaz de absorber la conciencia pública internacional. Ya no vale la justificación del siglo XX de la propaganda exitosa, porque la propaganda israelí, en dos años de guerra, ha perdido. La red está saturada de imágenes incontrovertibles, e incluso las páginas editoriales de los grandes periódicos occidentales han cambiado de léxico. El hecho es conocido por cualquiera que sepa leer. Sin embargo, sigue siendo políticamente no resuelto. La distancia entre lo que es universalmente sabido y lo que se traduce políticamente en acción sigue siendo el verdadero invento de Gaza, y es la novedad histórica de nuestro tiempo.

El espectáculo del genocidio íntegramente transmitido ha generado una nueva figura política: el espectador de masas capaz de una tolerancia ilimitada. Esa figura es el producto de exportación del laboratorio Gaza, y es el ciudadano-tipo del próximo régimen mundial. Su comportamiento tiene una estructura precisa. Conoce en tiempo real lo que ocurre allí, acumula información e indignación, y sin embargo no pasa al acto político.

Cuando pasa a él, es tratado por las policías europeas como un problema de orden público, fichado por las fiscalías alemanas y francesas bajo la etiqueta de apología, expulsado de las universidades del mundo anglófono, masacrado y denunciado, como si fuera la “norma”. La presidenta del Consejo italiano calificó de “ideológica” la mayor movilización callejera del país desde 2003. El espectador de masas es la materia prima del futuro Estado de vigilancia europeo, y es allí donde se le está moldeando.

El gobierno Netanyahu ha demostrado, entre 2023 y hoy, algo que las ciencias políticas aún no habían teorizado. Se puede cometer un genocidio ante 8 mil millones de testigos cuando se combina la cobertura militar absoluta de una potencia atómica y un mecanismo semántico capaz de transformar cualquier crítica a tu gobierno en crimen de odio. La prensa occidental, en este esquema, es la variable dependiente. Sigue hablando de “conflicto” ante una desproporción de setenta mil a uno, porque habla el idioma del poder que la financia.

El mecanismo semántico es la gran innovación política de la década. Cuando empecé a ocuparme de Palestina, hace veinte años, la acusación de antisemitismo hacia quien criticaba la política de Tel Aviv era aún rara y costosa de pronunciar en público. Hoy es la condición de acceso al debate. La superposición entre el judaísmo como tradición y la política del gobierno israelí se ha formado en pocos años y ha convertido en tabú lo que hasta los años setenta era objeto de franco debate en el seno de la propia izquierda judía.

Una sociedad civil europea que acepta esta superposición entrega preventivamente la libertad de hablar sobre un punto preciso, y al hacerlo cree proteger una memoria. En realidad, está protegiendo a un gobierno.

El cierre de Ormuz, en este contexto, debe leerse más allá de la geopolítica energética. Es un síntoma político de largo plazo. Irán ha sellado el estrecho en represalia por una agresión nacida dentro de la guerra de Gaza, y es la primera vez desde 1973 que una potencia regional impone a Occidente un costo económico inmediato por su política en Oriente Medio. El encarecimiento del petróleo que resulta de ello golpea directamente el presupuesto de las familias europeas. El rearme acelerado del continente, motivado públicamente por la amenaza rusa, es de hecho también pagado para permitir a la industria militar occidental mantener la postura israelí en la región. Las plazas europeas, que protestan juntas contra el rearme y por Gaza, han captado el vínculo estructural antes que los gobiernos.

La pregunta que plantea la lucha por Palestina, y que ninguna otra guerra contemporánea plantea con la misma claridad, es de orden antropológico. Concierne al límite de tolerancia de la especie humana ante la visibilidad integral de su propio crimen. Durante todo el siglo XX, las grandes masacres ocurrieron fuera del campo visual de la contemporaneidad. Auschwitz fue visto plenamente después de la liberación de los campos, Ruanda después de que los últimos cuerpos ya hubieran sido arrojados a los ríos. Gaza es vista mientras ocurre, en alta definición, a través del teléfono de sus moribundos que llega a nuestros teléfonos. La especie humana, por primera vez en su historia, dispone de toda la información necesaria para detener un genocidio mientras está en curso. Y elige no detenerlo. Esa elección es la apuesta antropológica del laboratorio.

De semejante descubrimiento se derivan consecuencias precisas. El derecho internacional, construido sobre las ruinas de 1945 alrededor de la promesa de que ciertos crímenes no se volverían a cometer impunemente, resulta ser una herramienta decorativa. Las Cortes de La Haya producen actos que los Estados ignoran. La ONU vota resoluciones que USA ha bloqueado durante décadas. Las sanciones contra Israel ni siquiera se han discutido seriamente en los consejos europeos. La gran conquista del siglo XX, la idea de una comunidad internacional capaz de nombrar el crimen y de castigarlo, ha muerto ante los hospitales de Jan Yunes.

Ese cadáver se llama Derecho Internacional, y Gaza es su lugar de sepultura.

El colonialismo, lo recordaron los pensadores caribeños del siglo pasado, es una máquina que siempre regresa a su punto de partida. Europa, después de entrenarse durante cinco siglos en los pueblos extraeuropeos, fue invadida por sus propias técnicas de dominio y produjo a Hitler. El modelo israelí, entrenado durante ochenta años en los palestinos, ya está regresando a las ciudades europeas. La vigilancia biométrica del espacio público es copia literal de los puestos de control de Qalandiya. El derecho de emergencia que las fiscalías europeas están aplicando a los estudiantes universitarios que ocupan un aula es copia literal de los reglamentos militares británicos de 1945, heredados y perfeccionados por la administración israelí después de 1948. Las ametralladoras automáticas del muro en Cisjordania serán instaladas, tarde o temprano, en las fronteras europeas contra los migrantes africanos. Ya lo sabemos. Y lo aceptamos en silencio.

El sionismo, en este sentido, representa la forma más madura de una pulsión política europea vieja de cinco siglos, y es la manera en que Europa se estudia a sí misma a través de su propio prolongamiento en Oriente Medio. Defender Palestina significa defender a la propia Europa de su propia deriva. Significa rechazar que la cifra de nuestro tiempo se convierta en la ineptitud, la incapacidad de ocho mil millones de personas interconectadas para intervenir contra un crimen documentado en directo.

Por eso la lucha por Palestina es la lucha de tod@s. La centralidad de Gaza es independiente de la graduación del dolor, e independiente también de la particular elección del pueblo palestino entre las víctimas de nuestro tiempo. Gaza es central porque mide lo que la especie humana está dispuesta a tolerar en pleno conocimiento de los hechos. Si la toleramos hasta el final, el próximo genocidio será más sencillo de consumar, y el siguiente aún más, hasta el día en que el colonialismo que nos hemos entrenado a aceptar allí vuelva a pedirnos cuentas en nuestra propia casa. Llegado ese momento, ya habremos perdido el derecho a decirnos civiles.

Lavinia Marchetti es una bióloga y filósofa política italiana que escribe sobre Gaza, los genocidios contemporáneos, la ideología de la guerra justa, el cuerpo de las mujeres en la guerra y las formas cotidianas de resistencia. Autora de Schegge da un genocidio. Palestina: biopolitica del colonialismo d’insediamento israeliano. Dalla nakba a oggi [Esquirlas de un genocidio. Palestina: biopolítica del

Autor: admin

Profesor jubilado. Colaborador de El Viejo Topo y Papeles de relaciones ecosociales.

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