“Peter Thiel no juega al ajedrez” por Marta Peirano

El País, 1/06/2026. “El lugar donde Alekhine derrotó a Capablanca ha dejado entrar a un hombre que llega a Argentina a imponer un régimen donde sólo importan la fuerza bruta, el dinero y el poder.”

Un verano mi padre se detuvo delante de lo que ahora es la FNAC de Madrid y dijo, abrazando a un señor: ¡pero maestro, qué hace usted aquí solo! Yo debía de tener nueve años. Lo calculo, más que recordarlo, pero estoy segura de que era así porque en aquel momento era tal mi obsesión por tener una guitarra que di por hecho inmediatamente que el maestro era Andrés Segovia, autor de Recuerdos de la Alhambra, el origen de mi obsesión. El profesor de música del colegio la había tocado una vez durante las fiestas de carnaval y desde entonces yo lo perseguía para que me enseñara a tocarla, tratando de entender qué le hacía a las cuerdas para que vibraran como si estuvieran a punto de llorar. Me pareció extraño que mi padre reconociera al compositor y que lo interpelara con tanta reverencia. Me dio hasta un poco de rabia. Era yo la que tocaba la guitarra y no él. No me extrañó que Segovia conociera a mi padre y le respondiera con educada ternura, apretándole la mano, porque la fama no era la categoría jerárquica que es ahora. Después llegó una mujer joven que se lo arrancó a mi padre de las manos y se lo llevó sin contemplaciones. ¿Te das cuenta de quién era ese señor?, me preguntó con una gran sonrisa. Yo asentí fervientemente y caminamos un rato en silencio, repasando la experiencia.

Muchos años después, en el que sería el último verano de mi padre, yo recordé la anécdota durante una comida. Estábamos con mi mejor amiga y su marido, que iban de excursión a las Cíes y habían aparcado el coche en la casa de mis padres en Nigrán. Conté cómo nos cruzamos con el compositor y cómo su hija se lo había llevado casi indignada, pero mi padre no se acordaba. Conté la anécdota otra vez con detalles nuevos. Mi padre me miraba parpadeando, tratando de recordar, cuando algo lo iluminó y dijo riendo: yo no conozco de nada a Segovia pero ese ¡era Borges! Y la hija no era su hija sino María Kodama, su mujer. Y así es como descubrí, bien entrados los cuarenta, que mi padre se había hecho amigo de Jorge Luis Borges en Buenos Aires porque los dos eran habituales del Club Argentino de Ajedrez.

Mi padre había llegado a España diez años antes con dos cosas en el bolsillo: un título de ingeniero químico y varios trofeos de ajedrez. Le gustaba decir que el Club de la calle Paraguay, en el barrio de Recoleta, era la institución más prestigiosa de la ciudad porque allí el dinero no valía nada, y tampoco la fama ni el poder. Era el único lugar donde un estudiante de 20 años podía codearse con el más importante de los escritores. Donde su maestro, un polaco superviviente del Holocausto que vivía con su mujer en un cuarto ruinoso, era tratado como un príncipe, por la belleza de su juego y su generosidad para enseñar.

Yo sólo estuve una vez, cuando era muy pequeña, pero heredé por absorción su nostalgia de aquel club. Por eso me enfurece tanto descubrir que el lugar donde Alekhine derrotó a Capablanca, donde Fischer tumbó a Petrosian y donde mi padre conoció Borges ha dejado entrar a Peter Thiel, un hombre que no juega ni admira el juego, y que llega a Argentina a imponer un régimen donde sólo importan la fuerza bruta, el dinero y el poder.

https://elpais.com/opinion/2026-06-01/peter-thiel-no-juega-al-ajedrez.html.

Autor: admin

Profesor jubilado. Colaborador de El Viejo Topo y Papeles de relaciones ecosociales.

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