Publicado en rebelión, 2/VI/2026
Para aproximarse al debate acerca de la naturaleza del proceso chino y la hiperpresente pregunta de si la China actual es capitalista o socialista, hay dos conceptos esenciales que importa tener en cuenta.
De entrada, el concepto de «etapa primaria del socialismo» (社会主义初级阶段, shehuizhuyi chuji jieduan) es una de las aportaciones teóricas más importantes del denguismo porque proporcionó la justificación ideológica para las reformas económicas iniciadas desde finales de los años setenta.
La idea comenzó a formularse a comienzos de los años ochenta y fue consagrada oficialmente en el XIII Congreso del Partido Comunista de China (1987). Su planteamiento era relativamente sencillo, pero de enormes consecuencias: China ya era un país socialista, pero se encontraba en una fase muy atrasada de desarrollo de ese socialismo.
Hasta entonces, buena parte de la ortodoxia marxista había supuesto que el socialismo debía edificarse sobre una base material relativamente desarrollada. El problema chino era que en 1949 el país seguía siendo esencialmente rural, pobre y tecnológicamente atrasado. Deng argumentó que pretender construir formas avanzadas de socialismo sobre una economía subdesarrollada había conducido a errores graves.
La «etapa primaria» permitía establecer varios matices relevantes:
-La prioridad absoluta debe ser el desarrollo de las fuerzas productivas
Se recuperaba la idea clásica de Karl Marx según la cual sin abundancia material no puede construirse una sociedad socialista avanzada. El crecimiento económico dejaba de ser una cuestión secundaria y pasaba a ser el criterio principal de legitimación política.
-El mercado no es incompatible con el socialismo
Deng insistía en que planificación y mercado eran instrumentos, no atributos exclusivos de un sistema económico. De ahí la famosa formulación de la «economía socialista de mercado», que cristalizaría plenamente en los años noventa.
-Es legítima la existencia de desigualdades temporales
La consigna de que «algunos se enriquezcan primero» se justificaba precisamente porque China aún no había alcanzado una fase de prosperidad suficiente para distribuir riqueza de forma más igualitaria.
-La etapa primaria será muy larga
Los dirigentes chinos contemplaron inicialmente de un proceso que podría durar al menos cien años desde la fundación de la República Popular en 1949. En teoría, China seguiría encontrándose hoy dentro de esa etapa.
Desde el punto de vista doctrinal, el concepto tenía la función concreta de resolver la contradicción entre la fidelidad formal al marxismo y la adopción de políticas que, vistas desde la ortodoxia maoísta, parecían capitalistas. Gracias a esta formulación, las zonas económicas especiales, la inversión extranjera, la propiedad privada limitada o la competencia de mercado podían presentarse no como una renuncia al socialismo, sino como instrumentos necesarios para construirlo.
Sus críticos, tanto dentro como fuera de China, han señalado que la noción posee una gran elasticidad. Si la etapa primaria puede prolongarse durante generaciones, prácticamente cualquier política económica puede justificarse como una necesidad transitoria. De hecho, algunos intelectuales chinos llegaron a bromear diciendo que la «etapa primaria» era tan larga que corría el riesgo de convertirse en permanente.
En cierto modo, puede decirse que la «etapa primaria del socialismo» fue la gran innovación teórica que permitió al PCCh abandonar el igualitarismo maoísta sin abandonar el lenguaje marxista. Fue el puente conceptual que conectó el maoísmo tardío con la reforma y apertura, y probablemente una de las construcciones ideológicas más influyentes de la China contemporánea.
La reinterpretación xiísta
Saltando al presente, lo interesante es que el concepto no desapareció con el ascenso de Xi Jinping. Al contrario, sigue figurando en los documentos oficiales. La diferencia es que el xiismo ha desplazado el énfasis: mientras Deng veía la etapa primaria principalmente como una justificación para liberar las fuerzas productivas mediante el mercado sin renunciar a la planificación, Xi la interpreta cada vez más como una fase en la que debe combinarse el desarrollo económico con la seguridad nacional, la autosuficiencia tecnológica, la reducción de desigualdades o el fortalecimiento político del Partido.
En efecto, la teoría de la etapa primaria del socialismo no fue solo una adaptación pragmática a las necesidades económicas de China, sino también una reinterpretación bastante audaz del marxismo histórico.
En la tradición soviética, por ejemplo, predominaba la idea de que la revolución socialista debía apoyarse en un elevado grado de desarrollo capitalista previo. China invertía parcialmente ese razonamiento al haber llegado al socialismo antes de completar plenamente las tareas históricas de modernización económica que en Europa habían sido desempeñadas por el capitalismo. La «etapa primaria» era, en cierto modo, el reconocimiento de esa anomalía histórica.
Por eso algunos teóricos chinos de los años ochenta sostuvieron que la principal contradicción de la sociedad china no era entre burguesía y proletariado, sino entre las necesidades de modernización y el atraso de las fuerzas productivas. Esa formulación reaparece, con otros matices, en la redefinición de la contradicción principal realizada por Xi Jinping en el XIX Congreso del Partido Comunista de China, situándola entre las demandas sociales y un desarrollo desequilibrado.
También es interesante observar que la teoría tenía una dimensión temporal sustantiva. Mientras en la tradición soviética el tránsito hacia el comunismo se concebía como un horizonte relativamente cercano, los dirigentes chinos comenzaron a hablar de un proceso de décadas e incluso siglos. La paciencia estratégica pasó a formar parte de la doctrina oficial.
De hecho, cuando hoy se habla de los llamados «dos centenarios» o de la modernización socialista para mediados del siglo XXI, sigue estando presente la lógica inaugurada por Deng según la cual el socialismo es concebido menos como un estado ya alcanzado que como una trayectoria histórica de largo plazo.
A menudo se presentan el denguismo y el xiismo como proyectos contrapuestos -uno pragmático y economicista, el otro ideológico y nacionalista-, pero existe una continuidad doctrinal más profunda de lo que suele admitirse.
La sistematización: de Zhao Ziyang a Xi Jinping
La teoría de la etapa primaria surgió de una pregunta fundamental: ¿cómo puede un país pobre construir el socialismo? La respuesta de Deng fue que el marxismo debía partir de la realidad concreta de China. Esta idea se resumía en el principio de «buscar la verdad en los hechos» (实事求是), una consigna heredada de Mao Zedong pero en gran medida reinterpretada en sentido desarrollista.
En consecuencia, la legitimidad de una política o de un sistema en su conjunto no dependía de su pureza doctrinal sino de su eficacia para desarrollar las fuerzas productivas. El famoso debate sobre si algo era «socialista» o «capitalista» se volvía secundario frente a una cuestión práctica: ¿favorece el desarrollo y el bienestar nacional?
Esta fue una auténtica revolución epistemológica dentro del marxismo chino. Y global.
La elaboración más sofisticada de la etapa primaria correspondió probablemente a Zhao Ziyang. En el XIII Congreso del Partido (1987), Zhao sostuvo que China permanecería durante un largo período histórico en una fase inicial del socialismo debido a su bajo nivel de desarrollo económico.
Esta formulación tenía implicaciones enormes. Por ejemplo, ya no supondría un problema que la propiedad pública pudiera coexistir con otras formas de propiedad; que el mercado podía desempeñar un papel importante; que las desigualdades temporales podían ser toleradas; o que la democratización económica no exigía necesariamente una democratización política inmediata.
La teoría permitía justificar prácticamente todo el programa reformista de los años ochenta.
En esa idea del socialismo como proceso es particularmente interesante el trabajo de Su Shaozhi, quien defendía que el socialismo no debía concebirse como un sistema acabado sino como una larga transición histórica, llevando en cierto modo al extremo la idea de la etapa primaria.
Algunos de sus planteamientos llegaron a sugerir una mayor pluralización política y una revisión profunda de ciertos dogmas leninistas, lo que acabaría situándolo en una posición incómoda tras 1989. Sin embargo, la noción de que el socialismo es un proceso histórico prolongado permaneció en la doctrina oficial.
Con Xi Jinping no desaparece la etapa primaria. Lo que cambia es la interpretación de las prioridades históricas. Para Deng, el principal problema era el atraso económico. Para Xi, el problema central es más complejo, es desarrollo desigual, es dependencia tecnológica exterior, es vulnerabilidad estratégica;, eserosión ideológica, es debilitamiento de la cohesión nacional…
Por eso el énfasis pasa de las «fuerzas productivas» a la combinación entre desarrollo, seguridad y revitalización nacional.
En la «segunda combinación» aparece la conexión más interesante. Xi sostiene que el Partido ha realizado dos grandes combinaciones históricas: 1) Integrar el marxismo con la realidad china; 2) Integrar el marxismo con la excelente cultura tradicional china. La primera combinación es esencialmente la obra de Mao y Deng. La segunda es la gran innovación teórica del xiismo.
Lo significativo es que la lógica subyacente es muy parecida: si Deng adaptó el marxismo a las condiciones materiales de China, Xi pretende adaptarlo también a su herencia civilizatoria.
En otras palabras, la pregunta ya no es solo cómo construir el socialismo en un país pobre, sino cómo construir un socialismo que exprese la identidad histórica de una civilización milenaria.
La teoría de la etapa primaria nació para justificar una apertura extraordinaria al mercado, al capital extranjero y a mecanismos económicos considerados «no socialistas». Sin embargo, el éxito de esa estrategia ha permitido a la China actual reivindicar cada vez más su singularidad cultural y civilizatoria.
Dicho de otro modo: el universalismo marxista fue «sinizado» por Deng para modernizar China; y una China ya modernizada es reinterpretada por Xi como una civilización capaz de aportar elementos propios al desarrollo del marxismo.
Por eso algunos académicos chinos consideran que existe una línea continua que va desde la etapa primaria del socialismo hasta la segunda combinación. No serían doctrinas opuestas, sino dos momentos de una misma operación intelectual que apuntan a la progresiva nacionalización -o, mejor dicho, sinización- del marxismo.
Desde una perspectiva histórica, puede incluso argumentarse que la gran cuestión teórica china desde 1978 no ha sido cómo abandonar el marxismo sin destruir la legitimidad histórica del PCCh, sino cómo hacerlo cada vez más chino. Y la etapa primaria del socialismo fue el primer gran paso en esa dirección.
En cierto sentido, Deng estaba resolviendo un problema que ya había aparecido repetidamente en la modernización china desde finales de la dinastía Qing: ¿cómo incorporar elementos externos considerados necesarios para fortalecer el país sin perder la propia identidad?
A finales del siglo XIX la respuesta fue la fórmula de Zhang Zhidong: «aprendizaje chino como sustancia, aprendizaje occidental como utilidad» (中学为体,西学为用). Deng no empleó esos términos, pero su planteamiento tiene un cierto aire familiar pues mercado, inversión extranjera y tecnología moderna eran instrumentos, mientras el objetivo último seguía siendo la construcción de una China socialista fuerte y próspera.
Xi lleva esa lógica un paso más allá. Si Deng insistía en que el recurso al mercado no definía la naturaleza de un sistema, Xi insiste en que tampoco la modernidad exige necesariamente la occidentalización liberal. De ahí la importancia creciente de conceptos como la «modernización de estilo chino» (中国式现代化) o la «segunda combinación».
Por eso algunos estudiosos ven una secuencia bastante coherente en ese transcurso según el cual Mao resolvió el problema de la soberanía nacional, Deng resolvió el problema de la riqueza nacional y Xi pretende resolver el problema de la centralidad nacional. Todo lo cual ayuda a entender la narrativa histórica que el propio Partido está construyendo sobre sí mismo.
Conclusión
La teoría de la etapa primaria sigue siendo oficialmente válida pese a que China es hoy la segunda economía mundial. Esto plantea la pregunta teórica de si China continúa en la etapa primaria después de haber alcanzado un nivel de desarrollo que supera al de muchos países avanzados, ¿qué define realmente esa etapa?
La respuesta implícita parece haber cambiado. En los años ochenta se definía principalmente por el nivel de las fuerzas productivas; hoy parece definirse cada vez más por la distancia que separa a China de la meta de la «gran revitalización de la nación china». Es decir, el criterio se ha desplazado desde la economía hacia la civilización y la estrategia nacional.
Y esta es una de las transformaciones intelectuales más importantes del paso del denguismo al xiismo planteándose que el sujeto histórico ya no es únicamente el socialismo, sino también la civilización china. Y eso explicaría, adicionalmente, por qué el confucianismo, la tradición política imperial, la historia nacional y la cultura clásica han vuelto a ocupar un lugar tan visible dentro del discurso oficial.
Todo ello permite leer la China contemporánea no solo como una experiencia socialista singular, sino también como el último capítulo de una larguísima historia de adaptación entre universalismo e identidad propia. Y, en buena medida, la teoría de la etapa primaria fue el puente que hizo posible esa evolución.
Xulio Ríos es autor de “Marx&China. La sinización del marxismo” (Akal, 2025).
https://rebelion.org/de-la-etapa-primaria-a-la-segunda-combinacion-de-deng-xiaoping-a-xi-jinping/.