Hoy hace 30 años del fallecimiento de José María Valverde, una figura central, esencial, en la cultura española del siglo XX (recordemos que estamos también en año del centenario de su nacimiento). Francisco Fernández Buey, otro imprescindible, publicó en mientras tanto (nº 66, verano-otoño de 1996, pp. 27-32) el hermoso y sentido artículo que copio a continuación. El autor de Marx (sin ismos) siempre consideró al traductor de Joyce y de tantos otros uno de sus maestros.
Por mucho que hayan cambiado
–pues ellos son los que más cambian–
aún resultan reconocibles.
Si ponen una piedra en lugar equivocado,
vemos, al mirarla,
el lugar verdadero.
Aunque tal como somos no les gustamos
están de acuerdo, sin embargo, con nosotros.
[Bertolt Brecht, “Canción de la buena gente”]
Hay pérdidas irreparables. Ese es el caso de José María Valverde, amigo -y crítico apasionado, en ocasiones, de mientras tanto-, muerto al iniciarse el verano en Barcelona.
Decimos muchas veces: nadie es insustituible. Cierto, en vida así es. Pero cuando muere un hombre como José María Valverde nos damos cuenta de que lo dicho para los vivos deja de ser verdad concreta, verdad con sentido que pueda seguir diciéndose.
No era Valverde un moderno ni un posmoderno: ni provocaba al burgués para potenciar la propia imagen y volver después al redil de los rediles, ni criticaba la provocación al burgués para justificar con sarcasmo o amargura un tiempo de desesperanzas en el que sólo nos quedaría el cultivo, por estética, de la propia imagen privada.
Cuando, todavía joven, Valverde estuvo entre nosotros, en las aulas de la Universidad de Barcelona, todos sabíamos que íbamos a aprender de él. Y no sólo eso: sabíamos que podíamos contar con él en las horas difíciles de la protesta estudiantil, cuando el mero gesto de la solidaridad de un profesor con los resistentes significaba jugarse lo que se había llegado a ser, exponerse a cambiar de vida y de país. Valverde, que había sido uno de los catedráticos más jóvenes de la España franquista, se la jugó en 1965. Los hechos son conocidos. Han sido contados muchas veces en estos últimos años. Y no es cosa de repetirlos ahora.
Pero hay algo que no se suele contar y que, sin embargo, tiene importancia para valorar a la persona: su acto de solidaridad con los represaliados de entonces (Aranguren, Tierno, García Calvo, Montero, Sacristán), más allá de la frase que ha quedado (“no hay estética sin ética”), fue una actuación tan valiente como sencilla: sin proclamas, sin discursos, sin aspavientos autojustificatorios. Simplemente, Valverde estaba allí, en 1965, como él diría, con los justos, con los que luchaban por la justicia que en aquel tiempo era una lucha en favor de la democracia. Se exilió a Canadá y volvió a empezar.
Allí cambió, pero siguió trabajando en lo que había trabajado antes: enseñanza de la filosofía y de la literatura, traducciones, poesía. Tampoco hizo de aquel momento y de aquel acto discurso sobre lo decisivo en las vidas de los demás. Sólo habló de ellos cuando le preguntaron. Casi siempre con humor y con cierta distancia, con desapego. Y cuando sintió la necesidad de poetizar sobre aquel pasado propio, él, que entendía la poesía como palabra en el tiempo y que exaltaba el cultivo de la memoria, prefirió la autocrítica o la ironía distanciada del cum grano salis sobre lo que se ha sido. Mientras los más jóvenes, aquellos que habíamos tenido la suerte de escuchar su palabra, elevábamos su recuerdo aquí, él, al otro lado del Atlántico, en Canadá, trabajaba, reanudaba su diálogo con los poetas preferidos, Machado y Shakespeare, y seguía aprendiendo:
Una lección saqué después de cuarenta años de ingenuidad: es ésta:
la clase dominante, nuestros dueños, no son nada tontos;
lo fingen de puro listos,
porque saben que ya han comprado la letra y el espíritu.
Enseñanzas de la edad. De todas ellas me quedo, para este recuerdo, con una que Valverde tituló “Toma de conciencia”: enseñanza de la edad sobre uno mismo. Su última estrofa dice así:
Y aún más; tampoco puedo cambiar de apocalipsis:
a cada cual le peso su porción de maldades
y su poco de méritos, según se desvanece.
Seré traidor para unos, blando para los otros,
abierto a un porvenir sin aliento ni gloria,
quizá colaborando, pero siempre mal visto,
progresista gruñón, mesurado extremista…
En lo de “amar al prójimo” entra este gris cansancio.
Cuando volvió a España y se reincorporó a su cátedra de Estética en la Universidad de Barcelona Valverde solía repetir entre amigos que a él le habían cambiado sus hijos y sus alumnos. Todavía un mes antes de morir declaraba en una entrevista a Mundo obrero que en lo político se consideraba un sobrevenido.
En cierto modo así era: un sobrevenido que se fue al exilio declarando que no hay estética sin ética y que regresó de él, universalizando una formación cultural que ya era universal cuando se fue, pero con la convicción de que en los nuevos tiempos menesterosos de la telaraña y el murciélago (son palabras de otro exiliado voluntario, López Pacheco) tal vez no puede haber poesía legal sin política y economía.
Naturalmente, este concepto de la relación entre palabra poética, palabra política y atención al análisis socioeconómico no era en Valverde propuesta de poética generalizable, endosable a los otros, como lo había sido la poética del realismo social, sino algo bastante distinto: autoconciencia del propio estar en el mundo con los otros, con los hijos, con su mujer, con los nuevos compañeros que arrimaban el hombro para hacer algo en favor de los pueblos empobrecidos y sufrientes de Latinoamérica, en favor de Cuba y Nicaragua sobre todo.
Precisamente porque Valverde tuvo un concepto muy modesto de la función de la poesía, de la que pensaba que nunca descubriría nada nuevo ni había de resolver los problemas del vivir de los hombres en la tierra, era escéptico en lo tocante a poéticas y estéticas autoproclamadas y esperaba poco, muy poco, de modas y de escuelas con ánimo de originalidad. En esto Valverde siempre fue muy clásico. Apreciaba en lo que vale el “instruir deleitando”, desconfiaba de la inspiración sin más y concebía el trabajo de creación como un arrimar el hombro sin tomarse a sí mismo en eso demasiado en serio.
De hecho, Valverde, que siempre se consideró sobre todo poeta, y que durante mucho tiempo pensó que escribir poesía fue su único trabajo esencial y necesario, había abandonado ya la creación poética en esos años que aquí suelen llamarse de la “transición”. Su pasión por la palabra, su dominio de la lengua castellana, sus conocimientos de otras lenguas, los construyó escuchando, leyendo, traduciendo a otros, dialogando con otros, que no tenían por qué ser los suyos, los más queridos, en el sentido político-moral o en el ámbito de la poética. Era un hombre con convicciones muy sólidas en lo social, nada perplejo o dubitativo sobre las nuevas manifestaciones socioculturales, pero muy poco dado a los juicios sumarios sobre corrientes o tendencias literarias. No le gustaba la dirección principal que había tomado la poesía en España durante estos últimos años, le molestaba el exceso de formalismo y la poesía como mero juego de ingenio; pero evitó pontificar sobre eso. Prefería explicar por qué las cosas son como son, sobre todo cuando no nos gustan. Y de cuando en cuando dejaba caer “un veneno” en el que el otro todavía podía encontrar un gesto amable.
El pensamiento de Valverde, pascaliano y kierkegaardiano, tenía algo de excelente paradoja. El, que no había tenido nada que ver con las corrientes en que históricamente se dividió la tradición socialista, habrá sido entre nosotros, sin embargo, uno de los más apasionados defensores de la idea de comunismo después de la desaparición de la Unión Soviética. Motivos religiosos, morales y ecológicos le condujeron a una de las defensas del comunismo más atípicas de la última década. Su vinculación directa al PCC en estos últimos años ha sido vista a veces en los ambientes intelectuales como una rara anomalía en un hombre profundamente cristiano, incluso como una derivación dogmática de viejo añorante.
Por eso muchas personas ilustradas que valoraban su poesía, que estimaron sus traducciones y apreciaron su contribución a la historia de las ideas o a la historia de la literatura, se extrañaban de las declaraciones políticas de Valverde. Es comprensible que así sea en un tiempo en el que los medios de intoxicación de las masas se empeñan en presentar casi universalmente el comunismo como mera añoranza de ancianos. ¡Mirad si no las fotos de El País cada vez que tiene que informar de la Fiesta del PCE en Madrid o de la última manifestación de rojos en Moscú! ¡Qué gran mentira en excelentes imágenes! ¡Qué escándalo! Y, sin embargo, resulta imposible comprender por qué Valverde habrá sido uno de los grandes intelectuales españoles de las últimas décadas si se pasa por alto esta actividad militante suya en favor de la Cuba de Castro, de la Nicaragua sandinista o del resistencialismo campesino en Perú, si se ignora su presencia en las manifestaciones del Primero de Mayo cuando ya la mayoría de los intelectuales que en otros tiempos loaban a las Internacionales Obreras se iban de fiesta o se retiraban a sus casas de campo.
Los obsesos aficionados a las triviales explicaciones sociologistas se lo ponen fácil cuando a este respecto recuerden un pasado juvenil falangista: los extremos se tocan, dicen. Pero son demasiados los pasados juveniles del mismo tipo que acabaron aquí, en España, en presentes de adulación de los poderes existentes (con Franco y después de Franco) como para que ese tópico explique todavía algo. No fue ése el caso de Valverde ni es por ahí por donde se puede captar la evolución última del escritor, sino más bien atendiendo a la paradoja existencial que representa, en nuestros días, la vida de un hombre con una amplísima cultura histórica y literaria, pero que al mismo tiempo apreciaba como nadie las razones del corazón y que tenía, además, un arraigado sentido de la justicia y de la caridad y un concepto libérrimo del gran qué del cristianismo: lo que se llama “el juicio final”.
Las razones de José María Valverde en favor del comunismo tenían muy poco que ver con viejos dogmatismos y no menos viejas ortodoxias. ¿Cómo iba a ser de otra manera en el traductor de Shakespeare, de Hölderlin, de Rilke, de Eliot y de Joyce? Las suyas eran razones fundamentalmente prepolíticas, aunque nada apolíticas. Dos de esas razones suenan también a paradoja. Dijo: “Me hice comunista para poder seguir yendo a misa”. Y se comprende: algunos tuvimos que entender el otro cristianismo para seguir siendo comunistas. Escribió: “El juicio final cristiano es un juicio ateo porque en él no se preguntará a los hombres por sus creencias sino si dieron de comer al hambriento y de beber al sediento”. Y se comprende: algunos tuvimos que entender que la clase obrera no va al paraíso sólo por haber nacido en la miseria.
Son, éstas, razones anteriores (previas no sólo históricamente, sino más fundamentales, más esenciales) al surgimiento del comunismo moderno; pero no por ello razones meramente antiguas, pasadas. O mejor dicho: no por antiguas en la historia de la humanidad menos nuevas, necesarias y renovadas. Son razones, las de Valverde en favor del comunismo, que enlazan hoy en día con una reinterpretación muy sugestiva del cristianismo en sus orígenes y del Viejo Testamento como expresión de un movimiento sociocultural heterodoxo en otra época imperial y de pensamiento casi único. Las nuevas lecturas de los manuscritos del Mar Muerto van, creo, por ahí. Algunas de las reflexiones de la llamada teología de la liberación enlazan con ellas. Pero, por eso mismo, quien ignore hoy en día la persistente relación que ha habido a lo largo de nuestra historia entre la política entendida como ética de lo colectivo y los movimientos religiosos de resistencia y emancipación se pierde una parte sustancial de la cultura crítica de los de abajo. Y, por ende, difílmente entenderá esta dimensión político-moral del pensamiento de Valverde.
Sus pascalianas razones del corazón son doblemente apreciables en un fin de siglo en el que los intelectuales más lúcidos escriben repetidamente contra toda esperanza (o sea, contra toda ilusión racional de los de abajo) sin darse cuenta de que esta verdad, dicha a secas, sólo para intelectuales, chocará siempre contra la protesta del porquero de Agamenón que sabe ya que las verdades analíticas le condenan a ser porquero de por vida, en toda vida. Razones, pues, éstas de Valverde, muy parecidas a las que aducía Girolamo Savonarola al contraponer a la excelsitud cultural de la Florencia de los Medici ese escándalo que es el mal social, la intolerable presencia del mal en la plétora miserable. Ahora sabemos que también aquel trueno tuvo algo que ver con el origen de la modernidad europea, de la modernidad habitualmente ignorada: con otro concepto, radical, de la vida democrática en comunidad.
Así también en nuestro mundo.
En su reflexión filosófica Valverde dio la primacía a la conciencia lingüística: enseñanza de la edad y del trabajo del traductor y del poeta. El desvelamiento de esta conciencia tuvo en él como resultado interesantísimas lecturas críticas de Nietzsche y de Heidegger y agudas críticas literarias. Podría decirse que su singular aportación a la historia de las ideas se inspira igualmente en esta conciencia. Y en relación con ella hay que entender sus intervenciones en el campo de la filosofía moral y política. Pues fue la conciencia lingüística lo que llevó a Valverde a rechazar las cosmovisiones cerradas y aseadillas, de origen romántico, y las filosofías sistemáticas.
El viejo Valverde captó muy bien que hay otro “giro lingüístico” en lo profundo de la sociedad de los pobres, humillados y ofendidos de este imperio único y que el nuevo lenguaje que puja hoy por brotar (entre el pensamiento crudo que se eleva de las selvas peruanas y el lirismo zapatista que nace del indigenismo en la selva lacandona) no es precisamente apolítico, como ingenuamente creen aquí, en esta otra parte del mundo, tantos intelectuales, sino precisamente prepolítico, expresión de la dignidad. Casi todo está ahí: en el esfuerzo por configurar un nuevo lenguaje con el que repetir la vieja verdad de los de abajo, a saber: que es justo rebelarse contra el pensamiento único, impuesto, y que sigue habiendo razones morales en favor de la igualdad radical. Aunque eso vaya contra nuestros intereses de privilegiados.
Al pensar con humildad sobre el filosofar de los pobres sin miseria en el tren del trabajo Valverde nos dejó una verdad tan simple y antigua como grande. Escribió de ellos:
Ya han visto qué es el mundo
y sólo piden dignidad
Cuando dijo esto, en un poema sintomáticamente titulado “Filosofía”, muchos pensamos que eso de la dignidad era poco pedir. No sabíamos, nosotros, qué es el mundo. Ahora sabemos que esto de la dignidad es ya mucho.
Que descanse en paz José María Valverde, poeta y filósofo, amigo, compañero del alma.