Del historiador José Luis Martín Ramos de Espai Marx (con dos observaciones de Miguel Candel).
1. Un pequeño apunte para no dejarse marear. Las estadísticas demográficas dicen que en Lugansk (Donbas) hay un 39 % de «rusos étnicos» y un 58% de «ucranianos»; en Donets, un 38 % de rusos étnicos y un 57 % de ucranianos, y en Crimea un 65% de rusos étnicos y un 15% de ucranianos. Ahora bien, si identificamos a la población no por su «etnicidad», tal y como es considerada hoy habitualmente, vemos que en Lugansk el 69 % es rusohablante y solo el 28 % ucraniano hablante; en Donets el 75% es rusohablante y solo el 10% ucranianohablante, y en Crimea el 77% es ruso hablante y sólo un 3% es ucranianoparlante ¿Cómo es posible?
La cuestión procede de ese criterio de etnicidad ucraniana, que es el resultado del triunfo de nacionalismo ucraniano, surgido como otros nacionalismos no estatales en el último cuarto del siglo XIX (el eslovaco, el croata…), pero que en el caso que nos ocupa no es dominante hasta después de la revolución rusa y por decisión política de los vencedores en la guerra civil, los bolcheviques. En el XIX, y desde la conquista a los turcos, el territorio que iba de Leópolis en el Oeste al Donbas en el Este pasando por Kiev y Jarkov, era denominado la Pequeña Rusia. Tenía sus diversidades internas, en la parte occidental dominaba la iglesia uniata y se hablaba una variante eslava, el ruten/rus. En el último tercio del XIX se desarrolla en la parte occidental-central un movimiento nacionalista «ucraniano» (del término ruteno Ucrania, «nuestro país») al que no es ajeno la persecución de la iglesia uniata por el zar, después de que aquella apoyara el levantamiento polaco de 1831 y la aspiración de la elite de Kiev y su intelectualidad a asumir poder específico sobre todo el territorio. Ese movimiento consideró despectivo el término «pequeño-ruso» con el que se identificaba a la población ancestral -diferenciada de la «gran rusa» o la bielorrusa» que fue inmigrando en ese siglo- y además representativo de la opresión zarista.
Entre finales del XIX y comienzos del XX, hubo una pugna constante entre la defensa de la identidad «pequeño rusa», dominante desde Kiev hasta el Este, y la identidad «ucraniana». Para su desgracia la intelectualidad defensora del «pequeñorrusismo» fue vista primero como defensora del estado imperial y luego se alineó con los blancos en la guerra civil. Resultado, al fin de la guerra civil el «pequeñorrusismo» estaba bajo sospecha, al tiempo que la formación de un gobierno ucraniano en el exilio amenazaba con minar desde el nacionalismo la victoria bolchevique en Ucrania.
Lenin decidió arrebatar esa bandera a los nacionalistas ucranianos y, al propio tiempo, instrumentalizar una supuesta política internacional independiente de Ucrania para generar voces aliadas en el ámbito internacional (Carrère d’Encause), impulsando una «Ucrania» independiente – pero menos- federada a la República Soviética Rusa en 1920. Ya sabemos que a Lenin no le dio tiempo a gestionar la transición hacia la constitución de la URSS, por lo que tampoco pudo concretar la organización concreta de la «Ucrania» soviética.
El paso fundamental en la expansión definitiva del «ucrainismo» sobre el «pequeño-rusismo» lo dio Stalin cuando, en el primer censo de la URSS de 1926, se instruyó que no se utilizara en ningún caso el término «pequeño ruso» sino exclusivamente el de ucraniano o el de ruso, este referido a la población que por origen y afinidades culturales se consideraba «gran rusa». El censo de 1926 estableció así la liquidación de una identidad existente y el equívoco de una etnicidad, una «nación étnica» que no era aplicable al oriente del territorio. Eso perduró a lo largo de la historia soviética y, obviamente, lo heredó, muy a su favor, el nuevo estado nacional y ahora sí definitivamente independiente de Ucrania, en beneficio de su población occidental y central, pero no de la oriental.
2. Observación de Miguel Candel:
Pero que muy interesante. Gracias. Tenía entendido que rutenus/Rutenia son los términos latinos para ruso/Rusia. Pero supongo que desde que los romanos tuvieron contacto con aquella gente, habrá habido movimientos demográficos y corrimientos semánticos.
3. Estimulado por Miguel escribo la segunda nota (perdón por el abuso).
Sí. Rutenus/Rutenia fue el nombre latino -no romano estrictamente- de los rus y su territorio. Sin entrar en el debate etimológico -para el que no tengo conocimientos- la historia dice que el término rus aparece ya en el siglo IX, y que identificará a lo que será el Principado de Kiev, que llega hasta Novgorod. En el siglo XII surge como denominación alternativa la de Rutenos/Rutenia. Las dos se usan indistintamente, aunque el aparato de la Iglesia de Roma prefiere Rutenia. El principado de Kiev sucumbe a las invasiones mongolas-tártaras a mediados del XIII y se desintegra entre los estados de Novgorod, lo que sería más adelante el Ducado de Moscú, y el reino de Rutenia. Todos son rus, pero están divididos y dominados por los mongoles en mayor o menor grado. Entre el XII y el XIII se introduce una nueva variante del término rus, que es Rossiya (o Rossija no sé) derivado del griego (ya dirás Miguel cómo es ese paso) y que significa «tierras rusas». Esta última es la que se impone cuando Ivan III de Moscú -el Grande, no el Terrible que es Ivan IV- empieza la expansión del Ducado de Moscú por las tierras de los Rus, conquista Novgorod y se proclama «unificador» de las «tierras rusas» o de toda Rossiya/Rusia en el siglo XV. Entretanto la Iglesia de Constantinopla empieza en el siglo XIV a distinguir su jurisdicción de la Rusia Menor-Pequeña Rusia (Galicia-Rutenia y sur de Polonia) y Rusia Mayor-Gran Rusia (que quedará bajo el Patriarcado ortodoxo de Moscú). Esa distinción pasará al ámbito político cuando el Zarato de Moscú, en la segunda mitad del XVII, incorpore a sus dominios los territorios de la margen izquierda del Dniéper del antiguo reino ruteno, con Kiev como ciudad principal; se utilizará para identificarlos administrativamente y sus habitantes ruso-hablantes o ruteno/ucraniano-hablantes se identificaran como «pequeños rusos».
Todos son rusos, es decir habitantes de las «tierras rusas», pero la historia fue acumulando diferencias, variantes regionales. La constitución de la Iglesia uniata en los últimos años del s. XVI tuvo una consecuencia: por un lado, los obispados de Rutenia se resistieron a la «unión» y por otro, en el siglo XVII, la iglesia ortodoxa restableció su presencia en Kiev y Galicia, que se integrará en el patriarcado de Moscú y toda Rus, y por tanto asumirá en sus ritos la lengua rusa de Moscú.
Frente a esos dos competidores, católicos y ortodoxos, la iglesia uniata promoverá una distinción progresiva de una lengua propia que se aparta del ruteno, la lengua de «nuestros tierras» (Ucrania). Si el nacionalismo construyó la nación, bien podría decirse que las disputas eclesiales construyeron cimientos importantes del nacionalismo, antes del siglo XIX. Las relaciones entre la iglesia uniata y el Zar fueron tormentosas, en paralelo a la competencia entre ortodoxos y uniatas. Ya comenté que en los años treinta del XIX la iglesia uniata fue prohibida hasta 1903; padeció persecución pero no desapareció, apoyada en los uniatas de Galicia, que había sido incorporada al Imperio Austríaco en 1772 (luego Imperio Austro-Húngaro).
Significativamente, en ese contexto se publica en 1842 «Historia de los Rus o de la Pequeña Rusia» por un autor anónimo, en que se empieza a desarrollar la tesis de la distinción histórica permanente, y el antagonismo, entre Rus (que identifica con con la Pequeña Rusia-Ucrania) y Moscovia (Gran Rusia); a la par que Tarás Hrihórovich Shevchenko escribe sus poemas en ucraniano, exaltando la identidad y la decadencia de «nuestras tierras». Es la invención cultural de la nación, que precede al nacionalismo de la segunda mitad del XIX. El resto ya lo conocéis.
4. Observación final de Miguel Candel:
Gracias reduplicadas. Las únicas campanas que me habían llegado sobre el asunto decían que Kiev (época del principado, supongo) fue en tiempos el primer gran centro de la cultura rusa. Vueltas da la historia. Si queréis otra paradoja de parecida índole, consta en las fuentes latinas que el nombre romano de los habitantes autóctonos de la mayor parte de Cataluña era, en tiempos de la Tarraconense, «castellani» (por la gran cantidad de «castella» o pueblos amurallados existentes). En la recepción para visitantes del poblado ibérico de Ullastret (Bajo Ampurdán) había hace años un mural con la distribución de las poblaciones ibéricas de Cataluña, donde se veía que la mayor extensión correspondía al territorio «castellano» (toda la Cataluña central). «Curiosamente», ese mural desapareció hace tiempo. Como diría un famoso antiguo entrenador portugués del Real Madrid, «¿Por qué, por qué, por qué…?»