ENTREVISTA A MIGUEL CANDEL, PEDRO FERNÁNDEZ Y VICENTE SERRANO, MIEMBROS DEL GRUPO PROMOTOR DEL NUEVO PARTIDO AIREs – LA IZQUIERDA
«Si corre peligro la cohesión interna de ese conglomerado (España), sacudido como está por tensiones múltiples y multidireccionales.”
El famoso ‘desencanto’ que se produjo en amplios sectores de la izquierda en los primeros compases de la Transición, a la vista de la distancia existente entre sus expectativas y la realidad posible en aquel momento, no es nada comparado con el creciente desencanto de miles de militantes y simpatizantes de los actuales partidos de la izquierda institucional ante la incapacidad de estos para defender y promover decidida y consecuentemente la igualdad, tanto en el terreno de los derechos sociales como en el de los derechos civiles. Su tibieza al combatir la ofensiva neoliberal contra salarios y servicios públicos esenciales solo es comparable con su condescendencia (cuando no complicidad) con los atentados a la igualdad, en ese y otros terrenos, que perpetran día tras día los partidos nacionalistas de Cataluña y el País Vasco, a los que parecen decididos a sumarse los partidos gobernantes en muchas de las comunidades autónomas del resto de España. Diferentes personas, independientes o procedentes de esos partidos, convencidas de su incapacidad para regenerarse, han decidido agruparse en una nueva organización (AIREs, Alianza de la Izquierda Republicana de España) que sirva, además, de referencia para otros grupos decididos a recuperar los valores propios de la izquierda malbaratados por sus actuales representantes.
AIREs es el plural de uno de los elementos sustanciales básicos de la cosmología antigua. Vuestro AIREs es otra cosa. ¿Qué es?
Miguel Candel [MC] Es (demasiado rotundo verbo, éste: mejor sería decir: “aspira a ser”) un partido político de viejo cuño pero con vocación renovadora dentro del campo (bastante minado) de las organizaciones que se consideran de izquierda (y damos por sentado que existe una cierta noción, por difusa que sea, de eso que llamamos “izquierda”, por lo que no vamos a intentar definirla aquí por enésima vez; en otro lugar, quizá). AIREs, como sabes, es el acrónimo formado por las iniciales de “Alianza de la Izquierda Republicana de España”.
¿Por qué de “viejo cuño”?
MC. Pues porque, en lo que a nosotros respecta, estamos hasta el gorro de la meliflua retórica sobre las “nuevas formas de hacer política”. Formas que, en realidad, son tan viejas como las monarquías de la Edad del Bronce. Quien tenga cinco céntimos (de peseta) de culturilla clásica y haya leído algo de la Ilíada habrá visto cómo ejercían el poder personajes como Agamenón: largaba un discurso tipo Sánchez, pongamos por caso, ante el que el pueblo oyente podía responder aplaudiendo o abucheando al líder (procedimiento bastante más democrático, por cierto, que la transmisión del rollo por televisión, sin posibilidad alguna de réplica salvo el lanzamiento de objetos contra la inocente pantalla). Si los abucheos superaban a los aplausos, el líder soltaba a continuación otro discurso diferente, hasta que conseguía que los aplausos superaran a los abucheos. Pues bueno. Eso es más o menos la nueva forma de hacer política impuesta por nuestros líderes “carismáticos” (no se sabe si de “carisma” o de “cara”): sin tener que dar cuentas a ninguna instancia colectiva permanente (salvo la previamente nombrada a dedo por el líder, eso que llaman “equipo”), apelan directamente a una masa amorfa de seguidores, preferiblemente de manera telemática, para que el líder no se vea expuesto a ninguna interpelación cara a cara, y con eso y unas cuantas encuestas bien cocinadas van ajustando su “programa” (mejor sería llamarlo “posgrama”) y mandando, que es lo suyo. Pues no señor: nosotros creemos en las formas de organización estables y sólidas, no “líquidas” (ni, mucho menos, gaseosas, pese a lo que pudiera sugerir nuestro acrónimo).
¿Y qué formas estables y sólidas son esas?
MC. Nosotros creemos en unos órganos democráticamente elegidos por los miembros de la organización (miembros registrados con nombres y apellidos y obligados a pagar una cuota), que elaboran propuestas de acción política concretas basadas en programas generales aprobados en congresos, y que deben dar regularmente cuentas de su gestión al conjunto de la organización. Formas clásicas (ni viejas ni nuevas) de hacer política, que en el fondo se atienen a la llamada “división de poderes”, que es la mejor garantía de prevención del cesarismo (en esto último, y no en otra cosa, es en lo que han venido a parar las cacareadas “nuevas formas de hacer política”). Esto, por lo que respecta a la “forma” de AIREs.
Y en lo que respecta al contenido…
MC. En lo que respecta al contenido, a su programa político, nada mejor que remitirnos al documento aprobado en la conferencia programática celebrada en Barcelona el sábado 19 de junio de 2021. Aunque, puestos a señalar dos puntos clave, diríamos que son los siguientes: 1) Intransigencia absoluta frente a las corrientes centrífugas que tienden a la fragmentación del demos de este país llamado España, proceso de fragmentación hoy liderado por el secesionismo catalán (de una parte minoritaria, pero muy nutrida ―y al decir “nutrida” lo decimos también en el sentido de “alimentada”― de la población de Cataluña), pero secundado por muchos papanatas del resto de España que se consideran de izquierdas. 2) Defensa de la igualdad, no sólo de derecho, sino también de hecho, entre todos los españoles, lo que implica llevar la democracia al terreno económico y social (según una vieja fórmula acuñada por el PCE de la que nadie parece acordarse, empezando por el propio PCE). Ambos puntos son inseparables. En todo caso, si alguna ordinalidad cabe establecer entre ellos, es justamente el orden en que los acabamos de mencionar: porque, para profundizar en la democracia de un país, primero hay que preservar su existencia.
Pero, ¿está realmente en peligro la existencia de España? ¿No exageráis? Los nacionalistas periféricos suelen afirmar que lo que está realmente en peligro es la existencia de su nación, que España (Madrid, el Estado español, “lo de más allá del Ebro” en su lenguaje) les chupa su sangre y les deja sin vida propia.
MC. Sin duda puede parecer exagerado decir que corre peligro la existencia de España. Y en un cierto sentido lo es: España como entidad política de algún tipo no va a desaparecer en un plazo previsible. No porque las estructuras políticas como tales sean inmunes al desgaste (que lo son), sino porque dando cuerpo a esa estructura hay, al menos en nuestro caso, una sociedad con infinidad de vínculos de larga tradición entre los millones de individuos que la componen. Vínculos que se traducen en intereses y afectos. Y eso no se rompe fácilmente, por mucho que algunos lo pretendan y lo intenten. Pero sí corre peligro la cohesión interna de ese conglomerado, sacudido como está por tensiones múltiples y multidireccionales. Y no precisamente en el sentido en que lo entienden los del “España nos roba” (si entramos por ahí, habría mucho que discutir sobre quién “roba” a quién). En todo caso, el recuerdo de los llamados reinos de taifas medievales, por anacrónico que parezca, no deja de venir a la mente ante las tendencias centrífugas que se constatan cada día, y cada día más, en las relaciones de las diecisiete administraciones autonómicas con la Administración Central y de aquéllas entre sí. Podemos seguir existiendo como país de puertas afuera pero roto por dentro. Y esa ruptura interior, como es obvio, bloquea todos los intentos de mejora social que es misión irrenunciable de la izquierda el impulsar.
No serán pocos los lectores y lectoras que piensen: ¡otra formación política en el ámbito de la izquierda! ¿No son muchas? ¿No habría que unirnos en lugar de dividirnos y dividirnos?
MC. Pues sí, son muchas, para qué nos vamos a engañar. No sabemos si se trata de un “morbus hispanicus” (una enfermedad española) o de un “morbus sinistrae” (una enfermedad de la izquierda). Pero el resultado es que el paciente (el sufrido ciudadano trabajador que aspira a esa igualdad de la que hablamos más arriba) se encuentra con un exceso de “recetas” de las que ninguna le acaba de curar sus males (bueno, muchas ni siquiera empiezan a hacerlo). La cosa, para nosotros, tiene su principal explicación en un símil deportivo: cuando un equipo (de fútbol, por ejemplo) va perdiendo sin lograr remontar el resultado, fácilmente acaban surgiendo roces entre los jugadores, echándose unos a otros la culpa por la derrota inminente. La izquierda, no sólo en España, sino en el mundo en general, arrastra las consecuencias de haber perdido la batalla contra la versión actual del capitalismo conocida como “neoliberalismo económico”.
¿Cómo puede describirse esa derrota a la que aludís?
MC. Entre 1950 y 1980 (los “treinta gloriosos”) parecía que, a fuerza de mejoras salariales y prestaciones sociales, el capitalismo se iba humanizando y sería posible acabar domesticándolo si, paralelamente, los países del entonces llamado “socialismo real” se democratizaban claramente, produciéndose lo que algunos llamaban la “convergencia de los dos sistemas”. No fue así. Ronald Reagan y Margaret Thatcher, secundados en el terreno religioso por el papa Wojtiła, llevaron al terreno político práctico el programa de recuperación capitalista basado, como se decía entonces, en dar prioridad a las “políticas de oferta” frente a las “políticas de demanda”. Lo que, traducido en cristiano, quería decir recuperar beneficios a costa de salarios y prestaciones. En el caso de España, el gobierno de Felipe González, tras una serie de importantes mejoras de servicios clave como sanidad y educación, se hizo fiel seguidor de TINA, que no hay que identificar con la cantante apellidada Turner, sino con el acrónimo de “There Is No Alternative” (“No hay ninguna alternativa” a la política económica neoliberal).
Esa derrota, mal digerida, se ha traducido en una especie de cainismo de la izquierda que nos ha llevado a la actual situación de recelo y desconfianza mutua generalizados. Pero también hay un TINA para la izquierda: no hay más remedio que seguir intentando reconstruirla con paciencia y con constancia. Algo que, por supuesto, no se puede hacer desde la nada, como han pretendido algunos adanistas nacidos a la política con las lluvias de mayo de 2011.
Crítica directa a Podemos y a formaciones afines.
Pedro Fernández [PF]. Crítica no equivale a descalificación general. El “cesto” que algunos construyeron a partir del movimiento de los indignados o del 15-M no permite recoger todas las inquietudes de la izquierda (sobre todo cuando se ha descalificado groseramente y se ha condenado a la subordinación a toda una familia de la izquierda que, por cierto, acaba de cumplir cien años) y, en cambio, da cabida a algunas que son antitéticas con los valores de la izquierda, como ciertas concepciones étnico-culturales de lo que es un país o nación. Pero los “mimbres” están ahí, y con paciencia y modestia (es decir, sin mesianismos) pueden ir reuniéndose. Muchos de esos mimbres se hallan hoy día en los partidos de la izquierda institucional, en militantes desencantados y críticos con su praxis política, pero también en personas con sinceras inquietudes sociales, aunque sin experiencia de militancia organizada, que se sienten políticamente huérfanas. “Federar” todos esos sectores no es fácil, pero es una necesidad objetiva.
La influencia de los medios es muy potente y, por poner un ejemplo, lo ocurrido en Cuba hace unos meses es visto-interpretado de manera muy distinta por gente que está disconforme con la realidad social y desea transformarla, y que se siente de izquierdas.
PF. La gente que se siente de izquierdas está disconforme con lo que pasa pero no necesariamente con las mismas cosas ni en el mismo orden de prioridad. Por tanto, la discrepancia interna en la izquierda es amplia y es lógico que la gente se organice de entrada en distintos partidos. El problema no es que haya distintas formaciones políticas en la izquierda, sino si éstas son capaces de entenderse en las cosas importantes o no. Parte de los miembros de AIREs, por ejemplo, participaron activamente en la Comissió per la Renda Garantida de Ciutadania junto a organizaciones de ideario cristiano y otras claramente independentistas.
Un buen ejemplo de la tan deseable unidad de acción.
PF. Se trabajó honestamente porque el objetivo, la cobertura de mínimos de toda la ciudadanía, bien valía la unión y el trabajo conjunto. La Ley se aprobó en julio de 2017 por unanimidad de todos los partidos con presencia en el Parlament. Pero ya en septiembre de 2017 se vio que no se iba a aplicar, porque implicaba gastarse un dinero que el gobierno de la Generalitat quería para otros menesteres. ERC y CUP dicen ser de izquierdas, pero no movieron un dedo en favor de la Renda Garantida; PSC y Comuns, por su parte, tampoco han hecho bandera de esta ley.
Se debe trabajar con esa izquierda, pero tiene que existir fuera de ella otra izquierda que respalde consecuentemente los derechos y las luchas de la ciudadanía. Aquellas fuerzas sólo se preocupan de sus intereses como miembros del establishment.
Todo lo dicho, sin entrar propiamente en un tema clave: la cuestión nacional.
Entremos en él si os parece.
PF. Todo el mundo tiene derecho a reivindicar su sentir nacional y a crear sociedad a partir de lazos de sangre (“nación” viene de “nacer”). Pero en democracia eso se traduce en derechos individuales, no colectivos (aunque sólo puedan ejercerse colectivamente), y la pertenencia al grupo se basa en criterios racionales y objetivos de utilidad mutua, no en meros sentimientos subjetivos. La democracia, desde una concepción de izquierdas, en la medida que protege derechos de grupos minoritarios para alcanzar una igualdad efectiva, no puede dar cabida a idearios nacionalistas que, por su propia razón de ser, buscan diferenciar dentro de una misma sociedad entre los puros y los no puros para darles derechos distintos. Una izquierda que da pábulo a concepciones nacionalistas colabora en la distinción entre puros y no puros, es decir, deja de ser izquierda porque renuncia al menos a dos de sus valores básicos, herencia de la Ilustración: igualdad y fraternidad (lo que redunda también en detrimento de la libertad).
Es necesaria una izquierda que vuelva a centrarse en el tradicional conflicto por el reparto de la renta entre grupos sociales y no tolere distorsiones nacionalistas, religiosas o de otro cariz ajeno al estrictamente socio-económico, que es el terreno común a todos. El “a cada cual según sus necesidades” no puede estar condicionado por el sentir nacional, la adscripción religiosa o la lengua materna.
Actuar con ese objetivo prioritario no tiene por qué dividirnos, pues es trabajar para acabar con una asentada disfunción que imposibilita luchar de verdad por la reducción de las diferencias de derechos reales dentro de una sociedad.
Hablando de derechos reales. ¿Sois partidarios del derecho de autodeterminación? ¿No os parece razonable un referéndum en el que, por ejemplo, la ciudadanía catalana pudiera elegir qué tipo de relación desea con el resto de los ciudadanos españoles? Algunos sostienen que eso es democracia, democracia radical, en estado puro: ¡la voz libre del pueblo en asuntos centrales!
Vicente Serrano [VS]. No es cuestión de si somos partidarios o no del derecho de autodeterminación en general. Conviene recordar que el derecho de autodeterminación está perfectamente definido en la legislación internacional. No tenemos dudas de que tal derecho asiste al Sáhara Occidental y a Palestina, por ejemplo. En ambos casos hay resoluciones de las Naciones Unidas que lo confirman. Pero plantear que dicho derecho le asiste a Cataluña o a Euskadi es cuanto menos una temeridad.
¿Por qué una temeridad?
VS. Primero habrá que determinar, por ejemplo, en qué momento Cataluña ha sido o es una colonia de España. Algo imposible de sustentar desde una historia seria y no manipulada. Pretender situar un origen en 1714 es algo totalmente ahistórico que no concuerda con la realidad. Aquello no fue una guerra entre dos identidades peninsulares, sino una guerra dinástica por la corona española a escala internacional, y la posición de Cataluña no fue unánime, como no lo fue en el resto de España.
En el caso que nos ocupa no se trata de un movimiento reivindicativo de víctimas a las que mueven unos insoportables agravios, sino de un movimiento insolidario de regiones ricas que se empeñan en mantener o acrecentar su situación de superioridad, para lo que tratan de poner tierra de por medio con la hacienda, la legalidad y la justicia estatales, por la sencilla razón de que constituyen un obstáculo para consolidar y ampliar el estatus de la actual “casta autonómica”.
Infiero entonces que no consideráis razonable un referéndum de esas características.
VS. Hay que empezar desmontando el falso, falaz, artificial e imaginario “derecho a decidir”. Si nos centramos en sus tres palabras podemos afirmar que no forman una oración; es un sintagma nominal al que le falta un sujeto, un verbo definido y un complemento que nos explique sobre qué se quiere decidir. Lo que la idea “derecho a decidir” pretende transmitir es dejar marcado a fuego que es un “derecho” porque sí, un derecho, además, previo a la ley, un derecho que está en el ADN de Cataluña, antes incluso de que Cataluña existiera. Algo así como un derecho natural. Y los “catalanes y españoles” nos guiamos por el derecho positivo, ése del que nos dotamos los seres humanos por convención y acuerdo mutuo expresados, por ejemplo, en una constitución. Y además pensamos, desde la Ilustración, que existe una jerarquía normativa.
Y como somos tan poco dados al iusnaturalismo, nos atenemos al hecho de que no hay ninguna ley escrita, constitución o declaración de las Naciones Unidas donde se recoja tal derecho. Por lo tanto no existe, no es un derecho. Aunque, admitámoslo, puede ser una reivindicación.
De acuerdo, veámoslo así.
PF. Todo paso que se da en política debe valorar la situación que genera. Un referéndum en el que gana el derecho individual al divorcio o al aborto no quita derechos a quienes votaron no y, por tanto, la nueva situación es estable. Un referéndum para alcanzar una nueva situación en la que parte de la población, que además se ve mayoritaria en partes del territorio, entiende que pierde derechos no puede llevar a la estabilidad, sólo puede llevar a acrecentar la confrontación. En el caso catalán no se debe olvidar que el 9 de noviembre de 2014 votó quien quiso. No era legal, pero nadie impidió el voto. Los convocantes decían que irían 5 millones, pero ellos mismos dieron la cifra de 2,3 millones de votantes. La mayoría de los catalanes, especialmente los de rentas bajas, dejaron claro ese día que no tenían interés en referéndums nacionales/nacionalistas que nada iban a cambiar en cuanto al régimen de propiedad o la distribución de la renta. Entonces quienes insisten en el referéndum de secesión ¿contra quién van, contra las rentas bajas? Extraña manera de ser de izquierdas.
En cuanto al sujeto del supuesto derecho a decidir…
VS. Existe un interés en equiparar el referéndum con la democracia, como si constituyeran en sí el mismo concepto. Es evidente que la democracia es algo más que el acto de votar, al que siempre y continuamente alude el nacionalismo cuando se critican sus pretensiones. La democracia, aparte de la voluntad de la mayoría, implica el respeto a las minorías y también algo muy importante: el respeto a unas reglas de juego que la sociedad se ha autoimpuesto en forma de contrato social.
No es posible someter a referéndum todo y tampoco es legítimo consultar tan solo a una parte (los catalanes) sobre cosas que afectan a todos (los españoles). Como se ha dicho a veces, en democracia las formas son el fondo. ¿Se imagina alguien un referéndum para expulsar de España a una autonomía, a Extremadura o a Galicia, por ejemplo, donde sólo voten el resto de los españoles y no los ciudadanos de esas comunidades? Y aunque votasen todos, ¿nos parecería muy democrático?
A mí no.
VS. En Cataluña, aunque los independentistas fueran mayoría, el referéndum que pretenden sería antidemocrático. El problema no es que ahora sean minoría: el problema es que una parte (nacionalistas) de la parte (Cataluña) quiere decidir por el todo. No por toda la parte (Cataluña) sino por el todo (España).
Cuando a Anna Gabriel (CUP) le preguntan en una entrevista (El País, 15/04/2017) “¿De qué sirve hacer el referéndum si nadie lo reconoce?”, responde: “De mucho… y es una victoria: sitúa a Cataluña como sujeto político soberano”. Y tiene toda la razón: hacerlo es reconocer una soberanía diferenciada.
Cambio de tema. Habéis señalado antes que AIREs es una organización de ámbito nacional en construcción. ¿Habéis conversado con otras fuerzas o colectivos con orientaciones similares a las vuestras?
MC. En ello estamos. Hay diversos sectores descontentos con la praxis política actual de la izquierda presente en las instituciones (no sólo la del gobierno de coalición) con los que estamos en contacto. Citaremos sólo de momento, pues están de acuerdo en que se les mencione, la Plataforma de Izquierdas de Madrid, que reúne básicamente a personas procedentes de Izquierda Unida y de su entorno. Otros sectores que trabajan actualmente en el seno de la izquierda institucional o que están, como nosotros, fuera de ella prefieren de momento mantener el anonimato. En cualquier caso debe quedar claro que no tenemos ninguna pretensión de hegemonizar la reconstrucción de la izquierda. Si ello llegase a ocurrir, no sería por afán de protagonismo nuestro, sino porque nuestras propuestas alcanzasen el más amplio consenso. En cualquier caso estamos abiertos a todas las ideas que vayan en el sentido apuntado en nuestra respuesta a la cuarta pregunta que nos has hecho. Los partidos son un medio, no un fin en sí (aunque parece claro que algunos entienden perversamente esta última frase y convierten los partidos en medios de promoción personal).
¿Qué planes políticos tenéis en el futuro más inmediato? ¿Alguna actividad congresual?
MC. La tarea más urgente que tenemos por delante es darnos a conocer por aquellas personas que puedan conectar (que no son pocas) con nuestros planteamientos. Cosa nada fácil en medio del ruido mediático que tiende a silenciar toda voz discordante con los cánones políticos imperantes, tanto a derecha como a izquierda. Después de haber aprobado, en la conferencia política del pasado 19 de junio, un documento político a modo de líneas programáticas provisionales, está previsto celebrar nuestro congreso constituyente a principios del año próximo. Las mencionadas medidas programáticas son ciertamente de carácter general, y son innumerables los problemas concretos que plantea la vida política cotidiana a los que de un modo u otro hay que dar respuesta (sin ir más lejos, la reciente polémica suscitada por el proyecto de ampliación del aeropuerto del Prat, de Barcelona). Como decimos en una breve presentación de nuestro proyecto titulada “¿Quiénes somos?”, no pretendemos tener soluciones prefabricadas para todo (y pobre de quien crea tenerlas: la realidad le pasará por encima). Por eso aspiramos a lograr que participen en nuestros debates internos el mayor número de personas con conciencia social avanzada, pues cuantos más ojos miran, más fiel es la imagen resultante.
De momento, y por citar tan sólo los puntos que aparecen en la mencionada presentación, tenemos claras algunas propuestas.
¿Nos dais algunos ejemplos?
PF: Ahí van:
1. Un Plan de Trabajo Garantizado que estimule la economía productiva en lugar de inflar artificialmente el sobredimensionado sector terciario, cubriendo con la intervención pública los vacíos dejados por la iniciativa privada y dando prioridad a la inversión en aquellas actividades que más pueden contribuir al bienestar general.
2. Un Plan Nacional de Empleo Joven y un Plan Nacional de rescate para autónomos y pequeñas y medianas empresas.
3. Creación de un Sistema Estatal de Salud de gestión pública centralizada, universal y de calidad, superando la disfuncional fragmentación actual.
4. Reforzamiento de la Red Pública Educativa, en la que tengan prioridad los contenidos comunes respecto de los particulares de cada región y, allá donde existan dos lenguas oficiales, se respete escrupulosamente el bilingüismo.
5. Fortalecimiento del Sistema Público de Pensiones frente a los reiterados intentos de privatización y consiguiente degradación.
6. Creación de una verdadera banca pública que, mediante el crédito, oriente la actividad económica hacia los sectores que más puedan contribuir a la prosperidad general.
7. Control suficiente por el Estado de los sectores estratégicos de nuestra economía (energía, transportes, etc.) que suelen corresponder a los llamados “monopolios naturales”, sobre los que se apoya toda la estructura económica del país.
8. Reformas constitucionales en la línea de incluir los derechos sociales en la sección 1ª, capítulo 2, confiriéndoles así el rango de derechos fundamentales. Asimismo, derogación de la modificación del artículo 135 introducida hace diez años por presiones de ciertos países de la UE y vuelta al redactado anterior. Reforma del régimen electoral en sentido proporcional a fin de garantizar igual valor a los votos emitidos en todo el territorio nacional.
MC: Añado:
9. En política internacional, replanteamiento de nuestra pertenencia a una obsoleta OTAN que a la hora de la verdad no aporta a nuestro país ningún plus en materia de defensa y nos compromete, en cambio, en intervenciones fuera de su teórica zona de actuación, al servicio de intereses ajenos.
Muchos otros son los puntos que hoy por hoy están claros en nuestro proyecto, como la defensa de los valores feministas, que, después de una resistencia secular a su reconocimiento por lo que en líneas generales podríamos llamar la “derecha”, son ahora víctimas de una auténtica puñalada por la “izquierda” como es la denominada “autodeterminación de género”. Menos claridad presentan, en los detalles, cuestiones como la respuesta a la crisis ecológica, energética y de recursos, si bien tenemos claro que el futuro del planeta como lugar habitable exige replantear los ritmos de crecimiento económico y reconsiderar qué actividades son realmente productivas de bienestar para la gran mayoría.
No podemos caer, como muchas veces hace la derecha, en la reducción de los problemas políticos a problemas técnicos; pero tampoco, como a menudo hace la izquierda, en la reducción de los problemas técnicos a problemas políticos.
Bien visto, no abuso más. Mil gracias por vuestro tiempo. Toda la suerte del mundo (que os hará falta probablemente).
Fuente: El Viejo Topo, enero de 2022.