Para los que siguen pensando que en asuntos lingüísticos (y en muchos otros temas) sumar es mejor que restar.
El historiador Antoni Jutglar se preguntaba en los años ochenta del siglo pasado, entre atónito e incrédulo, tras repasar la larga lista de sus fracasos, derrotas y proyectos fallidos, “¿cómo esta burguesía ha conseguido que se siga hablando de ella como de una burguesía distinta [de la española] y que, además, imponga a otros partidos no burgueses sus eslóganes nacionalistas?”
Manel Pérez (2022) [1]
Abona nuestra memoria recordar las palabras del que fuera presidente de CDC entre 1981 y 1989: “cambiar de lengua en la niñez dificulta extraordinariamente la capacidad del niño. Nosotros nunca vamos a obligar a ningún niño de ambiente familiar castellano a estudiar en catalán”. Que no habite nuestro olvido en ellas.
Dos previas:
1. Por inverosímil, descabellada e irracionalista que pueda ser y parecer, cualquier conjetura contra las actuaciones del gobierno y del Estado español (nunca sobre las instituciones de la propia Generalitat) recibirá el apoyo entusiasta de sectores del nacional-secesionismo .Cat. Lo hemos visto este 17A y lo volveremos a ver en muchas otras ocasiones [2]. De la actuación (en el sentido teatral de la palabra) de doña Laura Borràs, casi todo está dicho. A la altura del personaje (y persona) que siguen construyendo ella y sus próximos.
2. Por lo demás, que una política profesional como doña Laura, profesora de Universidad además, haga referencia a la que llaman guerra civil española [3] como guerra contra Cataluña (¡García Lorca, Machado, Miguel Hernández, centenares de miles de ciudadanos españoles asesinados!) es prueba, una vez más, del acierto lukácsiano de hablar sobre el asalto o la destrucción de la razón (también de la compasión). ¿Cómo deberíamos sentirnos los familiares de los ciudadanos españoles que perdieron la vida en el enfrentamiento (o en la inmediata posguerra) defendiendo la Segunda República y las libertades democráticas y conquistas sociales de todos? [4].
Vayamos a nuestro tema, a la manifestación del próximo 18 de septiembre. Tres aproximaciones, la primera de ellas:
(Entre paréntesis: uso una categoría de largo y no siempre exitoso recorrido filosófico: lo esencial. Entiendo por tal, consciente del carácter borroso del término (¿qué categoría filosófica no lo es?) y las imprecisiones de mi “definición”, aquello que resulta central al aproximarnos a una determinación situación, sistema o entidad, aquello que hace que las cosas sean básicamente lo que son, sin que ello implique olvido o desestimación de circunstancias complementarias, no tan determinantes).
Centenares de muestras de menosprecio nacional-secesionista, sumadas a toneladas de confusión, se lanzarán contra la manifestación ciudadana a favor del bilingüismo del próximo 18 de septiembre en Barcelona. Pongamos el foco en lo más esencial, que, en mi opinión, es lo siguiente:
¿Estamos o no estamos de acuerdo en que las lenguas debe ser medios de comunicación y cercanía y no instrumentos de conflicto y separación? ¿Estamos o no estamos de acuerdo en que el bilingüismo equilibrado es una conquista cívica cultural que ha merecido y merece todo nuestro apoyo? ¿Estamos o no estamos de acuerdo en que catalán y castellano son lenguas (próximas, muy próximas) que pueden convivir hermanadas, cooperando y sin menosprecios, en la enseñanza preuniversitaria y universitaria? ¿Estamos o no estamos de acuerdo en que la persecución del catalán (que nadie niega) queda muy, pero que muy lejos? ¿Coincidimos o no en que en asuntos lingüísticos (también en muchos otros) sumar es mejor que restar? ¿Estamos o no estamos de acuerdo en que deben ser respetados los derechos lingüísticos de todos? ¿Estamos o no estamos por la convivencia en el respeto y reconocimiento mutuo? ¿Estamos o no estamos en contra de los liantes, de los partidarios del lío por el lío, y del contra peor, mejor? ¿Estamos o no estamos en contra de las identidades sociopolíticas alimentadas por el odio al prójimo próximo (y a sus lenguas y culturas)? ¿Nos parece o no nos parece que las sentencias judiciales, democráticas y justificadas, deben cumplirse? ¿Creemos o no creemos que no son de recibo los trucos y estrategias parlamentarias, aunque sean fruto de acuerdos amplios, construidos para incumplir mandatos judiciales democráticos? ¿Coincidimos en que las lenguas no deben ser usadas para inculcar en niños y jóvenes “proyectos de país”, construcciones nacionales o asuntos afines? ¿Pensamos o no pensamos que es una conquista de todos que el castellano-español, que entre todos hemos construido y construimos, permita comunicarnos al conjunto de ciudadanos españoles, vivamos en la comunidad que vivamos, sin desconsideración alguna hacia otras lenguas? ¿Sentimos o no sentimos como nuestros a autores como Salvador Espriu, Rosalía de Castro, Antonio Machado, Mercè Rodoreda, Joan Margarit, Luis Cernuda o Bernardo Atxaga? ¿Somos o no somos conscientes que el incumplimiento del 25% en castellano y el lío que han montado no tiene nada que ver con la defensa del catalán? ¿Pensamos o no pensamos que tanto la hispanofobia como la catalanofobia son caminos irracionalistas de destrucción de un demos común?
Si sus respuestas son afirmativas, si estamos de acuerdo en lo que siempre ha sido obvio para la izquierda no nacionalista, estamos llamados a acudir a la manifestación en Barcelona del próximo 18S a favor del bilingüismo, de la que solo quedan excluidos loss que apuestan por lo unidimensional y por la imposición lingüística, en catalán o en castellano, colectivos que suelen coincidir con todos aquellos que ríen, con risa destemplada, cuando oyen o gritan consignas, canciones incluso, del tipo “Puta Espanya!” o “¡Puta Cataluña!”.
Lo señalado, así lo pienso, es lo esencial del 18S. Todo lo demás es ruido, manipulación, argumentos ad hominem, mirada sesgada, ganas de líos, victimismo injustificado, abonar lejanías, construir o intentar construir muros de separación, fomentar identidades excluyentes, etc. El pan nuestro de cada día de los nacionalismos excluyentes y fanatizados, un pan que nunca ha sido el nuestro [5].
¡Nos vemos el 18S!
Notas
1) Extraída de: Manel Pérez, La burguesía catalana. Retrato de la élite que perdió la partida, Barcelona: Península, 2022, p. 14. La pregunta de Jutglar de hace más de 40 años es tan pertinente como entonces. Más incluso.
2) De ahí no se infiere, por supuesto que no, que el Estado español esté libre de toda sospecha en cualquier circunstancia y acción. En absoluto. Como tampoco lo está la Generalitat de Cataluña.
3) Español o española son términos usados por el nacional-secesionismo para referirse a cosas de los otros, de los no catalanes, de gente carca y fachosa.
4) ¿Y los historiadores de .Cat? ¿Nada que decir sobre las palabras de Laura Borràs?
5) Pensar que el bilingüismo (con idiomas complementarios y sin olvidar el aranés del Valle de Arán) es una riqueza en la enseñanza preuniversitaria y universitaria no significa pedir-exigir en todo momento y lugar una distribución exacta al 50%. Ni el sentido común ni las realidades lingüísticas diversas ni los horarios de clase lo demandan. Lo que no es de recibo, vuelvo a insistir, es considerar que la exigencia de una asignatura troncal en castellano es un disparate educativo, un ataque al catalán o un menosprecio al país, consideración que nunca se afirmaría si la lengua de esa asignatura troncal fuera el inglés o el alemán pongamos por caso.
Ser partidario del bilingüismo tampoco implica exigir doble titulación en todo lugar y circunstancia (con Catalunya es suficiente, con España también). Por lo demás, de la misma forma que admitimos el uso de Osca y Saragossa cuando escribimos en catalán, no es escándalo o ejemplo de españolismo inadmisible escribir Gerona o Lérida cuando usamos el castellano.
Necesario que el sentido común prevalezca
Bilingüismo por favor