Entrevista a Lluís Rabell sobre La izquierda desnortada (I)

La izquierda transformadora necesita apelar a la razón, a la comprensión de las contradicciones del capitalismo, a las enseñanzas adquiridas por las generaciones anteriores, a la construcción colectiva de pensamiento y estrategia.”

Lluís Rabell (Josep Lluís Franco Rabell) nació el 17 de febrero de 1954 en el barrio barcelonés del Raval. Traductor e intérprete, trabajó en una empresa vinculada al ramo de la construcción.

Inició su activismo político en las postrimerías de la dictadura, militó en la LCR (Liga Comunista Revolucionaria). Su itinerario le llevó más tarde a formar parte de EUiA y otras agrupaciones de izquierda. Ha sido activista del movimiento vecinal y fue presidente de la Federación de Asociaciones de vecinos de Barcelona durante el gobierno municipal convergente de Xavier Trias.

En septiembre de 2015 fue candidato a la presidencia de la Generalitat de Catalunya por “Sí que es pot”, presidiendo su grupo parlamentario hasta octubre de 2017. Es miembro activo de Federalistes d’Esquerra.

Ha publicado en la editorial de El Viejo Topo, La izquierda desnortada. Entre parias y brahmanes.

Son muchos los temas que presentas y comentas a lo largo de las páginas del libro. Tendré que dejarme muchos asuntos en el archivo de “Pendientes”. Empiezo recomendando una hermosa y profunda historia familiar, obrera y socrática, que explicas en las páginas 141-143. Una excelente muestra de la perspectiva moral que defiendes.
¿Qué izquierda está desnortada? ¿Dónde observas, qué te hace pensar en esa desorientación?

Desnortada, desorientada, lo está la izquierda en su conjunto. La socialdemocracia europea se deslizó hacia los postulados social-liberales en las décadas finales del siglo XX, al tiempo que las leyes del mercado irrumpían por doquier y saltaba por los aires el pacto social de la posguerra. La izquierda de matriz comunista –incluidas las corrientes críticas con el estalinismo– salieron malparadas del hundimiento de la URSS y, con ella, del ocaso de la utopía de emancipación surgida de la Revolución de Octubre. Las nuevas tendencias, nacidas de los movimientos contestatarios de la globalización -y en buena medida influenciadas por la izquierda universitaria americana- buscan nuevos sujetos políticos, más allá del paradigma de la lucha de clases. Sin embargo, la crisis ecológica, las tensiones geopolíticas y todas las contradicciones acumuladas por el capitalismo bajo los años de hegemonía neoliberal, nos abocan a un período de intensos conflictos sociales. Ante ese escenario de trascendencia histórica, la izquierda se siente desprovista de una visión estratégica. Ese vacío, que llena penosamente un tacticismo desenfrenado, afecta a sus tendencias reformistas como a aquellas que postulan transformaciones radicales.

Señalas en el prólogo, lo titulas “En la incertidumbre”, que si bien la opinión dominante sostiene que la época de los grandes partidos obreros quedó definitivamente atrás, tu posición no es esa, sino más bien la contraria. ¿Los grandes partidos obreros son más necesarios que nunca en tu opinión? ¿Hay que unir más los derechos civiles y los derechos sociales?

Bajo una forma u otra, deviene más necesario que nunca dar una expresión organizada a los intereses propios de la clase trabajadora, al cambio que ésta propone al conjunto de la sociedad. Esa idea, es evidente, va a contracorriente del zeitgeist de nuestras sociedades “líquidas”. Pero esa “liquidez” resulta de una determinada mutación del capitalismo, de los cambios que indujo y de una serie de confrontaciones en que perdió el movimiento obrero. El neoliberalismo ha configurado sociedades desarticuladas y atomizadas. Esa es la base material sobre las que la izquierda ha tratado de recomponerse de modo populista. Podemos o La France Insoumise de Mélenchon han bebido de esa fuente. Pero la gramática populista conviene mucho más al discurso de la derecha radicalizada y de la extrema derecha que al propósito de una izquierda transformadora.

¿Por qué?

La izquierda transformadora necesita apelar a la razón, a la comprensión de las contradicciones del capitalismo, a las enseñanzas adquiridas por las generaciones anteriores, a la construcción colectiva de pensamiento y estrategia. Muy al contrario, el populismo se nutre de emotividad, sentimentalismo y respuestas simples a problemas complejos. Lo efímero del populismo de izquierdas llevará a plantearse construcciones partidistas más sólidas, orgánicas y arraigadas socialmente.

Desde posiciones críticas a lo que se presenta en ocasiones como “nueva izquierda”, se señala que esa izquierda, a la que califican de posmodernista, enfatiza todo lo que puede lo que tenemos de particular y diferente defendiendo políticas identitarias y tendiendo a refugiarse en aspectos intimistas, singulares, y lo hace en detrimento de lo mucho que tenemos en común. ¿Qué opinión te merece esa consideración?

Es exacto. El neoliberalismo proclamó la desaparición de la clase obrera. Semejante afirmación corresponde a los procesos de desindustrialización y deslocalización que se dieron en las metrópolis, y al consiguiente debilitamiento de los sindicatos. Con la caída del Muro de Berlín, el capitalismo triunfante hacía tabla rasa de un siglo y medio de luchas sociales: no había horizonte alternativo, ni proletariado que aspirase a liderar alternativa alguna. Era el fin de la historia. La izquierda interiorizó ese paradigma. Y, con él, un sentimiento de profunda derrota. La socialdemocracia buscó una alternativa en las clases medias urbanas ilustradas. La izquierda alternativa buscó nuevos “sujetos”. Para algunos sectores, la celebración de unas diversidades e “identidades” –que el capitalismo transforma hábilmente en productos mercantiles– ha reemplazado al análisis materialista y a la lucha de clases. Sin embargo, la realidad es muy tozuda.

¿Dónde observas esa tozudez de la realidad?

En el marco de la economía global, la clase trabajadora – empezando por el proletariado industrial propiamente dicho- nunca había sido tan numerosa. (Otra cosa es su consciencia, su organización sindical, sus expresiones políticas, que por lo general van muy por detrás de su realidad objetiva). En las antiguas naciones industriales, la vieja clase obrera, empobrecida y “olvidada” por la izquierda, nos recuerda airadamente su presencia “votando mal”, dejándose seducir por el brexit o la demagogia nacional-populista.

En un segundo texto de presentación, “A última hora”, afirmas que todavía está pendiente un balance “del cambio de paradigma que supuso la caída del muro de Berlín, la apoteosis de los mercados y el debilitamiento de las organizaciones que se apoyaban sobre la clase trabajadora”. ¿No hemos hablado ya mucho de ello? ¿Qué podemos decirnos más? ¿Hablar del pasado una y otra vez no nos quita energías y tiempo para comprender y transformar el presente?

Hemos hablado mucho, pero quizá más para aliviar la mala conciencia de la izquierda que para entender realmente por qué se produjo ese colapso a finales del siglo XX. Nuestra comprensión del presente –y aún más nuestra capacidad de imaginar el futuro– están fuertemente condicionadas por ese balance. Eso es tan cierto que hoy podemos imaginar el fin del mundo, pero somos incapaces de imaginar el final del capitalismo. Una parte de la izquierda permanece cautiva del pensamiento, al tiempo brutal e infantil, que el estalinismo inoculó en el movimiento obrero internacional. Eso es perceptible en la incapacidad para orientarse según criterios de clase -y no de bloques o conspiraciones, por mucho que, como las meigas, “de haberlas, haylas”– en situaciones como la guerra de Ucrania. La URSS – al igual que la República china– no constituyen “modelos”, no representan ningún diseño previamente concebido de socialismo. Resultaron de un proceso tortuoso, complejo e inacabado de la lucha de clases mundial. Como consecuencia del atraso histórico, de las guerras y el aislamiento internacional, los sueños socializadores se transformaron en terribles pesadillas estatalistas. Pero, situadas en su justa perspectiva histórica, esas experiencias no sólo no desmienten, sino confirman la justeza del pronóstico marxista. Esas experiencias han consumido el esfuerzo emancipador de varias generaciones. El pasado pesa como una losa sobre el presente y el futuro de las izquierdas.

Te pregunto más tarde sobre Rusia y China. Coincides con Thomas Piketty en la consideración de que en estos últimos años la izquierda se ha vuelto brahmántica. ¿Y eso qué significa exactamente? ¿Toda la izquierda ha seguido esta transformación? En el apartado “Entre parias y brahmanes” hablas del rearme ideológico de la izquierda. ¿En qué aristas debería rearmarse más esa izquierda?

El enfoque de Piketty es muy interesante. Creo que da en el clavo. Frente a la “revolución conservadora” y, más tarde, frente a la oleada neoliberal, la socialdemocracia, al sentir que iba perdiendo pie sobre las franjas sociales más humildes, aquellas que compondrían “los perdedores de la globalización”, buscó afianzarse en aquellos segmentos que habían progresado en el marco del Estado del Bienestar, durante las décadas en que funcionó un cierto “ascensor social”. Pero ese desplazamiento del centro de gravedad conllevó un deslizamiento no menos notable hacia las aspiraciones y percepciones de las clases medias en un momento de profundos cambios tecnológicos, económicos y culturales. La izquierda se “brahmanizó”.

¿Brahmanizó?

Ahí estuvo la “tercera vía” de Tony Blair, por citar un ejemplo emblemático. La suerte de un gran partido como el PCI tiene que ver igualmente con esa deriva. La izquierda verde europea -a quien hay que reconocer el mérito de haber puesto en la agenda la cuestión ecológica, que hoy reconocemos crucial para el devenir de la humanidad– ha mostrado también, desde su surgimiento, los rasgos característicos de la intelligentsia urbanita a la hora de abordar los problemas políticos, incluidos los de la propia transición ecológica, imposible sin una acertada orientación social. El rearme ideológico tiene que ver con ese balance al que antes me refería, y con el esbozo de un programa y una estrategia hacia el socialismo que recupere la centralidad y el esfuerzo de organización de la clase trabajadora.

Citas y hablas con cariño y admiración de pensadores de orientación trotskista: Bensaïd, Krivine, Mandel, etc. De hecho, de joven fuiste militante de la LCR. ¿Te sigues reconociendo en esa tradición?

La lucha de la Oposición de Izquierdas contra la degeneración burocrática del Estado soviético y, luego, el esfuerzo del trotskismo por mantener vivas las tradiciones del marxismo revolucionario y del bolchevismo forman parte de la historia y el patrimonio del movimiento obrero mundial. Representan toda una etapa, repleta de impagables enseñanzas, conquistadas al precio de sacrificios heroicos de una corriente que tuvo que enfrentarse a las iras y la persecución combinada de la burguesía liberal, del fascismo y del terror estalinista. Sin embargo, las tradiciones militantes no viven en el aire. Por la fuerza de las circunstancias históricas, el trotskismo vivió en gran medida como una corriente “exiliada de su propia clase”. Sólo episódicamente ha logrado romper su aislamiento, llegando a constituir una fuerza influyente entre las clases populares. El aislamiento asfixia el pensamiento, favorece las derivas doctrinarias, las rupturas y la búsqueda de sucedáneos.

Reivindicas entonces aquella tradición…

Reivindico aquella tradición, la memoria de quienes lucharon por preservarla y cuanto de fecundo puede aportar esa experiencia al combate de la izquierda del siglo XXI. Pero me cuesta mucho reconocer ese impulso en las opciones adoptadas por grupos que, formalmente, se reclaman del trotskismo, pero se dejan seducir por las identidades posmodernas.

Has estructurado los escritos recogidos en el libro en nueve apartados. Empiezo por el primero: “Echando la vista atrás”. ¿Por qué das tanta importancia a la Primavera de Praga y a la invasión de Checoslovaquia de agosto de 1968?

Porque la historia no está escrita de antemano. Las cosas no sucedieron de la única manera que podían haber sucedido. Sólo la lucha dirime las disyuntivas. La Primavera de Praga no fue un acontecimiento aislado. Se habían producido otros movimientos de masas contra los regímenes burocráticos en el Este de Europa –Berlín en el 53, la revolución de los Consejos Obreros húngaros en el 56…- Y otros siguieron: en el Báltico a principios de los 70, luego el surgimiento de Solidarnosc.

Visto en perspectiva, Praga fue crucial. El movimiento de las fábricas y las universidades, sobre el que se apoyó el ala reformadora del PC, planteaba un giro democrático en la vida política y la economía nacionalizada. Esa necesidad estaba a la orden del día, con carácter de urgencia, en todos los países del Este y en la URSS. Lo que se dio en llamar –con poca fortuna– “socialismo con rostro humano” ponía de manifiesto una alternativa insoslayable: la gestión anquilosada de la burocracia sobre economías complejas, al tiempo que generaba desigualdades sociales y promovía tendencias favorables a una restauración del capitalismo, amenazaba con llevar a un colapso general a medio plazo. No habría socialismo en un solo país. Ni siquiera en un solo bloque.

Pero avanzar no era un sueño.

Era posible avanzar, dando voz a los trabajadores y a la sociedad civil, mediante la libertad de expresión, la crítica y la participación, y confiriendo un carácter más indicativo y cooperativo a la planificación. El Kremlin temió por su poder y aplastó aquella esperanza regeneradora, usurpando y desacreditando la bandera del socialismo. Esa tragedia marcó ulteriores desarrollos ideológicos de las revueltas obreras contra el poder burocrático –Solidarnosc levantó un movimiento de diez millones de trabajadores… que acabó bajo una dirección clerical. La “normalización” de Praga prefiguró el destino de la URSS.

En “Ecos de un siglo” rindes un homenaje a Albert Escofet, “entrañable amigo y animador de tantos combates de la izquierda”. ¿Qué significó para ti la vida y lucha de Albert?

Junto a su entrañable personalidad, me atrevería a decir que encarnaba muy bien el prototipo de la fidelidad a su clase y a sus ideales. Sobre la lealtad y la entrega de ese tipo de militantes, de hombres y mujeres con ese talante, se han construido y mantenido durante décadas las organizaciones del movimiento obrero.

No se entienda esto como una mera evocación sentimental, ni como una nostalgia de tiempos pasados. No. Se trata de reivindicar una enseñanza válida para la nueva generación. No habrá emancipación sin esfuerzo emancipador y sin organización. Y no habrá atajos, ni astucias que valgan. Será necesarias tenacidad, constancia y lealtad.

En ese sentido, Albert fue todo un ejemplo.

No son pocas las páginas y artículos que dedicas a temas feministas. ¿Debemos los hombres hablar de estas temáticas? ¿Qué feminismo es el tuyo?

El problema es la izquierda. La izquierda debe asumir e integrar plenamente la agenda feminista. La crítica y la aspiración a la igualdad del movimiento feminista no pueden ser un atributo ni un complemento, sino un elemento nuclear del programa socialista. La opresión patriarcal, identificada por el feminismo en todos los ámbitos de la vida social, de la economía y la cultura, no sólo es funcional al capitalismo, sino que perpetúa las pautas de dominación que son necesarias a su reproducción. Pero, al mismo tiempo, hay que entender que el feminismo es el movimiento histórico de las mujeres en pro de la igualdad. Los hombres feministas, si esa expresión es acertada, son aquellos que han sido convencidos de la justeza de ese combate y lo apoyan resueltamente. Por supuesto que debemos hablar de la agenda feminista.

¿Por qué?

¿Cómo no hablaríamos de la prostitución si es la demanda masculina quien la promueve? ¿Cómo callaríamos ante el fenómeno de la pornografía, cuando escenifica una violencia deshumanizadora de los hombres sobre las mujeres? ¿O ante el negocio infame de los “vientres de alquiler”? Claro que debemos hablar de todo ello. El feminismo incide de lleno en la crisis de la civilización que estamos viviendo. La cuestión, para nosotros, los hombres, consiste sobre todo en saber a quién hablamos. No vamos a explicar el feminismo a las feministas… de quienes aún estamos aprendiendo los rudimentos de la teoría feminista. Nuestra tarea, eso sí, es dirigirnos a los otros hombres y a la esfera pública en general, combatiendo prejuicios, cuestionando la superioridad viril en la que hemos sido socializados, apelando a la responsabilidad…

Debemos decidir si queremos avanzar hacia una sociedad igualitaria… o formar parte, por activa o por pasiva, de una fratría bárbara.

Tomemos un descanso.

De acuerdo.

Fuente: El Viejo Topo, julio-agosto de 2022.

Autor: admin

Profesor jubilado. Colaborador de El Viejo Topo y Papeles de relaciones ecosociales.

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