Entre los compañeros Ernesto Gómez de la Hera y José Luis Martín Ramos.
I. Ernesto Gómez de la Hera
Hola José Luis. Acabo de leer, con la atención y el interés que todas tus cosas merecen la nota sobre la intervención de Serrati en el II Congreso de la IC.
Primero quiero agradecerte haber puesto de relieve esta intervención que, yo al menos, ignoraba. Me reafirma en la consideración, muy alta, que siempre he tenido por Serrati. Estoy convencido de que tenía razón en su apreciación de las 21 condiciones (Humbert-Droz, que no en vano había sido pastor calvinista, y Bordiga cooperaron mucho para empeorar la idea original de Lenin), con lo que podrían haber variado muchas cosas de habérsele hecho caso. Algo en lo que Lenin, que como tú dices le valoraba mucho, seguramente habría coincidido. Desafortunadamente, y eso que temporalmente esto (el Congreso de Livorno) sucedía al mismo tiempo que se preparaban la NEP y la famosa carta abierta del VKPD, las personalísimas iras de Paul Levi en el sentido contrario retrasaron y perjudicaron ya definitivamente la posibilidad de que los «terzini» participaran en la aparición de un partido de masas en Italia.
En cuanto al asunto concreto de la famosa comisión creo que tu opinión debería matizarse. Coincido en que se mezclaron de la peor forma temas nacionales y coloniales y en que Serrati fue consciente de ello, pero me parece que ni Roy comprendió lo que Serrati pretendía ni Serrati entendió que en los países colonizados la clase decisiva eran los campesinos sin tierra y no los obreros fabriles. Por otro lado, la verdadera intervención de Lenin en la comisión fueron sus tesis escritas que, estoy de acuerdo contigo, no son propias de sus mejores momentos. Lo malo fue que las de Roy (muy buenas para los países en que él pensaba, aunque no para aquellos que preocupaban a Serrati) se mezclaron de mala manera con las de Lenin y jamás, hasta que fueron usadas sin probablemente conocerlas (él no conocía otro idioma que el chino y nunca tuvo asesores rusos próximos) por Mao, dieron el fruto que prometían.
Para terminar, también coincido contigo en que estos temas son para distraernos del penoso presente y además sólo nos importan a cuatro gatos.
Saludos cordiales.
Ernesto
II. José Luis Martín Ramos
Gracias por tu atención y por tus comentarios. Sigo la conversación. Empiezo por el final, hemos de esforzarnos para que ese penoso presente no nos lleve a abandonar lo que cada uno puede hacer para cambiarlo, por eso intento tanto como puedo tirar adelante mi ensayo sobre la historia de la Internacional Comunista; veremos si el tiempo y la edad me lo permiten, no es una tarea fácil. Yendo a la cuestión de fondo. Completamente de acuerdo con la valoración positiva de Serrati, muy por encima de otros comunistas de primera hora como Bordiga o como Bombaci, que estuvieron también en el congreso. Por cierto, tras el giro a la política de frente único los «terzini» liderados por Serrati plantearon su incorporación a al IC, aceptando por tanto su configuración y sus estatutos; Lenin los apoyó de todas todas, y propuso su fusión con el recién constituido PCI; se opusieron Bordiga y Gramsci y en general toda la dirección del PCI, hasta que finalmente solo quedó Bordiga en posiciones de rechazo y pudo constituirse el Partido Comunista Italiano Unificado -como se había constituido el Partido Comunista Alemán Unificado- aunque la denominación que se mantuvo en la práctica fue la de PCI. Si Bordiga y Gramsci no se hubieran enquistado en su posición sectaria, el camino del PCI hacia una formación y política de masas se habría acelerado.
En cuanto a lo de la Comisión, es cierto las incomprensiones mutuas que señalas, aunque a mí lo que me parece fundamental es que desde las propias Tesis presentadas por Lenin la atención fundamental se centró en la cuestión colonial, con el famoso punto 11 y las tesis suplementarias de Roy; y por omisión y por acción se obvió considerar la cuestión nacional en Europa, que en 1920 ya presentaba importantes desafíos con la retrocesión de Alsacia y Lorena a Francia, la disolución de Imperio Austro-Húngaro y la fragmentación de su antiguo territorio y la formación de estados como el Checoslovaco y el Yugoslavo en el que ya se planteaba un conflicto respecto a la identidad y la construcción nacional de esos estados. No deja des sorprenderme que Lenin, que tenía entre sus preocupaciones la cuestión de Alsacia y Lorena y las diversidades nacionales en Europa antes y durante la guerra, e incluso en sus apuntes previos para la redacción de las Teisis, finalmente en ellas esas cuestiones brillaran por su ausencia. Lenin se limitó a hacer una rectificación implícita de anteriores posiciones suyas, en los puntos 7 y 8 de las tesis poniendo como modelo la solución federativa adoptada por el estado soviético y proponiéndola como fórmula de transición hacia la plena unidad conseguida por el esperado triunfo de la revolución mundial. Su omisión, que esta vez no concordó con la realidad concreta de Europa, dejó un vacío de reflexión que fue aprovechado por Zinovier y Stalin para deformar más adelante el pensamiento de Lenin sobre la cuestión nacional y la cuestión de la autodeterminación. Como Lenin no lo trató, la cuestión nacional en Europa no formó parte del núcleo de la discusión en el Congreso y, desde luego y lamentablemente, de las Tesis finales. Pero no es que la cuestión no la plantease nadie. De entrada la planteó el propio Serrati cuando puso sobre la mesa la situación italiana, el desafío que el nacionalismo que se autoproclamaba revolucionario, y muy particularmente el fascismo, había lanzado contra la endeble democracia parlamentaria italiana y el Partido Socialista; no hay que olvidar que eran los momento de la aventura de D’Annunzio proclama el Estado Libre de Fiume en la croata Rijecka y que el fascismo era el del congreso del San Sepolcro, antes de virar explícitamente hacia el fascismo contrarrevolucionario de finales de 1921. De lo que se quejó Serrati fue de que las Tesis que se iban a aprobar, que por decisión de Lenin iban a ser la suyas y las suplementarias en un todo, dejaban abierto un equívoco importante sobre la identificación de los estados atrasados y sobre la calificación del «nacionalismo revolucionario»y la actitud que ante él había de tomarse. ¿podía caer Italia en la categoría de país atrasado en donde predominaban las «relaciones feudales, patriarcales o patriarcal-campesina»? De la Italia del Norte para abajo la tentación de usar esos conceptos para caracterizarla era presente. En ausencia de detalle sobre la táctica a seguir en la cuestión nacional en Europa el riesgo era que se impusiese la táctica a seguir en el mundo colonial y se impusiera el principio del «apoyo al movimiento democrático-burgués «que para ese mundo estipulaba la tesis 11 del texto de Lenin, aunque luego fuese matizado por las «tesis suplementarias» de Roy. Quizás pecara de suspicacia; pero el hecho es que eso, precisamente, es lo que ocurrió en Yugoslavia y Checoslovaquia -apoyando al nacionalismo croata y eslovaco- con consecuencias funestas. Serrati no estaba en contra de las Tesis, en su intención de fondo, si criticó su deficiente formulación. Y creo que los dos pensamos que en eso tuvo razón.
Graziadei quiso superar esa desconfianza que generaba en parte de la delegación italiana la formulación de las tesis proponiendo en la sesión plenaria de la cuestión colonial la sustitución del concepto de «apoyo» por el de «interés activo», y el «deber de establecer relaciones temporales» con los movimiento nacionalistas por «que los movimientos nacionalistas se utilizarán rápidamente en todas partes para crear un movimiento revolucionario». La reacción furibunda de los delegados de los Países Bajos y de su colonia de Indonesia (entonces Indias Orientales) de Wijnkoop y de Sneevliet contra Graziadei y contra Serrati hicieron imposible todo debate constructivo. Sneevliet le dió una vuelta de tuerca en la peor dirección a la cuestión sosteniendo que las Tesis de Lenin y de Roy decían lo mismo (es discutible) y que era «esencial trabajar junto con los elementos nacionalistas revolucionarios», sin matices. Sneevliet estaba dominado la situación indonesia, en la que la izquierda socialista revolucionaria estaba incrustada en los movimientos impulsados por el islamismo popular anticolonial y proyectó esa situación como política general de la IC; poco tiempo después fue el primer asesor de la IC en China, donde aplicó ese principio con resultados que no resultaron felices. Wijnkoop secundó a Sneevliet y fue quien confesó que en la reunión previa de la comisión de ponencia se había descartado precisar más el concepto de países atrasados. En este punto hay que señalar que Lenin participó e intervino en la reunión de la comisión, en donde polemizó con Roy, pero no intervino, más allá de presentar su ponencia, en la reunión plenaria posterior en la que Serrati expuso sus dudas y críticas y Sneevliet y Win¡jnkoop sus respuestas. Lamentable, porque el sesgo de estos últimos quedó más marcado ante la ausencia de respuesta o comentario de Lenin. El propio Roy se dejó llevar `por ese sesgo, al replicar a Serrati suponiendo que éste le había llamado contrarrevolucionario, cuando le espetó que «en los países atrasados la revolución nacional es un paso adelante» y «todas las revoluciones son etapa de la revolución social» (sin comentarios). Ese sesgo había quedado apuntado por el delgado alemán Quelch en la reunión de la comisión de ponencia anterior al pleno cuando respondiendo precisamente a Roy que menospreció el apoyo popular que pudiera tener el Congreso Nacional Indio; para Qelch era obligado a ayudar cualquier tipo de movimiento contra el imperialismo y que si bien el movimiento de liberación nacional de la India aún no se había ganado la simpatía de las masas populares, eso non significa que no fuera a hacerlo en un futuro próximo.
Para acabar, vuelvo a que si la cuestión nacional en Europa -que era lo que preocupaba a Serrati- no figuró en las conclusiones del debate de manera concreta, ni en el debate de la sesión plenaria, si estuvo en el de la comisión de ponencia. El delegado húngaro Rudnyyánszky señaló que las clases trabajadoras húngaras se estaban liberando de las ilusiones nacionalistas en respuesta a la dictadura de Horthy de manera que en la cuenca minera de Pecs, en el Sur, los trabajadores habían votado contra el Tratado de Versalles y a favor de su integración en Yugoeslavia, por tener una orientación social menos hostil y que la población multinacional de Transcarpatia prefería integrarse a Checoslovaquia que a Hungría por la misma razón. Por su parte el búlgaro Kabakchiev afirmó que ellos no podían luchar por la autodeterminación nacional, porque el nacionalismo búlgaro era el que había llevado al desastre de 1912-1913 y 1914-1918. No he podido encontrar publicada el acta completa de la reunión de la comisión de ponencia, solo un extracto en el libro de Biddell de las actas del Segundo Congreso, por lo que no sé si Lenin les replicó y qué les replicó si asi fue. El hecho fue que esa preocupación ya no se trasladó a la reunión plenaria, facilitando el desaguisado del Quinto congreso de la IC sobre la cuestión nacional en Europa.
Un último comentario. En la reunión plenaria la delegada del Bund (judío) del Partido Comunista Ruso Maria Frumkina planteó una cuestión que se estaba produciendo ya en Europa y que podía extenderse más (citó a Polonia y Ucrania) si se adoptaba una resolución no matizada del apoyo incondicional a los movimientos de liberación nacional. Allí donde existieran minorías nacionales diferentes de la mayoritaría que sostenía tal movimiento ese apoyo incondicional «podría convertir a las masas pequeño-burguesas oprimidas previamente oprimidas en opresoras». Frumkina se manifestó en contra del «concepto burgués del derecho exclusivo de tal o cual mayoría nacional a poseer el territorio que habitan y contra el concepto de los socialistas nacionales que consideran la mayoría nacional como absoluta gobernante y tratar a las minorías nacionales que viven en sus territorios como extranjeros». Fue apoyada por otro delegado judio del PCR, no del Bund comunista, Merezhin, pero su intervención no abrió en esta cuestión ningún hilo de debate; ni fue recogida en ninguna moción ni en las tesis definitivas. Una omisión poco responsable y extraña porque ese detalle había formado parte del debate sobre la cuestión nacional antes de la guerra; y si me apuras, Frumkina expresaba una preocupación que también había manifestado Lenin en sus escritos de preguerra; en lo que siempre estableció la prioridad del criterio de identidad de clase sobre el criterio de la identidad nacional y la negación del derecho de autodeterminación – y por tanto de los resultados de su ejercicio- como un derecho universal e intemporalmente válido.
Perdón por el rollo; culpa tuya por darme palique.