Entrevista a Lluís Rabell sobre «La izquierda desnortada» (y III)

Una izquierda que espera no es izquierda. La gravedad de la disyuntiva histórica, lejos de paralizarnos, debe empujarnos a la reflexión, al esfuerzo por comprender los acontecimientos; debe llevarnos a la organización y al compromiso con los oprimidos”

Lluís Rabell (Josep Lluís Franco Rabell) nació el 17 de febrero de 1954 en el barrio barcelonés del Raval. Traductor e intérprete, trabajó en una empresa vinculada al ramo de la construcción.

Inició su activismo político en las postrimerías de la dictadura, militó en la LCR (Liga Comunista Revolucionaria). Su itinerario le llevó más tarde a formar parte de EUiA y otras agrupaciones de izquierda. Ha sido activista del movimiento vecinal y fue presidente de la Federación de Asociaciones de vecinos de Barcelona durante el gobierno municipal convergente de Xavier Trias.

En septiembre de 2015 fue candidato a la presidencia de la Generalitat de Catalunya por “Sí que es pot”, presidiendo su grupo parlamentario hasta octubre de 2017. Es miembro activo de Federalistes d’Esquerra.

Ha publicado en la editorial de El Viejo Topo, La izquierda desnortada. Entre parias y brahmanes.

Nos habíamos quedado aquí. Te muestras muy partidario del federalismo. ¿Qué paso adelante sería una España federal respecto a la España de las autonomías? ¿No hay riesgos de que esa España federal se transformara en una España confederal o en un Reino de taifas? Señalas tú mismo que una condición sine qua non del federalismo es la lealtad y no se ve mucha lealtad, más bien lo contrario, en los nacionalismos, conservadores o no tan conservadores.

La idea de las autonomías respondía a la necesidad de acomodar la diversidad lingüística, cultural y de arraigados sentimientos nacionales que compone España en un proyecto democrático común. Pero ese propósito difícilmente podrá cumplirse sin un desarrollo federal de la estructura territorial. Quedarse en el marco autonómico es justamente lo que favorece las tendencias disgregadoras. Aunque las administraciones autonómicas han cumplido una parte de su cometido, también han favorecido que cristalizara una cierta mesocracia, unas nomenclaturas que se aferran al poder blandiendo la queja permanente y el agravio comparativo. Después de Catalunya, el Madrid de Ayuso ha retomado en cierto modo la bandera del separatismo de los ricos.

El federalismo pretende establecer unos niveles competenciales definidos para los entes federados y para el gobierno federal. Lo que no quiere decir que, en un caso como el nuestro, no debieran admitirse ciertas asimetrías; pero no desde luego margen para el dumping fiscal como el que practica la capital. Por el contrario, serían necesarios ámbitos de debate y concertación federal, con un Senado que actuase como cámara de representación territorial. Y, más allá de la buena disposición de tal o cual fuerza política, la lealtad institucional es obligada. El famoso 155 es una copia literal del artículo de la constitución alemana referido a la lealtad federal.

Hoy no existen condiciones para contemplar una reforma federal de la Constitución, que requeriría mayorías muy amplias. Pero sí podemos avanzar en la cultura federal, como se vio durante la pandemia. El federalismo acabará siendo el sentido común progresista.

Te cito de nuevo: “En demasiadas ocasiones, la izquierda subestima la importancia de las batallas culturales. Y es un error, porque esas batallas no solo definen los contornos de una épocas: a través de ellas, se instalan en el imaginario colectivo los distintos modelos de sociedad en liza. Mucho más incluso que a través de la confrontación de los programas, siempre contingentes, de los partidos que se disputan el poder”. ¿Por qué comete ese error tan básico la izquierda? ¿Cómo no va a tener importancia la lucha de ideas, de modelos de sociedad, de cosmovisiones sociales?

Quizá por ese sentimiento de “fin de la historia”, al que ha sucedido la incertidumbre de un futuro inimaginable. Hay un desplazamiento del pensamiento de una izquierda que analizaba las contradicciones del capitalismo, que con mayor o peor fortuna se orientaba en función de la evolución del conflicto social, situando en ese contexto los debates de carácter ideológico y cultural. Hoy, un caleidoscopio de identidades llena por completo el espectro de un presente angustioso e infinito. La izquierda ha perdido el pulso de la historia.

Ucrania, sostenías el 27/02/2022, es teatro y víctima de una confrontación mucho más amplia y prolongada, una confrontación de naturaleza imperialista. Confrontación, ¿entre quiénes? ¿El Pentágono ha jugado al empantanamiento de Rusia en tierras ucranianas?

Trotsky decía que, en nueve de cada diez ocasiones, la izquierda podía ubicarse correctamente en un conflicto por oposición a lo que hacían la burguesía o sus gobiernos. Pero, a veces, se presentaba la ocasión número diez, y había que analizar los pormenores de la situación para orientarse. Es el caso de Ucrania. El contexto geopolítico mundial está marcado por la competición entre Estados Unidos y China. Rusia, con su régimen autocrático y su temible arsenal militar, es ya un actor secundario. Su dependencia de Pekín irá en aumento. China sigue el curso de la guerra en Ucrania pensando en Taiwán. También es cierto que la dinámica de expansión de la OTAN sólo podía tensar las relaciones con Rusia. Pero, en los pliegues de ese contexto, la invasión de Ucrania por parte de Putin, una invasión con finalidades netamente expansionistas, tiene un grosor y una entidad propias que no se diluyen en el escenario general. Ucrania lucha por su supervivencia frente a una agresión imperialista. Más allá de los cálculos interesados de Estados Unidos o de otras potencias, la República ucraniana tiene el derecho a defenderse y a reclamar armas a todo el mundo. Esa lucha es progresista. Y cuanto antes lo entienda la izquierda más capaz será de intervenir políticamente para que las ayudas militares occidentales de hoy no se conviertan en un nudo corredizo en torno al cuello de Ucrania.

¿Cuándo empezó la guerra, el 24 de febrero de 2022, o en 2014, con el Maidán, un golpe de estado en opinión de J. A. Zorrilla, el ex embajador español en Georgia, un occidentalista y liberal crítico según su propia autodefinición?

Podríamos discutir la concatenación de los acontecimientos hasta el infinito. De hecho, deberíamos remontarnos al colapso de la URSS y al caótico proceso que llevó a la configuración de un régimen autoritario sostenido por unos oligarcas que levantaron su fortuna sobre el saqueo de la economía nacionalizada soviética. No sólo en Ucrania, también en el desarrollo de las cosas en Rusia desde la época de Boris Yeltsin incidió poderosamente la política exterior americana. Durante años, occidente le ha reído las gracias a Putin. La primera economía europea, la alemana, volvió a encontrar su natural zona de expansión económica hacia el Este, y sostenía su competitividad industrial sobre el suministro de carburante ruso a buen precio. Ahora, todo se ha ido de las manos a unos y a otros. Y, por supuesto, todas las cancillerías hacen sus cálculos. Algunas conspiran abiertamente. Pero esas maniobras no definen la naturaleza de la guerra, ni empañan la legitimidad de la resistencia ucraniana.

Refiriéndote a la izquierda europea, sostienes que el “no a la guerra” debe declinarse en concreto, proponiendo objetivos a la movilización ciudadana y formulando exigencias a los distintos gobiernos. ¿Qué objetivos serían esos? ¿Qué exigencias? ¿Armas para Ucrania, como titulas uno de tus artículos?

Armas para Ucrania, por supuesto. Pero, al mismo tiempo, la izquierda debería construir sus propios vínculos con la izquierda y las fuerzas progresistas ucranianas, con sus sindicatos y entidades de la sociedad civil. Defender a Ucrania y atenerse a las exigencias de la guerra no debería confundirse con una identificación política con el gobierno de Zelenski. Hay que defenderlo militarmente frente a Putin, no frente a la crítica política de esa izquierda ucraniana que combate lealmente en el frente y contribuye a sostener la retaguardia.

En cuanto a nuestros gobiernos, hay que exigirles que sean consecuentes en su apoyo económico y militar a Ucrania, en sus presiones sobre Moscú y en sus iniciativas diplomáticas. No es admisible especular con una guerra de desgaste, a costa del sufrimiento del pueblo ucraniano y de la pérdida de miles de vidas de soldados y civiles. Pero también es necesario hallar la manera de promover la idea de articular una defensa autónoma europea. Cosa difícil en estos momentos. Putin ha logrado revitalizar la OTAN y, con ella, el liderazgo americano.

Por otro lado, la inercia de los Estados nacionales es muy fuerte. Francia es incapaz de mantener un contingente en Mali, pero saca pecho con su “force de frappe” y se considera el comandante en jefe natural de un ejército europeo, si un día lo hubiera. A pesar de todo ello, si Europa no quiere permanecer cautiva de los cálculos del amigo americano, tarde o temprano deberá encarar el desafío de un sistema federal de defensa, respaldando una diplomacia pacifista que pese en el escenario mundial.

Te cito de nuevo: “Unas demandas [renuncia de la OTAN a seguir ampliando su área de influencia, neutralidad de Ucrania] razonables, dice Poch de Feliu. De ser atendidas, opina, se hubiese evitado la guerra. Nada se antoja menos seguro. Las demandas pueden se razonables, pero Putin no lo es… los acontecimientos hubiesen tenido sin duda otra concatenación, pero difícilmente ésta hubiese sido pacífica.” ¿Putin es un loco y la guerra, por parte de Rusia, era inevitable?

No me atrevería a formular un diagnóstico clínico acerca de la personalidad de Putin. Doctores tiene la academia. Lo cierto es que todo sistema político acaba encontrando los hombres que mejor encarnan sus tendencias, y esos individuos les imprimen a su vez su sello particular. Putin dirige un gobierno de antiguos oficiales del KGB, que se han enriquecido junto a otros oligarcas mediante el saqueo, la corrupción y el crimen, con el beneplácito de occidente. Ese régimen debe comprimir violentamente la expresión de las tremendas desigualdades sociales que reinan en Rusia. Denunciar la autocracia rusa es exponerse a perder la libertad o la vida. La consolidación de ese poder ha sido, en cada una de sus etapas, inseparable de la guerra. Chechenia está en memoria de todos. Ucrania representa un objetivo definitorio de la ambición de Putin de reconstituir un imperio ruso. En la medida que el arraigado sentimiento nacional de Ucrania hacía inviable una toma de control de la República mediante un simple desplazamiento del personal político, la guerra estaba a la orden del día. El discurso acerca de la protección a la población rusa del Donbass recuerda la anexión de los Sudetes por parte de Hitler. Putin contaba con un blitzkrieg sobre Kiev. La guerra, sin embargo, se ha estancado, incrementando todos los peligros a nivel mundial. Desde el punto de vista de los intereses de los oligarcas, la aventura puede acabar siendo desastrosa. Pero esa es el reverso de los regímenes autoritarios: representan por aproximación los intereses de los estamentos sociales que los sustentan, pero tienen su propia dinámica y voluntad de supervivencia. Un conjunto de organismos policiales, militares y de inteligencia se vigilan unos a otros en el Kremlin. Para Putin vencer es imposible, retroceder impensable. El dilema del autócrata atenaza a todo el mundo.

Cambio de tema. ¿Qué opinión te merece el Sumar de Yolanda Díaz? ¿Un proyecto ilusionante? ¿Qué modelo de país observas en él?

Un proyecto por definir. Y una tarea vital para el conjunto de la izquierda. Si Yolanda Díaz no logra su propósito de federar ampliamente las fuerzas que se sitúan a la izquierda del PSOE, no habrá manera de configurar una mayoría de progreso, por mucho que la socialdemocracia haga un buen papel en las próximas elecciones. PP y Vox se harían con el gobierno. Yolanda Díaz cuenta con un inestimable respaldo en el sindicalismo de clase y un perfil de solvencia, de izquierda seria, gracias a su desempeño ministerial. Pero no lo tiene fácil. Pablo Iglesias y su entorno no aceptan un nuevo liderazgo cuyas iniciativas no tengan monitorizadas. Por otro lado, los mimbres con los que Yolanda Díaz tiene que trenzar su plataforma electoral –así como la alianza que la sustente- plantean no pocos problemas. El modelo de país que vaya a surgir de “escuchas” y encuentros, más allá de generalidades, es toda una incógnita.

Por otro lado, Errejón, Mónica Oltra, Ada Colau… ponen de los nervios al feminismo clásico, el feminismo de la igualdad, con su entusiasmo transactivista. Y eso no es una cuestión menor, sino que revela una determinada visión de la sociedad, con derivadas en muchos ámbitos. Pero habrá que trabajar con los materiales disponibles. Por lo menos, articulando un espacio electoral que permita a la izquierda retener el gobierno, ganando el tiempo necesario y las condiciones más favorables para estructurar una organización más sólida, deliberativa y arraigada socialmente.

Afirmas que el futuro de España, el porvenir de su cohesión y de su convivencia, son inseparables del destino del proyecto europeo. ¿De qué Europa? ¿De la que representa la UE realmente existente?

La “UE realmente existente” está en plena transformación, confrontada a disyuntivas que determinarán su semblante y su futuro. “A la fuerza ahorcan”. La pandemia ha obligado a una suspensión del rigor fiscal y a respuesta mutualista y coordinada, en las antípodas del abordaje austericida de la anterior crisis financiera, que ahondó la recesión y fue especialmente cruel con los países del Sur. La guerra pone de relieve que ningún Estado puede afrontar por separado las dificultades de aprovisionamiento energético, los impactos sociales del conflicto o los retos de la descarbonización de la economía. El Parlamento europeo acaba de aprobar un ambicioso paquete de medidas progresistas. Mario Draghi evocó en Estrasburgo la necesidad de avanzar hacia una Europa federal. Macron afronta a la izquierda blandiendo la bandera de la integración europea y de la revisión de sus tratados. Alemania se ve abocada a replantear su papel en el continente, al cambiar las condiciones sobre las que se basaba la preeminencia de su industria. Nada garantiza que las cosas salgan bien: la nomenclatura de Bruselas y del BCE ha sido formada en la ortodoxia neoliberal, la inercia de los Estados nacionales sigue siendo muy fuerte. Y la resistencia de finanzas y corporaciones transnacionales a cualquier intento de embridar los mercados, tenaz. Sin embargo, existe una ventana de oportunidad para promover el proyecto de una Europa social y democrática, capaz de armonizar fiscalidad y derechos, de mancomunar esfuerzos y dotarse de presupuestos y proyectos ambiciosos. Practicando un “federalismo de los hechos”, la izquierda debería apostar por esa vía de superación de una ilusoria “soberanía nacional” donde germinan los delirios reaccionarios de la extrema derecha.

Has hablado antes de pasada pero insisto. ¿Qué es China para ti a día de hoy? ¿Un país capitalista de nuevo cuño con una política exterior tan imperial como otras grandes potencias? ¿Otra cosa?

China demuestra que la vida siempre es más rica y compleja que los modelos teóricos. Su realidad es híbrida. La burocracia gobernante no sólo mantiene un férreo control sobre el país, sino que dispone de una amplia porción de industria estatal. El giro del régimen en la década de los setenta situó a China en el corazón de la globalización. Su desarrollo capitalista ha sido prodigioso. Pero ese éxito del poder burocrático ha creado a su vez contradicciones que, tarde o temprano, se manifestarán con fuerza torrencial. El vertiginoso crecimiento de las ciudades ha creado una nueva clase obrera, que acabará tomando conciencia de su poderío. Al mismo tiempo, ha generado una clase media que recibirá de lleno los impactos de las crisis cíclicas, propias del capitalismo en el que China se ha insertado con tanto brío. La que estuvo a punto de llevarse por delante a Evergrande, gigante de la construcción, fue una advertencia de cataclismos venideros. La necesidad de conquistar mercados y disponer de materias primas ha empujado a ese capitalismo, tutelado por el Estado, a seguir las pautas del desarrollo imperialista a cuenta de los países en vías de desarrollo. La disputa con Estados Unidos no hará sino exacerbar las contradicciones internas. A pesar de su aparente solidez, ¿por cuánto tiempo podrá encuadrar el régimen a los bulliciosos magnates que él mismo ha creado? Veremos acontecimientos de alcance histórico. La naturaleza social de la República Popular aún está en disputa.

Te preguntas en el último texto que has incorporado al libro si una tercera guerra mundial está a la orden del día. Con las amenazas altísimas de Putin y las réplicas airadas de Biden, señalas, “el temor empieza a hacer mella en la sociedad.” Añades que la hipótesis de un cataclismo nuclear se inscribe en la actual crisis de la globalización y en la conformación de dos grandes bloques y que todas las plegarias pacifistas del mundo no pueden disipar ese peligro. En última instancia, así lo señalas, disipar ese peligro apocalíptico “solo es concebible merced a un ascenso decisivo de las fuerzas progresistas en Norteamérica, capaz de vencer al poder de Wall Street y del complejo militar-industrial, y a una revolución democrática en China, bajo impulso de su renovada clase obrera.” Pues no parece que esas condiciones que señalas como imprescindibles estén dadas o que se esté en camino de alcanzarlas. ¿Qué nos cabe esperar entonces? ¿La hecatombe, el desastre, el suicidio como especie?

El día se acerca y Marte gobierna la hora”, diría Schiller. El amanecer irrumpe tras el momento más frío y tenebroso de la noche. Es muy posible que la revolución sea hija de una guerra, de una catástrofe social o medioambiental. La lucha de clases no extiende garantías previas sobre su desenlace. Pero podemos constatar hasta qué punto las contradicciones se acumulan y se tornan explosivas. El nivel de violencia armada que puntúa el día a día de la sociedad americana indica que la atmósfera se está cargando de electricidad y el enfrentamiento civil está latente. Las crisis actuarán como formidables aceleradores. Y, efectivamente, a cierto plazo, el destino de la humanidad estará en juego. Jamás había alcanzado la civilización tal capacidad de producción, atesorado tantos conocimientos y potencial de progreso. Y nunca había estado tan cerca de provocar una hecatombe para la especie y la biosfera. Ambas cosas son ciertas al mismo tiempo. Por eso no se trata de esperar nada. Una izquierda que espera no es izquierda. La gravedad de la disyuntiva histórica, lejos de paralizarnos, debe empujarnos a la reflexión, al esfuerzo por comprender los acontecimientos; debe llevarnos a la organización y al compromiso con los oprimidos. Este libro tiene la pretensión de inscribirse en ese enorme esfuerzo colectivo al que está convocada la izquierda.

¿Quieres añadir algo más?

Mejor lo dejamos para un próximo libro…

Gracias, muchas gracias. Pido cita previa para conversar sobre ese próximo libro.

Fuente: El Viejo Topo, julio-agosto de 2022.

Autor: admin

Profesor jubilado. Colaborador de El Viejo Topo y Papeles de relaciones ecosociales.

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