Del compañero Carlos Valmaseda, miembro de Espai Marx.
1. Mi imagen del día: el tiempo vuela, y luego todo son prisas
No puedo creer que ya sea la temporada de la IIIª Guerra Mundial… Todavía tengo puesta la decoración de la pandemia.
Fuente: https://twitter.com/GeromanAT/status/1586660508702326784/photo/1
2. Espionaje.
No os lo había enviado porque me parecía una troleada de Kim Dotcom, el hacker detrás de proyectos como Megaupload y luego Mega, en cuyos servidores todavía debe haber algún archivo mío, si no lo han formateado tras prohibir estas compañías hace unos años.
Según Dotcom, no gracias al hackeo del móvil de Lizz Truss, como algunos dicen, si no accediendo por una ‘puerta trasera’ a una base de datos con los mensajes enviados, se supo que un minuto después del atentado contra los gasoductos NordStream, esta envió un mensaje a Blinken diciendo «Ya está hecho». Algunos especulan con que esa sería la verdadera razón de la caída de Truss, al haber sido pillada in fraganti. Me parece todo muy peliculero, y la fuente bastante extravagante. No creo que los líderes mundiales vayan enviándose mensajitos tras cometer una de sus tropelías. Ya tendrán gente más que suficiente que lo haga por ellos. Pensaba por tanto que sería una historia más que desaparecería en un par de días. Pero los rusos han aprovechado la ocasión, y la portavoz gubernamental ha pedido públicamente que se aclare la verdad de todo esto. Como es ya un paso más en esta guerra psicológica entre los contendientes, quizá os parezca que vale la pena estar al caso. Os paso los tuits más significativos:
Fuente: https://twitter.com/KimDotcom/status/1586737543974121472
Cómo saben los rusos que el Reino Unido voló los oleoductos de North Stream en colaboración con los Estados Unidos?
Porque @trussliz usó su iPhone para enviar un mensaje a @SecBlinken diciendo «Está hecho» un minuto después de que el oleoducto explotara y antes de que nadie más lo supiera?¡El acceso de administrador de iCloud es genial!
No fue el teléfono el que fue hackeado. Contexto:
La denuncia de hackeo telefónico de la ex primera ministra británica Liz Truss provoca peticiones de investigación https://bbc.in/3zsFqzL
No sólo los Cinco Ojos tienen acceso administrativo por la puerta trasera a todas las bases de datos de las grandes empresas tecnológicas. Rusia y China también tienen sofisticadas unidades cibernéticas. Lo curioso es que los funcionarios del Gobierno con autorización de máxima seguridad siguen prefiriendo usar iPhones en lugar de sus teléfonos de mierda encriptados emitidos por la NSA y el GCHQ.
Cuando la BBC le entrevistó preguntándole qué evidencias tenía, Dotcom les dijo que las mismas que usan ellos cada día cuando les ‘filtran’ información las fuentes de información estadounidenses a los medios de comunicación. Y luego, más en serio, que todos los mensajes que se envían, de una manera u otra son captados por los servicios de inteligencia de varios países.
El tuit de Kim Dotcom:
Fuente: https://twitter.com/KimDotcom/status/1587522750264270848
Y aquí explica con más amplitud su visión sobre la ‘privacidad’ en las redes:
Los secretos del gobierno sólo son secretos para la gente común, no para las naciones que participan en la ciberguerra mundial.
Los líderes de las 20 naciones más espiadas saben quién voló el oleoducto Nord Stream. Permítanme explicar la realidad del mundo del espionaje hipertransparente en el que vivimos hoy.
«Alto secreto» no significa nada para las principales agencias de espionaje del mundo. El secreto existe para mantener a los ciudadanos en la oscuridad. Rusia y China saben exactamente quién voló los oleoductos Nord Stream porque en el mundo actual es imposible que una operación como esa no deje rastro. Déjenme explicarles:
Todas las grandes bases de datos tecnológicas están protegidas por las principales agencias de espionaje. Cada smartphone es un micrófono abierto para ellos. Cada ordenador conectado a la red está abierto. Todos los chips principales y la mayoría del hardware están troyanizados. Todos los datos que una agencia de espionaje recoge son robados por las demás.
Todos los líderes de las naciones están en el punto de mira de la tecnología de espionaje y ninguno de ellos, ni siquiera el presidente de los Estados Unidos, no es espiado con éxito las 24 horas del día por múltiples agencias extranjeras y nacionales. Incluso los dispositivos encriptados que las agencias de espionaje entregan a sus líderes están protegidos. Esa es la realidad.
Las conversaciones privadas ocasionales en entornos de tecnología cero son posibles, pero son la rara excepción. Algo como el ataque al Nord Stream implica a cientos de personas de militares, agencias y dirigentes de múltiples países. Es imposible no tener un eslabón débil en un escenario así.
Los autores de los grandes sucesos entienden que sus adversarios saben exactamente quién lo hizo y es un juego que juegan entre ellos a costa de la gente de a pie, que se convierte en víctima de estúpidos concursos de balanceo de pollas. Es una guerra secreta que lleva décadas.
Yo solía ser un hacker, convertido en consultor de seguridad de datos, contrataba a los mejores hackers del mundo, me pagaban las empresas de Fortune 500 para hackearlas. Nunca tuvimos ningún cliente que no hackeáramos con éxito. Esa es la verdad. No hay seguridad de datos efectiva en absoluto. Todo está muy abierto.
Las agencias de espionaje, con presupuestos de miles de millones de dólares, tienen codificadores en todas las empresas tecnológicas líderes que implementan puertas traseras. Es imposible mantenerlas en secreto. Las agencias competidoras, los ciberdelincuentes y los analistas de seguridad las encuentran. Por eso hay que instalar constantemente nuevos parches de seguridad.
Entiendo exactamente cómo funciona todo esto y cuando la NSA cooperó con su agencia asociada neozelandesa GCSB para espiar mis dispositivos (en un caso de derechos de autor) los pillé, los desenmascaré, los llevé a los tribunales, forcé un cambio de la ley y el Primer Ministro tuvo que disculparse conmigo.
Cuando comparto cosas de espionaje con vosotros no os hago perder el tiempo como los 50 jefes de espionaje americanos que consiguieron que sus presstitutos os dijeran mentiras sobre que el portátil de Hunter Biden era desinformación rusa o que Rusia hackeó el DNC y dio los datos de @HillaryClinton a Wikileaks.
https://twitter.com/KimDotcom/status/1587434317189636097
Respecto al uso por parte de las autoridades rusas, aquí la embajada rusa en Gran Bretaña haciéndose eco de la portavoz Zakharova:
Fuente: https://twitter.com/RussianEmbassy/status/1587466388494499842
Y aquí una traducción de estas declaraciones:
«Estoy interesada en la respuesta de Londres a la siguiente pregunta: ¿La primera ministra del Reino Unido, Liz Truss, envió un mensaje al secretario de Estado de los EE. UU., Antony Blinken, diciendo ‘Está hecho’ inmediatamente después de la explosión del gasoducto Nord Stream?
https://twitter.com/Jbarquera/status/1587498142991269889
Otro hackeo que pensaba que era pura propaganda de un troll ruso, pero que ha acabado circulando por todas las redes ‘prorusas’:
Los piratas informáticos rusos «Joker RPD» lograron obtener acceso completo al programa de comando y control American Delta, que las Fuerzas Armadas de Ucrania
ubicación de formaciones ucranianas, cuarteles, depósitos de municiones, datos sobre los resultados de los ataques. Todos los datos se introducen en el programa en tiempo real. Es de suponer que ahora los satélites rusos trabajan activamente en la confirmación de ubicaciones.
https://twitter.com/wayka01/status/1587515324940918784 (con imágenes del presunto hackeo)
La primera noticia sobre el hackeo, con la musiquilla e imágenes de Joker, la vi en este tuit ruso en inglés:
https://twitter.com/AZgeopolitics/status/1587357221125586945
Según informan, una vez los ucranianos descubrieron la infiltración, ya no tenía sentido seguir ocultándolo y por eso lo publican ahora.
¡RECORDAD SIEMPRE!
3. Eramos pocos…
En estos tiempos tan turbulentos cada día es más difícil aventurar qué va a pasar mañana. Aunque en nuestra prensa no lo he visto, los anglos no paran de alertar de que Irán va a atacar Arabia Saudí en un plazo máximo de 48 horas. Y también las bases de los EEUU en Oriente Medio.
WSJ News Exclusive | Saudi Arabia, U.S. on High Alert After Warning of Imminent Iranian Attack
EEUU y Arabia Saudí, en máxima alerta ante un inminente ataque de Irán
4. Más Turiel
Imagino que no queréis verlo más, tras tanto envío, pero me sigue pareciendo el mejor divulgador sobre estos temas. Y para los que ya lo conocemos, siempre aprendes algo nuevo.
ANTONIO TURIEL | Energía, recursos y decrecimiento #Episodio16
5. Debate Ishchenko-Matvev
En este artículo de la revista alemana Jungle World se recoge la controversia reciente que surgió en un debate organizado por la Fundación Rosa Luxemburgo sobre el carácter de la Rusia actual. Ya conocéis la postura de Ishchenko, pero creo que no os había enviado nada de Matvev. El artículo lo recomienda el propio Ishchenko, así que debe pensar que es un buen resumen.
“Putin Bonaparte” por Peter Korig
La cuestión de los motivos de los dirigentes rusos ha sido objeto de un intenso debate entre los izquierdistas rusos y ucranianos desde la invasión rusa. Sus respuestas dan pocas esperanzas de un cambio de política en Rusia.
El ataque de Rusia a Ucrania el 24 de febrero, que fue una sorpresa para muchos, y la guerra que ha continuado desde entonces plantearon preguntas de una urgencia sin precedentes sobre cómo entender el régimen del Presidente Vladimir Putin y por qué y con qué objetivos había decidido ir a la guerra. Lo poco que puede aportar la ciencia política establecida para responder a esta pregunta se hizo evidente en el resurgimiento de la llamada astrología del Kremlin. En la década de 1980, este término se utilizó para describir la práctica de los observadores occidentales, caracterizada por mucha especulación, de interpretar los acontecimientos políticos en la Unión Soviética sobre la base de información fragmentaria y centrada en la dirección del Estado y del partido.
Además, el debate público de las primeras semanas y meses de la guerra se caracterizó por los relatos personalistas y patologizantes que veían el conflicto militar como el resultado de los traumas, neurosis y delirios personales de Putin. Mientras tanto, se ha convertido en un lugar común, mucho más allá de los campos de la izquierda y la izquierda liberal, describir la guerra como una expresión del imperialismo ruso, el colonialismo o incluso el fascismo. Pero estos términos a menudo se quedan en cáscaras vacías que no se llenan con análisis más profundos e intentos de comprender los acontecimientos teóricamente. En su mayoría, queda deducir los motivos del presidente ruso a partir de sus pronunciamientos ideológicos o los de los portavoces que supuestamente le influyen, como el filósofo nacionalista Aleksandr Dugin.
Las sanciones contra los oligarcas tienen pocas posibilidades de poner fin a la guerra, porque simplemente ya no tienen ninguna influencia política.
Algunos intentan comprender mejor lo que ocurrió. Entre los que lo hacen desde una perspectiva decididamente de izquierdas, Ilya Matvev y Volodymyr Ishchenko han ganado cierta atención pública en los últimos meses. Ambos participaron en un acto de discusión organizado por la Fundación Friedrich Ebert en Berlín a mediados de octubre, donde entablaron un polémico debate sobre las causas de la guerra de Rusia.
Matveev es un politólogo y profesor universitario de San Petersburgo que abandonó el país tras el estallido de la guerra debido a la intensificación de la represión en Rusia. Participa en la plataforma de Internet Posle (Después), donde los izquierdistas rusos discuten por qué empezó esta guerra, por qué no ha terminado hasta ahora y cómo podría ser el tiempo después. El sociólogo ucraniano Ischtschenko investiga en Berlín y lleva años examinando críticamente los acontecimientos en Ucrania.
Ambos argumentan sobre una base marxista y entienden el gobierno de Putin como un régimen bonapartista. El término bonapartismo hace referencia al texto de Marx de 1852 «El decimoctavo brumario de Luis Bonaparte», en el que analiza el gobierno del entonces emperador francés, Napoleón III, que consiguió derrocar la Segunda República Francesa a base de plebiscitos. Según Marx, había una situación de conflicto y crisis en la que ni la burguesía ni el proletariado podían lograr un dominio claro; así, Napoleón III, apoyado por el lumpenproletariado y el campesinado, pudo alzarse con el poder, asegurando así los intereses de la burguesía como clase, pero privándola al mismo tiempo de su poder político. El gobierno bonapartista es, pues, el gobierno autoritario de una persona apoyada por el consentimiento plebiscitario de una parte relevante de la población.
Un régimen así es también el que dirige Putin, que tras el inicio de su gobierno en 2000 destruyó de forma represiva las ambiciones políticas de los oligarcas rusos, por ejemplo mediante el juicio a Mijaíl Jodorkovski, pero al mismo tiempo aseguró su posición económica. Percibido por muchos ciudadanos rusos como garante del orden y la estabilidad tras el caos de los años noventa, gozó de un alto nivel de aprobación, especialmente durante el periodo de auge de las materias primas y el crecimiento económico de los años noventa, que sólo empezó a erosionarse lentamente.
Esta visión del régimen deja claro por qué el intento de poner fin a la guerra mediante sanciones contra los oligarcas tiene pocas posibilidades de éxito: Simplemente ya no tienen ningún poder político. Sin embargo, Matveev e Ishchenko discrepan sobre las causas de la guerra. Matveev lo ve como el resultado de los esfuerzos geoestratégicos e imperialistas del círculo de poder de Putin, que anula los intereses de los capitalistas rusos. Para ellos, las consecuencias económicas de la guerra serían devastadoras. Por su parte, Ishchenko, que desarrolló detalladamente su tesis en un artículo de la revista Jacobin, interpreta el recurso a la fuerza militar precisamente como un intento de asegurar los intereses de la clase capitalista postsoviética en Rusia. Esta clase no es competitiva en la competencia internacional ni a través de la explotación de la mano de obra barata -la industria rusa nunca podría competir en este sentido con los países asiáticos de bajos salarios, por ejemplo- ni a través de las innovaciones técnicas, sino sólo como clase de «capitalistas políticos» debido a su proximidad al poder y al acceso a los recursos estatales. De ahí el interés de gran parte de la clase dirigente por reforzar este poder estatal y su independencia de los Estados occidentales, y también por su expansión más allá de las fronteras actuales de Rusia.
Además, hay un interés propio del régimen en la guerra, que está relacionado con la dificultad de la sucesión en el poder en un régimen bonapartista. Puede que Putin haya sorteado todas las restricciones que la Constitución rusa imponía a la permanencia en el cargo presidencial, pero no vivirá eternamente. La muerte del gobernante es un momento en el que estos regímenes pueden derrumbarse. Se cree que una guerra exitosa habría estabilizado el sistema político surgido bajo el mandato de Putin en Rusia hasta tal punto que podría sobrevivir a la muerte del gobernante y a la toma de posesión de un sucesor.
El fracaso de los militares rusos en Ucrania plantea varios problemas al régimen. La política de Putin está perdiendo apoyo, como demuestra claramente el éxodo masivo de reclutas y sus familias. Esto ciertamente socava los fundamentos de su gobierno, que se basa en el consentimiento plebiscitario. El resultado es ya un endurecimiento de la represión. Además, es poco probable que el desastre actual construya un príncipe heredero brillante que pueda asumir algún día el poder político.
Siguiendo con Ishenko, se podría suponer que una amplia derrota militar de Rusia también podría poner fin al orden económico postsoviético en ese país. Es probable que esto adopte la forma de una profunda crisis similar a la de los años 90. Esta perspectiva podría llevar a los capitalistas políticos rusos a mantenerse fieles al régimen como garante de su propia posición. Por lo tanto, es de temer que el apoyo a una guerra aún más extrema y brutal también aumente en estos círculos para evitar la derrota y la inminente desintegración del régimen que los protege.
Observación de José Luis Martín Ramos:
Para empezar, por lo que señala el artículo, el debate no es en la Fundación Rosa Luxemburg, sino en la Fundación Ebert. Sigo. Evidentemente la “ ciencia política” aporta poco, pero enreda mucho con el uso de conceptos abstractos que tienden a las interpretaciones subjetivas, como ese de la “autocracia personal”. Y no me parece que ese marxismo, muy economicista, del artículo ayude mucho más, o enrede mucho menos. Me tendrían que explicar qué es eso de “capitalistas políticos”. A este “marxismo” le falta una buena dosis de historia del presente. Otra: a estas alturas me parece poco riguroso analizar la guerra de Ucrania sin tener en cuenta el conflicto de Ucrania y sin considerar no solo la estructura de dominación imperialista y quien en esta tiene y desempeña una posición hegemónica y la coyuntura concreta que arranca con el hecho paralelo del gobierno Zelensky y la presidencia Biden-Blinken. Otra: esta dando por ciertos hechos magnificados o en curso todavía por resolver: lo del fracaso militar, desastre actual, éxodo masivo ruso; esto último sin restarle importancia no fue tan enorme como se sugiere, lo otro, el curso de la guerra, en el que se obvia la intervención de la OTAN y la implicación de la UE, está todavía por ver.
Dicho eso hay cuestiones interesantes, como el sinsentido de la presión sobre los oligarcas o el toque de atención sobre los futuribles del proyecto político de Putin. Pero todo ello queda en naderías sin un análisis más detallado de la sociedad política rusa actual y su grado de y formas de representatividad de la sociedad general.
En última instancia recurrir a un concepto tan manoseado como el de bonapartismo, que lo viene a reducir a autoritarismo personal plebiscitario, me parece tal “superestructural” tan aplicar un a priori a la realidad como lo de la “ autocracia personal”.
III. Sí, lo de la Fundación Ebert es un error mío. Lo he escrito de memoria, sin volver a mirar el texto, y me he confundido. Es que Ishchenko colabora o colaboraba con la Fundación Luxemburg. He olvidado también estos días añadir unos datos que vi recientemente y me parecen interesantes. Es precisamente sobre la opinión de los ciudadanos rusos sobre la situación actual. Es de Levada, para nada favorable al gobierno ruso. Son estos datos, vistos en un mensaje del canal de Telegram de Slavyangrad -el inglés, no el español-, aunque paso el enlace a la encuesta original, en inglés. La última encuesta de Levada, por cierto, es la de ‘aprobación de las instituciones’, en las que Putin baja un poco, hasta el 79%, frente al 83% de la primavera y el verano: Approval of institutions, ratings of politicians.
Este es el mensaje de Telegram:
Según una encuesta reciente del Centro Levada (https://www.levada.ru/en/2022/10/28/changes-in-the-country/), el 83% de los rusos está de acuerdo en que el país necesita un cambio (el 47% dice que un cambio decisivo y a gran escala, el 36% dice que un cambio menor).
La proporción es alta, pero en comparación con la encuesta anterior de julio de 2019, la demanda de cambio está disminuyendo. Entonces, el 90% de los rusos respondió que el país necesitaba un cambio, y el 59% dijo que el cambio debía ser decisivo y a gran escala.
Si comparamos qué es exactamente lo que los rusos quieren cambiar ahora y lo que querían en 2019, el ranking es:
El primer puesto es para «aumentar los salarios, las pensiones, el nivel de vida»: ahora el 14% de los participantes respondió así, frente al 24% de hace tres años.
Los siguientes en el top desde el 15 de septiembre de este año son: «Cambiar el gobierno»: ahora el 11%, antes era el 13%.
«Acabar con la OMU, iniciar negociaciones con Ucrania»: 10%.
Resolver los problemas sociales, la protección social, la atención a la población»: 9% (no existía esta opción en la formulación anterior, allá por 2019, era «ocuparse de la política interna, la seguridad social», ganando un 3%).
«Desarrollar la economía»: ahora 8%, era 6%.
«Combatir la corrupción»: 6%, era 10%.
«Detener el crecimiento de los precios, los aranceles, reducir la inflación»: 5%, no había ninguna opción en la formulación anterior, pero había una frase como «reducir las tarifas de la vivienda y los servicios públicos, los precios de los medicamentos, los alimentos, el combustible» (11%).
«Desarrollar la medicina, la atención sanitaria»: 5%, era el 9%.
«Cambiar la educación, construir escuelas, abolir la USO, etc.»: 5% (en 2019 hubo una opción de «proporcionar educación asequible», ganando un 8%).
«Combatir el desempleo»: 4%, era el 7%.
«Establecer el orden, luchar contra la mafia y los enemigos públicos, introducir la pena de muerte»: 4%, no hay esa opción en 2019, tampoco otras similares.
«Más libertad y democracia»: 3% (había «llevar a cabo reformas democráticas» con énfasis en los procedimientos democráticos, ganando un 4%).
«Desarrollar la industria»: 3%, tenía un 2%.
«Reducir la edad de jubilación»: 2%, tenía el 4%.
«Llevar a cabo la nacionalización»: 2%, no estaba en el top 15 en 2019.
Lo que estaba en el top 15 en 2019 y ahora no está: «subir los impuestos a los ricos» (6%),
«El gobierno debe respetar a las personas» (5%),
«Garantizar una vivienda asequible» (2%).
Fuente: Levada Center *(en realidad reconocido como agente extranjero)
@OIZmedia
Nota: no se dispone de información ni se hace referencia a la potencia estadística ni a la validez de este sondeo, ya que, entre otras deficiencias, no se revela el número exacto de participantes. Tampoco las fracciones de edad ni la estratificación urbana/rural ni de género o de ingresos.
Otra preocupación se refiere a los temas representados. ¿Fueron respuestas fijas o respuestas abiertas que se clasificaron en grupos por similitud?
De este modo no podemos llegar a una conclusión sólida sobre si esos resultados son realmente representativos de la población rusa. Por lo que podemos ver, estas estadísticas pueden estar completamente adaptadas a lo que el editor quiere expresar. ¿Quién ha pagado la encuesta? Esta es una información que generalmente tiene que aparecer.
6. A propósito de un artículo de Alfredo Toro Hardy (publicado en el Observatorio de Política China. 1/11/2022).
Sin entrar en el contenido general del artículo [“EEUU: las razones de su presencia en el Mar del Sur de China”], porque coincido con vuestra opinión [comentarios muy críticos], hasta donde yo sé, aunque tampoco soy un experto en el tema, es cierto el dato concreto que cita el autor en este párrafo, especialmente en su segunda parte: «A diferencia de la visión “Westfaliana” del orden internacional sustentado por Occidente, según la cual existe una igualdad soberana entre los estados, China hereda de sus tiempos imperiales una noción jerárquica y tributaria de dicho ordenamiento, con China a la cabeza. Hereda también la visión de que cualquier apelación al pasado remoto es en sí misma fuente de derecho. En efecto, alegando que el Mar del Sur de China constituía una ruta de tránsito histórica para sus naves, principio no reconocido por el derecho internacional o por las convenciones internacionales vigentes, reclama espacios marítimos que bordean las costas de estados modernos.»
La famosa «línea de los 9 puntos» -aunque ha tenido diez y hasta once, pero se eliminaron en favor de Vietnam-, es la reclamación oficial china, tanto de la República Popular como de Taiwán, por cierto, desde 1947. De hecho, Taiwán oficialmente defiende la versión de once puntos, con lo que sería más agresivamente ‘colonialista’ que la China continental. Ya sé que no deberíamos usarla, pero, para abreviar, la información que aparece en la Wikipedia -en inglés, en español es muy resumida-, creo que presenta bien el problema y trata los puntos principales: Nine-dash line – Wikipedia
Es verdad que los chinos han justificado que esas aguas eran suyas porque aparecían en algunos de sus mapas antiguos, y no solo chinos: http://spanish.xinhuanet.com/2016-07/11/c_135505394.htm. También sé que los filipinos ‘contraatacan’ con mapas españoles que justificarían históricamente su reclamación sobre esas zonas. No todas, claro, solo las más cercanas a Filipinas. Por ejemplo, se explica en este artículo: https://www.ancient-origins.net/news-general/ancient-maps-spark-debate-between-china-and-philippines-020179, o mediante el famoso ‘mapa de Velarde’: Mapa de Velarde – Wikipedia, la enciclopedia libre
Sobre los argumentos históricos os paso traducido un párrafo de la entrada en inglés sobre Scarborough Shoal: «La República Popular China y Taiwán (República de China) afirman que el pueblo chino descubrió el banco hace siglos y que existe una larga historia de actividad pesquera china en la zona. El banco se encuentra dentro de la línea de nueve rayas trazada por China en los mapas que marcan su reclamación de islas y aguas relevantes, de acuerdo con la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar (CNUDM) dentro del Mar de China Meridional [50] Un artículo publicado en mayo de 2012 en el PLA Daily afirma que el astrónomo chino Guo Shoujing fue a la isla en 1279, bajo la dinastía Yuan, como parte de un estudio de todo el imperio llamado «Medición de los Cuatro Mares» (四海測驗). [51] China no ha hecho público ningún mapa del siglo XIII y no se conocen pruebas de su existencia [cita requerida] En 1979, el geógrafo histórico Han Zhenhua (韩振华) fue uno de los primeros estudiosos en afirmar que el punto llamado «Nanhai» (literalmente, «Mar del Sur») en ese estudio astronómico se refería a Scarborough Shoal. [Sin embargo, en 1980, durante un conflicto con Vietnam por la soberanía de las islas Paracel (islas Xisha), el gobierno chino emitió un documento oficial en el que afirmaba que «Nanhai» en el levantamiento de 1279 estaba situado en las Paracel [53]. El geógrafo histórico Niu Zhongxun defendió esta opinión en varios artículos [54] En 1990, un historiador llamado Zeng Zhaoxuan (曾昭璇) argumentó en cambio que el punto de medición de Nanhai estaba situado en Vietnam Central. [55] El historiador de la astronomía Chen Meidong (陈美东) y el historiador de la ciencia china Nathan Sivin han coincidido desde entonces con la posición de Zeng en sus respectivos libros sobre Guo Shoujing.[56][57] un artículo de 2019 en la publicación Maritime Issues sugirió que un caladero común para China, Vietnam y Filipinas como la mejor opción para evitar el deterioro del conflicto.[58]»
Pero todo eso me temo que a los chinos les va a dar igual y actúan con la fuerza de los hechos. El problema de fondo lo citaba un autor en alguno de los mensajes que os envié, si no recuerdo mal. A diferencia de EEUU, China tiene un problema geográfico para su defensa: no tiene una extensión ‘vacía’ por delante, sino un montón de islas que pueden actuar como ‘portaaviones’ fijos para sus enemigos: Taiwán, Japón, Indonesia y -glups- Filipinas… Así que una política de defensa evidente la lleva a ocupar al menos todo el espacio marítimo que pueda ante sus costas. Scarborough Reef, o Bajo de Masinloc a la española, está casi delante de Manila, y es un arenal en el que si no la tienen ya, como las Spratley, imagino que harán pronto una base militar. 😀 Eso la ha llevado a conflictos con prácticamente todos sus vecinos, y no le ha importado un pimiento, para lo diplomáticos que son los chinos en otros temas.
JLMR: Gracias por las precisiones Carlos. Y por la apostilla geopolítica final, que no es insignificante.Tenía la impresión de que Duterte y los chinos habían llegado a cierta conllevancia. Por cierto los principios de la igualdad entre estados han funcionado – y no siempre- para puertas adentro, no en las relaciones exteriores de Europa y desde luego no en la de su proyección EEUU.
CV: Lo explica brevemente la entrada en el Mapa de Velarde: los filipinos presentaron en un juicio ante la Corte Permanente de Arbitraje un montón de mapas, incluido ese, y ganaron en 2016. Los chinos dijeron que no reconocían el fallo y Duterte, que en aquel momento tenía grandes esperanzas en las inversiones chinas, decidió no hacer nada -por el momento-.
7. Debate Santiago – Riechmann
A raíz de las discusiones sobre ‘colapsismo’ iniciadas este verano y que hemos ido viendo por aquí, recordaréis que Riechmann publicó una entrada en su blog muy crítica con la postura de Emilio Santiago. Eso sí, parece que siguen manteniendo buenas relaciones personales, según este hilo de Emilio:
«Como twitter es una cosa un poco infame, añado que en medio de esta polémica Jorge Riechmann y yo hemos quedado y nos hemos entregado a nuestras viejas costumbres (que pasan por tomarnos con humor y cariño las posiciones del otro y que Jorge me regale muchos libros).
Debatir, discrepar y confrontar ideas no está reñido con el respeto personal y casi más importante con la capacidad de cooperación política. El ecologismo transformador es demasiado débil para animadversiones pueriles, pero demasiado importante para unanimidades ficticias.»
https://twitter.com/E_Santiago_Muin/status/1587352372103286784
En el hilo da noticia de la publicación de una respuesta al texto de Riechmann, que aparecerá en dos partes en Contra el diluvio. Ya han publicado la primera, y Jorge Riechmann ha vuelto a contestar con otra entrada en su blog. Os paso ambos textos. Personalmente, creo que los compañeros de Más Madrid se equivocan, aunque toda propuesta que reme en la dirección adecuada bienvenida sea. Ojalá el problema fuese la discusión entre diferentes modelos políticos de respuesta a la crisis ecosocial, y no entre estas en su conjunto y una inercia política y social sonámbula que nos lleva al precipicio.
No tenemos derecho al colapsismo. Una conversación con Jorge Riechmann (I) – Emilio Santiago Muiño
Este artículo constituye la primera mitad de una respuesta en dos partes a un artículo publicado por Jorge Riechmann en su blog. Por su extensión no tiene cabida en medios de comunicación de masas, pero nos parece una aportación valiosa e interesante sobre los debates que se están dando en el ecologismo actualmente. La segunda parte será publicada en los próximos días.
Sobre la definición de colapso y su idoneidad política.
1. Mi amigo Jorge Riechmann publicó en su blog, hace unos días, unas breves observaciones sobre colapsismo. En buena medida, una respuesta a las posiciones que algunas personas, como Héctor Tejero o yo mismo, hemos mantenido en los últimos meses alrededor del colapso, su certeza científica y su idoneidad política para el ecologismo transformador. Lo primero, agradecer a Jorge el medio y las formas. Es obvio que se ha abierto un debate al respecto (aunque sea de nicho). Debatir no es malo. Es lo lógico en cualquier movimiento que, si es sano, tendrá pluralidad de perspectivas y asuntos en juego. Supongo que los recelos al debate derivan de los feos que suelen ponerse al desarrollarse en una esfera pública tóxica. A falta de estructuras orgánicas comunes en las que poder discutir empotrados en la responsabilidad que da participar en un proyecto colectivo, un intercambio reposado de textos es preferible a una batalla de gallos en twitter (aunque estas últimas tampoco deberíamos dramatizarlas, ganaríamos quitándole hierro y asumiendo lo que tienen de progreso histórico casi pinkeriano: ¡siempre es mejor unos zascas en redes que un piolet!)
2. Jorge parte de constatar que el ecologismo lleva siendo acusado de catastrofista desde siempre. Habría que matizar, porque ecologismos hay muchos, incluso dentro de nuestro país, y además el de nuestro país tiene algunos endemismos particulares, fruto de su peculiar historia política. No es casualidad que en la huelga climática del pasado septiembre, las movilizaciones en España incluyeran en sus lemas la coletilla “por un territorio autosuficiente” (lo que daría para epígrafe si Ortega escribiese hoy La España invertebrada). Pero este es un buen punto de partida. Hay quienes consideramos que el ecologismo, si quiere tener rendimientos transformadores más eficaces, igual tiene que hacer algunas cosas de manera distinta. Lejos aquí de pecar de adanismo: la labor histórica del ecologismo ha sido inmensa. Es nuestro legado y sabemos valorarlo. Pero para ir más allá, ahora que el ecologismo está llamado a jugar un papel central, creemos que es necesario superar algunos puntos débiles.
3. Florent Marcellesi resume muy bien las tareas pendientes del ecologismo en su lado más práctico: “La ecología política española tiene el reto de pasar del esencialismo al constructivismo, del nicho a la transversalidad, de la protesta a la propuesta y del catastrofismo a la esperanza. Es decir, aprovechar la oportunidad de dejar de ser la resistencia ecologista para estar en condiciones de liderar la nueva hegemonía verde”. Y lo mismo cabe decir en lo teórico, dos planos con fuertes vasos comunicantes aunque no sean inmediatos. Por centrarnos sólo en el agujero que el pensamiento ecologista tiene respecto a una teoría sólida Estado, y no es ni mucho menos el único asunto conceptual no resuelto, el ecologismo aún no ha tenido su momento Lenin, su momento Gramsci, su momento Poulantzas-Miliband-Laclau. Esta inmadurez se debe, seguramente, a que hasta hace muy poco el ecologismo no se ha visto en la tesitura práctica de ejercer poder, con los nuevos problemas que eso conlleva. Especialmente en el contexto político español y latinoamericano, que aunque sea solo por la lengua es el de nuestro debate espontáneo.
4. Yayo Herrero afirma que “las lecciones que damos desde todas las partes no están avaladas por una práctica exitosa o ganadora en términos de máximos”. El comentario de Yayo es pertinente porque nunca se trata de dar lecciones. Pero usar como patrón de medida “una práctica ganadora en términos de máximos” implica renunciar a los aprendizajes de la experiencia política acumulada. Que nunca son de máximos porque nunca se gana del todo (¿qué sería ganar?, ¿el ecosocialismo, el comunismo, el Reino de la libertad?), sino que son parciales. Pero aún siendo parciales, resultan tremendamente iluminadores. En terrenos como la articulación de mayorías, la comunicación política, la importancia de los mass media o de los aparatos administrativos del Estado, aplicados a nuestro contexto histórico, hemos avanzado sustancialmente. Y podemos y debemos exigirnos cierta competencia respaldada por los hechos. Del mismo modo que hoy nadie serio puede albergar las mismas ilusiones que hace un siglo sobre la revolución como tábula rasa, el proletariado como clase universal o el carácter científico de la ideología marxista. Por quedarnos más cerca, actuar políticamente en 2022 como si no hubiera existido la década ganada latinoamericana, como si el primer Podemos no hubiera irrumpido con cinco millones de votos que se volatilizaron en su deriva posterior, como si el corto verano del municipalismo no nos hubiera arrojado enseñanzas, como si en Chile, con dos estrategias muy distintas, no se hubiera ganado unas elecciones presidenciales y se hubiera perdido, seis meses después, un proceso constituyente …puentear todo esto es renunciar al aprendizaje reflexivo sobre los asuntos más serios. La política no es una ciencia, es una praxiología, como señala siempre Cesar Rendueles. Como la cocina o la interpretación musical. Pero eso no significa que no haya aquí conocimiento que nos permita separar el acierto del error. Cocinar una receta deliciosa o una incomible.
5. “Estamos en 2022 (no en 1972, ni en 1992, ni en 2002)”, dice Jorge, sugiriendo que el tiempo para evitar el colapso se ha terminado. Es verdad que en concentración de dióxido de carbono atmosférico o en destrucción de biodiversidad estamos mucho peor que hace cincuenta, treinta o veinte años. Pero, al mismo tiempo, 2022 significa también energías renovables increíblemente baratas, una conciencia ciudadana realmente masiva sobre el cambio climático y conquistas ecologistas en el diseño de las líneas maestras de las políticas europeas que hubieran sido inimaginables no hace veinte, sino hace solo cinco años (aunque no estén consolidadas, y todo dependa de su aplicación). Poner el acento en la parte más lúgubre de nuestro presente, minimizando la más transformadora, es un efecto derivado de eso que hemos llamado colapsismo.
6. El colapsismo es una galaxia ideológica en formación que, con sus muchas variaciones internas, comparte la creencia en que algo que se decide nombrar con la palabra “colapso” es un hecho consumado (“estamos colapsando”), o al menos un suceso futuro extremadamente probable. El colapsismo no defiende el colapso ni lo busca, la mayoría del colapsismo trata de evitarlo, aunque es verdad que algunas voces dentro de él lo entienden también como una suerte de oportunidad. Como toda ideología, además de análisis fríos y arquitecturas teóricas, muchas veces implícitas, el colapsismo comparte afectos, estética, modos de razonar. También es, en definitiva, un estado de ánimo. Y aunque la diversidad interna es grande, empezando por usar diferentes definiciones de colapso, no es ni mucho menos mayor que la que separa a un Kim Il-sung de un Theodor Adorno, ¡y en ambos casos es legítimo hablar de marxismo! Por economía del lenguaje, seguiré utilizando la categoría colapsismo como eso que nombra lo que une, con cierta coherencia interna, diversos discursos ecologistas que tienen, después, muchísimos matices.
7. A quienes hemos entrado a discutir la preeminencia del colapsismo en el ecologismo español se nos ha dicho que estamos construyendo bandos artificiales. Me parece que aquí se está pidiendo un imposible. Porque es imposible que un debate colectivo, a cierta escala, no acabe destilando posiciones enfrentadas en base a formaciones discursivas con cierta coherencia interna y refuerzo mutuo entre sus participantes. Vamos, eso que se puede llamar bandos. En la historia de las ideas y en la de los grupos políticos, siempre es así. Por eso los “bandos” no los estamos construyendo, sino que ya están dados. Y como en cualquier debate, por supuesto que hay mucha zona gris, y gente que revolotea en tierra de nadie. Quizá lo más útil, como en cualquier gestión democrática de los conflictos, sea cambiar la mirada: pasar de la lógica antagónica de la guerra, los bandos, a la lógica agónica del juego, los equipos. Después de los partidos de fútbol más enconados participantes de los dos equipos pueden confraternizar. Nada impide, como de hecho ya sucede, que en medio y después de estas polémicas estratégicas los que compartimos mucho, y sin duda yo con los compañeros colapsistas comparto mucho, podamos confraternizar y trabajar juntos cuando toque. El ecologismo, como comentaba Luís González Reyes, no tiene por qué abandonar el tipo de espíritu cooperativo que permite a entidades tan diferentes como WWF y Ecologistas en Acción aliarse (aunque es verdad que a medida que las polémicas concretas tengan efectos reales, en cuestiones como hidrógeno verde o renovables, quizá las cosas se pondrán más tensas).
8. Rechazar el colapsismo no implica algo así como pintar de color de rosa el futuro de la humanidad. El presente ecosocial ya es terrible y desazonador. Las décadas que vienen pueden serlo muchísimo más. La catástrofe ya está ocurriendo de modo “desigual y combinado” y su generalización e intensificación es una posibilidad que no se puede minusvalorar. Nuestra oposición al colapsismo parte de considerar que se cimienta en un diagnóstico erróneo que da lugar a una estrategia política contraproducente. Solo lo segundo justificaría que el ecologismo buscara otras vías. Pero lo primero, el error en el diagnóstico, confiere al debate su verdadero sentido: situarse voluntariamente en una posición de derrota, que el propio Jorge reconoce, impidiendo al ecologismo comparecer justo cuando está más llamado a ello, y hacerlo en base a premisas cuanto menos controvertidas, es algo que roza la negligencia histórica.
9. En su último libro, Donna Haraway apuntaba a la necesidad de encontrar una tercera vía entre la actitud Game Over del ecologismo apocalíptico y las fantasías del tecno-optimismo. Bruno Latour, en sus últimos ensayos, hace la pirueta lingüística de reivindicar el apocalipsis pero, paradójicamente, para llevar la contraria a los colapsólogos, a los que considera “partidarios de una muy mala religión”. “¡Demasiado tarde para ser pesimistas!”, grita el ecosocialista belga Daniel Tanuro, compañero de Jorge en el ecosocialismo europeo, con quién presuponemos que mantendrá una polémica parecida a la que mantiene con nosotros. El debate sobre el colapsismo no nos lo hemos inventado Héctor Tejero y yo. Está en todas partes. En todos los países. En cada sitio adaptado a sus peculiaridades. Si Clemente Álvarez publicó su artículo este verano, más o menos acertado según gustos, pero siempre legítimo, es porque captó bien un runrún que está en el sentir general de ciertos espacios. Hay un discurso ecologista, que tiene peso, y que se percibe que conduce a un callejón sin salida. Y hay una demanda amplia de otros enfoques.
10. Unas palabras previas sobre qué entendemos por colapso. Lo primero, hay que distinguir el uso del término colapso en ámbitos como la ecología, donde está bien delimitado, frente al mundo social. Salvo que se piense que una sociedad es un ecosistema, no se puede trasladar una definición de un campo a otro de manera automática. El problema es que hay sensibilidades dentro del colapsismo que tienden a realizar esta confusión. Pero las sociedades, aunque sean ecodependientes de sus ecosistemas, no funcionan ni funcionarán jamás como los blooms de algas, metáfora que al colapsismo le gusta mucho usar. Las algas no tienen I+D. Pero para que no se me acuse de tecno-optimismo, tampoco tienen fenómenos como el cristianismo, el nazismo, el imperialismo o el movimiento obrero.
11. Jorge dice que mi definición de colapso como “Estado fallido” es muy sui géneris. Es verdad. Solo intento perfilar una idea difusa que el colapsismo usa de un modo muy vago. “El ecologismo tiene un problema con la noción de colapso” afirmó Ernest García en la presentación de Ecología e igualdad, en Madrid, en la que Jorge y yo compartimos mesa con uno de los grandes sociólogos ambientales de nuestro país. Ugo Bardi, y es una de las cabezas más brillantes del colapsismo, llega a considerar “colapso”, seguramente con cierto humor, cualquier proceso de cambio rápido que implique cierto grado de destrucción, ¡literalmente hasta un divorcio! Incluso siendo un chiste, el chascarrillo dice mucho del colapsismo como estado de ánimo y su obsesión de ver el colapso por todas partes. Pero más allá del chiste, este problema de la falta de rigurosidad en la definición de colapso se puede remontar hasta el mismo Informe de Límites del Crecimiento que Jorge me cita. Como bien sabe Jorge, World 3 es un modelo global que no atiende a diferenciaciones regionales. Cualquier noción de colapso que se emplea en sus escenarios solo puede ser intuitiva, porque es macroscópica, y no se hace cargo del margen de acción de la geopolítica y de la diferente capacidad de reacción de los Estados-nación. ¡Y aquí no podemos confundir el deber ser moral y el ser analítico! Que el correctivo ecológico debiera ser justo, y no reproducir las asimetrías de poder del mundo realmente existente, no significa que podamos hacer buenos análisis de lo que cabe esperar sin considerar las cosas tal y como son. Y las cosas tal y como son parten de constatar que bajo el paraguas de eso que se llama colapso, en nuestras realidades políticas extremadamente desiguales, unas partes del sistema mundo que estudia el World 3 pueden prosperar a costa de que otras colapsen más profundamente. Lo que invalida el término colapso y exige otras categorías (colonialismo climático, apartheid ecológico, ecofascismos, eco-exclusión, exterminismo…categorías todas ellas que movilizan otras disposiciones estratégicas diferentes a la del colapso).
12. Cuando Yves Cochet define el colapso como la imposibilidad de que las necesidades básicas sean cubiertas por el Estado y el mercado, de lo que está hablando es de un Estado fallido. Cuando se piensa en términos de resiliencia local y “balsas de emergencia” como respuesta al colapso, se piensa en términos de reaccionar ante un Estado fallido. Esto es el centro real del imaginario colapsista. Un Estado fallido, o al menos muy comprometido en su capacidad de regulación de la vida normal (Estado que, por cierto, no puede ser reducido como hace Jorge a ejército y policía). Definir el colapso como pérdida de complejidad social es un cheque en blanco categorial. La complejidad social se intuye, pero no se puede medir. De los cuatro indicadores que propone Jorge, solo la dimensión demográfica es cuantificable. Las otras tres no lo son porque esos rasgos de la complejidad (información, interconexión, especialización) son esencialmente cualitativos. Como se preguntaba Eduardo García, ¿qué es más compleja, una oruga o una mariposa?
13. Muchos compañeros, como por ejemplo Luis González Reyes, usan la categoría de colapso y después matizan que se trata de un proceso largo e irregular. “Más como una piedra que rueda por una colina cuesta abajo que una piedra que cae por un barranco”, cito de memoria. La imagen que usa Luis define muy bien lo que puede suceder. Pero creo que es incongruente. La palabra colapso remite a una idea de destrucción súbita e irreversible (lo cual explica parte de su éxito en una sociedad en la que los imaginarios apocalípticos y distópicos son muy fuertes). Esa es su especificidad semántica. Y ese es su viento inconsciente a favor: el síncope fulminante. Para referirse a algo que pueda durar mucho tiempo, podemos hablar de decadencia o de declive. Pero no es la palabra elegida porque sus connotaciones espontáneas, y sus implicaciones políticas subliminales, son otras. Del mismo modo tampoco se habla de mutación, de adaptación, o de crisis, porque esos tres términos no permiten las moralejas colapsistas. En bastantes casos, moralejas anarquistas. En todos los casos, moralejas enormemente disruptivas, como veremos muy mesiánicas, en forma de gran hundimiento o llamada a una revolución cuyas condiciones objetivas serían escandalosamente claras. Moralejas cuya letra pequeña siempre es minusvalorar, puentear o despreciar la política realmente existente.
14. Respecto al colapso como idea políticamente contraproducente, al menos Jorge no se lleva a engaños. Sabe que el colapso sería una tragedia, y como toda tragedia, sabe que asumirla es netamente desmovilizador. Otras voces colapsistas mantienen posiciones, a mi entender, más ingenuas. Casi nadie celebra el colapso, cierto (aunque a veces cabe sospechar si en algunos discursos no opera un cierto goce oscuro que proviene del resentimiento, de disfrutar anticipadamente con un ajuste de cuentas frente a los pecados ecológicos de la modernidad industrial). Pero el colapsismo más anarquista suele entender que no todos sus rasgos son negativos, como afirma literalmente Carlos Taibo. Y ve en el colapso una ventana de oportunidad para sociedades comunitarias sin Estado. En mi opinión, aquí opera un fallo de cálculo: a ojo de buen cubero, y partiendo de donde partimos, tras un hipotético colapso, si hay una persona viviendo en un caracol zapatista autogestionado por cada 100 personas viviendo en un contexto brutal gobernado por mafias y señores de la guerra, creo que sería un éxito milagroso.
15. En este tema, parece que se impone el enésimo derbi entre miedo y esperanza. Como constatan Álvaro García Linera e Iñigo Errejón, toda acción transformadora desde abajo exige una sobreacumulación de esperanza (unida, sin duda, a la indignación y la rabia de una promesa incumplida, de un fallo en las élites). Yayo Herrero, por el contrario, suele citar a Naomi Klein cuando afirma que el miedo paraliza únicamente si estás solo y no sabes dónde correr. Cabría añadir dos matices: el primero, que esa frase es válida sólo para un sprint. Para un proceso tipo gran desastre natural inmediato y evidente. Pero en una carrera de fondo, confusa, y con efectos diferenciales, el miedo contribuye mucho más al sálvese quien pueda. Aquí, de nuevo, que el colapso se use en un sentido riguroso, como algo rápido, o en un sentido laxo, como un sinónimo de “los malos tiempos por venir” es importante para el conjunto del paquete argumentativo. El segundo matiz es que el colapso está más allá del miedo. Miedo nos lo genera cualquier informe científico. Miedo nos lo genera el parte meteorológico de cada noche. El miedo ya es nuestro mundo. La ecoansiedad está en todas partes. En este contexto, donde si algo resulta realmente inverosímil es un futuro mejor, el colapsismo es el miedo pasado de rosca: es la promesa del terror asegurado.
16. Jorge admite que aunque el colapsismo puede ser estéril para hacer política dentro de las instituciones realmente existentes, “no se hace política sólo en ellas, sino a veces impugnándolas”. No tiene sentido entrar en un debate infinito sobre cuánto puede aquí Jorge sobredimensionar las posibilidades de eso que llama “impugnación” a la luz de la experiencia de los últimos 200 años, y también a partir del tipo de sociedad que hoy somos. Porque sospecho que Jorge está haciendo un brindis retórico al sol y cualquier perspectiva coherente con el conjunto de tesis que defiende solo puede concluir en unas expectativas sobre la “impugnación”, al menos, tan modestas como las que plantea hacia todo lo demás. Solo aclarar que el colapsismo es contraproducente, para cualquier tipo de acción transformadora constructiva, no solo la vía electoral. Como solo se puede construir con los materiales sociales dados, y asumir el colapso es asumir su inminente caducidad (especialmente en las versiones fuertes del mismo), el desincentivo es enorme. ¿Alguien cree que se puede construir, por ejemplo, un tejido de economía cooperativa funcional y potente, con lo que implica de inversión económica y de tiempo, bajo el signo del colapso?
17. Movilizar a los movilizados, desmovilizar a los desmovilizados. Ese es el efecto del colapsismo. Mientras que con el colapsismo extremas minorías pueden prepararse para “colapsar mejor”, y quizá realizar avances micropolíticos en ese sentido, signifique lo que signifique eso (como bromea Ernest García en Ecología e igualdad “quien tenga suerte de hacerse con una parcela cultivable, practique en ella la agricultura ecológica, y se emplee a fondo en mantener a raya a los asaltantes, tendrá algunos días ratas para cenar”), la preeminencia del discurso colapsista en el debate público alimentará, en una proporción cien o mil veces mayor, el nihilismo y el cinismo de época. Esa actitud que tan bien resume el refranero español: “para lo que me queda en el convento, me cago dentro”.
18. De hecho, en la coyuntura actual, cuando el discurso colapsista salta del nicho a la esfera pública mainstream, su efecto político inmediato juega mucho más a favor de alimentar la idea de un momento de recambio bipartidsta (ahora tocaría un gobierno del PP que coja el testigo de un gobierno del PSOE desastroso, en el que todo va mal), que a favor de organizar un movimiento masivo a favor del decrecimiento. Antonio Turiel ha hecho un trabajo muy notable en la divulgación sobre la dimensión energética de nuestra crisis socioecológica, que es real y exige reflexión y acciones serias. Para alejarse de aquello que llamamos colapsismo, según sus propias declaraciones un sambenito que le ha sido colocado injustamente, Antonio Turiel podría hacer dos cosas: además de asumir toda una serie de precauciones epistemológicas y diagnósticas en el salto de la energía a lo social (que comentaré en la segunda parte de estas notas), podría hacerse cargo, con mayor reflexividad, del efecto político de su mensaje. Porque las advertencias bienintencionadas sobre la ruina inminente de nuestra civilización pueden ser el caldo de cultivo perfecto para que florezcan las maniobras malintencionadas para tumbar este gobierno (y seguramente, el gobierno cambie muchas veces antes de que nuestra civilización se derrumbe). Evitar estas contraindicaciones exige modular el mensaje, que no es lo mismo que mentir. Y esto resulta imposible si se parte de esquemas completamente erróneos sobre el papel de la verdad científica en los procesos sociales.
19. Que en poco más de un año podemos tener un gobierno del PP y Vox en la Moncloa, que tumbe el trabajo realizado en materia de transición ecológica justa desde el 2018 y nos hagan perder todo lo ganado, por muy insuficiente que sea lo ganado, es el tipo de problemas políticos importantes que el colapsismo impide pensar con seriedad. Sé que Jorge sabe de sobra que no es lo mismo que el Ministerio de Transición Ecológica esté en manos de Teresa Ribera (que por cierto ha hecho un trabajo notablemente mejor del esperado) que un negacionista de Vox. Como no es lo mismo vivir en un país con sanidad pública o sin ella. O en un país donde el acceso a las armas facilite la rutinización de las matanzas en las escuelas que en uno donde no suceda. O en un país donde el derecho al aborto esté asegurado o no se pueda sobornar a la policía (el tipo de minucias que los amigos anarquistas desprecian y que dependen íntegramente de las políticas públicas y quien las diseñe e implemente). Pero cuando afirma “para gobernar, ya está Teresa Ribera”… además de ni siquiera poder imaginar a un ecologismo más transformador en el gobierno…¿no está dando Jorge Riechmann por sentado, de manera peligrosamente infundada, que Teresa Ribera gobernará?
20. “No nadamos a favor de la corriente”, nos recuerda Santiago Alba Rico. Esto hay que escribirlo en letras de fuego en nuestras mentes. La crisis ecológica tampoco nos pone a favor de la corriente, una ilusión peligrosa en la que muchos colapsistas incurren. En los debates grupusculares del ecologismo se combate confundiendo Green New Deal con capitalismo verde como si éste fuera un paradigma de gobernanza consolidado. Como si el negacionismo climático no hubiera estado cerca de volver ganar las elecciones en Estados Unidos, promoviendo además un golpe de Estado que, gracias al compromiso democrático de sus aparatos de Estado (manda narices) salió mal. Como si en la reciente segunda vuelta brasileña un negacionismo orgulloso de activar ese tipping point climático que es la Amazonía, entre otros crímenes que reivindica con orgullo, no hubiera quedado a menos de un punto de volver a repetir mandato (y seguimos pendientes aún de que acepte democráticamente su derrota).
21. Pese a estar en la década decisiva de la lucha climática, las conquistas ecologistas en la guerra de posiciones que hemos logrado en los últimos años son extremadamente frágiles. Estamos solo a unas elecciones perdidas de que se puedan disolver como un azucarillo en el café (y si la cosa no es tan dramática, y también manda narices, en el fondo es porque estamos tecnocráticamente sometidos a la Unión Europea, lo que no cambia el problema, sólo lo desplaza a otro lugar). Cualquier discurso ecologista tiene que calibrar cuál es su verdadero papel, más allá de sus intenciones, en un contexto de competencia política en el que estas fuerzas negacionistas (algunas negacionistas climáticas, todas negacionistas de la igualdad humana) son infinitamente más fuertes que nosotros y van a usar nuestros errores a su favor. Jorge habla en su texto, de forma muy desafortunada, de “niños malcriados”. Tampoco lo merece, pero este epíteto creo que más que a nuestro pueblo se ajustaría mejor al maximalismo irresponsable de cierto ecologismo que maneja un cuadro de la realidad política profundamente fantasioso.
22. Un argumento común en los debates sobre el colapso es que no importa la fecha sino la tendencia. “Cinco o diez años no importa demasiado”, me dice muchas veces Luis González Reyes en los numerosos y enriquecedores debates que tenemos al respecto. Pero cinco años es lo que separa la proclamación de la República del inicio de la Guerra Civil. Ocho años, el fin de la República de Weimar con el ascenso de Hitler y el inicio de la Solución Final. En política, un lustro es un universo. Lo que puede estar en juego en cinco años lo es todo. Este es un síntoma de uno de los peores efectos del colapsismo, que es lo que tiene de autocastración política para el ecologismo. Algo que, por cierto, tiene mucho de ósmosis con nuestro tiempo.
23. “Todos somos más hijos de nuestra época que de nuestros padres”, decía Debord. Nadie está exento de ello. Y seguramente hay mucho de cierto en las críticas que el Green New Deal recibe por tener un enfoque muy anclado en los países centrales del sistema mundo, o un punto de confianza tecnológica excesiva. Como es cierto que en el discurso colapsista se reproducen, de un modo fiel, algunos apotegmas neoliberales esenciales. Hemos mencionado alguna vez que el colapsismo rima muy bien con la inmensa cantidad de películas y series post-apocalípticas que gobiernan nuestra cultura audiovisual. También rima muy bien con la despolitización general que el neoliberalismo produce en serie. ¿No es acaso el colapsismo, de alguna manera, un remake ecologista del no hay alternativa de Thatcher?
24. El colapsismo retroalimenta el clima de despolitización del que surge. Y eso tiene efectos nocivos en el ecologismo. El tipo de mirada y el tipo de agenda reflexiva que impone resultan muy esclarecedores. Dice Jorge Riechmann en sus notas que “si el ecologismo abandona el colapsismo, perderá sus órganos sensoriales más valiosos”. Partamos de la base de que este no es un debate que busque que nadie abandone nada, sino que busca compensar, contrapesar y diversificar. Pero creo que la tesis es matizable. El colapsismo permite introducir algunos análisis metabólicos importantes (aunque como veremos, también sesgados). Pero lo hace a costa de una auténtica atrofia en sus órganos sensoriales políticos. ¿Dónde están las reflexiones ecologistas sobre las políticas públicas de emergencia durante estos años en que la gestión de la pandemia del covid cambió radicalmente cualquier expectativa respecto al poder de intervención del Estado? ¿Dónde están las reflexiones ecosocialistas sobre los hechos económicos absolutamente trascendentales y la batalla ideológica que está teniendo lugar con la muerte teórica del neoliberalismo, batalla que no es especulativa sino que está desplazando, con efectos prácticos impresionantes, las placas tectónicas de la economía política europea? Hechos como la reforma del mercado energético o la mutualización de la deuda son transformaciones en curso que deberían estar en el centro de nuestras reflexiones ecosocialistas. Sin embargo, es significativo que para encontrar un ecologista que trabaje estos temas haya que acudir a la magnífica newsletter de Xan López, Amalgama, mientras que el filósofo más importante del ecologismo no solo en España, sino uno de los más importantes en lengua castellana, Jorge Riechmann, trabaja sobre ética gaiana. Algo fascinante y muy necesario, no quiero restarle un ápice de valor a la gaiapolítica de Jorge. No lo digo como una concesión vacía sino que es un reconocimiento honesto. Pero también, honestamente, considero que es una tarea extremadamente vanguardista. Cuya aplicación política mínimamente verosímil igual tiene que esperar tres o cuatro décadas. Este es el tipo de jerarquía de prioridades que algo como el colapsismo fomenta. Y que aunque no sea su voluntad, porque evidentemente no lo es, son despolitizadoras por incomparecencia.
25. Los efectos despolitizadores (o contraproducentemente politizadores) del colapsismo en la batalla de ideas, donde uno puede permitirse ciertos lujos intelectuales, son todavía más claros en la praxis ecologista. Una dosis colapsista excesiva fomenta una cultura política en la que un cuadro joven ecologista medio, de esos que abundan desgraciadamente tan poco, tenga mucho más fácil orientar su valiosísima voluntad transformadora hacia un proyecto permacultural neorrurural o la construcción del enésimo banco de tiempo fallido, que hacia otros caminos menos transitados. Que impliquen por ejemplo convertirse en abogados del Estado o entender cómo podrían operar los bancos centrales para facilitar la descarbonización. Por supuesto necesitamos permacultores. Pero para que el pez deje de morderse la cola, la transición agroecológica en la España vaciada necesita políticas públicas que la protejan y la favorezcan. Y para que eso deje de ser una palabra bonita en un libro y pase a ser realidad es igualmente necesario abogados del Estado y economistas. Economistas ecológicos sí. Pero que a la vez que sepan hablar el lenguaje de la economía convencional sin presentar siempre una enmienda a la totalidad que resulta inoperativa.
26. Lo mismo podríamos decir de los recientes debates sobre si la explotación del hidrógeno verde convertirá a España en una “colonia energética”. Lo que aquí llamamos colapsismo es un marco ideológico que tiende a eclipsar lo mucho que la política tiene que decir en este desenlace, posible pero en absoluto asegurado. Por no hablar de que ese marco facilita mucho restar importancia a las coherencias espontáneas que un discurso como el de “España colonia energética” tiene con el planteamiento de una extrema derecha que habla de la descarbonización como “el suicidio de la soberanía nacional”.
27. Y qué decir del papel del colapsismo en la cuestión de los conflictos que se están dando por la implantación de las energías renovables en algunos territorios. Sin duda, este es un asunto complejo porque las renovables tienen impactos que conviene rebajar. Y bajo la sombra del oligopolio eléctrico español su implementación dista mucho de responder a una cobertura de necesidades, y a una socialización de la riqueza asociada, sino a una maximización extractiva de beneficios. Pero impactos mucho mayores tiene no transformar a toda velocidad nuestro sistema energético. En esta paradoja, la visión exageradamente pesimista de las renovables que el colapsismo fomenta está alimentando una beligerancia visceral e irracional, que como dice el refrán, “está dispuesta a tirar el niño junto con el agua sucia”. Que enorme sinsentido es que justo en el momento en que la descarbonización se pone en marcha a una velocidad mínimamente adecuada, se multipliquen las resistencias a las mismas, algunas justificadas, y otras en absoluto. Que un proyecto tan interesante como el que la empresa pública noruega Statkraft intenta impulsar en Euskadi negociando con EH Bildu, un proyecto que supondría una tercera vía fundamental entre la insuficiencia constatada del autoconsumo y las propuestas de renovables obedientes a las lógicas del oligopolio, esté generando un enorme conflicto en las bases del ecologismo vasco, al mismo tiempo que la ampliación de la terminal gasística del puerto de Bilbo pasa más desapercibida, supone una situación muy esclarecedora. Intencionalmente o no, un pesimismo exacerbado sobre las renovables, como el que es común en algunos discursos colapsistas, facilita mucho que la sociedad adopte posiciones nimby. Que en términos energéticos son mucho más un caballo de Troya de la energía nuclear o de la continuidad fósil que un vector de decrecimiento consecuente.
28. Es necesario aclarar aquí que nuestro debate con el colapsismo no es un debate con el decrecimiento. Son dos posiciones diferentes. Tanto Héctor Tejero como yo nos consideramos algo así como decrecentistas que intentan avanzar en esa dirección aplicando cierto realismo político, como defendemos en este artículo a favor de una amplia alianza poscrecentista. También somos perfectamente conscientes de que el capitalismo es una máquina de generar externalidades, y su superación histórica sigue siendo nuestro compromiso político más querido. Pero nos hacemos cargo de las lecciones del siglo XX. Y entendemos, como decía Latour, que paradójicamente cualquier todo es menor que sus partes. Lo que significa que la transformación del sistema pasa más por actuar sobre las partes que lo conforman, para ir dando lugar evolutivamente a un todo diferente, que por el viejo sueño del big bang revolucionario. Lo que en lo concreto, por ejemplo en la búsqueda de relaciones ecosociales Norte-Sur más justas, debería conducir al ecologismo del Norte a centrarse en políticas viables de reducción de consumos (eficiencia, reciclaje, bienes comunes) unidas a eso que nos demandan los compañeros del Sur: normas más equitativas de comercio internacional.
29. No tiene que ver mucho con el colapsismo, solo de manera indirecta, pero donde considero que Jorge se equivoca profundamente en sus notas es cuando realiza afirmaciones como «“el pueblo que somos” debería avergonzarnos en cuanto nos examinásemos frente al espejo con una mínima serenidad» o «¿podemos considerar, como seres humanos racionales y adultos ⸺y no como niños malcriados⸺, que nos hemos metido en una trampa?» Creo que siempre conviene parar y replantearnos las cosas cuando nuestros razonamientos nos acerquen a un sitio que se parezca al famoso poema de Brecht, donde se esepcula si no sería más fácil “disolver al pueblo y elegir otro”. Por supuesto, existe el margen para la mejora ética de nuestros comportamientos, y eso no es políticamente irrelevante. Pero en estas frases, tanto en fondo como en forma, están condensados algunos de los peores errores de la izquierda del siglo XX. Algo que en el siglo XXI conviene dejar atrás: superioridad moral, vanguardismo, racionalismo exacerbado, pulsión paternalista que te lleva a regañar a tu pueblo como si fuese menor de edad. Y sobre todo, una notable incapacidad para comprender las lógicas que operan en la vida cotidiana de la gente. ¡Como si no hubiera sólidas razones, sociológicas, antropológicas, políticas e históricas para comportarnos como nos comportamos, por muy autodestructivo e injusto que sea este comportamiento! ¡Como si el ecocidio fuese una suma de caprichos adolescentes y no una inercia sistémica increíblemente compleja y resistente! ¡Como si en medio de la precariedad económica y biográfica que hoy sufren millones de personas no fuera adulto o racional tratar de sobrevivir asumiendo cierta dirección (nefasta) de la corriente! Resulta desconcertante que un autor como Jorge, que escribe con tanta sabiduría sobre la condición antropológica trágica del ser humano, por ejemplo cuando afirma “todos somos simios averiados” o “todos somos minusválidos”, tenga luego estos comentarios. Creo que es siempre mejor asumir la máxima de Whitman cuando decía: “no moralizo, conozco el alma”. Seguramente Jorge no considere que esté moralizando, solo autoexigiéndose (y autoexigiéndonos) una entereza moral nueva. Esa que impone una época más oscura que muchas otras antes. No es baladí, porque es verdad que estamos moralmente mal preparados para las consecuencias gigantes de lo que estamos provocando. Pero la línea es borrosa. Y creo que no se percibe bien lo borrosa que es porque algunas de las aporías teóricas que son comunes en el pensamiento colapsista (el factor político de la verdad, cierto holismo ontológico) entran en juego.
30. La segunda parte de estas notas tratarán de discutir no solo con lo que el colapsismo tiene de estrategia política contraproducente, sino lo que tiene de diagnóstico desenfocado. Esta primera parte ha intentado argumentar, de modo sucinto, por qué algunos sentimos que el colapsismo es una tentación política a la que no tenemos derecho. No tenemos derecho a asumir está década decisiva de batalla política ecologista desde una posición de desventaja tan manifiesta. Menos derecho tenemos a hacerlo si además llegamos a la conclusión de que el análisis frío de nuestras posibilidades es un poco menos estrecho de lo que el colapsismo tiende a asumir.
Y esta es la respuesta de Riechmann:
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algunas notas adicionales sobre “colapsismo”
A medida que la crisis ecosocial objetivamente se agrava, nuestras perspectivas de futuro se ensombrecen, y las consecuencias de esa crisis multidimensional afectan a más facetas de la vida cotidiana de la gente incluso en los países centrales del sistema, arrecian las campañas contra el pesimismo. Las tenemos en los medios orgánicos con este sistema de dominación, como El País, que nos invita a entregarnos a los “nuevos optimistas” como Steven Pinker, Matt Ridley o Johan Norberg; [1] las tenemos en nuevas (y viejas) derechas “sin complejos”, como Isabel Díaz Ayuso, quien nos alecciona con edificantes discursos: “Todas las generaciones tienen sus propios desafíos, sus propios problemas. No hay que caer en la desesperanza como buscan normalmente los totalitarios para dirigir, para entristecer y por tanto para dirigir”.[2]
Quienes desde sectores próximos al ecologismo están desarrollando, estos meses últimos, una constante campaña contra el pesimismo son básicamente compañeros integrados en el proyecto político de Más Madrid/Más País (o muy cercanos al mismo). Entre ellos, y de forma destacada, mi amigo Emilio Santiago Muíño, quien expone sus tesis en un trabajo extenso publicado en la web de Contra el Diluvio (que en lo que sigue abreviaré NTDC).[3] En mi opinión, lo que está aquí en juego es mucho más una disputa política que teórica.[4] En la forma clásica que ya plasmó Maquiavelo en cierto paso de sus Discorsi:[5] antes de la batalla, un general romano consulta a los augures para saber por dónde pueden ir las cosas, y el escrutinio de las vísceras de los animales sacrificados arroja resultados desfavorables. Sin embargo, transmite a sus tropas el mensaje contrario, pues ¡hay que entrar en combate confiando en la victoria!
El largo artículo de Emilio (NTDC) puede resumirse en una frase: los pesimistas estorban. Vale. Parece que también lo dijo Churchill: “Soy optimista, pues no parece muy útil ser otra cosa” (lo cita así Rosa Montero, alguna vez). Está bien, pero yo rogaría que por favor no confundamos las arengas a nuestras tropas con los resultados del examen racional de las circunstancias. El tiempo se acaba, nos dice el PNUMA (es decir, NN.UU. sintetizando una enorme cantidad de información científica),[6] pero el “anticolapsismo” insiste: no me angustie usted a la gente… Hemos examinado aquellas vísceras y ¡tenemos bastante tiempo por delante!
“La desesperanza es un lujo que no podemos permitirnos” es una buena consigna, pero a mí sólo me sirve si va de la mano con esta otra: “y el autoengaño tampoco”.
Nos resignamos con demasiada facilidad a lo inexorable, sugería la poeta Elizabet Bishop en una observación sobre poesía que podemos extender a otros ámbitos (también a la acción política). “Oh, yo considero que todo es inexorable, todo tipo de horrores, pero no puedo tomarlo como atajo cada vez, por así decirlo”.[7] A mí no me sirve el “lo hicimos porque no sabíamos que era imposible”. Más bien: sabemos que es imposible, y nos ponemos a hacerlo.
“Hasta hace muy poco el ecologismo no se ha visto en la tesitura práctica de ejercer poder” (NTDC): tampoco ahora, por desgracia. Donde se ha llegado a ejercer poder ha sido al precio de una desnaturalización de tal calibre que no cabe pensar en términos de continuidad. No hablamos de una evolución pragmática, sino en una completa ruptura con lo que alguna vez se fue: el caso más espectacular (y políticamente relevante) es el de Die Grünen, el partido verde alemán, que conozco bastante bien (le dediqué una tesis doctoral a comienzos de los años 1990). El partido se deshizo de sus elementos ecosocialistas (un proceso ya casi concluido cuando publiqué en 1993 mi libro Los Verdes alemanes, a partir de aquella tesis doctoral, en la granadina editorial Comares) y se convirtió al eco-liberalismo. Comparar sus orígenes ecopacifistas con su militarismo pro-OTAN de hoy, y su desenfadada apología del capitalismo verde, produce sonrojo y desolación. Pero éste es el modelo al que nos remiten compañeros como Florent Marcellesi y Emilio cuando insisten en que “la ecología política española tiene el reto de pasar del esencialismo al constructivismo, del nicho a la transversalidad, de la protesta a la propuesta y del catastrofismo a la esperanza. Es decir, aprovechar la oportunidad de dejar de ser la resistencia ecologista para estar en condiciones de liderar la nueva hegemonía verde” (NTDC). No es que “nos situemos voluntariamente en una posición de derrota” (NTDC), sino que asumimos (sin resignación) una derrota muy real y nos negamos a travestir las derrotas en imaginarias victorias.
Asevera Héctor Tejero: “No hay ningún colapso asegurado o muy probable en el horizonte, ni a corto ni a largo plazo”.[8] Sostiene Andreu Escrivá: “No nos vamos a extinguir (y menos por el cambio climático)”.[9] A mí me llama la atención el determinismo con que se exhiben estas certezas, ¡especialmente cuando uno de los reproches que habitualmente se ha dirigido a los “colapsistas” es su tendencia a un determinismo fuera de lugar! Vaya, resulta que al final sí tenemos bola de cristal para predecir el futuro, y está en manos de estos “anticolapsistas”…
Es muy revelador el comentario que dedica Emilio al informe The Limits to Growth de 1972. Dice así: “World 3 es un modelo global que no atiende a diferenciaciones regionales. Cualquier noción de colapso que se emplea en sus escenarios solo puede ser intuitiva, porque es macroscópica, y no se hace cargo del margen de acción de la geopolítica y de la diferente capacidad de reacción de los Estados-nación. ¡Y aquí no podemos confundir el deber ser moral y el ser analítico! Que el correctivo ecológico debiera ser justo, y no reproducir las asimetrías de poder del mundo realmente existente, no significa que podamos hacer buenos análisis de lo que cabe esperar sin considerar las cosas tal y como son. Y las cosas tal y como son parten de constatar que bajo el paraguas de eso que se llama colapso, en nuestras realidades políticas extremadamente desiguales, unas partes del sistema mundo que estudia el World 3 pueden prosperar a costa de que otras colapsen más profundamente. Lo que invalida el término colapso y exige otras categorías (colonialismo climático, apartheid ecológico, ecofascismos, eco-exclusión, exterminismo… categorías todas ellas que movilizan otras disposiciones estratégicas diferentes a la del colapso)” (NTDC). Atención a lo que se está sugiriendo: podemos ciertamente tener colapso a escala mundial (con derrumbe de la producción de alimentos, contaminaciones disparadas, genocidio de miles de millones de seres humanos, etc.), pero mientras algunos Estados-nación logren seguir adelante un tiempo a costa del mundo natural y de la mayoría de la humanidad, ¡prohibido hablar de colapso! Insisto: esta noción de colapso es tan idiosincrásica (y colonial) que haremos bien en rechazarla.
“Rápido” o “lento” son términos relativos a un sistema de referencia. “Para referirse a algo que pueda durar mucho tiempo, podemos hablar de decadencia o de declive”, leemos en NTDC. Parece que a Emilio “mucho tiempo” se le ha convertido en apenas unos pocos decenios (lo cual es un proceso rápido en términos de historia humana, y rapidísimo para la biografía de la Tierra). Este colapso del sentido temporal revela que se está usando el sistema político como referencia[10] ⸺lo cual tiene sin duda sentido si lo principal que se propone uno es ganar elecciones, pero resulta extremadamente reduccionista y antropocéntrico. (Y superar el antropocentrismo extremo de la cultura hoy dominante es necesario, si la humanidad ha de tener algún futuro en la Tierra.)
Emilio define en ciertos momentos que “el colapsismo es una corriente ideológica que considera el colapso ecológico de la sociedad industrial como algo seguro o al menos altamente probable”[11] (por cierto, hace algo de trampa cuando incluye a Ernest Garcia en su equipo: Ernest es “colapsista” en ese sentido). Y afirma también que “la preeminencia del discurso colapsista en el debate público alimentará, en una proporción cien o mil veces mayor, el nihilismo y el cinismo de época” (NTDC). Esa exageración requeriría pruebas que nuestro amigo nos hurta.
No, es cierto: no creo que Íñigo Errejón en el Gobierno fuera a ser más transformador que Teresa Ribera.
“Jorge habla en su texto, de forma muy desafortunada, de niños malcriados. Tampoco lo merece, pero este epíteto creo que más que a nuestro pueblo se ajustaría mejor al maximalismo irresponsable de cierto ecologismo que maneja un cuadro de la realidad política profundamente fantasioso” (NTDC). Sólo puedo manifestar mi desacuerdo profundo. La expresión “niños malcriados”, si tiene algún problema para definirnos como sociedad, es que se queda corta. Tenemos algún problema si la necesidad de halagar a nuestros votantes nos impide hacernos cargo de la realidad… No se puede pedir a nadie santidad: pero que no se deje caer a lo peor de sí mismo, sí podemos pedirlo. Y por desgracia, como sociedad, llevamos decenios en ese dejarnos caer: consintiendo convertirnos en materia corrupta (Maquiavelo otra vez) por acción y omisión. Somos simios averiados que tienen la opción, y la capacidad, de rehacerse: por eso hablamos (con Gramsci… y con Ortega y Gasset) de reforma intelectual y moral. No y no, amigo Emilio: haber sufrido no da derecho a hacer sufrir. Conviene distinguir entre moralismo y autoexigencia. Sobre todo cuando nos hemos convertido en el ser peligrosísimo que somos (cada vez más peligroso para nosotros mismos y para casi toda la vida en el planeta Tierra). Esa exigencia ética tiene contenidos distintos en diferentes momentos históricos… y hoy es una exigencia muy fuerte, por desgracia (porque estamos viviendo un momento histórico absolutamente excepcional, quizá incluso el momento terminal de la historia humana).
“Éste no es un debate que busque que nadie abandone nada, sino que busca compensar, contrapesar y diversificar”, escribe Emilio (NTDC). Pero el mismo título de su texto desmiente aquellos propósitos: si heterodefinimos al otro equipo como “colapsista”, y a continuación insistimos en que “no tenemos derecho al colapsismo”, está bastante claro a quién se trata de callarle la boca.
Emilio caricaturiza mi posición, y parece olvidar buena parte de mi trabajo, cuando escribe que “hechos como la reforma del mercado energético o la mutualización de la deuda son transformaciones en curso que deberían estar en el centro de nuestras reflexiones ecosocialistas. Sin embargo, es significativo que para encontrar un ecologista que trabaje estos temas haya que acudir a la magnífica newsletter de Xan López, Amalgama, mientras que el filósofo más importante del ecologismo no solo en España, sino uno de los más importantes en lengua castellana, Jorge Riechmann, trabaja sobre ética gaiana”. Estupendo trabajo el de Xan López, que yo también aprecio, pero ¿es que he dedicado todos mis esfuerzos a la ética gaiana en el último decenio? En fin: repase quien quiera mi bibliografía, preferiblemente sin olvidar libros como Ecosocialismo descalzo y Otro fin del mundo es posible. E infórmese Emilio un poco mejor: incluso sin salir de Ecologistas en Acción, hallará no pocos ecologistas que trabajan sobre los temas de economía política que ciertamente merecen atención (algunos/as desde organizaciones cercanas como el ODG, Observatorio de la Deuda en la Globalización). En lo que me toca más de cerca, la Universidad Socioambiental de la Sierra (uno de cuyos co-organizadores soy) dedica cada última semana de junio una parte considerable de su tiempo y esfuerzo a esas cuestiones.
¿Soy reo de “ecologismo apocalíptico” y “tremendismo moral”? Bueno… Que cada cual se informe y juzgue a partir de las palabras y los hechos. Parece que Emilio, “excolapsista”, se siente incómodo con su pasado reciente.[12] Los “arrepentidos” suelen pasarse de frenada, reaccionando contra sus propias posiciones anteriores más allá de lo que la racionalidad argumental aconsejaría. Me temo que eso le ha sucedido a mi amigo Emilio, estos últimos años. Como cuenta él mismo, la crisis de 2008, con su alza brutal de precios del petróleo, alimentó sus ilusiones de que “el colapso era inminente. Pero no llegó el colapso, llegó el 15M…”[13] Bien: como alguien que no creyó en esa clase de colapso inminente, no tengo necesidad de sobrerreaccionar ahora como (en mi opinión) lo hace él.
Quiero insistir (antes de concluir estas notas) en el punto décimo de mi texto anterior, porque me parece el más importante de todos. El capitalismo es una máquina de externalizar daños e impactos. Como nos hallamos en situación de extralimitación ecológica (eso que los anglosajones llaman overshoot), pero vivimos (aún) en el centro del sistema, conservamos capacidad para desplazar elementos de colapso hacia las periferias (y lo hacemos todo el tiempo). Hacia los tres tipos de colonias (en sentido lato) de que suele hablar la pensadora ecofeminista Maria Mies: la naturaleza, los pueblos del Sur global, las mujeres. Así, empecinarnos en continuar la trayectoria de “progreso” industrial que hemos conocido en el pasado reciente (durante un tiempo muy breve en términos históricos) por esta vía de “externalizar” daños e impactos puede prolongar un poco nuestra desastrosa trayectoria (lo está haciendo), pero al precio de dañar aún más profundamente las opciones de miríadas de seres vivos (entre ellos, muchos millones de seres humanos) ahora y en el futuro.
Dicho todo lo cual, de nuevo: cuando debato con amigos como Emilio sobre estas cuestiones, siempre comienzo y termino diciendo que ojalá sea yo quien se equivoque con la clase de análisis y previsiones sombrías ahora rechazada como “colapsismo”.
[1] Álex Martínez Roig, “Contra el catastrofismo”, El País, 30 de octubre de 2022.
[2] https://twitter.com/ElHuffPost/status/1584498220658413568
[3] Emilio Santiago Muíño, “No tenemos derecho al colapsismo. Una conversación con Jorge Riechmann (I)”, Contra el Diluvio, 1 de noviembre de 2022; https://contraeldiluvio.es/no-tenemos-derecho-al-colapsismo-una-conversacion-con-jorge-riechmann-en-dos-partes-emilio-santiago-muino/
[4] Como señala por ejemplo Yayo Herrero: “Hay mucha gente que desde hace tiempo viene trabajando y advirtiendo, bastante en soledad y con mucha desesperación, muchas de las cosas que están sucediendo y que, realmente, están pasando. Del otro lado, en un plano distinto, están quienes se enfocan más en dinámicas del Green New Deal, que plantea que hace falta una institucionalidad que vaya abordando parte de estas problemáticas. Cuando miramos el plano de la ciencia, la ecología nos plantea que efectivamente existen potencialidades para que se den colapsos ecológicos. Es decir, que los ecosistemas entren en una pirámide de declive y destrucción que realmente llevan al colapso de ese funcionamiento anterior. Tanto los informes del IPCC como los informes del IPBES sobre pérdida de biodiversidad hablan de esta posibilidad. Hay otras personas que hablan del colapso de la civilización, que no se refiere al colapso de la población ni de la explosión del mundo. Se refiere a la imposibilidad de que la civilización industrial capitalista de los últimos años, basada en la extracción de materiales y en el crecimiento de la producción, se pueda mantener. La advertencia es que esta forma de funcionar como sociedad va a ser difícil que se mantenga. Quienes hablan de todo esto lo están haciendo con mucho rigor. Otra cosa distinta es que haya sectores que se organizan para participar de la contienda electoral que puedan decir ‘no quiero utilizar la palabra colapso porque creo que me va a quitar votos’. Eso depende del planteamiento y del debate interno que tenga cada grupo electoral. En mi opinión, que no estoy en la contienda electoral, creo que si la mayoría de la gente no es consciente del problema que tenemos, plantear las medidas que se necesitan va a ser muchísimo más difícil. En cualquier caso esto ya no entra dentro del campo científico, entra dentro de la especulación del deseo totalmente legítimo con el que un partido político se presenta dentro de unas elecciones”. Herrero, “Algunos sectores progresistas tienen miedo de hablar de la gravedad de la crisis ecosocial por la pérdida de votos” (entrevista), 28 de octubre de 2022; https://www.lapoliticaonline.com/espana/entrevista-es/algunos-sectores-progresistas-tienen-miedo-de-hablar-de-la-gravedad-de-la-crisis-ecosocial-por-la-perdida-de-votos/
[5] Pido disculpas por citar de memoria: al escribir estas líneas estoy fuera de casa, sin acceso a mi biblioteca.
[6] PNUMA/ UNEP, La ventana de oportunidad se está cerrando: la crisis climática exige una rápida transformación de las sociedades (informe sobre la Brecha de Emisiones 2022), Nairobi, octubre de 2022; https://www.unep.org/emissions-gap-report-2022 ; https://wedocs.unep.org/bitstream/handle/20.500.11822/40932/EGR2022_ESSP.pdf?sequence=13
[7] Citada por Joan Margarit en Nuevas cartas a un joven poeta, Barril Barral Eds., Barcelona 2010, p. 27.
[8] https://twitter.com/htejero_/status/1578303741799051265
[9] https://twitter.com/AndreuEscriva/status/1586414712656482304
[10] No digo nada aquí que no diga el propio Emilio: “Un argumento común en los debates sobre el colapso es que no importa la fecha sino la tendencia. ‘Cinco o diez años no importa demasiado’, me dice muchas veces Luis González Reyes en los numerosos y enriquecedores debates que tenemos al respecto. Pero cinco años es lo que separa la proclamación de la República del inicio de la Guerra Civil. Ocho años, el fin de la República de Weimar con el ascenso de Hitler y el inicio de la Solución Final. En política, un lustro es un universo. Lo que puede estar en juego en cinco años lo es todo. Este es un síntoma de uno de los peores efectos del colapsismo, que es lo que tiene de autocastración política para el ecologismo” (NTDC).
[11] https://twitter.com/E_Santiago_Muin/status/1557868346720280580
[12] https://twitter.com/E_Santiago_Muin/status/1557872660217995264
[13] https://twitter.com/E_Santiago_Muin/status/1557872688630308864