Miscelánea 17/11/2022

Del compañero Carlos Valmaseda, miembro de Espai Marx

1. Más sobre el hidrógeno ‘verde’

Artículo breve y muy didáctico sobre las ‘cuentas’ erróneas del hidrógeno verde.

https://blogs.publico.es/ecologismo-de-emergencia/2022/11/16/haciendo-las-cuentas-del-hidrogeno-verde/

Haciendo las cuentas del hidrógeno verde

José Larios Martón, 16 noviembre, 2022

La propuesta de convertir España en un proveedor de hidrógeno verde, para la Unión Europea y la construcción de un gasoducto, el Barcelona-Marsella, BarMar, para transportarlo requiere un mínimo análisis, despejar la literatura y hacer las cuentas.

En primer lugar es conveniente aclarar el asunto de los colores negro, gris, azul y verde, con los que se ha denominado el hidrógeno (H2) atendiendo al proceso de producción.

El hidrógeno negro o marrón es un producto de la gasificación del carbón y durante su producción se libera CO2.

El hidrógeno negro es el que se genera con carbón. El hidrógeno gris es producido a partir de gas natural. El hidrógeno azul es el que se produce con gas pero capturando el CO2. El hidrógeno verde, producido por la electrólisis del agua usando electricidad procedente de fuentes renovables como la fotovoltaica, la eólica o la hidroeléctrica.

Prácticamente casi la totalidad de las 50 MtH2 producido en todo el mundo en la actualidad tiene su origen en combustibles fósiles.

En el caso de Europa, la producción anual total de hidrógeno se sitúa en torno a las 9,756 Mt, con una equivalencia energética de unos 339 TWh (LHV; 2019). De este H2 las refinerías de petróleo europeas consumen el 52%, la producción de fertilizantes, amonio, aproximadamente el 43%, otros usos industriales el 2% y la producción de metanol el 5%.

En la actualidad casi el 95% del hidrógeno usado en la UE es hidrógeno gris, es decir hidrógeno generado a partir de gas natural, y la mayor parte del 5% restante se produce como subproducto en los procesos de cloro-álcali en la industria química. Esta producción utiliza electrolizadores alcalinos (ALK) para electrolizar salmuera, dado que el mix eléctrico español no es 100% renovable, solo aproximadamente la mitad de esta producción podría considerase hidrógeno verde.

La propuesta de la UE es destinar el hidrógeno verde a sustituir el consumo actual, a almacenar electricidad y a usarlo en otras áreas como el transporte jugando un importante papel en el Green Deal para lograr la neutralidad de carbono en 2050. El hidrógeno es una parte integral del recientemente anunciado instrumento de recuperación instrumento de la UE de Next Generation.

Además, se prevé que el hidrógeno sea un tema clave para el Fondo de Innovación de la UE que abrió su primera convocatoria en julio de 2020.

Según la estrategia del hidrógeno de la UE, al menos 6 GW renovable de electrolizadores alimentados por energías renovables deberían instalarse entre 2020 y 2024. Dependiendo de su utilización, dicha capacidad podría producir hasta 0,8 Mt de hidrógeno limpio anualmente. Esta cifra debería aumentar hasta los 2X40 GW en 2030. 40 GW en territorio de UE y otros 40 GW en territorios limítrofes como Ucrania y el África. Para entonces, la demanda de hidrógeno en la UE y el Reino Unido, según la de 2019 será de 665 TWh o de 16,9 Mt de hidrógeno limpio.

No voy a entrar en el cálculo económico de la propuesta, ya que los costes reflejado en los estudios actuales se han hecho antes de que se disparasen los costes de la electricidad en todos los países de la UE y ya con los precios anteriores el coste era muy elevado.

Sí quiero incidir en algunos cálculos energéticos para mostrar lo descabellado de convertir a España en el proveedor de hidrógeno verde para la UE.

Según la diferente eficiencia de los electrolizadores, se necesitan entre 50 y 60 kWh para producir 1 kg de H2, que contiene 33,3 kWh de electricidad, así producir con renovarles los 500.000 kg que se usan actualmente en España necesitarían unos 30 TWh de electricidad, dado que en 2021 el consumo eléctrico peninsular fue de unos 242 TWh, la energía eléctrica destinada a producir hidrógeno verde sería un 12%  de total o aproximadamente la mitad de toda la energía de origen renovable producida.

Si solo se sustituyera el hidrógeno usado al año en la UE+UK 10 MtH2 necesitaría unos 600 TWh, más del doble de toda la producción eléctrica de España. ¿Es la propuesta de España dejarnos a oscuras y cuadriplicar las renovables instadas para solo sustituir el hidrógeno gris de la UE?

Si seguimos con el dislate de incorporar el hidrógeno verde al transporte, las células de combustible por cada kg de hidrógeno nos proporcionará 21,645 kWh.

En el cálculo de los costes energéticos no estoy teniendo en cuenta las pérdidas por la energía necesaria para la producción de agua utilizable en los electrolizadores, el transporte, almacenamiento, compresión y/o licuación del H2.

Si lo que se quiere es almacenar energía, para compensar la intermitencia de la producción eléctrica de un sistema 100% renovable, las cuentas también son desorbitantes, aún teniendo en cuenta un sistema de almacenamiento combinado con centrales hidroeléctricas de bombeo y baterías.

La transición hacia un sistema energético libre de combustibles fósiles está siendo complicada, tiene cuellos de botella económicos, teológicos, materiales o sociales, pero lo será aún mucho más si se empeñan en poner en marcha tecnologías que despilfarran la energía de origen renovable en lugar de usarla directamente.

2. Mi imagen del día: gatitos y Marx.

Puedo comprender, aunque no comparta, esa obsesión que tiene la gente por las imágenes de gatitos. ¿Pero qué hace Marx ahí?

Fuente: https://twitter.com/sombrajunguiana/status/1592641533471514626

3. Minutos musicales: Alma Matinal.

No es claramente el tipo de música que más me gusta, pero me parece curiosa y loable esta iniciativa del PC Peruano, que tras el cataclismo senderista se llama ahora PCP Patria Roja, de publicar este «LP» de la cantante Michelle Rodríguez con canciones dedicadas al propio partido, a Mariátegui, así como otra versión más de La Internacional.

Alma Matinal

4. Documental de Monesma

Esta semana Eugenio Monesma nos recuerda otro de esos documentales que me tienen fascinado y enganchado. En este caso, una técnica al parecer en esa zona -tierras de Zamora- siempre hecha por mujeres, y bien dura, que parece no haber cambiado mucho en siglos, si no en milenios: la alfarería sin torno, desde cavar para conseguir la tierra hasta la cocción:

Olegaria, la MAESTRA ALFARERA. Recogida de tierra y cocción de piezas en horno de leña | Documental

5. Rosas y petirrojas.

Una de las autoras en el primer número de Corriente cálida es Blanca García -«Estrategias botánicas» https://corrientecalida.com/estrategias-botanicas/, en las que se cita a Rosa Luxemburgo. Ella misma recuerda en un hilo (https://twitter.com/PipacsosMezo/status/1592806603312746497) este precioso fragmento de una carta de Rosa a su amiga Sophie Liebknecht:

https://rosaluxemburg.org/es/material/3185/

Rosa Luxemburg a Sophie Liebknecht

Wronke, 2 de mayo de 1917

(…) ¿Que qué leo? Principalmente, libros de ciencias naturales, geografía, botánica y zoología. Ayer leí un libro sobre la desaparición de los pájaros cantores en Alemania; conforme va extendiéndose y racionalizándose, día tras día, el cultivo de los bosques, de las huertas y de las tierras, les resta las posibilidades naturales de construir sus nidos y buscarse el sustento. En efecto, el cultivo racional hace desaparecer poco a poco los árboles carcomidos, las tierras en barbecho, los matorrales, las hojas secas caídas al suelo. ¡Qué pena me dio la lectura de este libro! Y no es que me interese por el canto de los pájaros por el placer que esto produce a los hombres, sino que me apena hasta el punto de sentir humedecérseme los ojos, la sola idea de que desaparezcan así, silenciosa e inevitablemente, estas pequeñas criaturas indefensas. Esto me recuerda un libro ruso del profesor Siebert, que trata de la desaparición de los pieles rojas en la América del Norte, libro que leí viviendo en Zúrich. Los pieles rojas, exactamente lo mismo que los pájaros, se ven desahuciados paulatinamente de sus dominios por el hombre civilizado y abocados a una muerte silenciosa y cruel. 

Pero seguramente que estoy enferma, cuando ahora experimento emociones tan vivas por todo. A veces, ¿sabe usted?, tengo también la sensación de no ser un verdadero ser humano, sino un pájaro, un animalillo cualquiera que hubiese tomado forma humana: interiormente, me siento mucho más en mi medio en un pedacito de jardín, como ahora, o en un campo, tendida sobre la hierba, rodeada de zumbidos, que en un congreso del partido. A usted puedo decírselo, pues sé que detrás de esto no acechará una traición a la causa. Bien sabe usted que yo, a pesar de todo, moriré, como lo espero, en mi puesto: en una lucha callejera o en el presidio. Pero, en mi fuero interno, la verdad es que me siento más cerca de los petirrojos que de los compañeros.

Rosa.

Fuente

Rosa Luxemburg: Cartas de la prisión. Cartas a Karl Kautsky, Luise Kautsky y Sonia Liebknecht, traducción de la Semblanza de Rosa Luxemburg y de las cartas de F. Suárez (con la revisión y actualización del equipo editorial), traducción de la introducción y la posdata de Luisa Kautsky Ana Useros Martín, Madrid, Akal, 2019, pp. 223-226.

6. El ecosocialismo contra la eugenesia

A raíz de la noticia de ayer de que ya somos ocho mil millones de personas, no han faltado los que digan que somos demasiados, sin tener en cuenta el muy diferente nivel de consumo de unos y otros. Por ese motivo, Max Ajl ha recordado este artículo que publicó en febrero con Lisa Tilley contra esa pulsión eugenésica.

https://journals.sagepub.com/doi/full/10.1177/02633957221075323

El ecosocialismo será antieugenésico o no será nada: Hacia el intercambio igualitario y el fin de la población

Lisa Tilley y Max Ajl

https://doi.org/10.1177/02633957221075323

Resumen
En este artículo, llamamos la atención sobre las similitudes y sinergias entre las formas ecofascistas y liberales de poblacionismo que fomentan las injusticias reproductivas contra las mujeres indígenas y las mujeres de color a nivel mundial, cada vez más en nombre de la mitigación del cambio climático. Los llamamientos a intervenir en la autonomía corporal y social de las mujeres racializadas, en el mejor de los casos, distraen de la crisis ecológica y, en el peor, fomentan formas violentas de injusticia reproductiva. En lugar de ello, instamos a un reconocimiento honesto del problema de raíz del intercambio ecológicamente desigual (EUE) como sistema de extracción global, que promulga el daño ambiental y la injusticia reproductiva. Por último, pedimos un movimiento ecosocialista antiimperialista hacia el intercambio equitativo a escala mundial para acabar con el flujo de recursos infravalorados del Sur y limitar las actividades contaminantes que estos permiten. También destacamos que un ecosocialismo antiimperialista debe estar en sintonía con las enseñanzas de los movimientos por la justicia reproductiva y resistirse al eugenismo liberal rastrero, tanto como al ecofascismo manifiesto que ha resultado tan mortífero en los últimos años.

Como sostiene Bikrum Gill (2021: 1, en este volumen), «la raza subyace a la relación distintivamente exhaustiva entre sociedad y naturaleza que alimenta… el exceso productivo y el agotamiento ecológico del sistema mundial capitalista». Para aceptar y ampliar la afirmación de Gill, sostenemos que la raza subyace a muchas de las soluciones dominantes y a las nuevas innovaciones de gobernanza desarrolladas en el marco del ecologismo y en respuesta a la urgencia del cambio climático, especialmente en relación con la construcción duradera de la «superpoblación» como problema medioambiental. Para corroborar esto, volvemos a examinar cómo la «población» -que ya era un término para los grupos racializados desarrollado a través de la gestión colonial- se rearticuló con el «medio ambiente» en publicaciones formativas clave de los estudios medioambientales debido a los esfuerzos de los nacionalistas blancos de mediados a finales del siglo XX. A falta de un ajuste de cuentas serio con este linaje, el ecologismo liberal sigue lavando efectivamente las prioridades nacionalistas blancas en sus análisis orientados a la política. Aquí rastreamos esta relación desde el poblacionismo nacionalista blanco de Garrett Hardin hasta el poblacionismo ambientalista liberal de Partha Dasgupta.

Situamos esta fijación de la población como el necesario dedal ideológico que justifica un sistema mundial capitalista estructurado para extraer valor y recursos de los pueblos de color de la periferia -extracción que superexplota y degrada la mano de obra, los órdenes sociales y las ecologías de la periferia, y que impulsa la migración hacia el centro.1 Estos flujos son entonces remodelados y representados como hechos naturales y fuerzas amenazantes para las audiencias del norte a través de discursos poblacionistas para justificar la violencia fronteriza y la exclusión política (véase Turner y Bailey, 2021).

La primera sección de este artículo revisa la «población» como un «sustantivo administrativo» racializado (Murphy, 2017: 135), que prepara el terreno para las intervenciones reproductivas coercitivas en nombre de la ecología. Aquí consideramos la sinergia y la reciprocidad que conectan el ecofascismo con el liberalismo a través del poblacionismo nacionalista blanco fundacional de figuras como Garrett Hardin. La segunda sección utiliza la lente del intercambio ecológicamente desigual (EUE) para poner en el punto de mira el sistema de extracción y explotación, que conecta el daño medioambiental y la injusticia reproductiva. La tercera se centra en algunos elementos de un ecosocialismo antieugenésico y antiimperialista, utilizando documentos históricos del Tercer Mundo que plantearon y descartaron el nexo población-desarrollo, y luchas contemporáneas que son el punto de apoyo de un programa comprometido hacia la convergencia global del desarrollo. Concluimos reafirmando que un ecosocialismo antiimperialista debe estar en sintonía con las enseñanzas de los movimientos por la justicia reproductiva y resistirse al eugenismo liberal rastrero tanto como al ecofascismo manifiesto que ha resultado tan mortífero en los últimos años.

De las narrativas de sustitución a las intervenciones reproductivas

El 15 de marzo de 2019, un autodenominado «ecofascista etnonacionalista» asesinó a 51 fieles musulmanes en dos mezquitas de Christchurch (Nueva Zelanda) (Forchtener, 2019). El asesino australiano blanco distribuyó un «manifiesto» titulado El gran reemplazo en el que lamentaba la destrucción del medio ambiente debido a la «superpoblación». Aunque se dirigió específicamente a los musulmanes en una atrocidad identificada con razón como islamofóbica, el manifiesto del asesino hizo una separación más amplia y demasiado familiar entre los blancos y la gente de color en su comprensión de la población. Refiriéndose a las naciones «occidentales» y «blancas», lamentaba la disminución de las tasas de fertilidad de los blancos en oposición a las «razas» no blancas con «tasas de fertilidad más altas» que pretenden «sustituir étnicamente a mi propia gente». En las propias palabras del asesino:
el medio ambiente está siendo destruido por la sobrepoblación, [sic] nosotros los europeos somos uno de los grupos que no están sobrepoblando el mundo. Los invasores son los que están sobrepoblando el mundo. Maten a los invasores, maten la sobrepoblación y al hacerlo salven el medio ambiente.2

La ideología del manifiesto suele remontarse a una obra de Renaud Camus de 2011, titulada Le Grand Remplacement, y se entiende como un hermano de las conspiraciones de genocidio blanco estadounidenses. Sin embargo, las ideas básicas que inspiraron la masacre de Christchurch tienen raíces mucho más profundas. Los proyectos coloniales europeos, que gobernaron la mayor parte del mundo mediante la fuerza y la violencia durante gran parte de los últimos 400 años -la política de acumulación a escala mundial-, desarrollaron las categorías permanentes de población y las tecnologías para controlar a los categorizados. Comenzando con una disección política del mundo a lo largo de lo que Du Bois (2008 [1903] 3) denominó «la línea de color» entre los racializados como blancos y los racializados como no blancos, los proyectos coloniales arrojaron a la «población» como un objeto que debía ser gestionado «científicamente». A principios del siglo XX, las administraciones coloniales británicas se preocuparon cada vez más por el equilibrio racial de poder a través de la línea de color blanca/no blanca (véase Ittmann, 2013), fijándose en las bajas tasas de natalidad percibidas de los blancos en relación con las mayores tasas de fertilidad entre las comunidades de color en las colonias inquietas. Estas preocupaciones sobre el equilibrio racial del poder motivaron el desarrollo de técnicas de cálculo demográfico, y hoy en día, las tecnologías de medición de la población elaboradas al servicio de los proyectos coloniales siguen siendo parte de la disciplina de la demografía.

A mediados del siglo XX, las figuras fundadoras de los estudios medioambientales, influidas por una serie de ideologías maltusianas, eugenistas, economicistas3 y de supremacía blanca, estaban incorporando las preocupaciones demográficas a las estructuras disciplinarias. Además, y de forma crítica, estos académicos fundadores de los estudios medioambientales que impulsaban el poblacionismo respondían al proyecto de liberación nacional del Tercer Mundo/Bandung y a las amenazas que éste suponía para el acceso imperial ilimitado y barato a los recursos de las antiguas colonias (Greene, 2019). Como ejemplo clave, uno de los textos más enseñados y citados en los estudios medioambientales y campos relacionados es La tragedia de los comunes, escrito por Garrett Hardin en 1968 (véase Bhatia, 2004; Oakes, 2016). El propio título se ha convertido en una especie de cliché que se ha extendido en el uso cotidiano. Sin embargo, rara vez se reconoce que Hardin fue un nacionalista blanco abierto y declarado que invirtió los textos medioambientales con lógicas racistas (véase Bhatia, 2004; Mildenberger, 2019; SPLC, s.f.). La Tragedia de los Comunes exhortaba al control de la población en términos como «la libertad de procrear traerá la ruina a todos»; mientras que su ensayo de 1974, «Lifeboat Ethics» (Ética de los botes salvavidas), de verdadera sangre fría, aboga por el abandono de los pobres de la población para salvar a los pocos ricos en un «bote salvavidas» planetario limitado. Garrett Hardin, al igual que otros que compartían sus opiniones, como Richard Lynn y J. Phillippe Rushton,4 contribuyó al desarrollo de la revista Population and Environment (Bhatia, 2004). El archivo de Population and Environment, que sigue publicándose hoy en día en Springer, sigue estando plagado de textos inspirados en el nacionalismo blanco y el racismo científico.

Si los nacionalistas blancos y los racistas científicos fueron vitales para configurar las prioridades disciplinarias de los estudios medioambientales, la transferencia de ideas también ha sido recíproca. Así que, a su vez, lo que Bhatia (2004: 194) llama «ecología reaccionaria y la política de control de la población» han retroalimentado durante mucho tiempo los argumentos ambientales nacionalistas de la supremacía blanca organizada en los Estados Unidos y más allá. Quienes estén familiarizados con el abierto negacionismo climático de los años de Trump en Estados Unidos podrían encontrar esto algo incongruente. Sin embargo, el ecofascismo nacionalista blanco y los movimientos relacionados están menos en contradicción con los movimientos «fascistas fósiles», que han sido especialmente visibles bajo Trump, y los complementan. Ambos pivotan sobre las preocupaciones «poblacionales», son violentamente anti-inmigración, y ambos buscan preservar las mayorías blancas a través de las fronteras duras, mientras que descartan la vida fuera de esas fronteras en el Sur Global como un sacrificio. Igualmente, ambos buscan preservar un «modo de vida» imperial basado en el acceso privilegiado a la riqueza global.

Para Hardin y otros, la esfera académica ha sido un ámbito para blanquear las agendas racistas en conceptos citables, que pasan por respetables. Y muchos ecologistas liberales han estado muy dispuestos a incorporar acríticamente esas ideas en su propio trabajo. Una de las intervenciones liberales más recientes en el ámbito de la política medioambiental en el Reino Unido, The Economics of Biodiversity: The Dasgupta Review, del economista Partha Dasgupta, es un ejemplo clave del blanqueo de las prioridades nacionalistas blancas en el liberalismo del establishment. Tomando a Hardin como base de análisis aceptada, Dasgupta avanza una evaluación de las amenazas a la biodiversidad que dedica mucho tiempo al «problema» de la fertilidad del Sur Global, y en particular de la «africana».

El informe de Dasgupta es un ejercicio de economicismo y de cálculo en el que toda la vida biótica tiene un valor contable, partiendo del principio de que la «naturaleza» no puede ser valorada en absoluto si no se cuantifica de esta manera. Utilizando las abstracciones de la economía liberal, en la que se concibe a las personas como individuos que maximizan la utilidad, Dasgupta (2021a: 232) compara el «comportamiento reproductivo» en el Sur Global con las «prácticas de consumo» en el Norte Global como opciones personales igualmente egoístas, a pesar de una diferencia clave: El comportamiento reproductivo del Sur Global se ve acelerado por lo que él presenta como formas sociales comunales impropias. Tomando el trabajo de Hardin como punto de partida, el informe afirma: «las preferencias conformistas sobre el comportamiento reproductivo pueden amplificar la tragedia de los comunes» (Dasgupta, 2021a: 234). En este caso, Dasgupta elimina el imperativo nacionalista blanco que subyace a la opción política de dividir a la humanidad por la línea de color e identificar la reproducción de las personas de color como el problema que debe resolverse mediante la intervención, dejando una declaración aparentemente inocua y apta para el análisis liberal.5

Dasgupta también se opone a los aparentes avances logrados por los movimientos de derechos reproductivos en las últimas tres décadas. De hecho, para los actuales comentaristas malthusianos, eugenistas y economistas de la población, la Conferencia Internacional sobre Población y Desarrollo de 1994 en El Cairo sigue siendo un foco de antipatía por lo que parecía haber logrado. La conferencia estableció los derechos reproductivos como algo fundamental para las iniciativas de planificación familiar, sustituyendo la coacción abierta de las antiguas intervenciones de control de la población. De hecho, el cambio de El Cairo de la coerción a los derechos ha supuesto simplemente que las prácticas coercitivas, como la presión para tomar anticonceptivos inyectados o implantados a largo plazo, se formulen a menudo en términos de elección y control individual feminista (véase Wilson, 2017). Sin embargo, incluso esta «apropiación estratégica» (Wilson, 2017: 57) del lenguaje de los derechos de las mujeres es un paso en la dirección equivocada para Dasgupta.

Refiriéndose a la «desigualdad de impacto», que define como «el desequilibrio entre nuestras demandas y la oferta de la naturaleza», Dasgupta (2021b: 1) trabaja para ampliar la presentación de Amartya Sen de la contaminación como opresión para incorporar la población como opresión:

En un mundo en el que la desigualdad de impacto se mantiene, y se mantiene con fuerza, puede parecer razonable insistir en los derechos de las generaciones futuras cuando se hace un llamamiento para frenar nuestro impacto en la biosfera. Sen (1982), por ejemplo, comparó los contaminantes persistentes con instrumentos de opresión: «La contaminación duradera es una especie de opresión calculable de la generación futura». Pero si se puede esperar que los nacimientos adicionales contribuyan más a la descarga de contaminantes persistentes, ¿por qué los derechos reproductivos de una pareja superan los derechos de las personas futuras a no ser oprimidas? Este es el tipo de dilema ético que el lenguaje de los derechos reproductivos pasa por alto. (Dasgupta, 2021a: 193)

Aquí, la propia reproducción se reformula como opresión en una crítica al marco de los derechos reproductivos que el autor considera que infringe la «desigualdad de impacto» entre la demanda humana y la oferta de la naturaleza. El informe sigue centrándose en el cálculo de un número absoluto de seres humanos en lugar de en el impacto relativo de los seres humanos en la biosfera, basado en su relación con los medios de producción y su inserción en los patrones de acumulación a escala mundial. De hecho, no se menciona el hecho de que las emisiones de carbono producidas por las sociedades de mayor fertilidad y más pobres son comparativamente insignificantes, como explicamos más adelante.

Típico de los analistas liberales, Dasgupta no ordena directamente a los estados y organizaciones que reproduzcan las medidas coercitivas de control de la población. Sin embargo, al igual que muchos académicos que identifican problemas de «superpoblación», prepara el terreno y orienta al lector hacia posibles áreas de intervención. El informe procede a centrarse en «África», y específicamente en el «África subsahariana», como lugar de intervención legítima. En esta parte del mundo, entendida como una generalización racializada, se identifican «tradiciones» atemporales como la causa de la alta fertilidad, incluyendo: «la tierra agrícola en manos del parentesco, la práctica de la poligamia, la falta de acceso a los métodos anticonceptivos modernos, la escasa educación de las mujeres y las obligaciones del parentesco de compartir los frutos del esfuerzo» (Dasgupta, 2021a: 242). Dasgupta señala las estructuras de parentesco y la falta de familias nucleares como factores clave que generan una alta fertilidad en «África». La razón de esto, en la visión economicista liberal del mundo, tiene que ser que los «costes soportados por los padres son menores cuando la crianza de los hijos se comparte entre parientes que cuando los hogares son nucleares». Continuando con esta línea de argumentación, Dasgupta afirma

El acogimiento familiar crea un problema de parasitismo si la parte de los padres de los beneficios de tener hijos supera su parte de los costes. Las externalidades correspondientes se limitan al parentesco. En igualdad de condiciones, la reducción de esas externalidades iría acompañada de una caída de la demanda de niños. (Dasgupta, 2021a: 242 [énfasis añadido])

Detrás de esta mención, vestida con el lenguaje de las externalidades, está la sugerencia de que las intervenciones deben ir mucho más allá de los programas de anticoncepción y reestructurar las sociedades basadas en el parentesco. Si esas comunidades pueden orientarse hacia formas de ser más individualizadas y centradas en la familia nuclear, los padres tendrían que asumir la responsabilidad exclusiva de sus propios hijos biológicos, eliminando el «problema de los aprovechados» que supuestamente crean las estructuras de apoyo comunales. En general, las herramientas de cálculo económico se aplican de forma generalizada a la vida privada y colectiva de las mujeres africanas para sugerir el nivel óptimo de reproducción según las sumas de Dasgupta.

El supuesto subyacente es que los estados e instituciones externos dominados por Occidente podrían y deberían intervenir para alterar las estructuras de la sociedad «africana» para limitar la reproducción entre aquellos cuyas actividades de producción tienen un impacto más ligero en el medio ambiente. Esto evidencia las estructuras raciales de lo internacional y sus jerarquías de soberanía. Las cambiantes jerarquías de raza, nación, clase y género que perduran desde la época colonial determinan quién asume el poder de intervención; quién se convierte en objeto de sacrificio de la intervención; quién tiene autonomía corporal y social, y qué cuerpo y comunidad son designados como lugares de intervención. Estas jerarquías estructurales determinan los derechos y libertades reproductivas actuales de quiénes son sacrificados en nombre de las «futuras generaciones» de otros. Además, el carácter de la intervención con estos fines está informado por los repertorios de pensamiento existentes sobre la población, que están firmemente arraigados en proyectos antipobres, misóginos y racistas.

La fijación poblacional de Dasgupta parece aún más aborrecible si se tiene en cuenta que los países más ricos con tasas de natalidad por debajo del reemplazo, de aproximadamente 1,9 por mujer, fueron responsables del 86% de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero en 2018. El 9% de la población mundial con tasas de natalidad de alrededor de 4,6 fue responsable de solo el 0,5% de las emisiones mundiales en el mismo año (véase Ritchie, 2018 para las emisiones por región y Banco Mundial, 2019, para las tasas de fertilidad por región). Claramente, el impacto ecológico de los más pobres con alta fertilidad es insignificante y las intervenciones sugeridas oblicuamente por Dasgupta sobre la fertilidad africana y la organización social no traerían beneficios ecológicos discernibles. Los argumentos contrarios sostienen que, independientemente de las bajas emisiones per cápita, los pobres de la población invaden la tierra y los recursos, acelerando la pérdida de biodiversidad en el Tercer Mundo. Sin embargo, estos argumentos no tienen en cuenta la enorme y creciente superficie dedicada a la producción de piensos, cultivos alimentarios, biocombustibles y productos básicos similares para su exportación a zonas de alto consumo del Primer Mundo de baja fertilidad. La culpa de la pérdida de biodiversidad recae en esa producción de mercancías y en el sistema capitalista en el que se inserta, no en la subsistencia de las comunidades más pobres.

Los pensadores del Tercer Mundo, en particular, han mostrado cómo la reserva de tierras para la extracción se relaciona con las intervenciones contra la «superpoblación». Una de las razones es que tales esfuerzos podrían suprimir las necesidades de recursos de las poblaciones más pobres y facilitar la canalización de recursos hacia las poblaciones del norte y la acumulación del norte. Como argumentó Amin en una ocasión, «si las masas del Tercer Mundo pudieran desviar estos recursos y explotarlos en su propio beneficio, se alterarían las condiciones en las que funciona el sistema capitalista en el centro» (1977: 358). Patnaik (2007) desarrolla este razonamiento aún más, escribiendo en La ideología de la superpoblación, que el aumento de la población perturba a los países ricos porque «significará necesariamente que estos países absorberán una parte algo mayor de los recursos escasos o no renovables cuyo suministro mundial ha sido acaparado con éxito por los países avanzados hasta ahora». Para enlazar esto con lo que sabemos sobre la formación racial del cálculo demográfico: hay una conexión entre el equilibrio racial del poder en términos demográficos y el equilibrio racial del poder en términos de recursos que conecta con la fragilidad paradójicamente duradera del sistema global extractivo.

Aunque figuras como Dasgupta suelen presentar el poblacionismo como un simple debate abstracto, en realidad éste inspira intervenciones a menudo coercitivas, e incluso mortales, en la autonomía reproductiva de las mujeres (y a veces de los hombres) de clase trabajadora, racializadas y de casta inferior. Las tecnologías de esterilización y restricción reproductiva coercitiva establecidas bajo los estados coloniales se desarrollaron y extendieron a las comunidades racializadas, del Tercer Mundo e indígenas, a menudo bajo la bandera del «desarrollo». Por ejemplo, después de que los franceses decidieran no desarrollar la base industrial en su departamento de ultramar de la Isla de la Reunión, sin necesidad de mano de obra, la zona se consideró «superpoblada», y el Estado supervisó «miles de abortos sin consentimiento» en los años 60 y 70 (Vergès, 2020: 1). En toda la Isla de la Tortuga (Estados Unidos y Canadá), la esterilización forzosa ha formado parte durante mucho tiempo de los sucesivos proyectos de exterminio de los estados coloniales contra las comunidades indígenas y se ha extendido en los últimos tiempos (Clarke, 2021). Quince mujeres murieron en la misma semana en 2014 tras ser sometidas a esterilizaciones en la India poscolonial, donde millones de mujeres dalit, indígenas adivasi y pobres son sometidas a tubectomías en peligrosos campos de esterilización (Wilson, 2018: 91). Entre 1996 y 2001, el Estado peruano esterilizó a más de 272.000 mujeres indígenas y pobres y a más de 22.000 hombres indígenas y pobres en una campaña de «genocidio institucionalizado» con el pretexto de la planificación familiar (Carranza Ko, 2020: 91, 95). Teniendo en cuenta estos casos violentos, los movimientos por la justicia reproductiva, desarrollados por mujeres de color y mujeres indígenas, buscan asegurar el derecho a tener, o no tener, hijos, así como asegurar las condiciones necesarias para dar a luz y criar hijos sanos (Ross y SisterSong, 2009: 4). Estos movimientos convergen cada vez más con los objetivos de la justicia medioambiental a medida que las restricciones reproductivas coercitivas se promulgan o se hacen gestos cada vez más frecuentes en nombre del cambio climático.

En general, un ecologismo que moviliza a la población es, en el mejor de los casos, una distracción racialmente estructurada de las raíces coloniales-capitalistas del problema ecológico: la continua EUE (extracción) racialmente estructurada. En resumen, la «población» distrae de las soluciones significativas a la crisis ecológica. El poblacionismo enmarcado como ecologismo también sirve a quienes se fijan en el equilibrio racial de poder en términos demográficos y de uso de recursos. Y, en el peor de los casos, da pie a intervenciones perjudiciales en los cuerpos y las vidas sociales de las mujeres de color en el Sur Global, lo que tiene un amplio y violento precedente. La siguiente sección moviliza, por tanto, las teorías de la producción de la polarización Norte-Sur para establecer la dependencia del orden mundial de la diferenciación permanente y de las disparidades obstinadas en el uso de los recursos y el daño medioambiental, tanto a nivel intra-nacional entre clases como a nivel inter-nacional entre agregados nacionales.

Intercambio desigual y crisis ecológica

La crisis ecológica tiene sus raíces en un proceso de acumulación global extractivo, desigual y polarizado. Aquí nos basamos en la EUE, así como en enfoques afines y antecedentes del Tercer Mundo, para aclarar la dinámica de este proceso. El EUE identifica las estructuras extractivas globales que alimentan de forma sincrónica el consumo excesivo del Norte Global con materias primas y mano de obra infravaloradas del Sur Global, encierran los bienes comunes atmosféricos globales (Sharife, 2011) y desplazan el daño ecológico de forma desproporcionada hacia el Sur, como parte de la acumulación a escala mundial. La producción y el mantenimiento de este sistema también han estado ligados a la gestión de la reproducción de las poblaciones racializadas, desde la reproducción artificial de la mano de obra de las plantaciones hasta la reproducción detenida a través de la esterilización forzada de los residentes indígenas en las tierras destinadas a la acumulación primitiva. La ecología, la extracción y la población están entrelazadas dentro del sistema mundial, y el modo en que se interpretan y se actúa sobre estas relaciones es político.

Está claro que la unidad de análisis relevante para entender el capitalismo y sus efectos sobre el clima es el globo. Utilizamos la EUE para diagnosticar los orígenes, las manifestaciones y el futuro de esta crisis climática global. La propia EUE surgió como un giro ecológico en la teoría de los sistemas mundiales, que hacía hincapié en la interacción núcleo-periferia o núcleo/semiperiferia/periferia (Bunker, 1988; Frey et al., 2019). La teoría de los sistemas mundiales señaló acertadamente que el desarrollo del sistema mundial era una lucha de clases histórica y global. El colonialismo fue fundamental para la concentración de valores en el núcleo, y «las representaciones europeas de los demás siguen estando marcadas por esta polarización y, de hecho, sirven como medio para justificarla» (Amin, 1989: 176). En consecuencia, el subdesarrollo de la periferia no se debía a defectos o retrasos inmanentes en su proceso de desarrollo. Dado que las periferias pierden valor a través del engrandecimiento territorial y mercantil del núcleo, el subdesarrollo y el desarrollo eran, y son, dos caras de la misma moneda histórico-mundial (Amin, 1974). Los manifiestos ecológicos contemporáneos del Tercer Mundo se hicieron eco de estas preocupaciones, dejando claras las raíces primarias de la crisis medioambiental «en las estructuras y comportamientos económicos y sociales dentro de los países y entre ellos», en palabras de la Declaración de Cocoyoc (1974). Según el documento, «el propio abaratamiento de los materiales era un elemento que alentaba a las naciones industrializadas a entregarse a un uso descuidado y extravagante de los materiales importados». Esta posición iluminó las teorías del intercambio desigual de entonces, y prefiguró los argumentos posteriores de la EUE, en los que nos basamos ahora.

La EUE aclara que el capitalismo, ya sea en sus etapas coloniales o imperialistas, ha supuesto un intercambio desigual de energía y materia biofísica, junto con las conocidas desigualdades en el trabajo incorporado a través del intercambio desigual (Emmanuel, 1972).6 La EUE muestra que el sistema de precios, incluida la fungibilidad ilimitada de los valores de cambio, facilita la importación central de materiales y productos semiacabados o acabados. Las técnicas sociofísicas del «desarrollo» son el «resultado… de los flujos sociales de recursos que reproducen y son reproducidos por estas entidades» (Hornborg, 2009: 242). Los términos comerciales globales y el intercambio desigual mantienen en funcionamiento los artefactos físicos del núcleo, al tiempo que ocultan el impacto de esos términos comerciales en la periferia. La ley del valor, custodiada por la violencia y las intervenciones constantes, facilita la importación de valor y la exportación de entropía del núcleo, y la exportación de valor y la importación de entropía de la periferia. El desarrollo continuo en el Norte significa el desdesarrollo o subdesarrollo humano y ecológico en el Sur. Las emisiones de CO2, por ahora el producto ineludible del crecimiento, también producen el desdesarrollo inducido por el cambio climático (Roberts y Parks, 2006).

El sistema físico de la UEE se remonta al periodo colonial, cuando los bienes que facilitaban el desarrollo del Norte comenzaron a extraerse de los paisajes físicos y los seres humanos del Sur. A partir de este período, como dijo Fanon (1985 [1961]: 81), Europa fue rehecha como «literalmente la creación del Tercer Mundo». Los colonizadores europeos desplegaron una retórica de misión civilizadora, aparentemente para aportar «mejoras» al «desorden medioambiental» -en realidad, aportando degradación a las ecologías indígenas sostenibles- para justificar el engrandecimiento colonial. A medida que avanzaba la era colonial, los campos y el trabajo de los pueblos de Java, el Decán, Egipto y otros lugares producían productos físicos que se importaban al núcleo, se utilizaban en la industria manufacturera o se revendían: la «superficie fantasma» del consumo metropolitano (Ajl, 2021a; Borgstrom, 1974; Tilley, 2020). La riqueza se drenó a medida que el par núcleo-periferia se endurecía (Bagchi, 2008). Las importaciones del núcleo desde la periferia eran en gran parte agrícolas, especialmente productos tropicales como el azúcar, las especias y el té, que no se pueden cultivar en los climas del norte, y la teca y otras maderas, lo que provocó una deforestación generalizada y ecológicamente catastrófica (Gadgil y Guha, 1993). Los sistemas de monocultivo de plantaciones también produjeron una rápida degradación ecológica, un desorden en el desarrollo y/o un genocidio colonial en colonias de franquicia como India e Indonesia (Patnaik, 2018; Tilley, 2020).

Los proyectos expansionistas europeos también instigaron el genocidio colonial mediante la propagación de enfermedades y la conquista territorial directa a través del asentamiento de la «frontera» (Dunbar-Ortiz, 2014). Un elemento central de los proyectos coloniales extractivos y de colonos ha sido la gestión diferencial de los grupos étnicos como «poblaciones» racializadas que deben ser disminuidas o reproducidas en relación directa con los objetivos económicos coloniales (Bendix, 2016; TallBear, 2018). A lo largo de estos siglos coloniales, Europa desarrolló técnicas de exterminio para utilizarlas contra los racializados en relación con la tierra para facilitar la expropiación y la consolidación del asentamiento. Paralelamente, las potencias coloniales desarrollaron técnicas para coaccionar la reproducción entre los racializados en relación con la categoría de «mano de obra» para su agotamiento en las plantaciones monoculturales y en las industrias extractivas. Para insistir en nuestro punto de vista: la aparición de la «población» como gestión de agrupaciones biológicas racializadas, que figuras contemporáneas como Dasgupta siguen movilizando en el presente, está completamente ligada a los sistemas extractivos que nos otorgaron la crisis ecológica en primer lugar.

Los extremos territoriales coloniales también funcionaron en conjunto. La extracción de riqueza del núcleo de las periferias coloniales exportó bienes al núcleo europeo, que los reexportó a sus propias colonias de colonos. El núcleo exportó las contradicciones sociales internas en forma de la clase obrera europea como una fijación de población excedente o «redundante». La extirpación de los sistemas sociales a través de la colonización cambió radicalmente las ecologías (Cronon y Demos, 2003; Merchant, 1989) y desgarró los modos de regulación socioecológica, que requerían la atención humana para facilitar la fuga de valor hacia el núcleo (Anderson, 2005; Estes, 2019). Estos drenajes coloniales de valor, sobre todo a través del agotamiento de las tierras agrícolas de la periferia, junto con los movimientos gestionados de las poblaciones, produjeron el actual sistema-mundo en términos económicos y ecológicos.

Es importante destacar que los drenajes coloniales también produjeron el sistema-mundo de una manera muy específica, provocando una transformación del régimen energético. Ese régimen, frente a otros, comenzó a recurrir a los productos históricamente sedimentados de la fotosíntesis del pasado: los hidrocarburos. Al potenciar la base energética de la acumulación, sentó las bases para el surgimiento del capitalismo industrial británico. Sin embargo, desde los albores del capitalismo industrial, el carbón quemado se apropió de los bienes comunes atmosféricos con efectos de larga duración en la periferia del sistema-mundo, que sólo recientemente se han puesto de manifiesto en los efectos mortales de la crisis climática. Al menos al principio, sin saberlo, el capitalismo industrial europeo no se limitó a saquear y a desestructurar el Sur colonizado, sino que también se apropió del futuro encerrando el espacio atmosférico disponible para las vías «baratas» de desarrollo (Warlenius, 2018).

En el periodo poscolonial se produjeron transformaciones en la división mundial del trabajo a través de la externalización y deslocalización de la producción, que desplazaron superficialmente y de forma parcial el lugar de las emisiones de CO2, pero mantuvieron la magnitud y la dirección de los flujos de valor, lo que garantizó un desarrollo desigual a escala mundial. En general, el período posterior a la independencia de las naciones del Sur Global, especialmente a partir de 1970, fue testigo de un aumento masivo de la apropiación humana de la producción primaria neta, junto con el aumento de la desigualdad de ingresos intra e inter nacional, y el desplazamiento de las cargas ecológicas (Haberl et al., 2006). Dentro de este panorama, separamos a grandes rasgos las transformaciones dentro de los circuitos de producción agrícola e industrial, aunque un componente central de la escalada de los daños ambientales es la industrialización de las agriculturas del sur.

Hasta 1960, Estados Unidos, Europa Occidental y Japón eran los principales responsables de las emisiones totales de CO2 debido a su industrialización relativamente temprana y al uso de carbón y petróleo que la acompañaba, al dominio del «espacio» atmosférico para los residuos y a la apropiación de la productividad primaria mundial. A finales del siglo XX, empezaron a producirse cambios que generaron un aumento de las emisiones de CO2 también en la periferia y la semiperiferia. Sin embargo, el núcleo siguió concentrando los componentes «limpios» y de mayor valor de la cadena de valor, y cada vez más se jacta de tener emisiones territoriales limpias en relación con el Sur «sucio» sobre el que se desplazan las emisiones del consumo del núcleo. Las periferias contaminan su entorno, incluso a través de procesos industriales subcontratados, al tiempo que captan relativamente poco del valor de la cadena de productos básicos; de hecho, éste ha sido uno de los principales incentivos para la deslocalización en primer lugar (Jorgenson y Rice, 2005). El aumento de las emisiones en la periferia y la semiperiferia no se corresponde con el aumento del consumo en esas zonas, ya que las emisiones producidas dentro de los territorios nacionales se producen a menudo para producir productos básicos que se consumen en el núcleo. El 10% de los consumidores más importantes, y a fortiori el 1%, contribuyen mucho más a las emisiones de CO2 que el 90% o el 99% restante. China, por ejemplo, a pesar de su tan anunciado ascenso como plataforma extraterritorial para las corporaciones multinacionales, es un exportador neto de valor al núcleo, incluso mientras lleva a cabo su propia EUE con Camboya a través de la deforestación para la madera y Brasil para la soja (Cope, 2019; Frame, 2019). Los metales y las tierras raras son similares: aunque se necesitan para todo tipo de tecnologías limpias, actualmente la producción se concentra en el oeste de China, lo que pone en gran peligro a la cuenca del río Amarillo, ya que las minas de tierras raras de Estados Unidos se cerraron en medio de una creciente carga ecológica (Kalantzakos, 2018; Klinger, 2018).

La agricultura también es fundamental, lo que se refleja en su creciente protagonismo en los informes del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC, 2018, 2019). Alrededor del 25% de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero provienen de la agricultura, la ganadería y la deforestación (IPCC, 2019). La agricultura, que históricamente ha sido un mecanismo de almacenamiento de CO2 atmosférico en los suelos y el material vegetal, se ha convertido en una fuente importante de emisiones en Estados Unidos y en el mundo. La desagrarización ha sustituido la mano de obra por insumos de capital, y esos insumos de capital están basados en el CO2. Como lo expresaron Vandermeer et al,

Hemos pasado de una «función ecosistémica» de generación de energía a otra basada en los combustibles fósiles, convirtiendo así un sistema agrícola cuyo objetivo principal era proporcionar energía a los seres humanos, en un sistema que es un consumidor neto de energía. (Vandermeer et al., 2009: 33)

En efecto, el sistema alimentario industrial, lejos de mejorar en eficiencia, está drenando y degradando las ecologías.

Las emisiones de CO2 procedentes de la agricultura también han aumentado en la periferia, donde las crisis ecológicas se entrelazan en cadenas casi inquebrantables con las crisis sociales que se extienden por la ciudad y el campo. Durante el siglo XX, podemos plantear una secuencia ideal-tipo de des-desarrollo y ecológicamente entrópica. En la mayor parte de la periferia, aunque a un ritmo más lento que en el centro, y tras un período de lucha anticolonial y poscolonial sostenida para arrebatar la tierra y las infraestructuras a las potencias coloniales (Ajl, 2019; Tilley, 2021), la «modernización» llegó a los sistemas agrícolas. Esta transformación se llevó a cabo, sobre todo, a través de la Revolución Verde, cuyo objetivo era explícitamente disuadir a las revoluciones «rojas» en el Asia no comunista y en otros lugares.7

El «proyecto de desarrollo» sustituyó los policultivos intensivos en mano de obra y con pocos insumos de capital por monocultivos intensivos en mano de obra y con muchos insumos de capital (McMichael y Weber, 2020). Los policultivos cedieron el paso a los monocultivos en los casos en que estos últimos aún no se habían establecido mediante sistemas de plantación coloniales. La simplificación biológica trajo consigo el remedio tecnológico. Hasta aproximadamente 1973, estos procesos perjudicaron enormemente a la ecología, al tiempo que aumentaban lentamente la producción nacional de granos alimenticios per cápita. En ese momento, la tendencia secular se invirtió. En medio de la contrarrevolución neoliberal contra el ascenso del Sur, en muchos lugares los monocultivos de exportación sustituyeron a la producción de granos alimenticios. La tierra se concentró cada vez más (De Janvry, 1981; Patnaik, 2003) y, a medida que la tecnología sustituía a la mano de obra, aumentaron las reservas de trabajo excedente. Este proceso de desagrarización, degradante desde el punto de vista ecológico y generador de emisiones, ha convertido también a las comunidades rurales en excedentes de «superpoblación», cuando muchas de ellas habían estado sometidas a la coacción colonial para reproducirse como mano de obra y fijar su condición de «infrapoblación» crónica.

Tanto en el período de las agriculturas «nacionales» como en el de las neoliberales, la «despacificación global» estaba a la orden del día (Araghi, 1995), haciéndose eco de los modelos de desarrollo del Norte basados en un falso «universalismo». Los modelos de desarrollo universales se basaban, a su vez, en la negación del impacto colonial-racista de las vías de desarrollo del Norte, alquimizadas retroactivamente en tipos ideales (Jha et al., 2020). Durante el período de desarrollo nacional inmediatamente posterior a la independencia, los proyectos intentaron crear suficientes puestos de trabajo, normalmente a través de la industrialización por sustitución de importaciones, para emplear a los emigrantes desempleados del campo y proporcionarles la infraestructura social necesaria en las ciudades. Las contrarrevoluciones del centro y las presiones para volver a la llamada «ventaja comparativa» de las exportaciones de recursos primarios trajeron consigo un «crecimiento sin empleo» y un aumento del «residuo urbano» de población excedente. El aumento de las reservas de mano de obra comprimió los salarios en la periferia y la semiperiferia, lo que facilitó el desplazamiento de los sectores manufactureros contaminantes fuera del núcleo.

Aunque los colonizadores eran muy conscientes de los efectos genocidas y empobrecedores de sus proyectos en lo inmediato, las vías de desarrollo capitalista colonial hasta el presente utilizaron una energía que les parecía barata, sólo porque el coste más amplio a largo plazo en vidas humanas y resultados de desarrollo no podía, al menos inicialmente, evaluarse adecuadamente (Georgescu-Roegen, 1971). En consecuencia, los países, las clases y las comunidades racializadas y anteriormente colonizadas menos responsables del cambio climático, y que menos han degradado o utilizado la capacidad productiva primaria del planeta, serán los que más lo sufran o los que ya lo están sufriendo. Debido al legado de subdesarrollo a largo plazo, también son los que menos recursos tienen para invertir en la protección de los daños del cambio climático.

En una serie de negociaciones sobre el clima posteriores al año 2000, los países del antiguo mundo colonizado exigieron reparaciones por la deuda climática. Sostienen que los países desarrollados deben a los países subdesarrollados reparaciones, remedios y apoyo a la resiliencia y la reestructuración. Esta retórica fue incluso influyente dentro de los movimientos ecologistas de izquierda en el núcleo (Martínez-Alier, 2012) y ha habido intentos de unir los marcos de la deuda ecológica, la justicia ambiental y la EUE (Roberts y Parks, 2009). Sin embargo, estos se han dejado de lado recientemente en Estados Unidos, ya que el Nuevo Pacto Verde (ND) orientado a las empresas de Alexandria Ocasio-Cortez y el ND socialdemócrata de Bernie Sanders superan los discursos anteriores arraigados en las demandas de La Vía Campesina, los estados insulares que se enfrentan a las inundaciones, el G-77 y los paladines de un movimiento climático centrado en el Sur como el responsable del Acuerdo de los Pueblos de Cochabamba de 2010 (Ajl, 2021a). Estos elementos son los componentes de un ecosocialismo antiimperialista significativo, a cuyos parámetros nos dirigimos ahora.

¿Hacia dónde? Posibilidades del ecosocialismo antiimperialista y el fin de la población

Como hemos visto, los analistas liberales como Dasgupta utilizan la población como centro de la acción medioambiental, pero este enfoque en agregados falsamente concretos distrae la atención de las relaciones sociales que producen el colapso medioambiental. En particular, el capitalismo colonial/imperialista ha sido y sigue siendo fundamental para estas rupturas, para la reducción deshumanizada de las comunidades como sub/sobrepobladas, y para el desarrollo de tecnologías de medición e intervención que convierten los cuerpos de las mujeres en herramientas del Estado para el control de la población. El EUE explica cómo este desorden socioecológico tiene sus raíces en el desarrollo desigual del capitalismo como sistema histórico. Además, EUE también sugiere que las preocupaciones de reproducción social -que abarcan la ecología, el sustrato físico y las condiciones sociales de género necesarias para la reproducción- son parte de la acumulación a escala mundial, una posición articulada desde hace mucho tiempo por las feministas anticoloniales y los ecologistas políticos (Federici, 2004; Mass, 1976; Salleh, 2017; Vergès, 2020).

Ahora consideramos cómo la EUE informa las posibilidades de ruptura con la explotación capitalista colonial y la degradación ecológica, así como las posibilidades de un ecosocialismo antiimperialista. En términos sencillos, la reparación ecológica se busca en parte a través del intercambio equitativo a escala mundial, que pondría fin al sobreconsumo central alimentado por los recursos baratos del Sur. Esto nos devuelve a algunas de las preocupaciones primordiales de los proyectos tercermundistas que muchas veces se han intentado pero que casi siempre han sido aplastados por las intervenciones imperialistas. El cese de la EUE requiere una acción dentro de una unidad espacial-social periférica y, por tanto, plantea implícitamente una cuestión nacional: la liberación nacional de facto y de jure en el sentido expansivo cabraliano de control soberano y popular de las fuerzas productivas (Cabral, 1979). Plausiblemente, esto implicaría la desvinculación ecosocialista, que implicaría decisiones colectivas en torno a qué procesos productivos emprender en base a una ley ecológica y popular del valor (Ajl, 2021b).

Volviendo a las sugerencias de la Declaración de Cocoyoc (1974: 5), un sistema de este tipo se basaría en el «aumento de la autosuficiencia nacional», eliminando «los modelos comerciales explotadores que privan a los países de sus recursos naturales para su propio desarrollo». En cuanto al medio ambiente, esto significa reajustar la tecnología para que «las tecnologías limpias y de bajo nivel de residuos sustituyan a las que perturban el medio ambiente», junto con un «uso más racional de la mano de obra disponible para aplicar programas destinados a la conservación de los recursos naturales, la mejora del medio ambiente . . así como el fortalecimiento de la capacidad industrial nacional para producir productos que satisfagan las necesidades básicas» (Declaración de Cocoyoc, 1974: 8). En definitiva, se trataba de propuestas para un sistema económico alternativo, más autosuficiente y socialmente interdependiente, en el que la atención a las necesidades básicas y la salvaguarda del medio ambiente se entendían como tareas que podían ir de la mano. Desvincularse de esta manera no significa autarquía, sino poner las bases de la interacción con el sistema internacional bajo control nacional-popular. Para ello, las medidas correctivas podrían incluir la confrontación, en lugar de la aceptación, de los precios de mercado dados como base para el comercio a través de los cárteles de productores, el cambio al trueque de valores de uso, la exigencia de un intercambio igualitario o el rechazo a la producción de ciertas mercancías baratas (Yaffe, 2009: 173).

Centrarse en la liberación nacional también requiere tener en cuenta sus contradicciones y escollos (Fanon, 1985 [1961]) y recordar que los proyectos nacionalistas anticoloniales también apuntaron hacia horizontes más amplios de cooperación y comunidad Sur-Sur más allá de los confines limitados y excluyentes del Estado-nación (véase, por ejemplo, Getachew, 2019; Salem, 2020). Esto también requiere un compromiso con la cuestión del Cuarto Mundo, tomando en serio a las comunidades y ecologías indígenas sacrificadas al servicio de los proyectos desarrollistas nacionales a los que no se adscriben, como en el caso de los papúes occidentales (véase Hernawan, 2016). La cuestión nacional también nos lleva a las soberanías en conflicto entre las mayorías, los grupos indígenas y los Otros racializados internos, así como a las contradicciones entre los derechos e intereses de género -no menos las reclamaciones de justicia reproductiva- bajo los estados patriarcales (véase, por ejemplo, Wilson, 2018; Wilson et al., 2018).

Esto nos lleva a los agentes sociales que podrían obligar a los proyectos a poner fin a la EUE. Un extenso trabajo sobre los conflictos de distribución ambiental nos dice que los movimientos de justicia ambiental, especialmente los movimientos indígenas y campesinos, en la periferia global y en el centro están liderando constantemente las luchas por los derechos a la tierra, los derechos al agua, los derechos al aire limpio y la protección de las ecologías sostenibles (Estes, 2019; Parasram y Tilley, 2018). Al rechazar el funcionamiento de la ley del valor dentro de áreas espacialmente circunscritas, estos son los sujetos sociales de un ecosocialismo antiimperialista realmente existente. La agroecología y la soberanía alimentaria también describen una lucha de este tipo. En la periferia, la soberanía alimentaria se deriva y estanca las salidas de valor, porque dichas salidas de valor son intercambios asimétricos de bienes agrícolas tropicales, no cultivables bajo ninguna condición en el núcleo (Ajl, 2018, 2019). En el caso de otros bienes, por ejemplo, los cereales alimentarios de los que tan a menudo dependen los países periféricos, las importaciones de cereales también provocan salidas de valor (Friedmann, 1990). Los pequeños productores ecológicos, organizados en confederaciones como La Vía Campesina, se movilizan contra las formas de explotación y expropiación que operan a través de la agricultura capitalista y el agronegocio industrial: ya sea el crédito usurario, la concentración de la tierra, la dependencia de los insumos o la orientación a la exportación de monocultivos baratos. En su lugar, La Vía Campesina (2018: 27) defiende que «la agroecología campesina es el primer y más importante paso para lograr la justicia climática». Esto también significa reformas redistributivas de la tierra, que han sido centrales en toda experiencia histórica de desvinculación anticolonial. Dado que el EUE procede de lugares de extracción, las comunidades de El Salvador, por ejemplo, se han movilizado contra esa extracción cerrando la minería del oro. El EUE podría entonces aliviarse, pero también puede detenerse a través de una dinámica política nacional que afirme el control sobre sus procesos productivos y a través de la colaboración Sur-Sur para acabar con la infravaloración de los recursos para la extracción hacia el Norte.

Hemos limitado la mayor parte de nuestra discusión aquí a la periferia y la semiperiferia, pero esto no se debe a que el ecosocialismo carezca de agentes sociales en el núcleo. En primer lugar, los problemas de reproducción social de larga duración hacen que muchas personas del centro sean un grupo natural para el ecosocialismo, siempre que éste no se base en la reexportación de las contradicciones socioecológicas a la periferia a través del aumento de los recursos, la apropiación de tierras y otras formas de adquisición de los medios físicos de producción de la periferia basadas en el mercado o en el Estado. Esto se relaciona con nuestra discusión anterior sobre el poblacionismo maltusiano y la supremacía blanca como conceptos organizativos para justificar la apropiación desigual de la productividad. La producción de biocombustibles baratos y aceite de palma barato para la exportación está en un juego de suma cero con la producción de cultivos alimentarios o la necesidad de insumos para una convergencia manufacturera/industrial sostenible con el núcleo (La Vía Campesina, 2010). Por lo tanto, el ecosocialismo en el núcleo requiere un compromiso firme con el respeto a la soberanía nacional periférica y a la soberanía indígena, la moneda de cambio de la aspiración periférica a la liberación nacional. En una palabra: antiimperialismo.

Conclusión

Cuando Fanon (1985 [1961]: 81) dijo que Europa es «literalmente la creación del Tercer Mundo», aludía a los procesos coloniales de extracción de valor material y laboral robado o muy infravalorado del Sur al Norte. Aquí ampliamos esta afirmación al utilizar la teoría del EUE para mostrar cómo esta base estructural de la economía mundial también ha permitido un consumo barato ecológicamente desastroso en el Norte Global y ha impulsado el cercamiento de los bienes comunes atmosféricos por parte del Norte. Sin el flujo constante de energía barata, materia biofísica y el producto del trabajo racializado encarnado desde la era colonial, el exceso concentrado de actividades que estrangulan el planeta en el Norte simplemente no sería posible.

El EUE también ha dependido de los esfuerzos coloniales y poscoloniales para gestionar, reproducir, trasladar y restringir la «población» racializada en función de la necesidad de mano de obra en las minas, plantaciones y fábricas del Sur. Las preocupaciones de gestión de la población de los ideólogos coloniales, especialmente en relación con el mantenimiento del equilibrio racial de poder a través de la línea de color, sobrevivieron hasta el presente y se adaptan y revigorizan en los crecientes movimientos nacionalistas blancos y ecofascistas. Sin embargo, nunca ha habido un cortafuegos entre el discurso de la extrema derecha y el liberal y, cuando surgieron los estudios medioambientales a mediados del siglo XX, los nacionalistas blancos como Garett Hardin blanquearon sus prioridades con facilidad en la corriente principal. Sus esfuerzos por fusionar la población con el medio ambiente nos han dejado un campo empobrecido en el que los liberales del establishment como Dasgupta pueden sugerir seriamente intervenciones en los órdenes sociales de las mujeres racializadas con la huella ecológica más ligera para restringir la reproducción como un curso de acción viable y útil.

En este sentido, pedimos que se rechace abiertamente el poblacionismo, ya sea de los círculos ecofascistas, liberales o incluso socialistas. Las amplias historias y los casos contemporáneos de formas coercitivas y peligrosas de esterilización nos muestran que tales discursos conducen a la violencia contra las mujeres pobres de color, en particular. En su lugar, pedimos un reconocimiento honesto del intercambio desigual como sistema real de extracción, a través del cual se promulgan tanto el daño medioambiental como la injusticia reproductiva. Para reiterar, la reparación ecológica (y social) sólo es posible de manera significativa a través de un proyecto antiimperialista que trabaje por un intercambio igualitario a escala mundial, poniendo fin al flujo de recursos infravalorados del Sur y al exceso de actividades contaminantes que éstos permiten. Un antiimperialismo significativo se extiende, y de hecho se centra, en la soberanía social y corporal de las mujeres racializadas e indígenas y sus comunidades en todo el Sur y el Norte Global. Esto significa rechazar ferozmente las intervenciones en las estructuras sociales y la autonomía corporal de las mujeres de color en nombre del medio ambiente. Para reforzar esto, concluimos reafirmando que un ecosocialismo antiimperialista debe estar en sintonía con las enseñanzas de los movimientos por la justicia reproductiva y resistirse al eugenismo liberal rastrero, tanto como al ecofascismo manifiesto que ha resultado tan mortífero en los últimos años.

[No incluyo las notas, que se pueden ver en el artículo original]

7. Energía

Hace tiempo que no os envío nada, así que hago una pequeña recopilación de datos de la situación actual:

-Uzbekistán prácticamente paraliza las exportaciones de gas natural a China en medio del aumento de la demanda interna

Uzbekistán se enfrenta a una escasez de gas en su país y ya había dicho que necesita frenar las exportaciones

China importó el año pasado el ~3% de su gas de Uzbekistán

Uzbekistan suspends natural gas exports to cope with winter deficits

-Ucrania no reanudará el bombeo de petróleo a través de Druzhba. La suspensión del transporte de petróleo a través del oleoducto Druzhba comenzaron a llegar la noche anterior. Ucrania anunció el cese del bombeo debido a una caída en el nivel de voltaje en el sistema de energía.

https://twitter.com/GonestAlbert/status/1592802138006368256

-La lucha mundial por el GNL se intensificará

Alemania inauguró su primera terminal flotante de importación de GNL
La planta se construyó en menos de 200 días (¡!), y en el próximo año se pondrán en marcha otras cuatro

El problema: el suministro mundial de GNL es muy limitado. https://twitter.com/SStapczynski/status/1592498601892384771 (es hilo)

Germany inaugurates first new LNG terminal

-Europa reduce DRASTICAMENTE la demanda de gas natural de cara al invierno
El consumo de gas en Europa occidental en octubre fue un 22% inferior al del año pasado, según EnergyScan

Es una reducción impresionante, pero ¿en qué medida se debió al clima? Octubre fue anormalmente cálido https://twitter.com/SStapczynski/status/1591621832092057605

https://www.bloomberg.com/graphics/europe-energy-crisis-updates/

-Pakistán se verá obligado a racionar gas este invierno. Se racionará el suministro de gas a los hogares: 3 horas de suministro por la mañana; 2 en la tarde y 3 en la noche. El resto del día no habrá suministro. https://twitter.com/conradodiaz22/status/1591024006941274112

-La India no se alejará del carbón en un futuro previsible debido a su importante papel en el mix energético, dice el ministro del carbón Pralhad Joshi
El carbón es una fuente de energía asequible para la India, dijo

Tendrá un papel «hasta 2040 y más allá» https://twitter.com/SStapczynski/status/1590312304889192449

-Turquía comenzó a pagar en rublos su suministro de gas ruso. Hace unas semanas, Putin propuso que Ankara sea el nuevo centro del gas de Rusia luego de la explosión de los gasoductos Nord Stream 1 y 2. China, India e Irán también negocian pagar a Rusia en sus monedas nacionales. https://twitter.com/brunosgarzini/status/1590052703753097217

Autor: admin

Profesor jubilado. Colaborador de El Viejo Topo y Papeles de relaciones ecosociales.

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