El profesor Estapé afirmó que “Joan Violet Robinson es seguramente la economista británica de mayor envergadura” y, según el gran Maestro Schumpeter, subrayó que ocupa el primer puesto en cuanto a capacidad analítica” [1]. Destacando como miembro de la escuela inglesa de Cambridge, no se discute su defensa del keynesianismo, bebiendo en la tradición de los clásicos (Smith, Ricardo y Marx)[2], si bien el profesor Estapé resalta de ella su heterodoxia, remitiéndose a escuelas muy diversas, muy crítica con los modelos neoclásicos, que consideraba obsoletos, irreales, metodológicamente erróneos y no carentes de fallos empíricos, subrayando que “para ella, la ciencia económica se manifestaba como una doctrina inseparable de la política”. Para una profundización en sus ideas y aportaciones, recomendamos las páginas que le dedica el profesor Alessandro Roncaglia en su libro La era de la disgregación. Historia del pensamiento económico contemporáneo (traducción de Jordi Pascual. Prensas de la Universidad de Zaragoza, 2019).
De la selección realizada por el profesor Argandoña en el libro citado de Joan Robinson, entre los Ensayos críticos de ésta, ha situado en el capítulo XVI y último “La inflación en tiempos de guerra”, que corresponde al guion de una conferencia pronunciada por ella en París en el mes de enero del año 1945, con epicentro factual en Gran Bretaña y contexto de finales de la Segunda Guerra Mundial, que se da por concluida en el mes de septiembre de ese mismo año.
Joan Robinson empezaba por señalar la polisemia de la palabra inflación y que “ante todo es preciso aclarar lo que queremos indicar con ella” (p. 209), inicio éste que me parece deseable [3], si bien no está en el texto, ni siquiera cuando insiste inmediatamente diciendo que “al pronunciar una conferencia es mejor buscar la precisión.” Y pasa a distinguir tres etapas de la inflación, que establece en relación con sus causas: la primera es de crecimiento relativo de los precios respecto de los costes de producción; la segunda, fruto de lo que denomina «espiral viciosa» que es consecuencia del aumento de los salarios monetarios de los trabajadores en compensación del aumento de precios que padecen, proceso que se vuelve iterativo y ella llama «inflación progresiva», y tercera, la «hiperinflación», consecuencia de las expectativas de nuevas alzas con un «frenesí de adquisición de bienes».
Descartando, hasta entonces, tanto en Gran Bretaña como en Francia, la inflación derivada del hundimiento del cambio de divisas como la que se dio a partir de 1918, sitúa a Gran Bretaña en la primera etapa (o tipo de inflación); en tanto considera que Francia lucha por evitar el paso de la segunda a la tercera. Lo que caracteriza a la inflación padecida a consecuencia de la II Guerra Mundial en Gran Bretaña, “es un excedente de la demanda de dinero respecto a la oferta de bienes.” Más personas trabajando más horas aumenta los ingresos percibidos que no se corresponden con bienes civiles producidos en los que gastar el exceso relativo de ingresos obtenidos en la producción de armamento, por ejemplo.
Esta inflación no le parece perniciosa per se para financiar la guerra, al contario la considera “un medio ideal” (p. 210), pues el aumento de precios de los bienes civiles limitaría su adquisición hasta situarla en la nueva producción de estos bienes, actuando de mecanismo de racionamiento. Como dicho incremento de precios daría lugar a un exceso de beneficios empresariales, un impuesto sobre ellos los limitaría y permitiría financiar los gastos de guerra sin acudir a la deuda nacional. Claro está que es objetable, y así lo hace ella, que dependiendo de la distribución de riqueza, la desigualdad aumentaría, pues los ricos podrían seguir adquiriendo y serían los menos acaudalados los que deberían hacer el esfuerzo reductor de su nivel de vida, y también piensa en aquellos que estando al borde de la miseria en tiempos de paz, pasarían literalmente a morirse de hambre. Considera otros males, como el derivado de no poder recaudar todos los beneficios inflacionarios, que podría concretarse en el consumo de lujo.
De no poder detener la inflación en esta primera etapa, los males que surgen son mayores, pues lo que hoy denominamos «espiral precios-salarios» (menos moralizante, aunque describiendo el mismo proceso que la expresión utilizada por ella, como hemos recogido antes «espiral viciosa»), conduce a aumentos salariales desiguales en función de la capacidad de unos trabajadores u otros de imponerlos; así los sectores más fuertemente sindicados pueden obtener unos salarios que no logren otros sectores, al igual que los más altos directivos asalariados frente a los obreros o aquellos que trabajan en sectores que han devenido imprescindibles por la guerra, etc., todos ellos perjudicando la distribución en el colectivo asalariado. Además de los asalariados, hemos de pensar en los pensionistas y su capacidad de equiparar el aumento de sus pensiones con el aumento del coste de la vida que se va retroalimentando entre precios y salarios,
En la discusión doctrinal, Joan Robinson indica que “Según la antigua teoría de la inflación, ésta se debe a la creación excesiva de medios de cambio. Pero esta teoría resulta bastante equívoca e indica soluciones erróneas. En la primera etapa, la inflación no tiene nada que ver con la emisión de dinero. Surge de la percepción de ingresos por la producción de bienes no disponibles para el consumo. Existen más ingresos para gastar y menos bienes en qué gastarlos. Si aumentan los ingresos, se requiere una mayor cantidad de dinero en circulación, pero el aumento de aquéllos no puede impedirse a través de un control de la emisión de dinero.” (p. 212) Causalidad ésta que se ajusta a las necesidades implícitas de la guerra, por lo que la desaparición de la inflación se resolvería con la inexistencia de la guerra. Tratándose de una conferencia de una exposición científico-académico la rotundidad de su afirmación inicial no sabemos si se circunscribe al caso de guerra o si es de carácter general (queda esto para explorarlo en otra ocasión en otros textos de la autora [4]).
El primer instrumento que se aplicó en Gran Bretaña al inicio de la guerra fue el control de precios mediante la Prices of Goods Act, fijando los precios de preguerra en todos los productos, si bien autorizándose algunos aumentos para cubrir incrementos de costes. La autora nos explica las limitaciones del mecanismo con carácter general, que convierte a los tenderos en asignadores de productos seleccionando la clientela, fruto del aumento de la demanda no seguido por el de la oferta en igual medida y tener sujetos los precios, lo cual conduce a una escasez relativa y quien decide a quién le vende es el tendero, bien sea por afinidad o por la formación de colas que dejan a los últimos sin producto. Injusticia social y penurias son creadas por la inflación. Como señala ella, “Los precios elevados distribuyen los bienes de acuerdo con el poder adquisitivo de los compradores. La escasez distribuye los bienes de acuerdo con el «poder de compra».” (p. 213)
Tras concluir que “El control de precios atenúa el síntoma, pero no cura la enfermedad.”, examina el remedio tributario, distinguiendo los efectos de aumentos de impuestos indirectos (sobre las mercancías) y directos (sobre la renta y la riqueza). Lo que fuera novedad en el Gran Bretaña en el año 1940, un impuesto general sobre la compraventa, considera que impide la aparición de beneficios, pero no sirve contra el mal principal: “El impuesto hace subir los precios y distribuye los bienes entre la población de acuerdo con su poder adquisitivo”, reproduciendo el efecto inflacionario, totalmente ineficaz para obtener una distribución más equitativa de los bienes entre los consumidores. Gravar el lujo o los bienes no esenciales puede contribuir como remedio contra la inflación, sistema que se impuso en Gran Bretaña
La tributación directa retira poder adquisitivo y es más equitativa, pero presenta el problema de reducir los estímulos al trabajo, por lo que su uso es limitado. El dilema que se presenta en tiempos de guerra es que “es necesario que todos trabajen tanto como puedan y, por tanto, resulta conveniente que deseen ganar dinero. Pero es sumamente indeseable que gasten dinero. ¿Para qué sirve el dinero si no se puede gastar?” (p. 214) Menciona la solución de Keynes del «pago diferido», que se materializó en alguna medida en el presupuesto del año 1941, aunque la idea no fue muy popular y “no resultó un poderoso incentivo para trabajar horas extraordinarias.”
Del estímulo del ahorro voluntario, a través de la Campaña de Ahorro Nacional, considera que apartó muchos excedentes de ingresos de las tiendas; pero no le convenció el aspecto de dicha campaña, que conducía a invertir en deuda pública, que le pareció un error, pues su efecto es similar al de guardar el dinero en un colchón, pero con el perjuicio de que el Estado ha de pagar intereses, “de modo que es más patriótico no comprar títulos que comprarlos.” (p. 215) Reconoce, sí, que el Movimiento en pro del Ahorro, que convenció a la gente para que se abstuviera de gastar, fue una auténtica contribución a la campaña contra la inflación.
Insiste en que ninguno de los tres instrumentos: control de precios, tributación y ahorro voluntario consigue evitar la inflación, afirmando que “El único remedio que ataca el mal de raíz es el racionamiento. El racionamiento reduce de golpe la demanda al nivel de la oferta disponible y distribuye las existencias disponibles de modo que cada cual reciba su parte.” (p. 215) Los otros remedios mencionados pueden coadyuvar, unos, a evitar el exceso de beneficios (vía control de precios); otros (el ahorro y la tributación son «operaciones de limpieza», a reducir el exceso de ingresos. Su convicción queda reflejada en esta rotunda frase: “Pero la batalla importante sólo puede ganarse por medio del racionamiento.» Ello, no obstante, queda matizado al explicar la implantación lenta y progresiva del racionamiento que se hizo en Gran Bretaña, que no fue de todos los productos y que el de las prendas de vestir no llegó hasta el año 1941, describiendo sucintamente cómo operaba. En síntesis, consideró que el racionamiento fue muy elástico, democrático y bastante justo.
Joan Robinson remataba doctrinalmente poniendo en las autoridades británicas la experiencia aprendida “que si se ataca de raíz la verdadera causa de la inflación –el excedente de los ingresos respecto a las existencias disponibles-, la cantidad de dinero puede dejarse abandonada a su suerte. [Y] las autoridades monetarias han descubierto que si la gente prefiere conservar sus ahorros en numerario, no perjudica a nadie darle el dinero para que lo guarden, siempre y cuando existan poderosos controles que impidan que los gasten.” (p. 217) Tan sencilla afirmación conduce a meditar sobre la política monetaria, pero el debate doctrinal, sigue abierto.
Notas
1) Véase Estapé, F. (2009): Mis economistas y su trastienda, (Ed. Planeta, S. A., 2009. Capítulo 11, “Las economistas”, en el que dedica las páginas 151 a 154 a Joan Robinson.
2 Véase la presentación del profesor A. Argandoña en su selección de textos Joan Robinson. Ensayos críticos (Ediciones Orbis, S. A., 1986), de donde tomamos el referido a la inflación en tiempos de guerra.
3 De la ambigüedad del concepto económico de inflación, de su imprecisión y del remedo que adoptamos con el Índice de Precios al Consumo, ya lo remarqué en mi artículo “Reflexiones sobre la inflación, su medición y algunos datos recientes (1)”. Rebelion, 24-1-2023 (https://rebelion.org/reflexiones-sobre-la-inflacion-su-medicion-y-algunos-datos-recientes-1/).
4) Como puede ser el libro Robinson, J. y Eatwell, J. (1976): Introducción a la economía moderna (Fondo de Cultura Económica, 1.ª edición en español. De la 1.ª edición en inglés, 1973)
Publicado en Noticias de Política económica, nº. 39, marzo 2023.
Fernando G. Jaén Coll es Profesor Titular del Departamento de Economía y Empresa de la Universidad de Vic-UCC.