¡Diablos! Tenemos unas conversaciones virtuales de lo más interesantes.
Tienes toda la razón: falta en mi texto la cuestión catalana.
Esta ausencia es consciente.
En parte porque creo que el «proces» ha sido derrotado políticamente – al menos en la coyuntura presente -. El estado español se ha mostrado mucho más fuerte de lo que los «catalanistas» creían. Lo que no es óbice para que prosigan su labor de zapa ideológica/cultural de repartir carnets de buenos catalanes y malos maquetos.
En parte porque no quería entrar en lo que yo creo que es una de las grandes contradicciones del «progresismo» español: sin el apoyo parlamentario de los independentistas catalanes y vascos, no puede llegar al gobierno del estado. Esto tiene un precio alto y quizás muy alto más adelante. ¿Qué hacer: tragar sapos para llegar al ejecutivo con apoyos parlamentarios del nacionalismo periférico o enfrentarse a él aún a costa de que se constituya un gobierno PP/VOX? Yo no tengo nada clara la solución. Salvando las distancias esta situación me recuerda a la «cuestión meridional» italiana que trató de resolver Gramsci. La propuesta republicana y federal está demasiado verde como para derrotar tanto al nacionalismo español, como al catalán – y vasco – Podría evadir el problema diciendo: alianza parlamentaria táctica y a corto plazo con los nacionalismos periféricos y horizonte estratégico anti nacionalista a medio plazo… Pero esto me parecen palabras que no dan cuenta de que todo nacionalismo es mortal para la el «internacionalismo».
En parte porque en mi «zona del país» se sufre más el nacionalismo español que el catalán, a pesar de la retroalimentación que entre ambos se produce. La muy especial sensibilidad que tenéis hacia el «padanismo» catalán no se da en el resto de España. Si no se le vive a diario es difícil de explicar a la «izquierda» española. De inmediato la crítica es vista como «españolismo».
En definitiva, he eludido la cuestión por no entrar en otro «avispero». Con entrar en el de Sumar tenía bastante. Además, como os digo, no sé cómo resolver nuestra «cuestión meridional».
En lo que se refiere a lo que hablas del «síndrome de Pasolini», creo que era Sacristán quien se definía como un «conservador de izquierdas». Pienso que este calificativo habla bien de nuestras contradicciones como privilegiados intelectuales progresistas.
Buena parte de los de abajo nos ve como demasiado burgueses, demasiado elitistas y desconfía mucho de nosotros. Olemos demasiado a clase media acomodada como para que esa buena parte de los de abajo se fíe de nosotros. Sospecha que queremos más representarlos que pertenecer a ellos; más hacer política para ellos, que hacerla con ellos y desde ellos.
Y, como siempre, la arraigada convicción popular de que una cosa es predicar y otra dar trigo, y la creencia de la más que probable existencia de abismos entre las palabras y los hechos de quienes anuncian una nueva sociedad. En el mejor de los casos ven ingenuidad e irrealismo en las propuestas de cambio; en el peor, recelan afanes de medro detrás de las proclamas de igualdad; en la mayoría, confían más en el propio esfuerzo individual de cada uno que en las acciones colectivas. Además tienen mucho más que perder que nosotros en un hipotético enfrentamiento con los de arriba.
La derecha no precisa hacerse pueblo para conseguir el apoyo del pueblo. Para conservar las cosas solo necesita la indiferencia de los más; y para transformarlas en un sentido aún más beneficioso para los de arriba, que no otra cosa es la actual contrarrevolución neoliberal, tiene el siempre eficaz recurso al miedo – el paro, el empobrecimiento, la precarización, el desclasamiento… –, el mito de la nación como espacio social de igualdad – creencia más poderosa que todas las doctrinas sociales – y el poder del estado, esto es, el palo de la ley y el orden, y la zanahoria de las recompensas y prebendas. Y por supuesto los mil y un flautistas de Hamelín que desde la cuna a la tumba mecen nuestra vida con cuentos.
Entrenados en la sumisión, conscientes de su debilidad, temerosos de perder lo que aún tienen, los de abajo prefieren esperar a que de la mesa de los ricos caiga alguna que otra vianda a cuestionar la injusticia del banquete. Atomizados, aislados, carentes de espacios comunes de debate y construcción de conciencia buscan las salidas individuales antes que las colectivas. Comprenden con absoluta claridad que enfrentarse a los de arriba no es un juego, sino una batalla con sangre, sudor y lágrimas: ¡Madrecita, que me quede como esté!
Pero basta ya… estamos de un pesimista que asusta.
Comentario de Daniel Jiménez Schlegl:
Ramón, me ha gustado mucho tu respuesta (además de bien escrita).
Está claro que en países ricos (y el nuestro lo es) la población se derechiza y el temor a perder hace que el discurso del miedo de la derecha cale. Los de abajo-abajo, son «desclasados» y no pretendas que los de la parte alta de los de abajo se solidarice con aquellos. Antropológicamente se ha asumido la desigualdad no como una realidad insalvable, sino además como oportunidad para optar a ventajas individuales. Eso ha llevado al extremo, en sociedades ultraliberales como la norteamericana, a la institucionalización del sadismo contra los más desfavorecidos. Y parece ser el modo más efectivo de disciplinar a la sociedad.
Pero insisto, en el caso español, a raíz de mi propia experiencia de calle, el tema nacionalista no está zanjado. Persiste en la mente de los trabajadores del área metropolitana, con el poso de su olvido por la metrópoli, que Sánchez pacta con Bildu y los partidos que quieren romper España y que además los excluyen de manera más o menos manifiesta, que esta situación puede reeditarse y que Podemos o Sumar están en ese mismo carro. Esto parece tener más peso que los avances en políticas sociales de un gobierno que ha superado Covids, guerras, inflaciones, crisis energética, y llena sus discursos de igualdad, justicia social, lucha contra la emergencia climática…
El trabajo por hacer es fundamentalmente cultural para esa necesaria mutación de la mutación antropológica. Parece iluso plantearlo así pero es que la alternativa de seguir por la senda del autismo moral colectivo nos lleva al desastre absoluto (síntomas hay: las muertes por omisión en el Mediterráneo, o directamente asesinatos en Melilla, Tarajal, … y que nadie salga a la calle!!). No se trata de apelar a la mala conciencia o persuadir de la necesidad de la solidaridad humana, que se ha demostrado que genera el efecto opuesto (el mal rollo o la superioridad moral de la izquierda contra la que reacciona con éxito la derecha con unas cervecitas). Se trata de luchar (no sé cómo) contra la crueldad, el sadismo implantado. Por propia supervivencia.
Abrazo
Respuesta de Ramón Qu:
Ya que insistes, resistiré.
Sin duda el procés catalán ha tenido y tiene muchas consecuencias. Entre ellas una doble división: entre los propios de abajo de Cataluña, y entre parte de los de abajo catalanes y buena parte de los de abajo de España. Por otro lado, ha servido de acicate al nacionalismo más rancio español, orquestado por la derecha, que ha crecido de forma considerable. Como dices, las medidas sociales del gobierno han quedado muy oscurecidas por el “pacto” del gobierno de Sánchez con los nacionalismos periféricos. Además, la torticera utilización – de nuevo – de ETA por la derecha extrema ha socavado el apoyo electoral del ejecutivo PSOE/UP. El canalla pero eficaz “lema” de “Que te vote Txapote” es una buena muestra de ello.
Pero en esto de las divisiones de los de abajo, la cosa no queda ahí. Veamos:
Tenemos, pues, esta división provocada por la utilización de los nacionalismos.
Tenemos la división que tú muy bien apuntas entre los de abajo- abajo y la parte alta de los de abajo: “Los de abajo-abajo, son «desclasados» y no pretendas que los de la parte alta de los de abajo se solidarice con aquellos”
Tenemos la división de los de abajo por la división internacional del trabajo. El famoso desarrollo combinado y desigual. Por ejemplo, la división entre los de abajo de centroeuropa y los países del sur europeo o la división entre los trabajadores europeos y los de los “tigres asiáticos” o, por supuesto, entre los del mundo desarrollado y los que desviven en los países pobres.
Aún se podrían añadir algunas más – divisiones provocadas por la diversidad de culturas, por los enfrentamientos religiosos, por los conflictos interestatales, por la odiosa geopolítica imperial… – pero si nos limitamos al mundo “nuestro”, occidental y desarrollado, podríamos teorizar lo siguiente:
Creo que existen pocas dudas de que el hipotético sujeto de cambio en las sociedades capitalistas más avanzadas es muy diferente del proletariado “sepulturero” de la burguesía de los tiempos del Manifiesto Comunista o de la clase obrera fordista fundamento del estado de bienestar posterior a la segunda guerra mundial. Este presunto sujeto de cambio actual se caracterizaría por su gran estratificación, fragmentación, dispersión, precarización y feminización. Más allá del estado objetivo que le constituye como posible sujeto de cambio – ser explotado y dominado -, habría en su seno un amplio abanico de situaciones, una gran diversidad de intereses y unos muy diferentes niveles de conciencia política. Situaciones, intereses y niveles, contradictorios, en ocasiones conflictivos, e incluso contrarios, y siempre difíciles de compaginar.
Estamos, pues, ante un sujeto de cambio en extremo frágil y tendente a la disgregación. Un sujeto de cambio además – y esto se olvida con excesiva frecuencia – muy colonizado ideológicamente por la clase dominante: sociedad de consumo, individualismo posesivo, ascenso social, competitividad, meritocracia y pragmatismo.
La “izquierda transformadora” – si es que existe y no es más que un sueño de la razón – busca cambiar la sociedad en un sentido más libre, justo y fraterno. Su teoría y su práctica deben ser acordes a sus objetivos: tiene que ser libre, justa y fraterna entre sus miembros, sus organizaciones, sus dirigentes y sus militantes. No se predica solo con palabras, lo esencial es predicar con los hechos. Basta de enfrentamientos, basta de rencillas, basta de invectivas más o menos larvadas. Es imprescindible la generosidad, la confianza mutua, el debate sereno, las concesiones, el pacto entre iguales. Nadie creará en una unidad hecha porque a la fuerza ahorcan, es imperativo mostrar una unidad real. ¿Quién vota a una jaula de grillos?
Pero las razones de nuestras diferencias no nacen solo del cainismo o de egos hipertrofiados: tienen sus raíces en la propia composición de nuestra formación social.
Entonces, si hemos caracterizado al “nuevo sujeto de cambio” como profundamente estratificado, fragmentado, disperso, precarizado y feminizado, parece evidente que la “izquierda transformadora” ha de fundamentarse en una teoría y una praxis que lidie con estas características.
Reglas tales como la búsqueda de acuerdos a través del diálogo permanente y la negociación respetuosa; las concesiones mutuas, primando siempre lo que une frente a lo que separa; la renuncia a la posesión de la verdad y a dogmas de catecismo; el rechazo a los cainismos, las capillas y las luchas tribales; la defensa del debate riguroso y en igualdad de condiciones; la resolución democrática de las diferencias; el respeto a las minorías; el fomento de la participación y de las iniciativas de individuos y colectivos; la asunción de la heterogeneidad no solo como mal inevitable sino como potencial riqueza; la lealtad y la confianza entre los representantes y seguidores de las diferentes corrientes y opiniones… parecerían ser los principios más adecuados para tratar de construir un “nuevo sujeto de cambio” en cuyo seno, como ya dijimos más arriba, y a pesar del estado común de sufrir explotación y dominio, cohabitarían distintas situaciones, una gran diversidad de intereses y unos muy diferentes niveles de conciencia política. Situaciones, intereses y niveles, repitamos, contradictorios, conflictivos, incluso contrarios y siempre difíciles de compaginar…
En mi opinión estamos tan lejos de esto como de Andrómeda.