Del segundo volumen de las Memorias de Antonio Gamoneda –La pobreza, Barcelona: Galaxia Gutenberg, 2020, pp. 301-303-, un comentario sobre el poeta y crítico literario Migue Casado (muy amigo de Francisco Fernández Buey, ambos colaboraron en la revista vallisoletana Un ángel más).
De la contraportada del libro: “Novela de aprendizaje a la vez que crónica de posguerra, La pobreza esconde también un diario en el que se incluyen reflexiones sobre poesía y poética, episodios oníricos y vislumbres -a veces humorísticos- del acontecer social, del trabajo y hasta de sus viajes… El resultado confirma a su autor como uno de nuestros grandes prosistas, capaz de ensayar con igual maestría el autorretrato irónico, la viñeta costumbrista o el apunte reflexivo. La pobreza es la culminación de la obra de Antonio Gamoneda y está llamado a ser un clásico del género memorialístico.”
Nombré a Miguel Casado [“Miguel Casado ha sufrido un accidentes de carretera. No hay consecuencias de las que en un parte rutinario se anotan graves, pero entiendo que ya son graves la perspectiva de un tiempo con el pecho magullado y los costes económicos”, p. 297] para lamentar su accidente y decir luego cómo su amistad y su inteligencia se acercaron a mi vida y a mi escritura, que de alguna manera son el mismo asunto, pero se cruzó mi fijación relativa a los automóviles y a la convivencia degradada que los automóviles imponen [1]. Reconozco que mi fijación puede ser una causa obsesiva sin utilidad. Así será. ¿Que más pueden ser cinco o seis páginas, a no ser que alguien las escriba mejor que yo, y que otros -muchos si fuera posible- las pongan en obra? En fin, la pluma y el ordenador resbalaron por esas páginas; ya he avisado que hay ocasiones en las que sueño y escribo simultáneamente. Me gustaría no soñar solo.
Pero vuelvo a Miguel.
Apareció una mañana, hará cuarenta años o más, por mi despacho en “Bernardino” Creo que ya le brillaba algo la calva, siendo una generación más joven que yo, y yo no era viejo. No recuerdo de qué hablamos; pudo ser de algún proyecto qye traía, pero no es imprescindible que lo recuerda y tampoco lo era que lo trajese. Hablamos y quedamos en amistad.
Miguel es un poeta mucho más que ejemplar. Ha decidido que la crítica es también creación, y ahí está, viendo con la mirada más clara y afilada de España lo que la poesía es y lo que en la poesía ocurre. Que yo sepa y recuerde, se ha ocupado con amplitud de Vicente Núñez, de José-Miguel Ullán, de Leopoldo María Panero, de Aníbal Núñez y de mí, los cinco relativamente excéntricos o desarrentados respecto de Madrid. En Francia tiene sus preferencias a las que vigila y traduce; gente como Rimbaud, Verlaine, Francis Ponge o Bernard Nöel. Ha escrito la biografía definitiva de Valle-Inclán y se ocupará en cualquier momento -este es un supuesto mío- de algún desarrendado más, como podría ser Manuel Álvarez Ortega. Hay que sumar que, “sin despeinarse”, ha dicho cosas para siempre de la naturaleza y de las funciones de la poesía. Todo ello me parece muy bien, pero yo tengo en las manos El sentimiento de la vista [2], lo he agotado y me ha agotado, y ya tarda el libro que tiene que venir.
Miguel, como yo, pero más y más silencioso, tiene un pasado. No hablamos nunca del pasado; ni del suyo ni del mío. No es necesario. De Miguel se leen, sin embargo, textos en lo que puede adivinarse dónde han ido, si es que se han movido, aquellos pasados. Yo creo que los de Miguel no se han movido no siendo para ser más ciertos y hacerse presentes. Ya lo ha dicho claro y crudo él mismo, que acaba de publicar un libro de ensayos que titula Un discurso republicano [3], en el que se averigua que la poesía, si lo es, se identifica con las realidades fuertes que también lo son, y esto determina que la poesía verídica sea ciertamente un “discurso republicano”.
Miguel y Olvido [4] van a venir el día veinticinco a la exposición ilimitada que inaugura Manolo Sierra. Olvido, que cursa accidentalmente las fatigas de directora general, quiere que vaya en octubre a Frankfurt. Iré. Pero me gustaría que el veinticinco pudiéramos “conversar” unas chuletillas o una trucha. La trucha habrá de ser de piscifactoría.”
Notas.
1) En la misma honda que Manuel Sacristán Luzón, que nunca aprendió a conducir lo que llamó “el quinto jinete del Apocalipsis”.
2) Barcelona: Tusquets, 2016.
3) Un discurso republicano. Ensayos sobre poesía, Libros de la Resistencia, 2019. Comentario del autor: «La poesía –dijo Schlegel– es un discurso / republicano, se otorga a sí misma / ley, todas sus partes son libres / para buscar un acuerdo»: así se lee en un poema de mi libro Tienda de fieltro, donde ya resonaba el fragmento que da título a este volumen. Quizá porque muestra, de modo feliz y rotundo, el sentido político de toda escritura poética, el carácter de acción política que tiene el trabajo de la lengua, la crítica de la lengua, la búsqueda de una forma. Como seguramente esta es una perspectiva común a los ensayos aquí reunidos, me pareció que Un discurso republicano podía nombrar su conjunto. Se trata, en general, de ensayos escritos en los cuatro últimos años. Se refieren todos a la poesía, ya se ocupen de lecturas de poetas concretos o de cuestiones más generales de poética; haber situado al principio del libro dos textos que se preguntan por la labor del poeta y la del crítico de poesía hace innecesario extender las aclaraciones.”
4) Olvido García Valdés. Ha sido distinguida con el Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda 2021. Fue directora del Instituto Cervantes de Toulouse y directora general del Libro y Fomento de la Lectura.