Queridos vecinas, vecinos y familiares de Valencia de Alcántara,
Soy Clara Valverde una de los cinco hijos de José María Valverde.
En primer lugar quería daros las gracias por la invitación a estas entrañables jornadas con el motivo del 100 cumpleaños de nuestro padre. Sentimos que no podamos ir en persona desde Catalunya por razones de salud y otras.
Mi marido, Ángel, y yo tuvimos el placer hace unos años de visitar Valencia de Alcántara y pasar unos días estupendos con nuestros primos Manuel Valverde y su familia, con su generosa hospitalidad.
Os quería dar las gracias por todas las actividades que habéis organizado en honor a nuestro padre. Me emociona que el pueblo que lo vio nacer celebre ahora su 100 cumpleaños.
Aunque falleció hace 30 años, lo tengo muy presente, no solo porque fue un padre muy cariñoso, sino también porque nos dejó a todos, familia, estudiantes, amigos y a la sociedad en general, un gran ejemplo de cómo vivir en este mundo.
Cuando falleció, el periódico “El País” le dedicó cuatro páginas diciendo que había muerto “un intelectual bueno y consecuente”. Y, en mi opinión, esa es la gran herencia que nos dejó a todos. Desde pequeños gestos como ayudar a los sin techo de su barrio a ser disidente contra la dictadura de Franco, postura que pagó con el exilio. Siempre fue fiel a su conciencia.
En estas jornadas se celebra a Papá como poeta, traductor y profesor. Él consideraba la poesía como su “oficio más importante” y así lo dejó escrito: “Escribir poesía es mi único trabajo esencial y necesario”. En su poema de 1943, “Oración por nosotros los poetas”, escribió:
“Señor, ¿qué nos darás en premio a los poetas? Mira, nada tenemos, ni aun nuestra propia vida; somos los mensajeros de algo que no entendemos”.
Su constante pensamiento y escritura le llevó desde pequeño a aprender otros idiomas y traducir al castellano numerosos autores. Tradujo todo Shakespeare, Rilke, Goethe y muchos más autores. Pero su gran traducción fue un difícil libro: el “Ulises” de James Joyce. Recuerdo que estaba en su estudio en el sótano de nuestra casa en Canadá traduciendo mientras fuera la nieve se amontonaba.
Cuando era pequeña, una vez, al final de año, puso en el suelo una pila de libros que me llegaba hasta el hombro y dijo: “Estos son los libros que he traducido este año”. Evidentemente, yo siendo tan pequeña, no sabía lo que significaba eso. No sabía si un libro se traducía en un rato o en un par de días.
Crecí con el sonido de la máquina de escribir de mi padre a toda velocidad desde las 7 de la mañana hasta acabada la tarde. Era para mí una música que transmitía calidez y compañía.
Un poema que mi padre tradujo del poeta americano, Robert Frost, “El camino no elegido”, contiene unas líneas que parecen resumir la vida de mi padre de compromiso con la justicia:
“De aquí a la eternidad: Dos caminos se bifurcaban en un bosque y yo, Yo tomé el menos transitado, Y eso hizo toda la diferencia”.
Pero no solo luchó contra el franquismo. Estaba implicado en varias causas: era presidente de Entre Pueblos, una ONG que trabaja en Centroamérica, y presidente de la Fundación ACTUA, asociación para personas con VIH.
Y era muy frugal. Antes de sus últimas Navidades, un periodista en la radio le preguntó que qué quería para Navidad, y mi padre contestó: “Paz y justicia en el mundo”. Y el periodista le contestó: “¿Podría ser más realista?” y mi padre dijo: “Pues un buen queso manchego y un vino de Cariñena”.
Como profesor, sus clases y conferencias, tenían mucho éxito, aunque él era muy humilde y no se daba cuenta. Un periodista le preguntó que qué opinaba de la crisis en la educación y mi padre se quedó pensativo y contestó: “No sé si la hay, pero lo que sí sé es que hay mucha gente en mis clases que no debería estar ahí”. Y efectivamente en sus aulas no se cabía. Había gente sentada en las escaleras, en el suelo, por todas partes. No pasan muchos días, en Barcelona, sin que alguien de mi edad o más mayor me diga: “Sí, yo fui a las clases de tu padre”. Aunque sea alguien que había estudiado medicina, derecho u otra cosa y no estaba haciendo la carrera de filosofía, de la cual mi padre era profesor.
Aunque mi padre, el profesor, ya no está entre nosotros, nos dejó muchos libros de los cuales podemos seguir aprendiendo. Era claro y accesible en sus clases, conferencias y en sus libros. Es una gozada el poder leer sus 8 volúmenes (de más de 400 páginas cada uno) de la Historia de la Literatura Universal. Cuando quiero saber algo sobre algún escritor, cojo un volumen y leo. Su lenguaje es directo, sencillo y sabio. Y con un toque de ironía. Él creía que el lenguaje tenía que ser accesible para todos. Una vez preguntó a un estudiante que explicara algún concepto filosófico que ya habían hablado en clase y el estudiante dijo: “Lo sé pero no lo sé explicar”, a lo cual mi padre respondió: “Si no lo sabe explicar es que no lo sabe”.
El sitio de mi padre, aparte de dando clase, de ir a la calle a manifestarse el 1º de mayo o contra la guerra de Iraq, era delante de su máquina de escribir. No era nada viajero. Por eso no iba a Extremadura a menudo. Aunque decía que era “extremeño por los 16 costados”.
Mi madre, Pilar, que escribía muchas cartas, se correspondía con el entonces maestro de Valencia de Alcántara, Don Elías. Mamá leía en Canadá esas cartas que a veces contenían fotos. Me fascinaba el pensar en el sitio de dónde venía papá y su familia.
Nos dejó muy pronto. Demasiado pronto. Pero sigue muy presente: exestudiantes, y jóvenes académicos siguen escribiendo sobre su obra.
Es emocionante que hoy en su 100 cumpleaños, la tierra que le vio nacer celebre su vida.
¡Gracias!