Una versión previa de este artículo se publicó como prólogo de M. Sacristán, Sobre dialéctica, Barcelona: El Viejo Topo, 2009.
Una conciencia crítica es una conciencia política, entendiendo por política una conciencia dominada por la globalidad, esto es, por una visión histórica-social de lo particular que lo reconozca como intrínsecamente ligado a lo general, en una posición a la vez de causa y de efecto.
Giulia Adinolfi (1980)
La fundamentación de la dialéctica hegeliana-marxista en la teoría de los conjuntos difusos, aunque aporta aparentemente una justificación, es, en realidad, su condena más precisa: pues la dialéctica no se aplica de manera interesante ni universal a las áreas de la microfísica de las que se dice que se adaptan bien a la interpretación dialéctica, sino a constelaciones constantemente macroscópicas, como las sociedades, etc. En ese campo, contentarse con conjuntos (y, por lo tanto, conceptos) difusos es solo negarse a analizar, a investigar. Es reaccionarismo y oscurantismo.
Manuel Sacristán (1983)
La dialéctica era de hecho una asignatura obligatoria en la organización y los recién llegados tenían que hacer un cursillo en la materia. Gente joven con ganas de machacar a los patronos se veía abocada a participar estupefacta en seminarios especiales en los que un camarada veterano les instruía, tiza en mano, acerca de los arcanos de la dialéctica. En vez de profundizar en la explotación del hombre por el hombre, se les pedía que tomaran apuntes sobre la negación de la negación o la transformación dialéctica de la cantidad en cualidad; habían llegado allí para construir el futuro y ahora estaban sentados en una clase de álgebra. Cómo exactamente la unidad hegeliana de los opuestos podía contribuir a que una guardería no se cerrara, seguía siendo un misterio tan insondable como la doctrina política del limbo […] Una vez en una conferencia socialista oí a un joven trabajador, que obviamente se había ganado sus galones en las clases de dialéctica, comunicar con satisfacción a sus compañeros asistentes que «las ollas hierven, los perros ladran y las clases luchan», justo el tipo de razonamiento perfecto para ser despedazado en una clase de filosofía de Oxford.
Terry Eagleton (2004)
Coherente con lo que había dicho respecto de la filosofía, Sacristán había rechazado la pretensión de considerar a la dialéctica como ciencia. Las ciencias existían con su propia lógica y metódica y pretender suplantarlas con una ciencia mayor o más integral era una concesión que el marxismo hacía al oscurantismo filosófico. El trabajo dialéctico existía, en primer lugar, como producción de una concreción intelectual sobre el mundo. Pero dicha producción no se encontraba embridada en método alguno y constituía, por así decirlo, un trabajo artístico de producción de una figura concreta sobre la realidad. Para producir esa figura debían concursar diversos tipos de saberes empíricos adaptándose siempre a los contornos que la realidad había dibujado.
José Luis Moreno Pestaña (2008)
1. Guantanamera: en un encuentro fortuito, un ex-estudiante de Sociología que se gana la vida conduciendo camiones por la resistente isla caribeña explica titubeante a su ex-profesora de Econometría los conflictos emocionales en los que está inmerso. Ella entiende, comprende muy bien su situación y le recuerda con delicadeza la inevitable dialecticidad de los sentimientos humanos. El rendido conductor se lleva las manos a la cabeza, los ojos a sus ojos y con envidiable cadencia de enamorado, suspira y balbucea: «¡Ah, sí, la dialéctica! Claro, claro, se me había olvidado profesora».