Un año después del comienzo de la guerra genocida israelí contra Gaza y con el lanzamiento del asalto israelí contra Líbano, el académico británico Gilbert Achcar describe posibles escenarios futuros.
El 7 de octubre de este año, los palestinos de Gaza cumplieron un año de la devastadora guerra que Israel les infligió horas después de que la Operación Al-Aqsa de Hamás golpeara el sur de Israel en la madrugada del 7 de octubre de 2023.
Doce meses después, cerca de 50.000 palestinos y palestinas, en su mayoría mujeres y niños, han muerto y aún quedan muchos más por recuperar de debajo de los escombros que se han ido acumulando con cada brutal incursión israelí en Gaza.
Más de 100.000 personas han resultado heridos y muchos de ellas sufren ahora lesiones de por vida que, en la mayoría de los casos, son incapacitantes. El sistema sanitario, las viviendas, el sistema educativo y las infraestructuras de Gaza están devastados o gravemente dañados.
Esto ha sido así a pesar de la notable resistencia del ala militar de Hamás y del apoyo que ha recibido de Hezbolá en el sur del Líbano, cuyos cohetes, lanzados contra el norte de Israel, han presionado a su ejército, y a pesar de los recurrentes llamamientos internacionales para que Israel detenga su guerra genocida.
Envalentonado por el fracaso de la comunidad internacional a la hora de poner fin a su guerra contra Gaza, y con la no tan secreta simpatía por su guerra contra Hamás de varias capitales del mundo, el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, llevó su ataque contra Hamás y Hezbolá al siguiente nivel con una serie de asesinatos de sus dirigentes, entre ellos el de Fuad Shukr, una destacada figura de Hezbolá en Beirut, y el de Ismail Haniyeh, jefe del Buró Político de Hamás mientras se encontraba en Teherán. Luego se produjo la espeluznante eliminación del secretario general de Hezbolá, Hassan Nasralá, en Beirut el 27 de septiembre.
El asesinato de los líderes de Hamás y Hezbolá y de muchos de los combatientes de ambos grupos de resistencia islamista forma parte del daño mayor que ambos han sufrido junto con la destrucción por parte de Israel de partes significativas de su infraestructura militar, más en el caso de Hamás en Gaza que en el de Hezbolá, al menos hasta ahora, en el sur del Líbano.
Según Gilbert Achcar, profesor libanés de Estudios de Desarrollo y Relaciones Internacionales en la SOAS (Escuela de Estudios Orientales y Africanos) de la Universidad de Londres, en el Reino Unido, la situación parece muy difícil para Hamás.
Palestina
«Podemos afirmar con seguridad que Hamás ha sido aplastada en Gaza, y no creo que Israel les permita reconstituir su aparato y toda la infraestructura construida durante décadas», afirma Achcar. Peor aún, añade, no cree que Israel vaya a abandonar Gaza esta vez.
«Tenemos que recordar que cuando [el ex primer ministro israelí ] Ariel Sharon llevó a cabo su retirada de Gaza en 2005, Netanyahu, entonces miembro del Gobierno israelí, dimitió para protestar por esta retirada», dice Achcar. Hoy, Netanyahu está decidido a permanecer en Gaza, de una forma u otra, según él.
Para Achcar, «en el mejor de los casos» Gaza será como Cisjordania, en el sentido de que estará dividida en minúsculos municipios, similar a la situación de Sudáfrica durante los años del apartheid, cuando la población negra africana fue obligada a vivir en barrios restringidos.
«Las cosas serán mucho peores para Gaza, dado su aislamiento geográfico», afirma Achcar.
Sin embargo, la resistencia, y la resistencia militante en particular, no se eliminará por completo. «Persistirá, pero más en ataques ocasionales como ha estado ocurriendo en Cisjordania. Seguro que no hay vuelta atrás [para Hamás] a la situación del 6 de octubre de 2023».
Achcar señala que no debe pasarse por alto que Hamás «sigue siendo fuerte» fuera de Gaza. «Está en Cisjordania, Jordania y en los campos de refugiados de Líbano», explica. Y añade que la cuestión hoy no es si Hamás permanecerá o no, porque «Hamás permanecerá simplemente porque [Netanyahu] no puede erradicarlo».
La cuestión es más bien qué podrá hacer Hamás a partir de ahora.
Para Achcar, esta última es la cuestión más importante, sobre todo teniendo en cuenta lo que, según él, es el hecho de que los «la población palestina de Gaza se están dando cuenta cada vez más del nivel de su derrota».
«Ésta ha sido realmente una guerra genocida, con una intensidad en la destrucción que no creo que pueda compararse con nada que no sea Hiroshima», según él, en referencia al bombardeo atómico estadounidense de Hiroshima y Nagasaki (Japón) en 1945, durante la Segunda Guerra Mundial.
«El gobierno israelí de extrema derecha, que [en esencia] es un grupo de neofascistas y neonazis, seguramente presionará para que se reocupe Gaza de forma permanente», afirma Achcar.
Sostiene que es difícil ignorar el consenso que se ha creado en los círculos políticos israelíes sobre la necesidad de luchar duramente contra Hamás tras la Operación Inundación de Al-Aqsa. «Creo que es bastante similar a cómo fueron las cosas en Estados Unidos contra Al Qaeda tras los atentados del 11-S», dice, en referencia al derribo de las torres del World Trade Center de Nueva York y al ataque contra el Pentágono en otoño de 2001.
«Por eso creo que el balance general de la operación del 7 de octubre es desastroso y que fue un enorme error de cálculo», afirma. Añadió que con la situación actual sobre el terreno en Gaza y los daños que ha sufrido Hamás, será muy difícil que sus dirigentes hablen de «una victoria divina» o algo parecido en un futuro próximo.
Achcar argumenta que la situación es muy dura en muchos sentidos, no sólo por el daño que han sufrido Hamás y toda la población de Gaza, sino también porque no existe una alternativa política clara a Hamás. «Hoy en día, simplemente hay un vacío político allí», afirmó, al tiempo que argumentó que la Autoridad Palestina (AP) en su conjunto y su líder Mahmoud Abbas tienen «cero credibilidad» y «cero popularidad» en Gaza.
Según Achcar, el destacado y popular dirigente de Fatah Marwan Barghouti, encarcelado por Israel desde 2002, considerado uno de los líderes de la Segunda Intifada en 2000, podría haber sido una alternativa política a Hamás. Sin embargo, añadió que «no hay forma de que Netanyahu libere a Barghouti».
Por desafortunado y angustioso que sea, Achcar afirma que «éste es un momento muy duro [para las y los palestinos]. Es un momento de derrota para el movimiento de liberación [palestino] y un momento de victoria para la arrogancia sionista».
«De esto tenemos que darnos cuenta», dice.
Achcar no está dispuesto a admitir el argumento de que, a pesar de todos los daños reales y a largo plazo que el poderío militar de la ocupación israelí ha infligido a Hamás y Gaza, Hamás también ha impuesto una nueva realidad en la que la arrogancia israelí fue objeto de un impactante desafío en las primeras horas del 7 de octubre de 2023 y que la narrativa de la Autoridad Palestina, que se introdujo junto con los Acuerdos de Oslo de septiembre de 1993, sobre las negociaciones y la coordinación de seguridad con Israel como camino hacia la estatalidad palestina, también ha sido dramáticamente desafiada.
Sostiene que nadie necesitaba hacer nada para demostrar que el Proceso de Oslo hace tiempo que está muerto. Lleva muerto desde la Segunda Intifada, dijo.
El ex dirigente palestino Yasser Arafat “tenía la ilusión de [conseguir] un Estado palestino independiente [mediante negociaciones], pero esta ilusión murió con Arafat», hace 20 años, en noviembre de 2004, dijo. Añade que Netanyahu no iba a permitir un Estado palestino, y que esto lo ha dicho el propio Primer Ministro israelí.
Sin embargo, argumenta que lo que el diluvio de Al-Aqsa provocó no fue la eliminación de un proceso defectuoso e inconcluso de negociaciones y cooperación en materia de seguridad con Israel. Lo que hizo, argumenta, «es introducir una alternativa política mucho peor» que el statu quo establecido por el Proceso de Oslo.
Un año después del comienzo de la guerra israelí contra Gaza, unida a las persistentes operaciones militares israelíes en Cisjordania, la población palestina «está dispersa en lo que es incluso menos que un bantustán», y la extrema derecha israelí «está presionando para expulsar a la población palestina al Sinaí. Lo habrían hecho de no ser por la línea roja que el gobierno egipcio trazó al respecto».
Anticipa que hoy los colegas de extrema derecha de Netanyahu en el gobierno presionarán para mantener a los palestinos de Gaza en Rafah, en el extremo sur de la Franja, y permitir que los colonos israelíes recuperen amplias zonas de Gaza en el norte y quizá en el centro de la Franja hasta las fronteras con Egipto.
«El único resquicio de esperanza en toda esta catástrofe es el aumento de la solidaridad [mundial] con el [pueblo y la causa] palestinos, especialmente en Estados Unidos», afirma Achcar. «Esto es importante para el futuro. Es importante que el mundo se dé cuenta de que unas 50.000 personas, en su mayoría mujeres y niños, han sido asesinadas por Israel en Gaza».
Mientras tanto, añade que la resistencia palestina sí necesita una nueva alternativa política que sea diferente de los movimientos de liberación del pasado y no sólo de Hamás. «Ha habido necesidad de una tercera fuerza, pero las fuerzas actuales no han permitido» que esta nueva fuerza encuentre su camino, dice.
Hay que admitir que esta nueva fuerza no debe ser militar, añade. Sostiene que la fuerza militar no asegurará los objetivos palestinos, simplemente por la discrepancia [de fuerza] a favor de Israel. «Cuando tu enemigo es más fuerte, no luches contra él en su terreno, sino encuentra otra forma de combatirlo».
Achcar argumenta que no está prescribiendo algo que el camino palestino de liberación desconozca. Dice que «el mayor momento de impacto palestino fue durante la Primera Intifada» en 1988, cuando los líderes palestinos de izquierdas del levantamiento «tuvieron la inteligencia de no usar las armas que tenían».
En ese momento, dice Achcar, a los israelíes les pilló desprevenidos, y fue entonces cuando decidieron negociar con los palestinos en Oslo, simplemente para poner fin a la Primera Intifada, «que era entonces el punto álgido de la lucha palestina». Hoy, añade, a los palestinos y palestinas les vendría bien recuperar el espíritu de aquel momento, en lugar de intentar resucitar la vía violenta.
La lucha no militar del pueblo palestino, argumenta Achcar, creó un campo dentro de la sociedad israelí que reclamaba la creación de un Estado palestino. Por otra parte, sostiene que la vía de los atentados suicidas ayudó a Sharon a promover su política extremista.
«Sharon surfeó sobre los ataques suicidas de Hamás», dice Achcar. Añade que Sharon también atrapó a Hamás en este camino para poder llevar a cabo sus políticas.
Hoy, Achcar dice que los palestinos necesitan un nuevo enfoque para conseguir su liberación y un nuevo estilo de liderazgo que «sea progresista» y trabaje en tres objetivos.
El primero, dice, es que buena parte de la sociedad israelí se separe de la ideología y el camino del sionismo. El segundo es que los nuevos dirigentes palestinos conecten con los movimientos de derechos civiles del mundo árabe. El tercero es ampliar y consolidar la solidaridad internacional que ha ido en aumento debido a la horrible guerra israelí contra Gaza.
Líbano
En cuanto al Líbano, sin embargo, la cuestión del futuro de la resistencia es mucho más compleja, según Achcar. Esta cuestión se ha hecho aún más apremiante con el asesinato de Nasralá.
Según Achcar, Nasralá y sus opciones políticas y militares no pueden verse en blanco o negro. Está de acuerdo en que mientras algunas personas pueden ver a Nasralá como el hombre que apuntaló la opresión del pueblo sirio apoyando al régimen del presidente sirio Bashar al-Assad en Damasco, otras pueden verlo como el «sayyed al-mokkawama» (el jefe de la resistencia), que fue posiblemente la peor pesadilla de Israel durante tres décadas consecutivas.
Durante este periodo, impuso derrotas al ejército israelí, incluso haciéndole retirarse del sur de Líbano en 2000, que ocupaba desde la invasión de 1982 ejecutada por Sharon, como jefe de las fuerzas armadas israelíes en aquel momento.
«Nasrallá era [todo lo anterior]; significaba cosas distintas para personas distintas», dice Achcar.
«Para su base en Líbano, para sus aliados en la región y para [muchos chiíes], era sin duda el “sayyed al-mokkawama», afirma Achcar. Si se examinara la reacción al asesinato israelí de Nasralá, se vería que la sensación de devastación y pérdida no se limitaba a quienes suscribían la base de Nasralá o su ideología.
Mucha gente en Líbano, dice, pensaban y seguirán pensando en Nasralá como un «líder fuerte que impuso la evacuación israelí y que se atrevió a enfrentarse a Israel».
Sin embargo, añade, hoy es difícil pensar en Nasralá sin pensar en el hecho de que cuando se involucró en Siria, «él y Hezbolá fueron percibidos como un auxiliares iraníes», sin excluir su papel en forzar la evacuación israelí del sur de Líbano.
En última instancia, la imagen dominante de Nasralá es la del hombre que forzó la evacuación israelí del sur de Líbano, resistió la embestida israelí en 2006 y que durante el último año ha obligado a un gran número de israelíes a abandonar sus hogares en el norte de Israel, en la frontera con Líbano, como acto de solidaridad con Gaza.
«Por eso su asesinato es una gran victoria para Israel, y por eso tantos libaneses y libanesas, entre los que me incluyo, que se sitúan claramente a la izquierda y que discrepan de gran parte de la ideología de Hezbolá, encontraron su asesinato realmente entristecedor», declara Achcar.
Añade que es difícil pensar en Hezbolá tal y en lo que se ha convertido, tanto en términos políticos como militares, sin pensar en Nasralá. Con casi 30 años al mando, Nasralá fue quien convirtió a Hezbolá en lo que es hoy. Podría decirse que era, «en términos relativos, el mejor dirigente posible de Hezbolá, dado que, aunque estaba dispuesto a luchar, tenía la inteligencia y la sensibilidad necesarias para preservar vidas», especialmente de civiles.
Achcar recuerda la famosa entrevista que Nasralá concedió tras la guerra israelí contra Líbano en julio de 2006, a raíz del secuestro de soldados israelíes por parte de Hezbolá. Nasrallah dijo que si hubiera previsto el enorme daño que Israel infligiría a Líbano, sus cálculos habrían sido diferentes.
En agosto de 2006, pocas semanas después del fin de la guerra, Nasralá declaró que, de haber sabido que Israel infligiría un daño tan enorme a Líbano, no habría ordenado el secuestro de dos soldados israelíes en una operación que combatientes de Hezbolá llevaron a cabo durante un cruce secreto hacia el norte de Israel.
Esta declaración, dice Achcar, fue un mensaje al pueblo libanés, «y Nasrallah tuvo el valor y la conciencia de hacerla».
Aunque puede que no fuera el gran estratega que algunos creían que era, durante sus años en la cúpula de Hezbolá Nasralá se abstuvo de secuestrar o dañar a civiles israelíes porque no quería someter a civiles libaneses a daños a manos de Israel.
«Esto formaba parte de su popularidad… y por eso su muerte es una gran pérdida para el país y no sólo para Hezbolá», añade.
Estas percepciones políticas cautelosas y calculadas quizá las compartía con el líder de Hamás, Ismail Haniyeh, «y ésta fue una de las razones por las que Netanyahu decidió asesinar a estos dos dirigentes», afirma Achcar.
Netanyahu no quería líderes de la resistencia con sensibilidad política y con el valor y el peso necesarios para buscar acuerdos políticos.
«Netanyahu es como Sharon», dice Achcar. Ninguno de estos dos hombres, añade, quería o quiere comprometerse políticamente, y por eso Netanyahu no quiere líderes con la capacidad o la intención de llegar a acuerdos políticos sobre ninguna cuestión. Añade que la sustitución de Haniyeh por Yehiya Sinwar, mucho menos inclinado que su predecesor a considerar compromisos políticos pragmáticos, quizá sea útil para Netanyahu en la guerra en curso contra Hamás.
Antes de que se especulara con el asesinato por parte de Israel de Hashem Safieddine, posible sucesor de Nasralá, Achcar argumenta que, sea quien sea el sustituto de Nasralá como líder de Hezbolá, es poco probable que Israel tenga otra cosa que un camino más fácil, porque es poco probable que ninguno de los posibles sucesores sea capaz de ofrecer el tipo de complejas actuaciones que ofreció Nasralá, independientemente de sus defectos.
«No creo que haya otro Nasralá», afirma. Por eso, en parte, la resistencia libanesa también tendrá que pensar en alternativas mucho más políticas, progresistas e integradoras y menos violentas y sectarias, añade.
Israel
Sin excluir las pérdidas israelíes durante su recién iniciada operación terrestre en el sur de Líbano, Achcar argumenta que, como resultado de su guerra genocida de un año contra Gaza y de los asesinatos de los líderes de Hezbolá, Hamás y de comandantes de la Guardia Revolucionaria iraní, Netanyahu puede afirmar ahora que ha conseguido recuperar la disuasión israelí que se vio comprometida con la Operación Inundación de Al-Aqsa y, antes de ella, por la actuación de Hezbolá cuando se redesplegó en el sur de Líbano después de 2006.
A los ojos de Netanyahu, argumenta Achcar, «el miedo a Israel está ahí de nuevo». Añade que ahora preocupa la represalia israelí a los ataques con misiles iraníes contra objetivos israelíes el 1 de octubre.
Otro hecho envalentonador para Netanyahu es que el presidente de Estados Unidos, Joe Biden, ha apoyado mayoritariamente las guerras israelíes emprendidas para destruir a Hamás y Hezbolá. «Independientemente de lo que haya dicho cuando el mundo se indignó por los horrores de la guerra el año pasado, la guerra israelí contra Gaza es posiblemente la primera guerra totalmente conjunta entre Estados Unidos e Israel», afirma Achcar.
En consecuencia, argumenta que Netanyahu, que no está seguro de que el expresidente republicano de Estados Unidos Donald Trump encuentre el camino de vuelta a la Casa Blanca en noviembre, no querrá correr el riesgo de esperar a que expire ese apoyo estadounidense en caso de que la candidata del Partido Demócrata Kamala Harris gane las elecciones de noviembre.
«Esto es especialmente cierto en lo que respecta a los planes de Netanyahu contra Irán. Netanyahu no querrá enfrentarse a la presión de autocontrol que podría imponer Harris», dice Achcar. Añade que Netanyahu recordará que el anterior presidente de Estados Unidos, Barack Obama, «dio prioridad al acuerdo nuclear con Teherán», por encima de las firmes objeciones de Netanyahu.
¿Un nuevo Oriente Próximo?
Independientemente de lo que pueda ocurrir en el frente iraní, Achcar argumenta que, hoy en día, el panorama político de Oriente Medio es uno en el que los movimientos islamistas de todos los matices han sufrido enormes pérdidas. Con la retirada de estos movimientos, añade, existe un vacío político que debe llenarse con una nueva forma de poder político que podría ser similar al «impresionante liderazgo civil joven» de la Revolución sudanesa de 2019 que derrocó al régimen del ex presidente Omar al-Bashir.
«No es algo fácil de hacer, y puede que tardemos mucho tiempo en conseguirlo», afirma.
Mientras tanto, Achcar no llega a la conclusión de que Oriente Medio está cambiando en el sentido que desea Netanyahu, donde la resistencia a la ocupación israelí estaría derrotada para siempre, o al menos inhabilitada, y donde la normalización con Israel se ha convertido en la norma, independientemente de lo que ocurra con la causa palestina.
Según él, esto no es probable en absoluto. «Los propios saudíes dicen ahora que no se normalizarán con Israel antes de que haya un avance serio hacia la creación de un Estado palestino.
Otros factores que podrían impedir la aparición del tipo de Oriente Próximo que Netanyahu espera, según Achcar, son el apoyo popular en la región a los derechos del pueblo palestino y el creciente apoyo internacional que probablemente no se acallará con una retirada militar israelí limitada de Gaza.
9/10/2024
Traducción: César Ayala