Primer fracaso, primera vergüenza.
El nazismo nació en el corazón de Europa y extendió sus tentáculos por todo el continente. Millones de muertos costó su derrota. Entre ellos seis millones de judíos asesinados de forma “industrial”: deportaciones, trenes, campos de concentración, cámaras de gas… En la cuna del humanismo, en la punta de lanza de la ciencia y la cultura se había perpetrado uno de los mayores genocidios de la historia. El sueño de la Ilustración, ya quebrado en la Gran Guerra del 14, devenía pesadilla y caía hecho pedazos en Mauthausen – y en el Gulag, y en Hiroshima –
Europa quiso lavar su mala conciencia con los judíos, dándoles una tierra donde habitar y formar una nación estado. Escogió Palestina, a la sazón protectorado inglés. Pero había un problema: en dicha región ya vivía gente. Un “pueblo” que en aquellos tiempos de descolonización pedía el mismo derecho a la autodeterminación – doctrina Wilson – que a otras colonias se les estaba concediendo. Derecho a la autodeterminación palestino ya puesto en cuestión por la Declaración de Balfour de la potencia ocupante, Inglaterra, en 1917.
La pretensión europea de reparar su responsabilidad moral y material en el monstruoso crimen del Holocausto iba a dar lugar a otra injusticia: el despojo de miles de personas de sus tierras. Del Holocausto a la Nabka: los países árabes limítrofes no aceptaron ni el “reparto” realizado por la ONU, ni la declaración unilateral de independencia del nuevo estado de Israel. La espiral de guerras, ocupaciones y limpiezas étnicas estaba servida.
Segundo fracaso europeo, segunda vergüenza.
La civilizada y democrática Europa actual no ha sido capaz de mediar en el presente conflicto, ni de alzar su voz para exigir el cumplimiento de la legalidad internacional, ni de reclamar un inmediato alto el fuego y el inicio de conversaciones de paz. Ha condenado el ataque a civiles hebreos de Hamás como no podía ser de otro modo, pero no ha hecho lo mismo con los crímenes de guerra de Israel y sus bombardeos indiscriminados sobre Gaza. Tibios reclamos, llamadas pusilánimes a la proporcionalidad… en el fondo sumisión a la geopolítica de EE.UU y el proyecto sionista de Israel.
¿Por qué se han dado este primer y segundo fracaso/vergüenza y por qué se dará un tercero y un cuarto, cuando el sionismo israelita aproveche esta guerra para seguir con sus asentamientos en Cisjordania y su limpieza étnica en Gaza?
Muchas razones se podrán aducir pero mencionaremos solo una: en el corazón mismo del proyecto humanista e ilustrado occidental habitaba el eurocentrismo, el impulso imperial, la voluntad colonialista. Al tiempo que el Renacimiento iluminaba Europa, comenzaba la expansión europea por el mundo. El “Hombre” solo era el hombre europeo; lo “civilizado” solo lo que venía de Europa.
Supremacismo, racismo: derecho de ocupación y conquista. La nuevas tierras descubiertas nos pertenecen por un derecho de gentes perversamente manipulado, porque llevamos a ellas la cultura, porque las haremos fructificar con nuestra superioridad técnica ¿Y los pueblos que las ocupan?… Los pueblos que las ocupan deberán ceder el sitio y agradecer a sus antiguos dioses la llegada del nuevo dios blanco, conquistador y civilizador.
¿Cómo un pueblo que fue víctima de uno de los mayores genocidios de la historia lleva decenios practicando crímenes de guerra contra otro pueblo? ¿Cómo y por qué la víctima por antonomasia devino victimario de libro?
De nuevo son muchas las razones para esta metamorfosis, pero solo repetiremos la ya indicada: el afán imperialista de que esas tierras son mías y su actuales habitantes “okupas”, bárbaros, indios, negros, amarillos… apenas humanos, por supuesto inferiores.
Israel es una creación europea y ha mutado en espejo de lo peor de Europa: el supremacismo, el racismo, la voluntad colonial.
Ramón Qu