“El imperio morirá matando” por José Luis Gordillo

Reflexionar sobre la guerra y la paz es como pensar sobre el Estado, el derecho, la revolución o la contrarrevolución. Hay que tener en cuenta varios procesos sociales a la vez. A eso en tiempos se le llamaba «pensamiento dialéctico», y hoy en día se le llama «pensamiento holístico» o «sistémico».

Lo que sigue no se propone fines tan ambiciosos. Son más bien apuntes sobre la evolución del orden internacional elaborados a partir de la premisa de que las maquinarias militares de los estados gozan de cierta autonomía respecto a otros factores sociales.

Adiós a las reglas del orden unipolar

La revista Política Exterior, que se vanagloria de tener lectores influyentes que participan en las decisiones de los gobiernos y las grandes empresas, dedicó su número de septiembre-octubre de 2025 a intentar contestar la pregunta «¿Un mundo sin reglas?». En su interior se podían leer unos cuantos artículos en los que se expresaban, sobre todo, lamentos por la decadencia de lo que algunos de sus autores llamaban «un orden basado en reglas» y otros, el «orden internacional liberal».

Con motivo del nuevo ataque de Estados Unidos e Israel contra la República Islámica de Irán, dichos lamentos se han vuelto más intensos entre los dirigentes políticos y los intelectuales atlantistas europeos, aunque siempre mezclándolos con críticas al expansionismo de Rusia y a la agresividad comercial de China.

La expresión «orden basado en reglas» no equivale a «orden internacional fundamentado en el apartado 4 del artículo 2 de la Carta de Naciones Unidas», que es el que prohíbe de forma absoluta el uso y la amenaza de un uso unilateral de la fuerza de un Estado contra otro, en especial para atentar contra su integridad territorial o su independencia política. Según ese artículo, no se puede bombardear un país por el tipo de régimen político que tiene y mucho menos para provocar un cambio de régimen en él, que es lo que han venido predicando y haciendo los estados de la OTAN desde su ataque contra Yugoslavia de 1999. Para ello llegaron incluso a inventarse una nueva doctrina, que querían que fuese legal, bautizada como «doctrina de la responsabilidad de proteger», de la cual no se ha vuelto a tener noticia desde que Vladimir Putin la invocó para justificar la invasión de Ucrania.

Los dirigentes occidentales y sus voceros intelectuales, cuando se lamentan de la crisis del «orden basado en reglas», lo que hacen en realidad es expresar su aflicción por la disolución de su orden y sus reglas, esto es, del orden y las reglas que ellos impusieron al mundo entero en la etapa posterior al suicidio de la Unión Soviética. En los últimos treinta y cinco años, los dirigentes occidentales nunca se han lamentado por la crisis del «orden fundamentado en el artículo 2 de la Carta de la ONU» porque, si lo hicieran, se estarían acusando a sí mismos de haber comenzado su demolición al día siguiente de la entrada en vigor de la Carta de San Francisco y, con mucha más premeditación, alevosía, aceleración y trompeteo mediático, tras la desaparición del orden bipolar de la segunda mitad del siglo XX.

Estados Unidos siempre está bombardeando algo

Por las redes sociales circula la ingeniosa propuesta de cambiar el nombre de las guerras de los últimos ochenta años. En lugar de llamarlas por el país atacado se las podría denominar por el país atacante. De esta forma, la guerra de Corea, la guerra de Vietnam, la guerra de Laos, la guerra de Camboya, la invasión de Panamá, la guerra del Golfo, la guerra de Kosovo/Yugoslavia, la guerra de Afganistán/Pakistán, la guerra de Iraq, la guerra de Libia, la guerra de Siria, la guerra de Yemen o la última guerra de Irán, entre otras, se deberían denominar «las guerras de Estados Unidos y sus aliados». Para diferenciarlas, dado que el imperio occidental ha encadenado una tras otra, habría que numerarlas y llamarlas «la guerra de Estados Unidos 1», «la guerra de Estados Unidos 2», «la guerra de Estados Unidos 3» y así sucesivamente. Una sustitución lingüística similar se podría llevar a cabo con las guerras iniciadas por el Estado de Israel, que es de facto el 51.º estado de Estados Unidos.

De acuerdo con los datos recogidos por Benoît Bréville, director de Le Monde Diplomatique (en un artículo publicado en el mensual francés en febrero de este año), Estados Unidos ha estado involucrado en 392 intervenciones militares en el extranjero desde su fundación en 1776. De ellas, 200 tuvieron lugar a partir de 1945, 114 desde el final del enfrentamiento con la URSS y 72 desde principios del presente siglo. Según Daniel Immerwahr, que ejerce de profesor de Historia en la Northwestern University de Illinois, entre 1942 y 2023 sólo hubo dos años, 1977 y 1979, en los que EE. UU. no estuvo involucrado en alguna intervención político-militar fuera de sus fronteras (véase entrevista en La Vanguardia, 23 de abril de 2023).

Conclusión obligada: Estados Unidos, en ejercicio de su rol de gran potencia imperialista defensora del capitalismo en todo el planeta, prácticamente siempre ha estado en guerra. Como se colige rápidamente, para esa práctica histórica, el artículo 2 de la Carta de la ONU es un estorbo que sólo conviene invocar, con la boca pequeña y confiando en la memoria de pez de las poblaciones, si lo violan los enemigos del imperio occidental.

Ahora bien, el mundo unipolar en el que dicha práctica se llevó hasta el paroxismo se terminó hace aproximadamente quince años, cuando China empezó a emerger como gran potencia económica y la Federación Rusa se enfrentó abiertamente a los proyectos político-militares de EE. UU. y sus aliados en Georgia, Siria, Ucrania y el norte de África. Rusia, a diferencia de China, recurrió para ello a la fuerza militar, con todo lo que eso ha comportado en términos de vidas humanas, destrucción y riesgo de escalada entre potencias nucleares. Con todo, conviene subrayar, no obstante, que Rusia, como aspirante a potencia imperialista, no le llega a Estados Unidos ni a la suela de los zapatos.

Desde el inicio de la segunda década del presente siglo, el mundo ha entrado en una etapa de transición hacia un nuevo orden multipolar (no bipolar, por ahora) cuyo síntoma más claro es la aparición de los BRICS, una alianza comercial y política de una serie de estados (Brasil, Rusia, India, China, Sudáfrica y otros) que se caracterizan, sobre todo, por no obedecer las órdenes del Gobierno de Washington.

La guerra global para hacer a América grande otra vez

Llevan razón todos aquellos que afirman que los conflictos armados que más nos afectan a nosotros, a los aliados/ vasallos del gran violador del artículo 2 de la Carta de la ONU, forman parte de una única guerra de alcance global, a saber: la guerra permanente de la hiperpotencia americana para intentar evitar su declive como primera potencia mundial.

Dicha guerra se está librando en varios frentes ubicados en cuatro continentes y relacionados casi siempre con el suministro y transporte de recursos energéticos. En el americano, con las intervenciones político-militares actuales y futuras en Venezuela, Cuba, etcétera. En el europeo, con la guerra por poderes contra Rusia, tercer productor de petróleo y gas del mundo, la cual continúa a pesar de unas cacareadas negociaciones de paz que sólo parecen llevar a su prolongación indefinida. En África, con bombardeos en Nigeria, principal productor de petróleo del continente negro. En Oriente Medio, donde se encuentran las reservas de petróleo fácil o convencional más importantes del mundo, con el apoyo al genocidio de los palestinos y las guerras de conquista de Israel, a lo que ahora se ha sumado la guerra de agresión contra Irán, cuarto productor de petróleo del mundo. En la región de Asia-Pacífico, con el hostigamiento a China, su principal rival geopolítico, tomando como excusa conflictos diversos que involucran a Taiwán o Japón. Oceanía es el único continente en el que EE. UU. no tiene abierto ningún frente político-militar activo. Y se entiende fácilmente por qué: Australia y Nueva Zelanda son estrechísimos aliados suyos desde hace ya muchas décadas.

La agresión contra la República Islámica de Irán, además de los objetivos de hegemonía global y regional perseguidos por Estados Unidos e Israel, tiene también el mismo propósito que la intervención en Venezuela: dificultarle el acceso al petróleo a China después de que ésta respondiera con la restricción de exportaciones de tierras raras a la imposición por EE. UU. de aranceles del 100%. En ese sentido, la prognosis formulada en el segundo informe al Club de Roma de 1974, titulado La humanidad en la encrucijada, se está cumpliendo con creces. Hagamos memoria: «Si los recursos no fueran limitados, podría haber una posibilidad de evitar conflictos. Pero el mismo fenómeno de crecimiento sobre nuestro planeta finito implica competencia por la obtención de recursos; por lo tanto, el crecimiento sólo puede crear circunstancias que conduzcan al conflicto» (p. 115 de la traducción al castellano del Fondo de Cultura Económica). Controlar el grifo de las fuentes de energía ha sido consustancial al imperio occidental. A medida que ya se avista en el horizonte la llegada de una época de escasez energética, las guerras relacionadas con el control de los recursos energéticos se van a intensificar.

La agresión a Irán como desastre sistémico

A las cuatro semanas del comienzo del ataque a Irán (o guerra de Estados Unidos número X, la que le toque), el curso de los acontecimientos no parece ir en la dirección deseada por la Casa Blanca. El régimen de los ayatolás ha respondido militarmente con el ataque a Israel y a las bases norteamericanas situadas en la región (en Iraq, Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, etc.), y mediante el cierre del estrecho de Ormuz (y, dentro de poco, a ese cierre se le puede añadir el del estrecho de Bab el-Mandeb), que puede acabar provocando una recesión económica de alcance mundial y, asimismo, un desabastecimiento energético que puede afectar tanto al transporte de mercancías y personas como a la producción de alimentos, entre otros sectores vitales de las economías del resto del mundo.

En el momento de escribir esta nota, el Programa Mundial de Alimentos de Naciones Unidas advierte de que, si prosigue la guerra contra Irán y el precio del barril de petróleo se mantiene por encima de los 100 dólares, 45 millones de personas, el equivalente a la población de España, podrían padecer hambre extrema en los próximos meses. La hambruna podría ser especialmente intensa en África y Asia (La Vanguardia, 30 de marzo de 2026).

Así pues, a los estrategas del Pentágono y la Casa Blanca (un parvulario con armas nucleares, como la ha caracterizado algún periodista) les ha salido el tiro por la culata, porque están provocando un problema mucho mayor que el que decían que querían resolver. Para intentar paliar el desaguisado, han comenzado a enviar a la zona decenas de miles de marines con el fin, dicen, de «liberar el estrecho de Ormuz». Es obvio que éste continuaría abierto si EE. UU. e Israel no hubiesen atacado a Irán el pasado 28 de febrero. No hay dato más revelador del estropicio criminal provocado por Trump, Netanyahu y sus asesores.

Antonio Turiel, en una entrevista que también publicamos en este boletín, recuerda que por Ormuz pasa el 20% del petróleo que se necesita a escala planetaria, pero como los países productores de petróleo ya consumen la mitad del que producen, la reducción va a ser en realidad del 40% del petróleo comerciable. A lo que hay que añadir la paralización de buena parte del transporte del gas y de los fertilizantes derivados de él. La crisis económica resultante, dice Turiel, puede ser de un alcance mucho mayor que el de la crisis de 1929.

Europa, perdida en su laberinto

La inmensa mayoría de los estados agrupados en la Unión Europea han sido incapaces de condenar lo que a todas luces es una gravísima agresión contra un Estado soberano. A lo sumo han declarado que no quieren participar en ella porque «esa no es nuestra guerra». Para entender su relevancia sólo hay que comparar esa ausencia de condena con todo lo que dijeron e hicieron con motivo de la invasión de Ucrania por Rusia en 2022. Y, obviamente, a ningún Estado del Viejo Continente se le ha ocurrido proponer la imposición de sanciones a EE. UU. e Israel, como hicieron entonces.

Dentro de la Unión Europea, únicamente el Gobierno español y el Gobierno eslovaco han mantenido una posición mínimamente decente al expresar con claridad su rechazo al ataque a Irán. El Gobierno presidido por Pedro Sánchez, además, lo ha calificado de «desastre» y ha anunciado que no va a permitir a EE. UU. utilizar las bases militares de Rota y Morón, ni tampoco el uso del espacio aéreo para perpetrar su enésima violación de la Carta de la ONU. Ya veremos lo que finalmente ocurre en la práctica, pero la mera declaración ya ha irritado sobremanera al actual inquilino de la Casa Blanca.

Aplausos, pues, para el gobierno de coalición, pero siempre que sepamos valorar en su justa medida esa toma de posición. De la misma forma que Rodríguez Zapatero compensó la retirada de las tropas españolas de Iraq en 2004 con el aumento del envío de soldados a Afganistán, Sánchez recibió hace dos semanas a Zelensky y le prometió una ayuda económica de 1.000 millones de euros para que pueda comprar armas y proseguir su agónica guerra contra Rusia. Es decir: Sánchez, en realidad, ha dicho «no a la guerra contra Irán», pero también sí a seguir echando gasolina al fuego de la guerra indirecta de la OTAN contra Rusia, amén de haber aumentado como nunca los gastos militares para comprarle muchas armas a la industria armamentística estadounidense.

Por lo que respecta al conjunto de la Europa atlantista, también hay que valorar en lo que realmente vale la negativa a acudir en auxilio de EE. UU. cuando Trump se lo ha pedido y, al mismo tiempo, la declaración final de la reunión del G-7 del pasado 27 de marzo, en el sentido tanto de no condenar la agresión como de comprometerse a proteger la libertad de navegación en el estrecho de Ormuz una vez que cesen las hostilidades. Suena a promesa de intervención militar a partir del momento en que el Gobierno norteamericano afirme que la guerra se ha acabado, lo cual no tiene que equivaler al final de los bombardeos: recordemos el reciente y falso «alto el fuego» en Gaza o que George W. Bush declaró el final de la guerra de Iraq el 1 de mayo de 2003, justo antes de que comenzase la larga guerra de guerrillas que condujo a la balcanización del país.

Además de EE.UU., Japón y Canadá, en esa reunión del G-7 estaban presentes Francia, Alemania, Reino Unido, Italia y la alta representante de la política exterior de la UE, Kaja Kallas. Los gobiernos de Polonia, Estonia, Letonia, Lituania, Ucrania o Finlandia estarían encantados de poder enviar tropas y aperos bélicos diversos para apoyar las acciones militares de EE. UU. e Israel, ni que fuera de manera simbólica.

Necesitamos un manifiesto por una nueva civilización ecosocialista

Al día siguiente del inicio del ataque a Irán se registraron más de mil manifestaciones de protesta en todo el mundo, mayormente en Oriente Medio, Asia, Europa y América del Norte. En Europa, las movilizaciones han continuado con manifestaciones importantes en Roma y Grecia el 28 y 29 de marzo, coincidiendo con las convocadas en más de tres mil ciudades y pueblos estadounidenses por el movimiento No Kings. En ellas se ha clamado contra Trump y también contra la guerra de Irán.

La posición del Gobierno español sobre la nueva guerra en Oriente Medio es apoyada, según el CIS, por el 70% de la población. Con el inicio de la primavera han comenzado a convocarse diversas concentraciones y manifestaciones. Ya ha habido actos de protesta en Madrid, Barcelona, Valencia, Pamplona, León, Zaragoza, Reus, Córdoba, Sevilla y Granada, entre otros lugares, impulsadas por los partidos, sindicatos y colectivos tradicionalmente opuestos a la OTAN y a las guerras de Estados Unidos. Por su parte, el pasado 14 de marzo la plataforma Parar la Guerra, que se mueve en la órbita del PSOE y es apoyada por intelectuales, actrices y actores conocidos, convocó por su cuenta, sin ponerse de acuerdo con otros partidos y colectivos, concentraciones en 150 ciudades y pueblos de España, con un resultado más bien modesto.

Es bastante probable que ese movimiento vaya a más. En Barcelona, una treintena de organizaciones sociales y políticas van a convocar una manifestación que se quiere masiva para el domingo 26 de abril. El 18 de abril se ha convocado una marcha a la base de Morón por parte de la plataforma Andalucía por la Paz. La lista de actividades comienza a ser extensa.

Si los peores augurios de Antonio Turiel se cumplen, esta vez, además de exigir paz, se debería ir más allá proponiendo algo así como un Manifiesto por una nueva civilización ecosocialista amiga de la Tierra. El declive del Imperio occidental, que el ataque a Irán puede acelerar, dará paso a una etapa nueva sobre la cual muy poca gente ha pensado en positivo. Todos deberíamos arrimar el hombro para hacer, en ese sentido, una propuesta creíble y universalizable.

https://mientrastanto.org/255/notas/el-imperio-morira-matando/.

Autor: admin

Profesor jubilado. Colaborador de El Viejo Topo y Papeles de relaciones ecosociales.

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