Los antiguos pitagóricos, aquellos misteriosos pensadores un tanto esotéricos que se declaraban discípulos directos o indirectos del no menos misterioso Pitágoras (del que apenas se sabe de cierto que nació en la isla de Samos y murió en la ciudad itálica de Metaponto allá por los siglos VI-V antes de nuestra Era), creían que todo está constituido no por una causa o principio único, sino por parejas de principios opuestos. Aristóteles, en el libro A, capítulo 5, de su Metafísica, da la siguiente lista de dichos principios: Límite – Ilimitado; Impar – Par; Uno – Pluralidad; Derecho – Izquierdo; Macho – Hembra; Inmóvil – Móvil; Recto – Curvo; Luz – Oscuridad; Bueno – Malo; Cuadrado – Oblongo.
El número total de opuestos es, pues, diez. ¿Por qué precisamente diez? Parece que los pitagóricos son los primeros en haber visto en los números un aspecto “estético”, algo que a los estudiantes de matemáticas modernos seguramente se les hace bastante extraño, pues es opinión general que los conceptos matemáticos son los más áridos y desprovistos de “colorido” que imaginar se pueda. Pero si bien se piensa, no hay duda de que encontrar relaciones entre cosas diversas es una de las actividades mentales placenteras (a ese género pertenece también la búsqueda de semejanzas entre personas u objetos, la generalización, la construcción literaria de comparaciones y metáforas, la investigación policial y hasta el vulgar cotilleo de la prensa del corazón…).
Pues bien, al número diez se le pueden encontrar múltiples relaciones con otros números. Dejando de lado el hecho de que hoy se lo tome como base de nuestro sistema de numeración y del sistema métrico, tiene, por ejemplo, la peculiaridad única de ser la suma de los cuatro primeros naturales, cada uno de los cuales, a su vez, posee alguna de las propiedades fundamentales que podemos ver a partir de ahí en los demás números. A saber: el 1 es el prototipo de la unidad, característica esencial, a uno u otro nivel, de todo aquello que podamos concebir y nombrar (hasta el extremo de que Aristóteles, y a partir de él muchos otros filósofos, considera que ser y uno son sinónimos). El 2 es el prototipo de la pluralidad, así como el primer número par y el primer número primo, y único que, siendo par, es también primo, es decir indivisible por otros números naturales distintos de él mismo y de la unidad (el 1, como unidad indivisible, no era considerado propiamente un número, sino el principio generador de todos los números, que son otras tantas pluralidades). El 3 es el primer número impar (del carácter no numérico del 1 ya hemos hablado), a la vez que el primer número “triangular” (susceptible de ser representado mediante tres puntos no dispuestos en línea recta, formando así un triángulo). Por último, el 4 es obviamente el primer cuadrado y el primer número par no primo. El 10 mismo, bajo el nombre de tetraktýs, era representado por los pitagóricos en forma de triángulo equilátero formado por diez puntos, con cuatro puntos por cada lado y el 1 como vértice opuesto a cada uno de esos lados. Tanto cariño le tenían los pitagóricos al número 10 que en su astronomía se inventaron un décimo cuerpo invisible (la Anti-Tierra) para que la suma de cuerpos celestes (la Tierra, el Sol, la Luna, los cinco planetas entonces conocidos ―Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno― y el por ellos llamado Fuego Central, distinto del Sol) diera el venerado número.
Volviendo a los pares de opuestos, el primero y principal de ellos es, según la tabla presentada por Aristóteles, el formado por el Límite y lo Ilimitado. Derivados de éstos aparecen lo Impar y lo Par, el Uno y la Pluralidad, etc. A partir de un vistazo superficial podría pensarse que la serie está construida en orden descendente de lo más abstracto a lo más concreto. Pero enseguida se advierte que, si así fuera, la pareja Uno-Pluralidad debería ir antes de Impar-Par. Y, sobre todo, no parece que se ajusten a ese orden y grado de abstracción parejas como Derecho-Izquierdo y, no digamos ya, Macho-Hembra. De modo que las dicotomías de la tabla recuerdan hasta cierto punto la disparatada clasificación de los animales atribuida a fuentes chinas antiguas, en la cual se mezclan criterios anatómicos y fisiológicos con las relaciones que los animales guardaban con el emperador…
Lo que sí está claro es que los elementos nombrados primero en cada pareja gozan de una valoración positiva y los segundos, en cambio, negativa, al corresponder, respectivamente, a Bueno y Malo. Según eso, y corriendo un tupido velo sobre la visión “machista” inherente a la concepción del mundo revelada por esa tabla, queda claro que para aquellos arcaicos pensadores era mejor lo limitado que lo ilimitado, algo que a nuestra mentalidad actual puede resultarle chocante.
Bien, hay que aclarar que a partir de cierto momento ―parece que en la Baja Edad Media y ya claramente en el Renacimiento― se invierte ese juicio de valor compartido (casi) sin excepción por todos los pensadores antiguos, para quienes lo negativo era lo “ilimitado” (o “infinito”, que venía a ser lo mismo, ignorando la distinción que al respecto se hace en la geometría moderna, para la que una superficie esférica, por ejemplo, aun teniendo una extensión finita, es ilimitada, pues al recorrerla en cualquier dirección no se encuentra límite alguno). De hecho, desde el punto de vista léxico, tenían razón los antiguos, pues “infinito” e “ilimitado” son términos formados anteponiendo un prefijo de negación (in-) a “finito” y “limitado”, respectivamente. Y no sólo por razones léxicas o etimológicas: también desde el punto de vista del sentido común es obvio que, para que un ser cualquiera sea algo determinado, debe tener una forma y unas dimensiones bien delimitadas, de lo contrario su presunta naturaleza se nos escaparía y seríamos incapaces de conocerlo y apreciarlo. Y si bien se mira, el único infinito o ilimitado del que nos podemos hacer alguna idea es el que Aristóteles llamaba infinito “potencial”, cuyo paradigma no es otro que el tiempo, cuya infinitud, por así decir, no está dada toda “de golpe”, no existe toda a la vez, sino de manera sucesiva, de modo que su límite retrocede continuamente ante nosotros, como el horizonte, existiendo paradójicamente como si no existiera.
Pero hete aquí que un filósofo franciscano británico de origen escocés, un tal Juan Duns Escoto, que vivió (no demasiado) a caballo de los siglos XIII y XIV, mente sutil como pocas en su época, establece la diferencia entre Dios y los demás seres precisamente en el hecho de que, según él, los seres corrientes son limitados, mientras que el ser de Dios es infinito. Pero no infinito extendido a lo largo de una sucesión que nunca se acaba, sino dado todo entero en el presente. Cosa que habría horrorizado a Aristóteles, quien ya se había carcajeado a gusto del único filósofo antiguo que había atribuido la infinitud al mundo, un tal Meliso, marino oriundo (como Pitágoras) de la isla de Samos.
Lo cierto es que en la Edad Moderna nos encontramos ya con lo infinito o ilimitado convertido en el miembro positivo de la vieja pareja pitagórica. Así Spinoza (probablemente el mayor metafísico de todos los tiempos, juicio implícitamente compartido por Hegel), da por supuesto que la manera “normal” de ser es ser sin límites. Sólo son finitos los seres que se ven limitados por otros de su misma naturaleza. De modo que el universo ha de ser forzosamente infinito, pues por definición es todo lo que hay y, al no haber nada más aparte de él, no puede verse limitado por ningún otro ser de naturaleza equivalente.
Que el infinito pasara a ocupar el trono de lo real no quiere decir que a partir de ese momento (siglo XVII, digamos) el común de las gentes empezara a concebir el mundo a la manera spinoziana, del mismo modo que, por mucho que la ciencia abrazara por aquella misma época la astronomía copernicana, no por ello dejó todo el mundo (incluidos nosotros hoy día) de describir los ciclos anuales y diurnos en términos geocéntricos (“el Sol sale”, “el Sol se pone”, “tal constelación ha pasado a ocupar el cénit”, etc.). Y, por supuesto, seguimos sin poder imaginar (ver o tocar está claro que aun menos) objetos infinitos, aunque sí podemos concebirlos abstractamente.
De hecho, cuando hacemos alusión al infinito, detrás de ese término tendemos a imaginar formas imprecisas y vagas, cosas no acabadas (como el infinito potencial de Aristóteles, justamente). Es como si miráramos con los ojos semicerrados, como si pensáramos sin acabar de pensar nada en concreto.
Quienes sí parecen haber interiorizado plenamente la visión positiva del infinito son seguramente los capitalistas, para quienes la riqueza sólo es digna de tal nombre cuando crece ilimitadamente. (¿Nunca nadie le ha oído decir a un ricacho la frase: “Nunca se es demasiado rico”? Aparece, con distintas variantes, en películas, obras literarias, etc.). Y es una vez más Aristóteles (¡cómo no!) quien en su Política advierte ya contra la utilización del dinero, no para adquirir cosas útiles, sino para obtener más dinero, actividad económica que él considera una forma desviada de crematística y que, como es obvio, está en la base de lo que luego llamaremos capitalismo. Y ¿cuál es el reproche que le hace a esa forma de economía? ¡Que no tiene límites!, pues en lugar de detenerse con la adquisición de la mercancía prosigue indefinidamente.
Los griegos tenían una palabra muy precisa para designar la desmesura, el desprecio de los límites: hybris. Y advertían de los males que acarreaba a quienes se dejaban arrastrar por ella. En la época actual es la propia naturaleza la que viene advirtiendo del destino que espera a la humanidad si sigue adelante, por ejemplo, con la ilusión del crecimiento ilimitado. Pero que conste que la culpa de lo que pueda acabar pasándonos no será de los filósofos que le dieron la vuelta a la ontología poniendo lo infinito por encima de lo finito. Con ello, tanto cuando situaban lo infinito en un Dios trascendente (Duns Escoto) como cuando lo identificaban con el Cosmos (Giordano Bruno, Spinoza), sólo pretendían expandir y llenar de contenido positivo el receptáculo de la existencia, que las cosmogonías primitivas, reflejo todas ellas de la ardua y penosa lucha por una vida generalmente fugaz, tendían a imaginar como un oscuro y frío vacío al que los muertos regresaban convertidos en sombras. Paradójicamente, los que están cometiendo el error de querer trasladar el infinito metafísico al mundo visible pueden perfectamente acabar devolviéndole a la humanidad aquella lóbrega visión de su existencia.
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