“LA INTRAHISTORIA OBRERA DEL METRO DE BARCELONA” por Luis Caldeiro

Esta es una historia de excavación, de lucha contra la dura tierra: la que llevó a la construcción del Metro de Barcelona.

De aquel hito, de aquella tarea ingente, de la cual se cumplió un siglo el pasado 30 de diciembre de 2024, tal vez sólo recordaremos los grandes nombres: el ingeniero Santiago Rubió i Tudurí, que optó por el “sistema belga” para construir los túneles. O Esteve Terradas, ingeniero industrial y de caminos, matemático y divulgador científico, que fue el promotor de la visita de Albert Einstein a Barcelona en 1923. Y también el artífice de las primeras grandes obras de ingeniería del tren subterráneo de la ciudad. Pero tras los expertos y sus planos, cálculos matemáticos y estudios del terreno, hubo obreros que se dejaron la piel excavando y que sufrieron unas durísimas condiciones laborales, contra las cuales se unieron y lucharon. Muchos de ellos emigrados desde otros rincones de España. La Historia nunca les mencionará porque ésta pertenece a los grandes personajes, pero recordemos que a esta historia llamémosle “oficial”, académica, el filósofo Miguel de Unamuno contrapuso el concepto de “intrahistoria”, que define como “la vida silenciosa de los millones de hombres sin historia que a todas horas del día y en todos los países del globo se levantan a una orden del sol y van a sus campos a proseguir la oscura y silenciosa labor cotidiana”.

Este artículo es un intento -modesto- de indagar en la intrahistoria del Metro de Barcelona, es decir, la de aquellos seres anónimos que nunca saldrán en los libros de texto, pero sin los cuales las cosas, sencillamente, no son posibles.

Una época de efervescencia

Los inicios del siglo XX fueron tiempos de empuje, de desarrollo. La neutralidad española en la Primera Guerra Mundial trajo una época de crecimiento industrial, que demandó mucha mano de obra, suministrada en primera instancia por el campo catalán. Cuando éste ya no pudo proporcionar más, los trabajadores comenzaron a llegar desde Aragón, Valencia y Murcia. En los años veinte, al desarrollo de la industria se unió la construcción de grandes infraestructuras y obras públicas, como el Metro de Barcelona o la Exposición Universal de 1929. “Fueron tiempos de expansión para la ciudad”, declara Ferran Armengol, profesor asociado de Derecho Internacional Público en la Universidad de Barcelona (UB). “Se construyeron las estaciones de Francia y del Norte; se abrió la Gran Vía; se soterró el Ferrocarril de Sarrià en la calle Balmes y los barrios de Sants y Les Corts experimentaron un crecimiento considerable”. Este contexto favorable atrajo la primera oleada inmigratoria hacia Cataluña procedente del sur de España, concretamente desde Murcia. Muchos de aquellos inmigrantes murcianos serían los que construirían, en condiciones deplorables, lo que hoy es el Metro de Barcelona.

La Gran Huelga

De la construcción del metro se encargaron dos grandes compañías: Gran Metropolitano de Barcelona, que abrió el tramo que iba de Lesseps a Plaza de Cataluña y la Rambla, es decir, la actual Línea 3 (verde); y Ferrocarril Metropolitano de Barcelona, que realizó el trayecto de Bordeta a Plaza de Cataluña, esto es, la que hoy es la Línea 1 (roja). Las condiciones de trabajo eran durísimas: “El trabajo era a pico y pala” explicaba Manuel Marina, guía oficial del Metro barcelonés, al diario murciano La Verdad, en un artículo titulado “Los emigrantes murcianos que excavaron el metro de Barcelona”. “Las condiciones de trabajo eran muy precarias, sin medidas de seguridad y con mucha prisa. Aquellos trabajadores eran como topos. Ni siquiera se hicieron buenas catas para comprobar la estabilidad del terreno, lo cual provocó continuos desprendimientos”. En uno de los accidentes murieron once obreros.

Armengol añade que “las quejas eran por los sueldos, pero también por las condiciones laborales: el trabajo se organizaba en brigadas, al frente de las cuales había un capataz. Pues bien, la gran huelga que protagonizaron los obreros del Metro comenzó en enero de 1923, con una discusión con uno de aquellos despóticos capataces. En el subsuelo de Barcelona hay mucha agua, y los trabajadores del pozo número 4 de la actual línea verde denunciaron que había fugas. Entonces reclamaron botas para no trabajar mojándose y un plus alegando que los mineros que trabajaban con agua cobraban más que los que no sufrían este tipo de penalidades”.

Obras paradas seis meses

El movimiento sindical estaba muy arraigado entonces, y la huelga consiguió paralizar les obras nada menos que durante seis meses. La compañía contratista lo intentó todo, hasta contratar esquiroles, pero finalmente los obreros consiguieron sus objetivos. Un éxito que tuvo consecuencias, algunas insospechadas: la empresa Gran Metropolitano de Barcelona pagó los sueldos a los trabajadores, y despidió al contratista, de nombre Hormaeche y Beraza, por haberse mostrado incapaz de gestionar el conflicto. Éste quedó muy afectado por el paro -que su biógrafo llegó a calificar de “salvaje”-, pero cinco años más tarde se convirtió en un defensor de los derechos de los trabajadores. Sin duda, aquella huelga removió algo en su conciencia.

Lección amarga de miseria y xenofobia

El profesor Ferran Armengol sostiene que entre los trabajadores del Metro de Barcelona los había de todas las procedencias, incluyendo catalanes. Sin embargo, y pese a la falta de cifras fiables de cuantos murcianos estuvieron empleados en las obras, todo apunta a que este fue uno de los colectivos más numerosos: “Muchos de los operarios procedían de Almería y Murcia”, afirma Manuel Marina -cuya labor como guía del Metro consiste en explicar su historia a las visitas-. De hecho, el barrio de Collblanc-La Torrassa, en Hospitalet de Llobregat, era conocido como la Murcia chica. Tanto es así, que, según una investigación del historiador Joaquín Ruiz y la demógrafa Cristina López, casi uno de cada cuatro residentes de esta barriada obrera -con un censo de casi 22.000 personas en 1930- procedía de aquella región.

Sus condiciones de vida y su acogida no fueron nada fáciles. Ana Ibars, que reside en Hospitalet y es nieta de José, murciano llegado en los años veinte para trabajar en el Metro, recuerda que sus antepasados tuvieron que soportar el hacinamiento y la infravivienda: “El problema de los pisos patera que vemos hoy ya lo sufrieron ellos”, declaraba a La Verdad. Y Guillem Moreno, residente en un pueblo de Barcelona, cuyo bisabuelo, Gaspar Martínez, también tuvo que emigrar, señala: “No era un trabajo bien pagado y vivían en la miseria. Algunos meses no tenían ni para hacer frente al alquiler”.

A la penuria económica se añadía un fenómeno que hoy, desgraciadamente, no nos resulta extraño: la xenofobia. “En los años veinte y treinta, en ciertos ámbitos la palabra murciano era un insulto”, asegura el historiador Manuel Domínguez, del Centre d’Estudis de L’Hospitalet: “Se los acusaba de esquiroles, que reventaban el movimiento obrero, que trabajaban por cuatro duros”. Y el historiador Chris Ealham, de la Universidad de Lancaster y autor del ensayo  La lucha por Barcelona (Alianza, 2005), donde estudia la convulsa historia de la ciudad condal de los años veinte y treinta, afirma que, “al buscar culpables del fracaso social, ERC los encontró en los emigrantes, especialmente murcianos”. Y relata cómo, en la frontera de Barcelona con el barrio de Collblanc de Hospitalet -de población predominantemente inmigrante- se colocó un cartel que decía: “¡Cataluña termina aquí! ¡Aquí comienza Murcia!”. Esta población inmigrada, asegura, fue “vilipendiada por las autoridades, los sectores nacionalistas y las asociaciones patronales a lo largo de toda la República”.

Una amarga lección que, en tiempos de ultraderechismos de todo signo -tanto españolistas como catalanistas- es necesario recordar para que no se vuelva a repetir.

Autor: admin

Profesor jubilado. Colaborador de El Viejo Topo y Papeles de relaciones ecosociales.

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