“La República imperial” por Rafael Poch de Feliu

Después de Gaza la pregunta que se hace, desde el vértigo, el sector consciente de la opinión pública europea es la de cómo explicar la complicidad y cooperación de los gobiernos, instituciones y medios de comunicación europeos con el genocidio colonial israelí. La respuesta está en la historia. La historia colonial europea es el nexo entre los gobiernos occidentales y la masacre israelí.

Por razones obvias, el colonialismo francés, competidor histórico, no ha sido exaltado por la industria anglosajona del entretenimiento y como mucho ha sido considerado como defectuoso pariente de la familia imperial. Sin embargo, su génesis ilustra a la perfección una dualidad supremacista plenamente vigente hoy: la de unas democracias occidentales relativamente libres hacia adentro -hoy en claro proceso de involución- y dictatoriales hacia afuera.

La Tercera República francesa (1870-1940) fue el primer régimen francés republicano consolidado desde la gran revolución de 1789. La Revolución francesa necesitó nada menos que ochenta años para dar lugar a un régimen republicano estable y asentado. Entre entonces y la Tercera República, Francia había conocido todo tipo de vaivenes, avances y retrocesos: dos imperios, dos restauraciones borbónicas, una monarquía constitucional, revoluciones y revueltas como las de 1830,1848 y la Comuna. En esa extraordinaria sucesión de convulsiones, se forjó una de las sociedades más libres de la época. Un país cuyo ambiente ofrecía refugio y amparo a quienes vivían en naciones mas desgraciadas como la nuestra.

La nación y su luminosa capital fueron durante mucho tiempo el lugar en el que los héroes de Pérez Galdós y Pio Baroja, por no hablar de los exiliados del franquismo, que venían del país de los “demasiados retrocesos” (Ramón Carande), podían practicar unas libertades políticas y respirar una liberalidad de moral y costumbres que confirmaban la posibilidad de vivir de otra manera. Una manera diferente a la habitual en la España dominada por el caciquismo, la oligarquía, el clero y los militares. Francia “país de la ley” (Fá Guo) para los chinos, era la nación del caso Dreyfus, donde en las batallas sociales no siempre vencía la opresión y la reacción, y donde, por ese motivo, los de arriba debían tener en cuenta las consecuencias de la cólera popular. No solo había retrocesos, sino también avances. La Tercera República fue la consolidación de ese equilibrio. Las primeras dos repúblicas, las nacidas de 1789 y 1848 fueron bastante breves, doce y cuatro años, respectivamente. La Tercera República duró setenta años…

Fue precisamente con y en ese régimen ancho y holgado cuando Francia se constituyó como “república imperial” y asumió un racismo de estado en directa contradicción con el universalismo de sus gloriosos “derechos del hombre y del ciudadano”.

El imperialismo fue la salida compensatoria a los reveses nacionales de 1870, la derrota militar del segundo imperio ante la Prusia ampliada de Bismarck, con la dolorosa pérdida de Alsacia y Lorena, que descabalgó a Francia del estatus de primera potencia continental, y la aniquilación de la Comuna. A aquellos desastres siguieron el aplastamiento de la revuelta de la Cabilia argelina en 1871, la conquista de Túnez en 1881, Madagascar, Tonkín y Costa de Marfil a partir de 1883, Sudan en 1898, Chad en 1899…

Ministro de instrucción pública, dos veces primer ministro, artífice de la educación primaria universal, obligatoria, laica y gratuita, e impulsor de las leyes en materia de divorcio, libertad de prensa, reunión y asociación, pocas figuras como las de Jules Ferry (1832-1893), puntal de aquel régimen, ilustran la duplicidad de la república que era la suya: liberal y parlamentaria hacia adentro y al mismo tiempo firme partidario del racismo de estado colonial consagrado en el Code de l´indigénat de 1881. El artífice de la escuela laica y la estricta separación entre Iglesia y Estado, proclamaba su credo en el discurso de julio de 1885 de que “las razas superiores poseen un derecho sobre las razas inferiores. Sostengo que tienen un derecho porque también tienen un deber: el deber de civilizar a las razas inferiores”.

El Code de l’Indigénat seguía la estela del admirado y rival imperio británico cuyos gobernadores tenían poderes disciplinarios absolutos en materia de multas, encarcelamiento sin proceso, trabajos forzados, restricciones de circulación y castigos colectivos. Establecía un orden jerárquico para los hombres y los colectivos en el que éstos se insertaban de forma desigual. Los indígenas del imperio eran súbditos franceses y no ciudadanos franceses. Los “derechos del hombre” contenidos en la declaración del 26 de agosto de 1789 y proclamados con carácter universal (“para todos los hombres y todos los tiempos”), se redujeron a “derechos de los franceses”. Se contemplaban delitos y penas específicas para “árabes” que luego se hicieron extensivas a otros territorios dominados. Eso permitió construir, por ejemplo, el tendido ferroviario entre Brazzaville y Point-Noire, en la costa atlántica, con trabajadores indígenas forzados en 1927: 17.000 muertos para una vía férrea de 140 kilómetros.

Derecho y garantías para los franceses y los europeos de las colonias, y dictadura y estado de excepción permanente para los nativos, eran la norma.

En África y en otras partes, el régimen representativo, la separación de poderes, la declaración de los derechos del hombre y las constituciones son formas vacías de contenido” porque “allí se desprecia al amo que consiente en ser discutido”, decía Ferry. Esta situación legal y codificada duró hasta 1945.

La Tercera República conoció, naturalmente, adversarios del colonialismo, considerado contrario a los principios republicanos y al universalismo de los derechos del hombre y del ciudadano, como Clemenceau, pero como dice un estudioso del periodo (Olivier Le Cour Grandmaison, La République imperiale, 2009), cuando en 1936 los socialistas y sus aliados llegaron al poder con el Frente Popular únicamente pretendían reformar el estatus de ciertos colonizados sin cuestionar el principio mismo del dominio de la metrópoli sobre los territorios de ultramar y sus ingentes poblaciones. Pasada por la derrota de 1940 frente a la Alemania hitleriana, la transformación de la república imperial en “Estado Francés”, el régimen de Vichy colaboracionista con los nazis, puede ser leída y explicada de una forma mucho menos rupturista de lo que aparenta.

Masacres de posguerra

Después de la guerra, los grandes principios anticoloniales o afirmativos del carácter universal de los derechos “sin distinción de raza, color, sexo, lengua o religión” proclamados en el artículo primero de la Carta de las Naciones Unidas (1945), el preámbulo de la nueva constitución francesa (1946) o de la Declaración Universal de los derechos del hombre (1948), simplemente no se aplicaron en las colonias. Mas aún, la Francia recién salida de la ocupación nazi y del estado colaboracionista del Mariscal Petain, utilizó en las colonias los métodos de dominio y represión sufridos durante la ocupación alemana de la metrópoli. En diciembre de 1944; matanza de entre 35 y 300 fusileros senegaleses en Thiaroye, cerca de Dakar; en mayo de 1945 las masacres de Sétif y Guelma, en Argelia, con 20.000 o 45.000 muertos según las diversas estimaciones; en noviembre de 1946 el bombardeo naval de Haiphong, en Indochina, con 6.000 muertos; de marzo de 1947 a finales de 1948, entre 90.000 y 30.000 muertos, según diferentes autores, en la represión de la insurrección de Madagascar; en agosto de 1947 varias decenas de muertos en las manifestaciones de Sfax, en Túnez. En los siete años de la guerra de Indochina, concluida en 1954, se contabilizan más de 400.000 víctimas indígenas y ese mismo año arranca la guerra de Argelia que deja entre 300.000 y medio millón de muertos argelinos en ocho años… En general, entre el fin de la Segunda Guerra Mundial, en 1945, y el de la guerra de Argelia, en 1962, Francia estuvo constantemente implicada en violencias y guerras coloniales que dejaron un millón de muertos, casi el doble de los caídos franceses (militares, civiles y miembros de la resistencia) en la guerra mundial. (Yves Benot, Massacres coloniaux, 1994). Este violento racismo colonial ha acompañado la vida francesa hasta nuestros días y envenena su convivencia interna. La experiencia colonial de Argelia, oficialmente un departamento francés en el que llegaron a vivir más de un millón de franceses, ha sido particularmente notable.

La actualidad de Argelia

Iniciada en 1830 en los últimos días de la restauración borbónica, la conquista de Argelia precisó de largos años de “pacificación” colonial. En 1842 uno de los jefes militares franceses resumía la política seguida contra las aldeas rebeldes así: “arrasamos, incendiamos, saqueamos, se destruyen casas y árboles, con poco o ningún combate”. Los ataques a los poblados se realizaban por sorpresa de madrugada, se concentraba a las mujeres, los niños y el ganado y todo lo demás (pieles, armas, alfombras) se robaba. Las violaciones de mujeres eran frecuentes. En su exilio de Jersey, Victor Hugo relataba el testimonio de un general francés allí refugiado: “no era raro ver a los soldados arrojar niños a sus compañeros, que eran recibidos por la punta de sus bayonetas. Arrancaban los pendientes de las mujeres junto con las orejas y cortaban los dedos para hacerse con los anillos”. (Michelle Zancarini-Fournel, 2016. Les luttes et les rêves. Une histoire populaire de la France ).

A partir de 1962, cuando Argelia alcanzó la independencia, una situación sin precedentes se creó en la metrópoli. Un millón de pieds-noirs y sus hijos, más un millón y medio de soldados que combatieron o simplemente vivieron en Argelia hasta dos o tres años, sumados a un millón de emigrados argelinos y sus hijos y nietos, mas varias decenas de miles de harkis (argelinos colaboracionistas con el poder militar colonial), arrojan un total de cerca de 5 millones de personas con memoria directa de las violencias de Argelia en la Francia de hoy. Ninguna sociedad europea recibió como Francia tanta población de las zonas que colonizó y concentra hoy tal colisión de memorias entre colonizados y colonizadores.

La memoria del bando colonizador alimentó en el país lo que el historiador francés nacido en Argelia Benjamin Stora, caracteriza como una “ideología sudista”, en analogía con el sudismo de los confederados de Estados Unidos. Tras su llegada a la metrópoli los repatriados europeos de Argelia reprodujeron en Francia el esquema de la sociedad colonial: una jerarquización social y comunitaria cuya base no era ciudadana sino étnica y que hoy sigue nutriendo a la extrema derecha.

El resentimiento de los pieds-noirs repatriados de Argelia dio lugar a una verdadera insurgencia en la Francia metropolitana de los años sesenta y setenta. Esa insurgencia incluyó una rebelión militar golpista en toda regla contra el gobierno del General de Gaulle, así como una larga y nutrida serie de atentados terroristas. En los años setenta hubo 70 asesinatos de argelinos en atentados en París, Marsella y Lyon.

Tanto los crímenes de la guerra como el golpismo y terrorismo vinculado a la guerra de Argelia, fueron barridos debajo de la alfombra y objeto de hasta seis leyes de amnistía y gracia entre 1962 y 1982, cuando generales, oficiales y funcionarios condenados o sancionados por haber participado en la subversión contra la República, fueron rehabilitados y reintegrados en el ejército y la administración por el gobierno socialista de François Mitterrand. Hasta los años noventa la guerra de Argelia y la descolonización apenas merecieron la atención de los historiadores franceses. Como explica Shlomo Sand, eso solo ocurrió “después de que las elites que habían colaborado con el ocupante alemán, o que se habían sometido a él, y las que por indiferencia o determinación habían tomado parte por la Algerie française -frecuentemente las mismas-, hubieran abandonado por completo la escena y el mundo de los vivos” (Sand, 2015, Crépuscule de l´histoire). El mismo concepto de “guerra de Argelia” no fue oficialmente reconocido en Francia hasta 1999 por un voto de la Asamblea Nacional. Durante casi medio siglo aquella guerra, con sus centenares de miles de muertos indígenas, sus 1,7 millones de soldados movilizados (24.000 de ellos muertos y 60.000 heridos), no fue más que una “operación de mantenimiento del orden”. En 1966 el director de cine italiano Gillo Pontecorvo presentó su película “La batalla de Argel”. Objeto de numerosos premios internacionales, su proyección en Francia estuvo prohibida hasta 1971 y en las cadenas de televisión francesas hasta 2004.

Desde su experiencia argelina y vietnamita, Francia exportó las técnicas y doctrinas de contrainsurgencia que inspiraron a los carniceros argentinos y congoleños, como el propio General Videla reconoció. El abominable Plan Cóndor, la campaña de represión política y terrorismo de Estado llevada a cabo a partir de 1975 por varias dictaduras latinoamericanas con el respaldo de Estados Unidos, tuvo una gran impronta francesa. La bien documentada práctica de la Escuela Superior de Mecánica de la Armada (ESMA) de Buenos Aires de anestesiar a los presos y tirarlos al mar desde un avión para desaparecerlos, había sido estrenada por los militares franceses en Argelia. En los setenta y ochenta los servicios secretos franceses encubrieron a matarifes de la ESMA como el inspector Mario Sandoval, posteriormente condenado por crímenes contra la humanidad en Argentina tras un proceso judicial de extradición que Francia postergó a lo largo de cinco años. Sandoval había obtenido la nacionalidad francesa, había sido asesor de seguridad del Presidente Nicolás Sarkozy y hasta impartió clases en el Instituto de Altos Estudios de América Latina de la Sorbona…

Sembrando guerra civil

La impronta de la república imperial se deja sentir diariamente en la relación de Francia con sus ciudadanos o emigrantes musulmanes. Con seis millones de musulmanes no hay en Francia ni un solo diputado de esa confesión en la Asamblea Nacional. Como dice Shlomo Sand, “el antiislamismo y el rechazo del musulmán, expresado por la opinión pública y retratado en multitud de éxitos literarios, desempeña en la Francia de hoy el mismo papel que el antisemitismo de los siglos XIX y XX”.

En 1886 el periodista antisemita Edouard Drumont publicó su libro antijudío La France juive que fue un gran éxito de ventas. En aquella época, en los alrededores del caso Dreyfus, el antisemitismo era ideología dominante en el establishment francés. Decir que todos los judíos eran traidores era algo natural y aceptado, con diversos matices, por gran parte de la opinión pública. Hoy Francia contiene la mayor comunidad judía de Europa occidental. Un libro así contra los judíos sería impensable porque, aunque el antisemitismo sigue vivo, no es ideología dominante y mucho menos en las instituciones. Al contrario, los medios de comunicación y el grueso de la clase política, incluida la extrema derecha de tradición antisemita, apoyan o “comprenden” las barbaridades del sionismo en Palestina. A través de su correa de transmisión en Francia, el Consejo Representativo de las Instituciones Judías (CRIF), Israel fomenta la identificación de “los judíos” con su matanza de palestinos, un factor que favorece el antisemitismo. Desde las instituciones y los medios de comunicación se practica la sistemática asociación de antisionismo con antisemitismo, lo que da alas al segundo y promueve la confrontación entre comunidades. Por el contrario, libros islamófobos como la novela Sumisión del agraz Michel Houellebecq, o el ensayo El suicido francés, de Éric Zemmour, conocen el mismo tipo de éxito y eco que La France juive obtuvo a finales del XIX.

El desprecio y la falta de respeto hacia la creencia de una minoría que es una minoría de pobres y ex colonizados, es moneda corriente. En los medios de comunicación y entre los políticos, la relación entre Islam, musulmanes y yihadismo es una deriva considerada normal. Entre los que el sociólogo Pierre Bourdieu llamaba “fast thinkers” (en analogía con el fast food), es decir los comunicadores que copan los medios de comunicación, la hostilidad hacia el Islam es algo que se da por supuesto, como ocurría antaño con el antisemitismo. El sello de Argelia está también ahí presente: el propio Houellebecq, como Zemmour, Bernard-Henry Lévy y muchos otros conocidos por su hostilidad al Islam y omnipresentes en los medios de comunicación, nacieron en Argelia o son de familia pied-noir (Véase, Shlomo Sand, 2016, La fin de l´intellectuel français?). Esta estigmatización del Islam siembra guerra civil en Francia y es una clara manifestación de la actualidad y vigencia de la república imperial. Con motivo de la masacre de Gaza todo esto se ha puesto en evidencia de la forma más vergonzosa.

(Publicado en Ctxt)

https://rafaelpoch.com/2026/02/03/la-republica-imperial/#more-2465.

Autor: admin

Profesor jubilado. Colaborador de El Viejo Topo y Papeles de relaciones ecosociales.

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