Más sobre Afganistán. José Luis Martín Ramos

Un comentario complementario del historiador José Luis Martín Ramos.

De acuerdo también contigo [un amigo del autor]. Sobre el presente tengo dos líneas de reflexión.
La primera coincide con tu comentario sobre lo oneroso que estaba para EEUU la intervención. Desde Obama han comprobado los límites de su, por así decirlo, monohegemonía. La segunda invasión de Irak ha resultado un desastre, por mucho negocio que haya proporcionado. Un desastre geopolítico. Su operación de convertirse en potencia dominante en Oriente Próximo, rematando de un tiro a dos pájaros casi muertos, la influencia rusa y la europea, se frenó y ha alentado la emergencia en rivalidad de Turquía y los saudíes. EEUU nunca ha encontrado la manera de tener colaboradores locales potentes y fiables, como en el pasado hicieron los británicos. Han ganado batallas militares, pírricas y usureras, pero por ahora no han ganado la batalla de la hegemonía. Tienen un gran problema en el ámbito cultural: el mundo musulmán es culturalmente muy potente y complejo, lo que los occidentales acostumbran a despreciar. No es el del Extremo Oriente, Japón sobre todo, que ha sido seducido por la americanización. A los musulmanes no se les seduce con individualismo -el concepto de umma es al propio tiempo su identidad individual y colectiva-, ni con los faros de consumo que “iluminan” el mundo euro-americano. EEUU creyó que podían llevarlos a una causa común en contra del “ateísmo”, e instrumentalizarlos; no se han dado cuenta de que la sociedad americana es para ellos una sociedad sin dios en la práctica. El fracaso que estos días se ha puesto en evidencia con la entrega de Afganistán a los talibanes -porque los han entregado ellos, aunque un patético Biden desvíe la atención hacia el ejército afgano- es un fracaso monumental. Veremos qué consecuencia general tiene. Por ahora yo creo que va a tener una consecuencia “regional” con el crecimiento del ascendiente saudí-quatarí y el incremento de la tensión con el rival turco por un lado y en el conflicto secular entre sunnitas y chiies. No más estabilidad, sino todo lo contrario.
La segunda línea de reflexión es sobre Afganistán. El movimiento talibán no es de cuatro fanáticos, desastrados, sin más proyecto que la intolerancia religiosa y el machismo extremo. Tiene una base social potente, han acabado consiguiendo el apoyo de todos los pastunes por encima de sus divisiones tribales; el del mundo rural de manera absoluta, no sé el grado de penetración en el urbano, pero sin que este sea importante no habrían entrado en las ciudades como lo hicieron. El nivel de formación de sus cuadros -los “estudiosos”, talibanes- es suficiente para ser también los cuadros de la construcción del nuevo estado. El de sus dirigentes puede competir con el de cualquier dirigente político del mundo árabe. Son capaces y tienen proyecto de estado, aunque el relato occidental los ha despreciado. Esta vez Borrell ha acertado: han ganado la guerra; lo que sigue, y Borrell no se ha atrevido a decirlo, es que han ganado la guerra a los EEUU y sus “aliados” occidentales. El estado islámico sunita se consolidará, por lo menos por algunos decenios.
Dicho eso, hay una cuestión que me intriga, quizás por deformación profesional. Arabia tiene desde finales de la Primera Guerra Mundial y el derrumbamiento del Imperio Otomano la aspiración de ser el nuevo Califato -T. E. Lawrence lo secundó-; de ser el “califato natural” porque La Meca y Medina están en su territorio y Jerusalén se le escapó por los pelos por culpa de pacto entre Gran Bretaña y el Movimiento Sionista (Declaración Balfour). Turquía y Arabia Saudí compiten por ese papel; quiso competir también el Califato de Irak y Levante (ISIS) pero por ahora está fuera de combate (no hay que darlo por desaparecido). En ese combate Afganistán se constituye ahora como Emirato, reforzando las aspiraciones saudíes y dejando al mundo chiita cogido en una pinza.

Autor: admin

Profesor jubilado. Colaborador de El Viejo Topo y Papeles de relaciones ecosociales.

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