MISCELÁNEA 8/1/2026

DEL COMPAÑERO Y MIEMBRO DE ESPAI MARX, CARLOS VALMASEDA.

ÍNDICE
1. El dilema de Venezuela para China.
2. Tomaselli sobre Venezuela.
3. Occidente no existe.
4. La economía india desde el giro neoliberal.
5. Arabia Saudí contra los EAU en Yemen.
6. El plan quinquenal chino y la IA.
7. La contaminación plástica.
8. Crítica a la crítica del ecomodernismo.

1. El dilema de Venezuela para China.

Estados Unidos en este año del Señor de 2026 parece ir a por todas y en todas partes: contra América Latina, contra Europa -con la ayuda de los euroburócratas del extremo centro-, contra Irán, contra Rusia, contra China… Parece seguro de que no habrá respuesta militar adecuada de ninguno de sus presuntos enemigos. Y, por ejemplo el enésimo caso con la tibia respuesta rusa al secuestro de dos de sus buques petroleros parece darles la razón. Xulio Ríos se plantea cuál puede ser la respuesta de China en estas circunstancias. Y cree que será intentar salvar los trastos.

https://ctxt.es/es/20260101/Firmas/51649/china-venezuela-taiwan-estados-unidos-xulio-rios.htm

Venezuela y los dilemas de China

Hacer frente a Estados Unidos en este escenario resulta complejo. Lo más probable es que Beijing procure salvar los muebles, proteger sus inversiones y adaptarse

Xulio Ríos 7/01/2026

<p>Nicolás Maduro y Xi Jinping durante un encuentro bilateral en mayo de 2025. / <strong>Embajada de Venezuela en China</strong></p>Nicolás Maduro y Xi Jinping durante un encuentro bilateral en mayo de 2025. / Embajada de Venezuela en China

Hay una diferencia sustancial entre el largo historial de intervenciones imperiales de Estados Unidos en América Latina y el Caribe y lo acontecido recientemente en Venezuela. Como ocurrió años atrás en Panamá o en Honduras, y como todo parece indicar que ocurrirá en otros escenarios, a juzgar por las invectivas de Donald Trump, se trata de manifestaciones de un mismo empeño estratégico: expulsar contundentemente a China de la región.

En Beijing, la reacción oficial ha sido de lógica condena. Al calificar la acción estadounidense como un “abuso hegemónico”, el ministro de Exteriores, Wang Yi, afirmó que China “no aceptará que ningún país se proclame juez del mundo” y reiteró su defensa de la Carta de las Naciones Unidas. En las redes sociales chinas, los comentarios son más variopintos: desde quienes se sonrojan ante la “incompetencia” de Maduro para garantizar su propia seguridad hasta quienes celebran jubilosamente su caída, aun lamentando la incertidumbre que se cierne sobre los miles de millones de dólares en préstamos pendientes de devolución.

El orden internacional se ha convertido en una brutal contienda de poder, y esto plantea a China un dilema de gran calado. El país asiático es una potencia económica de primer orden, pero hacer frente a Estados Unidos en este escenario resulta extraordinariamente complejo. A pesar de los avances logrados en múltiples ámbitos durante los últimos veinticinco años en América Latina, su implantación es profundamente asimétrica. Podría, quizá, contar con el respaldo de ciertos actores de izquierda, pero estos atraviesan horas bajas. Desde Argentina hasta Chile, desde El Salvador hasta la propia Honduras, y en muchos otros casos, el alineamiento de las élites con los planes de Trump se antoja casi absoluto. Lula da Silva no lo tendrá fácil en las elecciones del próximo 4 de octubre, que se presagian especialmente disputadas y en las que la influencia de Washington no será marginal.

En este contexto, lo más factible es que Beijing procure salvar los muebles, proteger sus inversiones y adaptarse a un entorno que, de consolidarse, podría reproducirse en otros escenarios regionales, como el continente africano. China no se precipitará: sopesará sus capacidades, observará los desarrollos inmediatos y evaluará la reacción regional antes de calibrar su respuesta. No es ningún secreto que, con menos China –o sin China–, América Latina experimentaría claros retrocesos en términos de desarrollo. Estados Unidos no puede igualar a Beijing en este terreno. Sin apartarse de su hoja de ruta, China tratará de estimular las contradicciones que suscita el plan de Trump, tanto en la región como dentro de Estados Unidos y en el ámbito internacional. Para obtener contrapartidas con garantías, podría responder mediante medidas indirectas destinadas a generar dificultades a la Casa Blanca.

En el plano estrictamente estratégico, no puede descartarse una respuesta simétrica en su entorno inmediato: la expulsión de Estados Unidos. Si Trump advierte a China de que se mantenga fuera de “su” zona de influencia, Xi Jinping podría exigirle igualmente que haga las maletas. Este planteamiento abre dos escenarios principales de conflicto. Por un lado, el mar de China Meridional, donde Beijing mantiene una pugna abierta con Filipinas desde la llegada al poder de Ferdinand Marcos Jr.; por otro, Taiwán. Si Estados Unidos buscara una confrontación directa con China –algo que oficialmente niega–, este sería el punto más sensible. No obstante, debe tenerse en cuenta que Washington ha cercado a China con aproximadamente 160 bases militares, cerca de 100.000 soldados desplegados y la presencia constante de la Séptima Flota.

Entre los aliados de Washington en Asia existe un profundo temor a las posibles repercusiones sobre Taiwán. La incomodidad es particularmente evidente en Tokio, que en las últimas semanas se ha enfrentado –con escaso respaldo de la Administración Trump– a duras críticas de las autoridades chinas tras las declaraciones de la primera ministra, Sanae Takaichi, según las cuales una acción militar de China en Taiwán constituiría también una amenaza directa para la seguridad de Japón. Sin embargo, la intervención estadounidense en Venezuela representa en sí misma un “cambio del statu quo por la fuerza”, contradiciendo los principios invocados para condenar las actuaciones de China o Rusia. Si Beijing intentara modificar por la fuerza la situación en Taiwán, resultaría difícil para la administración Trump movilizar a la opinión pública internacional, incluso con una oposición firme por parte de Estados Unidos.

La relación de China con el chavismo: pragmatismo más que ideología

Tras el maoísmo, China adoptó en su política exterior un conjunto de principios basados en la no injerencia, la cooperación y el beneficio mutuo. En su declaración posterior al secuestro de Maduro, se afirmaba explícitamente que “independientemente de los cambios en la situación interna venezolana, la disposición de China para profundizar la cooperación con Caracas no se alterará”.

La relación entre China y Venezuela trasciende, por tanto, al chavismo, aunque fue bajo este periodo cuando adquirió auténtica velocidad de crucero. En un ensayo publicado en 2013 en East Asia, China and Asia: Ambitions and Complexities of an Improving Relationship, ya señalaba que, para Venezuela, los vínculos bilaterales con China constituían un ejemplo paradigmático de cooperación Sur-Sur. Así lo afirmaba el propio Hugo Chávez en Aló Presidente. Su política hacia Beijing fue manifiestamente proactiva y, en pocos años, la relación sino-venezolana se convirtió en la más diversificada y completa de la región. No se limitaba a la economía: aspiraba a contribuir a un mundo multipolar sin hegemonías imperiales y otorgaba a Venezuela un papel singular como potencia media. Chávez solía afirmar que la alianza con China demostraba “la fortaleza de la Gran Muralla”. Ningún otro líder regional ha igualado el número de visitas oficiales que realizó a China, donde sorprendía a los dirigentes del PCCh con discursos repletos de citas de Mao, presentándose como “bolivariano, cristiano y maoísta”, y comparando a Mao Zedong con Simón Bolívar.

Aun reconociendo la relevancia política y estratégica de esta relación, desde el lado chino, los esfuerzos se centraron siempre en mantenerla dentro de un marco estrictamente pragmático. Mientras Miraflores concebía a China como un aliado político capaz de servir de contrapeso a Washington, Beijing se cuidó de no verse arrastrado a las proclamas antiestadounidenses del presidente venezolano, manteniendo una prudente distancia para no dañar la relación especial que deseaba preservar con Estados Unidos. No es casual que, durante la última visita de Chávez a Beijing en abril de 2009, la información oficial sobre su estancia solo se difundiera una vez que el mandatario abandonó el país, minimizando así su proyección mediática.

Consciente de la volatilidad política venezolana, China practicó además una cautela inversora notable, a la vista de las dificultades experimentadas por otros países como Japón, España, México o Argentina. Los cambios abruptos de política y la inseguridad jurídica aconsejaban prudencia a buena parte del empresariado chino, lejos de una postura homogénea.

La sintonía política, el potencial económico y la complementariedad explican el fortalecimiento de las relaciones sino-venezolanas. Aunque el factor político ha estado siempre presente –especialmente desde Caracas–, la economía ha constituido el eje vertebrador de la relación. Para Venezuela, no se trataba solo de diversificar mercados, sino también de incorporar un componente ideológico que frenara su aproximación a los mercados estadounidenses y occidentales. China, en cambio, nunca concibió esta relación como una palanca para debilitar la influencia regional de Estados Unidos, al que reconocía de facto como potencia de referencia. Pese a ello, las preocupaciones en el Departamento de Estado fueron creciendo en paralelo a la proyección global de China en toda América Latina.

Implicaciones conceptuales y prácticas

El 10 de diciembre de 2025, China publicó su tercer Documento sobre la Política de China hacia América Latina y el Caribe, en el que sistematiza los llamados “cinco programas” y define áreas prioritarias y vías concretas de cooperación. Hoy, la implementación efectiva de este marco estratégico está seriamente en cuestión.

Venezuela es, además, un pilar clave de la Iniciativa de la Franja y la Ruta en la región, a la que se han adherido más de veinte países latinoamericanos. ¿Se producirá un efecto dominó de abandonos? En países como Brasil, Perú o Chile, China ha superado ya a Estados Unidos como principal socio comercial, actuando como ancla económica y contrapeso diplomático. Otros países –Colombia, Cuba o México– mantienen posiciones críticas, pero disponen de escaso margen de maniobra. Para todos ellos, China sigue siendo un socio económico altamente deseable: Estados Unidos ni puede igualarla ni acompaña su presión con promesas creíbles de desarrollo. Sin embargo, China no ofrece garantías de seguridad, y la erosión de la soberanía regional es un riesgo latente.

Cabe interpretar que Estados Unidos concentra ahora su atención en el hemisferio occidental, tolerando el dominio regional de otras potencias en sus respectivas áreas. La geografía y la negociación estratégica pasan así a limitar la soberanía en ausencia de normas internacionales universalmente aceptadas. China ha negado reiteradamente aspirar a establecer “esferas de influencia”, insistiendo en que su política, ajena a alineamientos ideológicos, persigue el desarrollo y la estabilidad. La anunciada visita de Trump a China en abril podría confirmar –o desmentir– esta divergencia de visiones sobre el orden mundial.

En el escenario actual, Beijing evitará una confrontación a gran escala con Washington. Su prioridad sigue siendo interna y no actuará de forma precipitada en Taiwán, aunque continúe presionando al secesionismo. No obstante, la determinación de Estados Unidos en la defensa de lo que considera sus intereses vitales deberá encontrar una respuesta equivalente por parte de Xi Jinping. El problema no es el qué, sino el cómo.

Que Estados Unidos y China logren establecer un modus vivendi coexistencial resulta poco probable. Tampoco parece factible que la Unión Europea asuma una defensa coherente del orden internacional basado en normas que decía proteger, mientras guarda silencio sobre Venezuela por temor a antagonizar con Trump. Ese silencio ensordecedor pesa más que el proclamado fervor por el derecho internacional.

Muchos en el mundo desearían ver a China liderando una oposición global a Trump. En la guerra comercial logró plantar cara y contener sus excesos. Ahora, Beijing no puede ignorar lo sucedido ni sus consecuencias para sus intereses presentes y futuros. Si la imagen de Trump está deteriorada, la reputación de China también se halla en entredicho.

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2. Tomaselli sobre Venezuela.

Tomaselli también enmarca el análisis de lo sucedido en Venezuela en una visión más global sobre sus repercusiones en el panorama internacional. Y lo que plantea no es muy esperanzador…

https://sinistrainrete.info/articoli-brevi/32047-enrico-tomaselli-dopo-caracas.html

Después de Caracas

por Enrico Tomaselli

Creo que es necesario, una vez más, reiterar que siempre es mejor esperar a conocer y comprender bien los acontecimientos, sobre todo cuando tienen un gran impacto emocional, antes de lanzarse a hacer afirmaciones perentorias, que además corren el riesgo de ser desmentidas en poco tiempo. Y lo que ha ocurrido en Venezuela entra de lleno en esta categoría. Hay cosas que aún nos cuesta comprender del todo y que, por lo tanto, deben llevarnos a actuar con prudencia. Otras cosas, en cambio, pueden asumirse desde ya como base de los primeros análisis y reflexiones.

Una de ellas es cómo los acontecimientos venezolanos, situados en un contexto más amplio y articulado, van a afectar al resto del mundo.

Un primer resultado, casi obvio diría yo, es que estos acontecimientos generarán inseguridad, y la inseguridad lleva a reforzar las defensas para hacerle frente. Por lo tanto, podemos esperar que muchos países, incluso los que no están necesariamente en el punto de mira, empiecen a pensar en dotarse de armas nucleares, la única garantía real, como demuestra Corea del Norte. Y esto es, obviamente, un mecanismo exponencial, porque si mi vecino está a punto de adquirir un arma nuclear, yo también me veré tentado a adquirirla. Y así, al final, la espiral de inseguridad se autoalimentará, creciendo de manera preocupante.

Otro resultado, no especialmente feliz para Estados Unidos, es que el desprecio y la desconfianza hacia este país y sus líderes crecerán de forma exponencial, sobre todo en América Latina, pero no solo allí.

No es precisamente lo mejor para un país que quiere reafirmarse como líder y que ya está pagando el precio de su apoyo incondicional a Israel, que ha batido todos los récords en cuanto a desprecio y desconfianza.

Pero, aparte de eso, la acción estadounidense no se configura simplemente como un acto de fuerza destinado a reafirmar brutalmente el dominio estadounidense sobre el subcontinente americano, ni como un descarado robo de los recursos de otros países. Mucho más importante es el ataque estratégico dirigido a Rusia y China. Porque de eso se trata.

No hay ningún Yalta 2.0, ni siquiera en el horizonte, y mientras Estados Unidos intenta restablecer su dominio indiscutible sobre el hemisferio occidental, mantiene una postura agresiva en los otros hemisferios, en los que tal vez esté iniciando una retirada parcial, pero de los que no tiene intención alguna de retirarse.

La posible caída de la República Bolivariana de Venezuela —aparte de toda otra serie de consideraciones— es una jugada en el tablero de ajedrez que pretende restar espacio estratégico a Moscú y apretar el nudo energético alrededor del cuello de China. En cuanto a Rusia, significa quitarle la posibilidad de responder —a un posible despliegue de misiles estadounidenses en Europa— con un despliegue equivalente cerca de los Estados Unidos. Y en cuanto a China, asumir el control de los flujos petroleros venezolanos significa tener una palanca muy poderosa en manos de la Casa Blanca.

Llegados a este punto, más allá de las declaraciones oficiales y las posiciones diplomáticas, es extremadamente importante comprender cómo se posicionarán Rusia y China con respecto a esta medida estadounidense; ya en el inmediato, esto podría cambiar radicalmente la firmeza y la propia capacidad de resistencia de Venezuela. Pero, obviamente, la cuestión es mucho más amplia. Últimamente, hemos visto que Pekín ha endurecido su tono hacia Estados Unidos, dejando claro que no tiene ningún problema en hacer frente a su agresividad, mientras que Moscú, quizás aún demasiado confiado en los posibles resultados de la negociación, parece preferir un perfil más bajo.

Sin embargo, lo que es seguro es que en ambas capitales se estará debatiendo seriamente la medida de Estados Unidos y cómo esta puede o debe cambiar la actitud ruso-china. En las próximas semanas o meses, tendremos la oportunidad de verificar —o no— los efectos concretos de este debate interno (que, probablemente, también incluirá consultas bilaterales).

En resumen, aunque ahora Trump y sus secuaces se muestran muy entusiasmados por el éxito obtenido, al final podría resultar que lo lanzado contra Caracas fuera un gran boomerang.

Fuente: Giubbe rosse

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3. Occidente no existe.

Cuatro reflexiones del periodista británico Jonathan Cook sobre el ataque a Venezuela. Quizá la más destacada, que la idea mismo de Occidente es una ficción, ya que desde ahora priman los intereses más descarnados de todos los países contra los demás.

https://jonathancook.substack.com/p/four-observations-about-the-us-kidnapping

Cuatro observaciones sobre el secuestro de Nicolás Maduro por parte de Estados Unidos

Por difícil que sea de aceptar para los occidentales, no necesitamos un Occidente más fuerte, sino uno más débil. Y lo que es aún más difícil de aceptar, Trump nos está enseñando que el concepto mismo de «Occidente» es una ilusión.

Jonathan Cook

7 de enero de 2026

Cuatro observaciones sobre la flagrante violación de la ley por parte de la administración Trump al secuestrar al presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, en Caracas y llevarlo a Nueva York para «ser juzgado» por «narcoterrorismo» y delitos relacionados con armas de fuego:

1. El hecho de que Washington ni siquiera intente dar una razón plausible para secuestrar al presidente venezolano es una señal de lo mucho que Estados Unidos se ha convertido en un Estado canalla.

Al invadir Afganistán, Estados Unidos dijo que tenía que «sacar» al líder de Al Qaeda, Osama bin Laden, de su guarida en las montañas tras los atentados del 11 de septiembre. Al invadir Irak, Estados Unidos dijo que iba a destruir las «armas de destrucción masiva» de Sadam Husein que amenazaban a Europa. Al bombardear Libia, Estados Unidos afirmó que estaba impidiendo que las tropas de Muamar el Gadafi llevaran a cabo una campaña de violaciones impulsada por el Viagra.

Todas estas justificaciones eran falsedades evidentes. Los talibanes se habían ofrecido a entregar a Bin Laden para que fuera juzgado. No había armas de destrucción masiva en Irak. Y la historia del Viagra era pura ficción.

Pero al menos las anteriores administraciones estadounidenses tenían que fingir que sus acciones estaban motivadas por consideraciones humanitarias y por la necesidad de mantener el orden internacional.

Las acusaciones contra Maduro son tan ridículas que hay que ser fanático de Trump, imperialista de la vieja escuela o estar profundamente desinformado para creer a ellos. Ninguna organización de control seria cree que Venezuela sea un importante traficante de drogas hacia Estados Unidos, ni que Maduro sea personalmente responsable del tráfico de drogas. Por otra parte, las acusaciones sobre las armas de fuego son tan absurdas que es difícil entender qué significan.

2. A diferencia de sus predecesores, el presidente Trump ha sido honesto sobre lo que Estados Unidos realmente quiere: el control del petróleo. Se trata de una antigua apropiación colonial de recursos. Entonces, ¿por qué los medios de comunicación fingen que hay algún tipo de proceso de «aplicación de la ley» en Nueva York? Se ha secuestrado a un jefe de Estado, esa es la historia. Nada más.

En cambio, nos someten a ridículos debates sobre si Maduro es «un hombre malo» o si ha gestionado mal la economía venezolana. Sky News utilizó una entrevista con el exlíder del Partido Laborista británico, Jeremy Corbyn, para sermonearlo y exigirle que condenara a Maduro. ¿Por qué? Precisamente para desviar la atención de los espectadores de la verdadera historia: que al invadir Venezuela, Estados Unidos cometió lo que los juicios de Nuremberg tras la Segunda Guerra Mundial consideraron el crimen internacional supremo de agresión contra otro Estado. ¿Dónde han visto a algún medio de comunicación convencional destacar este punto en su cobertura?

Si Sky y otros medios de comunicación están tan preocupados por los «hombres malos» que dirigen los países, tan preocupados que piensan que se puede incumplir el derecho internacional, ¿por qué no arremeten contra Keir Starmer e Yvette Cooper por el caso de Benjamin Netanyahu, de Israel, buscado por la Corte Penal Internacional por crímenes contra la humanidad? ¿No le convierte eso en un «hombre muy malo», mucho peor que cualquier cosa de la que se acusa a Maduro? ¿Por qué no exigen que Starmer y Cooper le condenen antes de permitirles hablar sobre Oriente Medio?

Cuando Rusia invadió Ucrania, los medios de comunicación occidentales no sopesaron las justificaciones de la invasión de Moscú ni ofrecieron contexto, como están haciendo ahora con el ataque ilegal a Venezuela. Respondieron con conmoción e indignación. No se mostraron tranquilos, juiciosos y analíticos. Se mostraron indignados. Advirtieron del «expansionismo ruso». Advirtieron de la «megalomanía» de Putin. Advirtieron de la amenaza al derecho internacional. Hicieron hincapié en el derecho de Ucrania a resistir a Rusia. En muchos casos, lideraron a los políticos para exigir una respuesta más contundente. Nada de eso se ve en la cobertura del secuestro de Maduro o de la violación de la ley por parte de Trump.

A menudo se censura a la izquierda por ser lenta a la hora de denunciar a potencias no occidentales como China o Rusia, o por ser demasiado cautelosa con las acciones militares contra ellos. Esto es malinterpretar la posición de la izquierda. Se opone a un mundo unipolar precisamente porque eso conduce inevitablemente al tipo de gangsterismo desestabilizador que acaba de demostrar Trump con su ataque a Venezuela. Crea un sistema feudal de un señor y muchos siervos, pero a escala mundial.

Eso es exactamente lo que vemos ahora, mientras Trump y Marco Rubio, su secretario de Estado, discuten sobre qué país —Colombia, Cuba, Groenlandia, México— será el próximo en ser atacado. Es precisamente por eso que todos los líderes europeos, desde Keir Starmer hasta la jefa de política exterior de la UE, Kaja Kallas, adulan a Trump, por monstruoso que sea su último acto. Es precisamente por eso que el secretario general de las Naciones Unidas, Antonio Guterres, habla con tanta debilidad sobre la importancia general del «estado de derecho» en lugar de articular una denuncia clara de los crímenes que acaba de cometer Estados Unidos.

Por difícil que sea de reconocer para los occidentales, no necesitamos un Occidente más fuerte, sino uno más débil.

Pero aún más difícil es que los occidentales comprendan que el concepto mismo de «Occidente» es una ilusión. Durante décadas, Europa se ha limitado a seguir los pasos del gigante militar estadounidense, con la esperanza de que nos protegiera. Pero en un mundo en el que los recursos son cada vez más escasos, Estados Unidos está demostrando que está dispuesto a volverse contra cualquiera, incluidos sus supuestos aliados, para obtener una mayor parte de la riqueza mundial. Solo hay que preguntar a Groenlandia y Dinamarca.

Los verdaderos intereses de los Estados europeos no residen en postrarse ante un señor mundial, sino en un mundo multipolar, en el que es necesario forjar coaliciones de intereses, en el que hay que alcanzar compromisos, no imponer dictados. Eso requiere una política exterior de transparencia y compasión, no de presunción y arrogancia. Sin ese cambio, en una era de crecientes amenazas nucleares y caos climático, todos estamos acabados.

4. El objetivo de Washington es convertir a Venezuela una vez más en un refugio para el capital privado estadounidense. Si la nueva presidenta en funciones, Delcy Rodríguez, se niega, Trump ha dejado claro que Venezuela seguirá siendo un desastre económico, mediante la continuación de las sanciones y el bloqueo naval estadounidense, hasta que se pueda instalar a otra persona que haga lo que Estados Unidos quiera.

El delito de Venezuela, por el que ha sido castigada durante décadas, es intentar ofrecer un modelo económico y social diferente al capitalismo neoliberal desenfrenado y destructor del planeta de Estados Unidos. El temor más profundo de la clase política y mediática occidental es que los ciudadanos occidentales, sometidos a una austeridad permanente mientras los multimillonarios se enriquecen cada vez más a costa del empobrecimiento de la gente común, puedan levantarse si ven un sistema diferente que se ocupa de sus ciudadanos en lugar de su élite rica.

Venezuela, con sus enormes reservas de petróleo, podría ser precisamente ese modelo, si no hubiera sido estrangulada durante mucho tiempo por las sanciones impuestas por Estados Unidos. Hace un cuarto de siglo, el predecesor de Maduro, Hugo Chávez, puso en marcha una «revolución bolivariana» de estilo socialista basada en la democracia popular, la independencia económica, la distribución equitativa de los ingresos y el fin de la corrupción política. Redujo la pobreza extrema en más de un 70 %, redujo a la mitad el desempleo, cuadruplicó el número de personas que reciben una pensión estatal y alfabetizó a la población hasta alcanzar una tasa de alfabetización del 100 %.

Venezuela se convirtió en la sociedad más igualitaria de América Latina, una de las razones por las que millones de personas siguen defendiendo a Maduro. Chávez lo consiguió quitando los recursos naturales del país —su petróleo y sus minerales metálicos— de las manos de una pequeña élite nacional que había arruinado el país al extraer la riqueza nacional y, en su mayor parte, acumularla o invertirla en el extranjero, a menudo en Estados Unidos. Nacionalizó las principales industrias, desde el petróleo y el acero hasta la electricidad.

Esas son precisamente las industrias a las que María Corina Machado, la líder de la oposición venezolana aclamada por Occidente, quiere devolverlas a las familias parasitarias, como la suya, que antes las gestionaban de forma privada.

Ver cómo se ha tratado a Venezuela durante las últimas dos décadas o más debería dejar claro por qué los líderes europeos —obedientes a toda costa a Washington y a las élites empresariales que gobiernan Occidente— son tan reacios a siquiera considerar la nacionalización de sus propias industrias públicas, por muy populares que sean esas políticas entre el electorado.

El británico Keir Starmer, que solo ganó las elecciones a la dirección del Partido Laborista prometiendo nacionalizar los principales servicios públicos, abandonó su promesa en cuanto fue elegido. Ninguno de los principales partidos tradicionales del Reino Unido ofrece renacionalizar los servicios de agua, ferrocarril, energía y correo, a pesar de que las encuestas muestran regularmente que al menos tres cuartas partes de la población británica apoyan esa medida.

El hecho es que un mundo unipolar nos deja a todos a merced de un capitalismo corporativo estadounidense rapaz y destructivo que, poco a poco, está destruyendo nuestro mundo. La cuestión no es si Maduro fue un buen o mal líder de Venezuela, que es en lo que los medios de comunicación occidentales quieren que nos centremos. La cuestión es cómo volver a meter a Estados Unidos en su sitio antes de que sea demasiado tarde para la humanidad.

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4. La economía india desde el giro neoliberal.

Empiezo a recuperar otros artículos que había dejado aparcados por la urgencia sobre Venezuela. Entre ellos, este nuevo dossier del Tricontinental, dedicado a la evolucíón de la economía india desde el giro neoliberal de los 90.

https://thetricontinental.org/es/dossier-india-desindustrializacion/

Dossier Nº 96

La turbulencia de la economía india

Desde el giro neoliberal de la India en la década de 1990 su desindustrialización se aceleró. Mientras el orden mundial cambia, la izquierda del país debe aprovechar las aperturas para impulsar un desarrollo nacional autónomo.

6 de enero de 2026


Gigi Scaria, Someone Left a Horse on the Shore [Alguien dejó un caballo en la orilla], 2007.

Este dossier presenta obras de arte del artista indio Gigi Scaria. Mediante una amplia gama de medios: pintura, fotografía, instalaciones artísticas, escultura y video, el trabajo de Scaria refleja las transformaciones urbanas y rurales en curso en la India y su impacto en las diferentes clases sociales y otros estratos de la sociedad. Las esculturas e instalaciones presentadas son un homenaje a la experiencia vivida por el pueblo indio en medio de las contradicciones, la creciente desigualdad y las aspiraciones no realizadas generadas por el subdesarrollo del país.


Gigi Scaria, Wheel [Rueda], 2009.

Introducción

El orden económico mundial está en constante cambio y la globalización se encuentra en una crisis prolongada. En la década de 1990, el capital occidental bajo la hegemonía de Estados Unidos promovió la liberalización del comercio y la expansión de las cadenas globales de suministro que explotaban las diferencias en los costos laborales entre el Sur Global y el Norte. Ahora, estos mismos procesos están siendo socavados por la misma potencia hegemónica, bajo el liderazgo del presidente estadounidense Donald Trump, para revertir una consecuencia no deseada de la globalización: la erosión de su dominio económico y tecnológico por parte de una potencia emergente del Sur Global.

Aunque el orden económico global está siendo reconfigurado, la economía india continúa agobiada por la inercia de 35 años de liberalización. Sus problemas estructurales, arraigados en desigualdades profundamente instaladas y agravados por las políticas neoliberales, han sofocado el desarrollo de una base industrial doméstica amplia y tecnológicamente avanzada. Debido al estado lamentable de la industria india, la mayor parte de la fuerza laboral permanece excluida de ella, confinada a empleos precarios, mal remunerados y de baja productividad, que se sostienen solo por la desesperación de ganarse la vida. Como resultado, gran parte de la población permanece atrapada en varios grados de pobreza, incluso cuando anuncios oficiales de un pronunciado descenso de las privaciones son invocados mediante trucos metodológicos (Misra, 2025).

El subdesarrollo persistente de la industria, particularmente la manufacturera, es el núcleo del encuentro de la India con la globalización. Las promesas de la liberalización, de desbloquear el supuesto potencial de la India, han producido una tendencia generalizada hacia la desindustrialización, lo que ha reducido drásticamente el empleo formal, debilitado la capacidad productiva y profundizado las desigualdades sociales.

A pesar de la evaluación grandilocuente del gobierno actual sobre la importancia de la India en el escenario mundial como Vishwaguru, literalmente “maestro del mundo”, un término popular en la retórica hindutva del primer ministro Narendra Modi y de las afirmaciones sobre las altas tasas de crecimiento, a menudo envueltas en controversias estadísticas, Modi se ha visto obligado a confrontar estos fracasos, lo que hace mediante evasivas y acusaciones. Desde que llegó al poder como primer ministro de la India en 2014, su estrategia política habitual ha sido culpar a la oposición y a los gobiernos anteriores de todos los hechos negativos, incluso ahora que su mandato ya se extiende más allá de una década. No hay duda de que las políticas neoliberales iniciadas por el Congreso Nacional Indio en la década de 1990, y posteriormente aplicadas por todos los gobiernos, incluido su adherente más ferviente, el partido derechista Bharatiya Janata Party [Partido Popular Indio], BJP (por su sigla en inglés), han llevado a la economía india a este estado lamentable. El largo mandato de Modi como ministro principal del estado occidental indio de Gujarat de 2001 a 2014 consolidó sus credenciales neoliberales ante los ojos del capital indio y extranjero.

Sin embargo, la respuesta de Modi ha sido redoblar la apuesta por las mismas políticas, peor aún, aplicarlas con esteroides, exacerbando así los problemas subyacentes, profundizando las desigualdades y acentuando aún más la crisis. Desde que asumió el cargo de primer ministro, ha anunciado un conjunto de iniciativas de políticas públicas como Make in India [Producir en India], Startup India, Skill India [Habilidades en India], Design in India [Diseño en India] y Design for the World [Diseño para el mundo]. El objetivo de estas iniciativas es atraer capital extranjero hacia el diseño y la producción indios para los mercados mundiales, fomentar que las empresas emergentes indias se adentren en nuevos sectores tecnológicos y mejorar el nivel de calificación de la mano de obra para alinearla con los estándares internacionales, todo ello con el fin aparente de revitalizar la producción india y satisfacer al mismo tiempo las necesidades de los mercados occidentales. En la práctica, estas iniciativas han fracasado en fortalecer la manufactura o revertir la tendencia de desindustrialización. La mayoría se limitó a ofrecer subsidios y rebajas fiscales a las empresas con la esperanza de que la expansión industrial se produjera automáticamente, pero, como se podía prever, los resultados fueron escasos.

Una iniciativa muy publicitada en esta línea fue el Programa de incentivos vinculados a la producción para 14 sectores industriales, entre los que destacaba la electrónica, con el que el gobierno concedió importantes subsidios a empresas, tanto extranjeras como nacionales, para la fabricación. Pero este programa ha supuesto en gran medida subsidiar el ensamblaje de componentes importados, con un impacto insignificante en los gastos totales de importación de la India o en su capacidad tecnológica. La mayor parte del valor agregado de los productos fabricados en la India, como los teléfonos inteligentes, aún se acumula en el extranjero, mientras que la carga de estos subsidios recae en última instancia en la población mediante recortes en la inversión pública y el gasto social del gobierno. Las limitaciones estructurales que obstaculizan el desarrollo de la economía y la industria de la India no pueden abordarse simplemente mediante subsidios a las empresas o flujos indiscriminados de inversión extranjera. En todo caso, tales políticas solo refuerzan el malestar estructural que la India heredó al independizarse, y que se agravó después de la liberalización.


Arriba

Desigualdades arraigadas: los obstáculos a la industrialización tras la independencia

Cuando la India obtuvo su independencia en 1947, se consideraba que alcanzar la autosuficiencia tecnológica e industrial era esencial para mantener la independencia política, romper con el patrón colonial de relaciones económicas con Occidente e incorporar a la industria a la enorme mano de obra agrícola subempleada con el fin de elevar su nivel de vida. A través de un sistema de planes quinquenales –planes nacionales de desarrollo dirigidos por el Estado que establecían prioridades para la inversión y la producción– la India emprendió un programa acelerado de industrialización centrado en el desarrollo de la industria pesada bajo propiedad estatal. Mientras tanto, el capital privado, aprovechando esta base creada por el Estado, producía bienes de consumo. Como resultado de este impulso, la primera década y media después de la independencia (aproximadamente 1947-1962) fue testigo de una fase sin precedentes de industrialización liderada por el sector público, en la que la participación de la industria manufacturera en el PIB pasó de alrededor del 7% al 15,9%, un ritmo de crecimiento industrial inigualable desde entonces.1 Sin embargo, muy pronto la búsqueda de la industrialización encontró obstáculos debido a las profundas desigualdades agrarias y de clase en la sociedad india.

La propiedad de la tierra estaba concentrada en una reducida élite rural, mientras que las masas hambrientas de tierra luchaban por satisfacer incluso las necesidades básicas de subsistencia. En ausencia de reformas agrarias igualitarias, la pobreza generalizada redujo la demanda nacional, creando una limitación interna que impidió que la industria india alcanzara la escala necesaria para un crecimiento sostenido. Al mismo tiempo, los patrones de consumo de la élite, intensivos en importaciones y de estilo occidental, provocaron escasez recurrente de divisas, lo que impuso limitaciones externas al crecimiento.

No obstante, la estrategia india de industrialización por sustitución de importaciones, aunque no logró crear un sector industrial amplio y dinámico, fortaleció a una clase capitalista nacional dominada por un puñado de grandes empresas, que expandieron su presencia económica y consolidaron su influencia en la política estatal.

El Estado funcionó como mediador entre un bloque dominante de terratenientes y capitalistas, por un lado, y una masa empobrecida de campesinxs, trabajadorxs sin tierra y una pequeña clase trabajadora industrial, por el otro. El régimen evitó políticas que pudieran amenazar los intereses de la élite, como una verdadera reforma agraria o la imposición de impuestos sustanciales a las clases propietarias. En consecuencia, la industrialización impulsada por el Estado se basó en déficits fiscales y no en impuestos progresivos. Cada ronda de expansión fiscal transfirió mayores excedentes a la gran burguesía, profundizando las desigualdades. Su ansia de acumulación aumentó mientras el estrecho mercado interno imponía límites a su potencial de acumulación. Así, partes significativas del excedente invertible en manos de la burguesía india encontraron salidas distintas a la expansión industrial.

Como resultado de esta dinámica, la industrialización avanzó a trompicones, ya que cada intento del Estado de impulsar una expansión concertada pronto colisionaba con las mismas restricciones estructurales. Estas limitaciones no resueltas, que precipitaron una severa crisis de la balanza de pagos, junto con la pérdida de la Unión Soviética como un socio comercial y financiero clave (donde el comercio rublo-rupia había aislado a la India de las crisis monetarias globales), finalmente dejaron a la India expuesta al giro neoliberal de 1991, impulsado por las instituciones de Bretton Woods (el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial).

Después de la liberalización

La liberalización de la economía india, adoptada formalmente en 1991, no contribuyó en gran medida a eliminar las limitaciones que obstaculizaban el desarrollo industrial. Por el contrario, lo que sí hizo fue aliviar las restricciones a la acumulación de la burguesía india y levantar los controles a la importación que anteriormente habían restringido el consumo de la élite. Todo ello se logró sin el esfuerzo de desarrollar una base manufacturera nacional sólida.

A pesar de que las capacidades existentes se fueron reduciendo, la élite india pudo consumir bienes producidos en otros lugares y disfrutar de estilos de vida de clase mundial dentro de una economía por lo demás subdesarrollada. Este proceso permitió una acumulación de capital más rápida e ininterrumpida por parte del capital indio, ya fuera mediante la usurpación de activos del sector público y recursos naturales, a través de la expansión hacia una producción intensiva en importaciones para el mercado interno, o mediante el desplazamiento de pequeñxs productorxs, comerciantes e industriales a pequeña escala.


Gigi Scaria, Sin título, 2020.

Los cuatro principios del neoliberalismo indio

La trayectoria neoliberal de la India se basa en cuatro principios que han socavado directamente su industria manufacturera: la eliminación de las barreras comerciales; la privatización y el debilitamiento del sector público; el conservadurismo fiscal que restringió la inversión pública y la apertura de la economía al capital extranjero, tanto productivo (inversión extranjera directa o IED) como financiero (cartera). Juntos, estos principios han sostenido un patrón de crecimiento dependiente del crédito y los flujos financieros, pero desvinculado de una industrialización robusta y un desarrollo tecnológico autónomo.

Liberalización comercial

La India comenzó a derribar sus barreras arancelarias a principios de la década de 1990, lo que llevó a su adhesión a la Organización Mundial del Comercio (OMC) en 1995. En los primeros años, los agresivos recortes arancelarios en productos agrícolas desencadenaron una prolongada crisis agraria, provocando una severa reacción política.2 Como resultado, después de 1996 los recortes arancelarios en agricultura tuvieron que detenerse. Sin embargo, la liberalización continuó en la industria manufacturera.

A partir del año 2000, la liberalización comercial se aceleró aún más.3 Bajo la presión del mecanismo de Entendimiento sobre Solución de Diferencias (ESD) de la OMC, impulsado por Estados Unidos y la Unión Europea, la India eliminó la mayoría de las restricciones cuantitativas a la importación que aún mantenía y que habían protegido a algunos segmentos de la industria india (en particular, la pequeña industria).

La decisión de la India de subordinar el desarrollo industrial al “libre comercio” perjudicó a la industria manufacturera nacional, especialmente en los sectores de bienes de capital e intermedios. Incluso cuando los aranceles promedio se redujeron, los aranceles sobre bienes de capital e intermedios eran mucho más bajos que los de los aplicados a los bienes de consumo. Eso significó que, mientras lxs fabricantes de bienes de consumo indios disfrutaban de una protección moderada del régimen arancelario, lxs fabricantes de bienes intermedios y de capital no contaban con ese escudo.

El nuevo régimen arancelario benefició tanto a las empresas nacionales como extranjeras que operaban en el sector de bienes de consumo duraderos de la India. Las grandes empresas indias que históricamente se habían centrado en la producción de bienes de consumo para el mercado interno optaron entonces por importar maquinaria y bienes intermedios más baratos en lugar de desarrollar una cadena de suministro nacional. Las empresas multinacionales extranjeras fueron más allá, tratando a la India principalmente como una base para el ensamblaje. En consecuencia, la intensidad de importación de la industria manufacturera india aumentó considerablemente.4 En el sector farmacéutico, por ejemplo, la India era en gran medida autosuficiente en la producción de ingredientes farmacéuticos activos (API por su sigla en inglés). Pero después de la liberalización, la India pasó a depender de la importación de productos farmacéuticos intermedios (los ingredientes químicos utilizados para fabricar medicamentos acabados). Esta industria ahora importa el 70% de los API de China y algunos medicamentos, como la penicilina, dependen totalmente de las importaciones procedentes de ese país (Asian News International, 2020).

La fuerte dependencia de las importaciones erosionó la fabricación nacional de bienes de capital e intermedios.5 La contracción de la industria interna de bienes de capital, que actúa como incubadora de innovación tecnológica, a su vez atrofió las capacidades tecnológicas de la industria india. Este debilitamiento de las capacidades tecnológicas mermó aún más la capacidad de la manufactura india para resistir la competencia global.

La privatización del sector público

El debilitamiento sistemático del sector público después de 1991, a través de una privatización agresiva y un abandono crónico, jugó un papel importante en el desgaste de la manufactura. La industria india de bienes de capital, dominada por empresas públicas que producían maquinaria eléctrica, herramientas mecánicas, equipos de plantas de procesamiento, equipos de movimiento de tierras y electrónica industrial, se vio abocada al declive cuando se liberalizó el comercio y el Estado retiró su apoyo. Las pequeñas y medianas empresas auxiliares que suministraban componentes a estas industrias pesadas colapsaron bajo la competencia de las importaciones y la pérdida del apoyo institucional que se produjo a continuación.

En un momento en que la fabricación de productos electrónicos ocupa un lugar central en los debates mundiales sobre industria y tecnología, el destino del incipiente sector electrónico de la India en la década de 1990 se erige como un testimonio del daño infligido por la liquidación del sector público junto con la liberalización del comercio.

En la década de 1970, el Estado indio tomó medidas importantes para crear una industria nacional de hardware electrónico a través de empresas del sector público. Estas empresas, Electronics Corporation of India Limited y Bharat Electronics Limited, desarrollaron sistemas de control autóctonos para aplicaciones nucleares y de defensa. En la década de 1980, el Estado había creado Semiconductor Complex Limited (SCL) y Hindustan Computers Limited para desarrollar capacidades en semiconductores, circuitos integrados e informática. La India fundó SCL en 1984, tres años antes de la creación de Taiwan Semiconductor Manufacturing Company, la líder mundial en semiconductores.

El gobierno abandonó estos esfuerzos después de la liberalización e intentó liquidar el incipiente sector electrónico mediante la eliminación de la protección arancelaria y el retiro del apoyo estatal. La India adhirió al Acuerdo sobre Tecnología de la Información de la OMC en 1997, que eliminó los aranceles sobre una serie de productos electrónicos, eliminando el margen de maniobra necesario para desarrollar una industria local competitiva. En lugar de invertir en capacidades de fabricación en el sector electrónico, los sucesivos gobiernos promovieron un modelo orientado a la exportación centrado en servicios de tecnología de la información (TI) de baja y media calificación y en la prestación de servicios administrativos para empresas occidentales. Este enfoque atrofió el desarrollo tecnológico a largo plazo de la industria electrónica. Las consecuencias son evidentes: en la actualidad, la India importa el 80% de su hardware de TI, el 70% de sus componentes electrónicos (el 62% de China) y el 90% de sus equipos de telecomunicaciones (Indo-Asian News Service, 2023; Mallick y Aryan, 2024; Barik, 2024). Incluso los productos electrónicos ensamblados localmente dependen de componentes importados, con escaso valor agregado local. La iniciativa temprana del país en el sector público de la electrónica fue desperdiciada, y la India es ahora en gran medida tecnológicamente dependiente.6

Lo que se hizo con el sector electrónico de la India se ha repetido en otros sectores, con el gobierno descuidando o liquidando los bienes de capital y las industrias pesadas de propiedad estatal, áreas en las que el gran capital indio sigue sin estar dispuesto a invertir, pero que son no obstante esenciales para el avance tecnológico.


Gigi Scaria, Post Land [Tierra de postes], 2008.

Conservadurismo fiscal

Un factor clave en la crisis que rodea a la economía india, ya sea en los cimientos inestables de su crecimiento o en los problemas de la industria manufacturera, es el conservadurismo fiscal introducido por la era neoliberal. La búsqueda de la India del capital financiero internacional y los flujos de inversión asociados significó que los gobiernos indios no podían expandir significativamente el gasto en infraestructura ni proporcionar un apoyo adecuado a la industria sin arriesgarse a que esos flujos se agotaran. En 2003, para apaciguar al capital financiero internacional, la India promulgó la Ley de Responsabilidad Fiscal y Gestión Presupuestaria(FRBM por su sigla en inglés), que limitaba el déficit fiscal al 3% del PIB (Chakraborty y Chakraborty, 2018). Aunque este límite habitualmente se incumplía, sirvió como un punto de referencia utilizado para rechazar cualquier gasto estatal destinado a apoyar la industria nacional, el sector público o la agricultura. Los gobiernos han vendido regularmente participaciones en empresas rentables del sector público y han desviado fondos invertibles para cubrir gastos presupuestarios, incluso cuando los impuestos sobre las ganancias de las empresas se han reducido constantemente. Esto ha dejado a las empresas del sector público con una grave escasez de fondos para su expansión y modernización tecnológica. A pesar de disponer de abundantes fondos, las empresas privadas indias han mostrado poco interés en invertir en investigación y desarrollo, mientras que a las empresas del sector público se les ha privado de los medios para hacerlo. Como resultado, la producción industrial india sigue siendo muy dependiente de tecnologías importadas.

Inversión extranjera directa

Desde la liberalización en 1991, el gobierno indio ha desmantelado progresivamente las barreras al capital extranjero tanto en la industria como en las finanzas. Hoy, excepto en sectores como el juego, la energía atómica y los ferrocarriles, donde incluso las empresas privadas indias tienen prohibida la entrada, la IED está permitida en casi todas las áreas, a menudo con participación extranjera total. La India también ha suavizado las restricciones de la cuenta de capital, facilitando la entrada de grandes cantidades de financiamiento especulativo a corto plazo. Los datos oficiales muestran que, en promedio, alrededor del 30% de las entradas totales de inversión extranjera desde el año 2000 han procedido de inversiones de cartera extranjeras (ICE) volátiles. Incluso dentro de lo que se clasifica como IED, una parte considerable consiste en capital especulativo, ya que la amplia definición de IED de la India posterior al 2000 incluye las carteras que superan una participación del 10% del capital social de una empresa india.7

Si bien la inversión extranjera se promovió oficialmente como un medio para avanzar en la industrialización, la modernización tecnológica y el crecimiento de las exportaciones, estas promesas han permanecido en gran medida incumplidas. En la práctica, el capital extranjero ha servido principalmente para financiar el patrón de crecimiento intensivo en importaciones posterior a la liberalización, reforzando así la erosión de la industria nacional.

Esta eliminación de barreras vino acompañada de pocas regulaciones o directrices. El Estado indio no garantizó, por ejemplo, que la IED en las empresas nacionales estuviera condicionada a la transferencia y vinculación de tecnología, al abastecimiento local y el desarrollo descendente industrial, la inversión en I+D nacional o los límites a la repatriación de regalías. Los tímidos intentos de introducir algunas de estas directrices se abandonaron ante la más mínima presión del capital extranjero.

En consecuencia, la IED ha contribuido poco al avance tecnológico en la industria india, con empresas extranjeras estableciendo pocas instalaciones de I+D dentro del país. Las empresas de propiedad extranjera en la India siguen dependiendo en gran medida de las importaciones: sus importaciones superan a sus exportaciones, lo que debilita los vínculos industriales nacionales y refuerza el proceso de desindustrialización de la economía india.

Si bien la inversión extranjera no ha logrado entregar los beneficios prometidos, las grandes entradas de divisas inyectaron una liquidez sustancial en el sistema financiero indio, ampliando los pasivos de los bancos y obligándoles a buscar nuevas vías para la expansión del crédito. Esto ha dado lugar a un crecimiento inducido por el crédito e intensivo en importaciones, caracterizado por el consumo impulsado por  las élites y la concentración del capital en manos de grupos monopolísticos nacionales a expensas de los bancos del sector público.

Al mismo tiempo, la inversión extranjera aumentó cada vez más la carga externa, ya que las empresas extranjeras importaban más de lo que exportaban y remitían cantidades crecientes al extranjero mediante pagos de regalías y repatriación de ganancias. En 2024, por cada US$ 100 de entrada bruta de inversión (IED e ICE combinadas), se sacaban US$ 50 en forma de ingresos por inversiones. Si se excluyen las ganancias reinvertidas, que no aportan divisas frescas, el desequilibrio es aún más marcado: se sacaron US$ 66 por cada US$ 100 de entrada neta. En los últimos años, estas salidas de ingresos a menudo han superado el déficit total de la cuenta corriente. En 2024, los ingresos por inversiones repatriados triplicaron el déficit en cuenta corriente. A medida que las repatriaciones aumentan, la cuenta externa de la India se vuelve cada vez más frágil, lo que prepara el terreno para un estrés más profundo en la balanza de pagos en los años venideros. En un atisbo de ese futuro, en 2023 se retiraron US$ 116 de la economía india en forma de ingresos por inversiones por cada US$ 100 de entradas de inversión extranjera en el país (Reserve Bank of India, 2025).

La liquidez generada por las entradas de capital alimentó una expansión basada en el crédito y las importaciones y provocó grandes déficits comerciales. Estos déficits a su vez hicieron necesarios nuevas entradas de capital extranjero, lo que agravó la fuga de divisas y creó un ciclo autosuficiente de dependencia cada vez mayor de los flujos financieros externos para gestionar la balanza de pagos de la India.

Un modelo de crecimiento donde el crecimiento industrial es secundario

En la trayectoria neoliberal de la India, con sus cuatro principios fundamentales, el crecimiento industrial ha sido secundario más que central para el modelo de crecimiento. En lugar de basarse en la planificación industrial, los sucesivos gobiernos han confiado en el crédito bancario (junto con las exportaciones de servicios) como motor del crecimiento, tanto para impulsar la demanda como para financiar la infraestructura industrial. En contraste, desde la independencia hasta 1991, el crédito institucional en la India se canalizaba en gran medida hacia la agricultura, la industria y el comercio dentro del marco más amplio de la planificación económica, con un papel marginal del crédito al consumo.

Desde 1991, el crédito al consumo ha mostrado una clara tendencia al alza, con el sector bancario, especialmente los bancos privados, redirigiendo progresivamente los préstamos hacia créditos hipotecarios, préstamos para la compra de vehículos, bienes de consumo duraderos y tarjetas de crédito. La proporción de los préstamos personales en el crédito bancario aumentó del 9,4% en 1990 al 25,2% en 2005, alcanzando el 32,4% en 2024 (Mujumdar, 2007; Asian News International, 2024).

En consecuencia, el crédito, particularmente para la compra de viviendas y automóviles, ha sido considerado un importante motor de crecimiento. La expansión del crédito hipotecario resultó en un aumento de la participación de la construcción en el PIB.

Del mismo modo, la expansión del crédito al consumo para la compra de automóviles distorsionó la estructura de la industria manufacturera a favor de los automóviles y generó patrones de transporte cada vez más dependientes del automóvil, agravando las limitaciones de infraestructura de la India.

El financiamiento de vehículos, junto con la fuerte presencia del gran capital en la producción de automóviles, ha profundizado el sesgo del Estado hacia el transporte privado y la construcción de carreteras, lo que ha resultado en que la India desarrolle la segunda red vial más grande del mundo, que pronto superará a la de Estados Unidos (Indo-Asian News Service, 2025). A pesar de tener un tercio de la superficie terrestre de China, la India tiene una red vial que ya es 2 millones de kilómetros más larga. La construcción de carreteras se ha acelerado en la última década, particularmente para autopistas y vías expresas. Uno de los problemas con esta expansión es que está limitada por las dificultades para la adquisición de terrenos. La alta densidad de población y la gran dependencia de la agricultura hacen que la adquisición de terrenos sea un tema políticamente sensible y socialmente conflictivo. El campesinado, dependiente de la tierra como su principal activo, a menudo resiste la expropiación. Como resultado, la adquisición de terrenos es lenta, costosa y frecuentemente controvertida, lo que crea cuellos de botella en el sistema logístico dominado por las carreteras.

Por otra parte, el hecho que el sistema de fabricación de medios de transporte dependa de los automóviles (incluidos los camiones) ha provocado un aumento de las importaciones de combustible, y más del 40% de los productos derivados del petróleo son consumidos por el sector del transporte (Gobierno de la India, 2014). Esto ha tenido un impacto negativo en el déficit comercial y no ha contribuido a la industrialización.

El cambio hacia el desarrollo del transporte por carretera ha debilitado el ecosistema industrial en general. Se estima que los costos de logística de la India son dos o tres veces más altos que los de China, debido en gran medida a la grave falta de inversión en infraestructura ferroviaria. El transporte ferroviario, que es más barato, requiere menos terreno, es más eficiente desde el punto de vista energético y se adapta mejor a las condiciones de la India, ha sido deliberadamente socavado en favor del transporte por carretera.

La falta de inversión en ferrocarriles se ha traducido en un deterioro de la calidad y la velocidad del transporte ferroviario: los trenes de pasajeros convencionales en la India tienen una velocidad media de 42 km/h, mientras que en China circulan a 86 km/h (la velocidad media de los trenes de mercancías en la India es de 25 km/h. En China circulan a 42 km/h).

El sistema de transporte financiado con crédito y basado en el automóvil ha provocado altos costos logísticos y tiempos de transporte lentos, lo que ha aumentado los costos de producción y ha socavado la competitividad de la industria manufacturera india en el marco del comercio liberalizado.


Gigi Scaria, Hesitant Attempt [Intento vacilante], 2018.

Inversión impulsada por el crédito y activos improductivos

No todo el crecimiento neoliberal de la India ha sido impulsado por el consumo. Entre 2004 y 2010, cuando el país experimentó un alto crecimiento del PIB, la expansión se sustentó no solo en el consumo, sino también en la inversión impulsada por el crédito bancario, alimentada por un exceso de liquidez creado por las entradas de capital extranjero. Con el sistema bancario saturado de liquidez, los bancos privados ampliaron el crédito minorista, mientras que los bancos del sector público canalizaron grandes préstamos a empresas para proyectos de infraestructura en los sectores inmobiliario, energético y siderúrgico, reforzando el crecimiento liderado por la inversión.

Este auge del crédito apoyó el crecimiento liderado por la inversión, pero incubó una crisis seria. La desalineación entre los largos períodos de gestación de estos proyectos y la naturaleza a corto plazo de los pasivos bancarios, combinada con la impunidad de las empresas y la supervisión deficiente, resultó desastrosa. Los bancos comerciales, mal equipados para evaluar y gestionar este tipo de  proyectos, que deberían haber sido financiados por bancos de desarrollo, fueron empujados por el gobierno a conceder préstamos a proyectos de infraestructura de propiedad privada. El resultado fue una acumulación masiva de activos improductivos (AI), que alcanzó su punto máximo en US$ 82.300 millones en bancos del sector público, mientras que los activos físicos creados a través de estos préstamos pasaron a manos del gran capital indio a un costo mínimo, mediante el proceso de resolución de la crisis de los AI (Economic Times, 2018).

La naturaleza del crecimiento neoliberal en este período, significó que la anarquía del mercado determinara tanto la dirección como la estructura de la industria manufacturera india. La interacción de los intereses del capital nacional, las preferencias crediticias del sistema bancario y los patrones de consumo de la élite, operando dentro de un régimen de libre comercio global y flujos financieros sin restricciones, acabó por  moldear la trayectoria de la industria india, sea hacia el crecimiento o hacia el declive.

Déficits comerciales y desindustrialización: dos caras de la misma moneda

La dependencia de bienes manufacturados importados, el combustible y financiamiento importados ha significado que la India ha tenido un déficit en cuenta corriente en casi todos los años, excepto durante el colapso temporal del comercio global en la pandemia de COVID-19. Los únicos períodos en los que el déficit en cuenta corriente se reduce son los de contracción económica. El déficit comercial de mercancías se situó en el 2% del PIB en 1991 y desde entonces ha aumentado al 7%, alcanzando un máximo del 10% en 2011 (Reserve Bank of India, s.f.). Los productos derivados del petróleo representan la mitad del déficit comercial. El déficit en cuenta corriente se ha mantenido más bajo que el déficit comercial de mercancías, solo debido al superávit en la exportación de servicios y la entrada de remesas de trabajadoras y trabajadores indios. Estas remesas han proporcionado el colchón para los déficits comerciales peligrosamente elevados que genera el modelo de crecimiento neoliberal de la India. Sin embargo, ni la exportación de servicios ni las remesas pueden contrarrestar la erosión de la capacidad industrial nacional de la India.

Desindustrialización

Durante mucho tiempo, los debates sobre la economía política de la India han utilizado el término “desindustrialización” para describir el declive de la artesanía no agrícola y las industrias tradicionales bajo el dominio británico, que desplazó a millones de personas de sus ocupaciones habituales y las sumió en la pobreza y el hambre.

Casi ocho décadas después de la independencia, una vez más el término desindustrialización está en circulación, esta vez para describir la trayectoria de la economía india bajo la liberalización, cuyos efectos se han vuelto inconfundibles en la última década. La tendencia subyacente hacia la desindustrialización, que se ocultó durante los períodos de alto crecimiento impulsado por el crédito, se ha manifestado plenamente en los últimos años, coincidiendo con el mandato del gobierno de Modi.

La participación de la manufactura en el PIB cayó del 18,9% en 2008 al 14,3% en 2023, un nivel que no se veía desde hacía más de 60 años, en la etapa inicial de la industrialización de la India. Dada la probable sobreestimación de la producción manufacturera en la nueva serie del PIB con el nuevo año base, la participación real puede ser incluso más baja de lo que sugieren las cifras oficiales. El Índice de Producción Industrial (IPI) refuerza esta imagen: la tasa de crecimiento anual promedio de la producción manufacturera medida por el IPI fue de solo el 3,3% de 2011-2012 a 2024-2025, mientras que fue del 10,1% de 2003-2004 a 2010-2011. Esta desaceleración en la industria manufacturera es evidente si se analiza a largo plazo. La tasa de crecimiento anual promedio del componente de manufactura del IPI fue del 7,5% de 1981-1982 a 1989-1990, del 8,0% de 1991-1992 a 1996-1997 y del 5,4% de 1997-1998 a 2002-2003 (Reserve Bank of India, 2025; Mazumdar, 2025: 6). De hecho, desde 2011, el crecimiento ha sido más bajo que en cualquier período comparable de las últimas tres décadas. La India ahora parece estar ahora en riesgo de una mayor desindustrialización.

El sector servicios: un pobre sustituto de la industria

El declive relativo de la industria manufacturera en los últimos 15 años ha reforzado los profundos desequilibrios estructurales de la economía india. Hoy, la mayor parte del PIB de la India proviene del sector servicios.

Después de 1947, la recién independizada República de la India emprendió un camino  de desarrollo centrado en la construcción de una sólida base industrial. En 1951, al inicio del primer plan quinquenal, la industria manufacturera representaba el 12% del PIB, mientras que los servicios se situaban en el 36%. En 1990, estas cifras aumentaron al 19% para la industria y al 41% para los servicios. Esa vía de desarrollo hacia la industrialización fue abandonada en 1991, cuando el gobierno indio decidió liberalizar o más correctamente neoliberalizar, la economía india y orientarla más hacia los servicios.

Desde 1991, la participación de la industria manufacturera descendió al 14%, mientras que la de los servicios aumentó al 48% en 2008 y luego al 55% en 2024. Si bien el gobierno del BJP bajo Modi exacerbó los problemas de la industria manufacturera india, las bases para su debilitamiento las asentaron los sucesivos gobiernos que siguieron la vía neoliberal iniciada en 1991.

A diferencia de la industria manufacturera, que fortalece la base tecnológica y apoya el crecimiento de los salarios reales, la expansión de los servicios no necesariamente genera efectos similares. Un fuerte sector manufacturero puede mejorar las capacidades de los servicios en áreas como transporte, telecomunicaciones y TI, pero cuando los servicios predominan junto con una base industrial débil, dependen en gran medida de maquinaria importada y tecnologías extranjeras, como es el caso en la India.

El sector servicios en la India, por supuesto, es una categoría amplia que no se presta a una generalización fácil. No obstante, existe una clara dicotomía. Por un lado, hay una serie de servicios, de naturaleza muy variada pero similares en su informalidad, que proporcionan empleos de bajos salarios, inseguros y en gran medida no regulados, caracterizados por una baja productividad. La clase trabajadora en estas actividades a menudo se mueve entre áreas rurales y urbanas y entre empleo agrícola y de servicios, dependiendo de la disponibilidad de trabajo. Estos sectores actúan efectivamente como un refugio para el excedente de mano de obra de la agricultura, expulsada por el estancamiento del empleo agrario y atraída a los servicios debido a la incapacidad del sector manufacturero, especialmente en el contexto de la desindustrialización, para absorber la creciente fuerza laboral. Desde 2017-2018, la participación de esta industria en el empleo total ha disminuido.

El comercio minorista y el transporte son dos de esos sectores. Pero incluso en estas áreas, el empleo abarca un amplio espectro. Por ejemplo, en el comercio minorista incluye a pequeñas y pequeños comerciantes, vendedorxs ambulantes, trabajadorxs en negocios kirana [de barrio] y ayudantes en mercados mayoristas, mientras que en el transporte se incluye a conductorxs de automóviles y taxis, conductorxs de camiones, cargadores, cobradorxs de autobuses y trabajadorxs en manejo de carga y logística. El comercio minorista representa el 12,2% del empleo total y el transporte alrededor del 5,6% y contribuyen con participaciones aproximadamente similares al PIB (Gobierno de la India, 2024: 15-16).

Estas actividades a menudo se describen como parte del “sector informal” más que del “sector servicios”, un término típicamente reservado para los servicios modernos de TI, finanzas y otros que forman el otro lado de esta dicotomía. Ambos segmentos de la economía de servicios han experimentado tasas de crecimiento consistentemente altas durante las últimas tres décadas y media. Los sectores de TI y finanzas representan participaciones significativas del PIB, a pesar de ser altamente intensivos en capital y ofrecer un empleo limitado. A principios de la década de 1990, la contribución del sector de TI al ingreso nacional era insignificante (alrededor del 0,1% del PIB), y su participación en el empleo era aún menor. En 2024, esta industria predominantemente orientada a la exportación se ha expandido rápidamente para representar el 7,5% del PIB mientras emplea solo al 1% de la fuerza laboral (India Brand Equity Foundation, 2025).

Los servicios financieros siguieron una trayectoria similar, duplicando su participación en el PIB del 3% en 1990 al 6% en 2004 y manteniendo su participación en el empleo por debajo del 1 %.8

En conjunto, los sectores de TI y servicios financieros representan el 13,5% del PIB, lo cual es comparable al del sector manufacturero, pero contribuyen con menos del 2% al empleo, mientras que la industria manufacturera contribuye con el 11,4%9. En la economía no agrícola, la manufactura comprende el 17% del PIB y el 20% del empleo, mientras que los sectores de TI y servicios financieros (ambos altamente intensivos en capital) contribuyen con el 16,5% del PIB no agrícola y solo el 3,5% del empleo. El pequeño número de empleos bien remunerados que generan estos dos sectores tiene débiles efectos multiplicadores en la economía nacional, dados los patrones de consumo intensivos en importaciones de este segmento de la fuerza laboral.

Esta aguda divergencia subraya la débil absorción de mano de obra de las TI y las finanzas, los sectores más dinámicos de la India, e ilustra las consecuencias de desarrollar un sector de servicios de alta tecnología a expensas de la manufactura. Una de las razones por las que la India ha liberalizado completamente el comercio en productos electrónicos, una de las ramas más dinámicas y estratégicas de la industria manufacturera en la economía mundial contemporánea, a diferencia del sector automotriz, que todavía disfruta de una considerable protección arancelaria, es que dicha liberalización apoya ostensiblemente a los sectores de servicios de alta tecnología que exportan principalmente a Occidente, en particular a Estados Unidos. La consecuencia ha sido la desindustrialización, junto con la continua dependencia de la agricultura de casi la mitad de la fuerza laboral de la India.

Con una participación del 18% en el PIB, la agricultura emplea actualmente al 46% de la fuerza laboral de la India. A pesar de representar más del 50% del PIB, el sector servicios empleaba solo alrededor del 30% de la fuerza laboral en 2023-2024, lo que destaca su bajo nivel de absorción de mano de obra. La industria manufacturera, que en el momento de la independencia se concebía como una actividad que atraería a una gran parte de la población del sector agrícola, ahora contribuye con alrededor del 14 % de la producción y apenas proporciona el 11 % del empleo total (Gobierno de la India, 2024: 15-16; 2025a; 2025b).


Gigi Scaria, Settlement [Asentamiento], 2010.

En la versión india del desarrollo neoliberal, la industria manufacturera ha sido sacrificada para permitir la exportación de servicios de mano de obra cualificada y servicios a los mercados occidentales, con la esperanza de que estos ingresos compensen el aumento de las importaciones y la falta de un sector manufacturero robusto. Esto se ha traducido en sacrificar las capacidades industriales y tecnológicas a largo plazo de la India por fuentes de divisas frágiles y dependientes del exterior, lo que en última instancia ha socavado la soberanía económica y tecnológica del país, para la que un fuerte sector manufacturero es esencial.

Las consecuencias humanas de la desindustrialización

La India tiene una población juvenil, el llamado “dividendo demográfico” que podría haber sido la base para construir una economía industrial moderna y compartir los beneficios del progreso tecnológico. Deberían tener mejores niveles de vida y empleo seguro, permitiendo una vida equilibrada entre trabajo, descanso y ocio. A pesar de todo el bombo publicitario sobre la India como gran potencia económica, sigue siendo una economía subdesarrollada donde una gran parte de los ingresos de la clase trabajadora se destina al consumo básico como la alimentación, y donde la juventud tiene empleos precarios con futuros inciertos.

La India está desperdiciando la juventud de su fuerza laboral en empleos de supervivencia con salarios estancados. Ha visto un fuerte descenso en el número de personas dependientes, niñxs y adultas mayores, en relación con la población en edad de trabajar: del 83% en 1966 al 47% en 2024 (Banco Mundial, s.f.). Esto permitió cierta reducción de la pobreza extrema, pero con un impacto limitado. Sin embargo, dado que se prevé que la proporción comience a aumentar de nuevo después de 2041, el espacio para la transformación estructural de la India está destinado a estrecharse (Kapil, 2021). El crecimiento industrial, que debería haber absorbido el excedente de mano de obra e impulsado la productividad y el avance tecnológico, parece haber llegado a un callejón sin salida dentro del modelo actual de crecimiento económico.

El camino a seguir

Si la India quiere salir definitivamente de la trampa del subdesarrollo en la que se encuentra actualmente es absolutamente necesario situar la industrialización en el centro de la política económica. Hay muy pocos argumentos en contra. La importancia de la industrialización y los límites de una expansión económica basada en los servicios se han hecho evidentes incluso para lxs defensorxs del neoliberalismo en la India. Esto se refleja en la constante invocación de Modi de programas para promover la manufactura, incluso cuando su gobierno adhiere a los principios neoliberales con más fervor que cualquiera de sus predecesores, ya sea mediante el desmantelamiento del sector público, la eliminación de las barreras restantes al capital extranjero, la promoción de infraestructuras impulsadas por la industria automotriz y generosas exenciones fiscales y subsidios al sector empresarial con el pretexto de estimular la inversión. Si bien el gobierno de Modi ha aumentado moderadamente los aranceles sobre algunos productos manufacturados, el marco general de liberalización comercial permanece intacto. Como era de esperar, estas medidas han producido poca consecuencia en términos de expansión de la industria manufacturera. La desindustrialización de la economía india parece estar en curso.

Es evidente que para cualquier revitalización del programa industrial de la India es esencial una ruptura decisiva con los principios neoliberales que guían actualmente la política económica . Sin embargo, el largo período de liberalización ha creado dinámicas estructurales que hacen que cualquier alejamiento del neoliberalismo sea un desafío político formidable.

Esta era agravó las restricciones preexistentes discutidas anteriormente, aquellas que limitaban la industrialización incluso antes de la liberalización, y profundizó el proceso de desindustrialización. Las desigualdades que restringen el mercado interno se han multiplicado, mientras que la importancia de la gran burguesía india ha crecido enormemente, junto con su influencia sobre el Estado y su capacidad para moldear la política. Considerado el período desde la independencia, esta clase se encuentra actualmente en la cima de su poder, acumularon una riqueza significativa mientras la mayoría de la población solo ha obtenido ganancias marginales.

Los vastos complejos industriales de estos conglomerados indios en sectores como el automotriz, petroquímico, energético, siderúrgico y de telecomunicaciones se construyeron y operaron en gran medida utilizando maquinaria y tecnología importadas, aprovechando la liberalización del comercio. Su expansión se financió con capital barato disponible a través de altas valoraciones bursátiles y se mantuvo gracias a las grandes entradas de inversión de cartera en los mercados de valores indios. La gran burguesía india estableció una relación funcional con el capital extranjero, preservando sus intereses inmediatos y manejando cualquier conflicto mediante una combinación de acomodación y rechazo. Incluso cuando las empresas extranjeras desplazaron al sector público y marginaron a lxs pequeños productorxs locales en sectores clave, los grandes conglomerados de la India retuvieron y expandieron su posición. Aprovecharon su tamaño, su solidez financiera y su capacidad para influir en la política estatal para consolidar su dominio.

Por consiguiente, quedaron atrás los días en que la burguesía india negociaba con la clase terrateniente como un socio en igualdad de condiciones. Aunque la antigua clase terrateniente abarca hoy en día tanto zonas rurales como urbanas, agrícolas y no agrícolas, sigue formando parte de la élite india y comparte intereses de clase comunes con la gran burguesía. El timón de la política estatal está ahora mucho más firmemente en manos de la gran burguesía india, formada por poderosas empresas familiares, a pesar de algunos reveses ocasionales, como la oposición exitosa de las clases campesinas y terratenientes a las leyes agrícolas del gobierno de Modi.

Hoy, la gran burguesía está menos alineada con la clase terrateniente y más con el capital extranjero. El pacto entre la burguesía india y el capital extranjero, en gran parte occidental, ha acelerado la erosión de la independencia económica de la India y profundizado su dependencia de Occidente tanto para la inversión como en la alineación política.

Desinteresadas en desarrollar tecnologías a través de la inversión nacional en I+D, estas empresas buscan asociaciones con el capital occidental, en particular estadounidense, para expandir su presencia en nuevas áreas de manufactura. Esperan aprovechar las oportunidades creadas por la determinación del Estado estadounidense de reorientar las cadenas globales de suministro lejos de China.

Cada vez más, las empresas indias intentan colaborar con empresas occidentales en áreas como el sector de defensa, la electrónica y los sistemas de pago.

A pesar de sus planes, los intereses de esta clase son contrarios a la industrialización de la India. El espectáculo que rodeó las negociaciones comerciales entre la India y Estados Unidos bajo el mandato de Trump puso de manifiesto los límites de depender de la colaboración con Occidente para el desarrollo industrial. Incluso si se materializara un acuerdo comercial favorable con Estados Unidos, el resultado apenas variaría. Si la primera fase del neoliberalismo ha fracasado, su segunda iteración, el “neoliberalismo 2.0”, está igualmente condenada al fracaso por las mismas razones que paralizaron la industrialización en el período anterior a la liberalización: la profunda desigualdad y la falta de poder adquisitivo de las masas. Estos mismos problemas no han hecho más que intensificarse con la liberalización, ahora a una escala exponencialmente mayor. Hoy en día, la desigualdad ha alcanzado tal extremo que una persona debe estar entre el 11 % superior de la distribución de ingresos de la India para ganar el ingreso medio nacional. En otras palabras, el 89 % de las personas adultas ganan menos que este promedio nacional. La desigualdad de riqueza es aún más marcada: el 1 % más rico posee el 40,1 % de la riqueza total, la mayor concentración a nivel mundial. Dentro de este grupo, la desigualdad es aún mayor, ya que solo 162 personas poseen el 24,6 % de la riqueza del país en 2022. (Bharti et al., 2024: 1,3,44,77).

Atrás quedaron los días en que la reforma agraria por sí sola podía crear un mercado masivo al poner el poder adquisitivo en manos de una amplia población. Aunque la gran desigualdad en la propiedad de la tierra sigue siendo una realidad, el enorme crecimiento de la población y la fragmentación generalizada de la tierra significan que, si bien la reforma agraria todavía tiene margen de maniobra, ya no puede poner suficiente tierra en manos de la fuerza laboral de la India.

La época posterior a la independencia, cuando la gran burguesía india compartía con la clase trabajadora y el campesinado un interés común por el desarrollo industrial y tecnológico liderado por el Estado, hace tiempo que pasó. Ya no hay ningún terreno común. La burguesía india, que antes recelaba del capital internacional, ahora se ha ido acercando poco a poco hacia una asociación con él.

Por lo tanto, cualquier desviación de la trayectoria neoliberal, hacia la expansión del mercado indio y la reducción de la desigualdad, exige que la clase trabajadora se enfrente a la gran burguesía del país y a sus socios, sea cual sea la forma que adopte esta alianza. sin embargo, en la actualidad, bajo el estupor de la hiper-religiosidad y el yugo de la política religiosa fascista, financiada por esa misma gran burguesía, el pueblo indio tiene un largo camino por recorrer antes de poder enfrentar a esta poderosa clase.

No obstante, la actual inestabilidad del orden económico mundial y la incertidumbre que genera para el capital indio crean oportunidades para que la izquierda india revitalice su presencia política y oriente el discurso de la política económica hacia un desarrollo nacional autónomo.


Gigi Scaria, Human Pull [Tirón humano], 2018.

Notas

1 A menos que se indique lo contrario, todas las cifras del PIB en este dossier —incluidas las participaciones sectoriales— son cálculos de lxs autorxs basadxs en las Estadísticas de Cuentas Nacionales (NAS) de la India, serie 2011-2012 y serie retrospectiva correspondiente (precios corrientes) (Gobierno de la India (MoSPI), 2025c).

2 Entre 1990 y 1996, los aranceles promedio sobre productos agrícolas cayeron del 82% al 39%, mientras que los de los productos manufacturados descendieron del 51% al 40% (Pillai, 2007; Athreya, 2013; Sainath, 1996).

3 El gobierno redujo los aranceles a los productos manufacturados del 33,3% en 2000 al 9% en 2008. (Kumar y Dhar, 2020).

4 Por ejemplo, la intensidad de importación de las exportaciones manufactureras de la India aumentó del 12,89% en 1993-1994 al 24,04% en 2003-2004 y al 51% en 2013-2014 (Mahua y Kumar, 2020).

5 Esta erosión se refleja en la disminución del peso de los bienes de capital e intermedios en el Índice de Producción Industrial (IPI) del 35,5% en 1993-1994 al 29,63% en 2011-2012. (Reserve Bank of India, 2025).

6 Hoy, las exportaciones representan el 79% de los ingresos de la industria de TI india, mientras que el sector sigue siendo totalmente dependiente del hardware importado (Gobierno de la India. Ministerio de Comercio e Industria, 2019).

7 Sobre la adopción por parte de la India del umbral del 10 % de los derechos de voto y la consiguiente difuminación entre la inversión directa y la inversión de cartera, véase Rao y Dhar, 2011. Para la definición oficial actual de IED, véase Gobierno de la India, 2020.

8 Si utilizamos la estimación de Business Standard de 2 millones de trabajadores en el sector bancario y de seguros como aproximación al sector financiero, incluso un ajuste al alza generoso situaría el empleo total del sector financiero muy por debajo del 1 % de la población activa de la India. (Kant, 2024)

9 Las cuotas de empleo son cálculos de lxs autores con base en Gobierno de la India, 2024. Las cifras sectoriales son de Gobierno de la India, 2022.

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5. Arabia Saudí contra los EAU en Yemen.

Por sus vínculos con Qatar, nunca hago caso de lo que publican en Middle East Eye sobre Siria. Pero en el caso de Yemen, dejando al lado a los hutíes, lo que está sucediendo ahora entre Arabia Saudí y los Emiratos -aliados de Israel- se lo miran más desde la barrera, por lo que publican algún artículo interesante. Entre los últimos, este sobre la situación sobre el terreno desde la perspectiva geopolítica regional, el día en que los emiratíes han perdido sus últimos territorios en la zona. Y os paso otro de The Cradle más centrado en la rivalidad específica Arabia Saudí-Emiratos.

https://www.middleeasteye.net/opinion/yemen-war-new-order-emerging-red-sea

Guerra en Yemen: ¿Está surgiendo un nuevo orden en el Mar Rojo?

Taqadum al-Khatib

7 de enero de 2026

En medio de una disputa sin precedentes entre Riad y Abu Dabi, los Estados de la región están reevaluando sus estrategias y alianzas

El reciente ataque militar de Arabia Saudí contra las fuerzas respaldadas por los Emiratos Árabes Unidos en Yemen no fue un incidente táctico pasajero. Marcó un momento crucial, que indica que la región ha entrado en una nueva fase, caracterizada por el colapso de la idea misma de las alianzas.

El ataque saudí en Mukalla representó el colapso de una estructura construida desde 2011 sobre la ilusión de que el caos puede controlarse sin repercusiones para quienes lo crean. El ataque se debió a una dura constatación: mantener a Yemen débil genera entidades armadas que amenazan con convertir la frontera sur de Arabia Saudí en una vulnerabilidad permanente, al igual que el sur del Líbano con respecto a Israel, o el norte de Siria con respecto a Turquía.

No se trataba de una demostración de fuerza, sino de un ataque motivado por el temor a que instrumentos de influencia que antes eran fiables se convirtieran en fuentes de amenazas futuras.

El mensaje a los Emiratos Árabes Unidos no era solo militar, sino estructural. La era de jugar al margen, de construir influencia a través de representantes locales y milicias transfronterizas se ha vuelto costosa y potencialmente contraproducente.

Para los EAU, el ataque puso de manifiesto una grave vulnerabilidad estratégica. Abu Dabi no ha construido su poder sobre la base de la profundidad demográfica o el peso histórico-político, ni posee un capital simbólico, como se observa en otras ciudades de la región, como La Meca, Medina, El Cairo, Damasco, Bagdad y Estambul.

La pregunta apremiante para los EAU no es solo cómo responder a este ataque, sino si pueden seguir operando como actores en la sombra en una era que ya no tolera las sombras.

Este vacío estructural dificulta que Abu Dabi establezca una influencia imperial duradera en la región, independientemente de su riqueza o capacidad financiera. En su lugar, se basa en un modelo de control indirecto a través de puertos, islas, rutas marítimas y empresas de seguridad privadas.

Este modelo funcionó durante el periodo de colapso árabe regional, pero se vuelve frágil cuando los Estados, incluso los agotados, comienzan a recuperar el instinto de supervivencia y defensa de sus espacios vitales.

Fuera de las sombras

La pregunta apremiante para los EAU no es solo cómo responder a este ataque, sino si pueden seguir actuando como actores en la sombra en una era que ya no tolera las sombras, o si la lógica actual les empujará a convertirse en actores directos en conflictos que superan su capacidad demográfica y política.

Esto nos lleva al mar Rojo, que ya no es solo un corredor marítimo, sino un escenario abierto para la redistribución del poder. Israel no busca controlarlo mediante la ocupación, sino despojarlo de cualquier soberanía árabe efectiva: un «mar de indecisión», asegurado mediante bases indirectas, entidades frágiles y acuerdos de seguridad con Estados que buscan protección en lugar de agencia.

Al mismo tiempo, Irán no desea un Mar Rojo estable, sino volátil, una herramienta de influencia global. Turquía, por su parte, no disputa directamente el núcleo, sino que rodea las periferias —Libia, el Cuerno de África, Qatar— para permitir negociaciones más amplias. Todas las grandes potencias extienden su mano hacia el agua, mientras los Estados árabes discuten en las costas.

En esta fase de la historia regional, no son castigados los que calculan mal, sino los que dejan espacios desprotegidos.

En este contexto, el reciente reconocimiento de Somalilandia por parte de Israel no fue un gesto simbólico o diplomático, sino más bien una medida avanzada destinada a remodelar el mar Rojo. Quien se afianza en el Cuerno de África controla el estrecho de Bab al-Mandeb, y quien controla esa vía marítima vital puede asfixiar o proteger el Golfo y presionar o neutralizar a Egipto.

Las guerras modernas no se libran con tanques, sino con reconocimiento, logística y redes de influencia que operan bajo la apariencia de inversiones o lucha contra el terrorismo.

Este contexto más amplio no puede entenderse al margen de la estrategia global de Israel, que no pretende derrocar a los Estados árabes en su conjunto, sino desmantelar sus capacidades soberanas y transformarlos en unidades funcionales o zonas de crisis perpetua.

Palestina fue el primer modelo: dos territorios sin soberanía. Le siguieron el Líbano, mediante la parálisis del Estado central, Siria, mediante mapas de influencia, Irak, manteniendo divisiones estructurales sin desintegración formal, y Sudán, mediante la fragmentación del Estado.

Argelia es un caso diferente pero preocupante en la estimación de Israel: un Estado con recuerdos de liberación, un ejército ideológicamente disciplinado y una postura firme sobre la normalización, lo que lo convierte en un objetivo para debilitarlo en lugar de desmantelarlo, a través del agotamiento regional en el Sahel, Libia, Marruecos y el Sáhara Occidental, junto con el aislamiento estratégico del Mashreq.

La normalización se ha convertido en una herramienta central en esta arquitectura, incorporando a determinados Estados árabes a un sistema de seguridad liderado por Israel y distribuyendo funciones como financiadores, intermediarios o guardianes de corredores. Aquí, el «Estado funcional» surge como el modelo ideal: un Estado sin ambiciones soberanas, cuya influencia se basa en puertos, bases y empresas de seguridad, más que en la toma de decisiones políticas o el apoyo popular.

Fragmentación de Estados

Esto explica el interés de Israel por las zonas del Golfo y el Cuerno de África. Se centra en entidades dentro de los Estados para fragmentar a ellos en unidades funcionales dentro de su red de influencia, incluyendo el sur de Yemen a través del Consejo de Transición del Sur, las zonas tribales de Argelia, los territorios libios bajo el mando del general renegado Khalifa Haftar y partes de Somalia.

Mediante la normalización y el reconocimiento internacional, Israel pretende transformar a ellos en herramientas de influencia, mientras que otros Estados importantes conservan poderes de decisión limitados.

De este modo, los Emiratos Árabes Unidos se convierten en una entidad funcional que vincula estas regiones con las alianzas israelíes y garantiza el control de corredores vitales, mientras que las potencias árabes tradicionales, como Egipto, Argelia y Siria, se enfrentan a una presión cada vez mayor para ajustar sus políticas o aceptar las reglas del juego regionales.

De cara al futuro, entre los posibles escenarios se encuentra la continuación de la escalada militar en Yemen, que podría derivar en un enfrentamiento regional que vuelva a amenazar el transporte marítimo en el mar Rojo y obligue a Egipto a implicarse más en la protección de los corredores estratégicos y el canal de Suez.

Mientras tanto, Israel podría actuar para consolidar su posición en Somalia y el Cuerno de África con el fin de garantizar el control sobre el estrecho de Bab al-Mandeb y vincular el mar Rojo a las alianzas del Golfo, lo que situaría a la región bajo la supervisión casi total de Israel y limitaría la autonomía árabe.

Al mismo tiempo, Irán seguirá aprovechando a los huzíes y el Cuerno de África como herramientas de presión contra el Golfo y Egipto, reestructurando los equilibrios navales y obligando a los Estados árabes a reorganizar sus alianzas y negociar acuerdos de seguridad regionales integrales. Turquía también podría entrar directamente en este escenario mediante asociaciones con Sudán o Somalia, lo que aumentaría la complejidad estratégica.

Para Egipto, los principales retos incluyen su concesión sobre las islas Tirán y Sanafir, un Sudán dividido y una Libia debilitada. Estos factores limitan su capacidad para asegurar corredores vitales, lo que le obliga a desarrollar nuevas alianzas o reforzar la presencia de seguridad internacional para mantener la estabilidad del Mar Rojo.

Egipto ocupa hoy en día la posición regional más precaria, porque es la más limitada. La renuncia a Tirán y Sanafir no solo supuso la pérdida de dos islas, sino también la pérdida de un símbolo de control sobre la puerta norte del Mar Rojo. Al mismo tiempo, permitir la fractura de Sudán agotó su profundidad estratégica, y gestionar la seguridad de Libia sin un proyecto político a largo plazo lo dejó abierto a intervenciones externas.

El resultado es que Egipto se enfrenta a la erosión de su capacidad de disuasión, junto con una cuestión existencial: ¿desea recuperar un poder de bloqueo genuino o seguir siendo gestionado como un «espacio estable» dentro de una región turbulenta?

Lo que está ocurriendo hoy en día no es una crisis pasajera, sino un claro cambio de época: de un Oriente Medio en el que se gestionaban las crisis, a otro en el que se gestionan sus mapas. La lucha no es solo entre Estados, sino por un vacío de soberanía, toma de decisiones y disuasión. En esta fase de la historia regional, no son castigados los que calculan mal, sino los que dejan espacio sin proteger.

Quienes no logren llenar el vacío ellos mismos verán cómo otros lo hacen. Esta es la dura ley que rige ahora la región.

Las opiniones expresadas en este artículo pertenecen al autor y no reflejan necesariamente la política editorial de Middle East Eye.

Taqadum al-Khatib es doctorando en la Universidad de Princeton y en la Universidad Libre de Berlín. También es el antiguo coordinador del dossier de comunicaciones políticas de la Asociación Nacional Egipcia para el Cambio.
https://thecradle.co/articles/riyadh-vs-abu-dhabi-the-gulfs-fiercest-rivalry-breaks-into-the-open

Riad contra Abu Dabi: la rivalidad más encarnizada del Golfo sale a la luz

La alianza entre Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos, que en su día fue un frente unificado en Asia Occidental, se está desmoronando rápidamente. Lo que comenzó como una discreta divergencia se ha convertido ahora en un conflicto abierto en las líneas divisorias más críticas de la región.

Fouad Ibrahim

6 DE ENERO DE 2026

Desde hace tiempo existen diferencias entre Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos, pero no hasta el punto de llegar a una crisis en toda regla. La cuestión ahora es si esta disputa se puede resolver o si se intensificará, y hasta dónde están dispuestos a llegar Arabia Saudí o los Emiratos Árabes Unidos en esta rivalidad.

La ruptura se hizo evidente en diciembre de 2025, cuando Arabia Saudí exigió formalmente la retirada de las fuerzas respaldadas por los Emiratos Árabes Unidos de las provincias yemeníes de Hadhramaut y Al-Mahra. La exigencia, respaldada por ataques aéreos saudíes contra milicias aliadas, marcó un mínimo sin precedentes en las relaciones entre los dos Estados, que durante mucho tiempo se consideraron la columna vertebral del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG).

Desde Yemen hasta Sudán, Siria, Somalia y la cuenca del Mar Rojo, Riad y Abu Dabi están cada vez más enfrentados, respaldando a fuerzas rivales y buscando el dominio, a menudo a expensas de la estabilidad regional.

Caminos divergentes: cómo se rompió la alianza

Durante décadas, Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos trabajaron en estrecha colaboración. Desde la formación del CCG en 1981, su enfoque común de la seguridad regional y la integración económica ocultó diferencias más importantes. Su alianza se intensificó tras las revueltas árabes de 2011, cuando ambos Estados trataron de aplastar los movimientos de protesta y contrarrestar a los Hermanos Musulmanes.

La guerra liderada por Arabia Saudí contra Yemen en 2015 pareció sellar esta alianza. Los EAU desempeñaron un papel militar importante en la campaña contra el Gobierno con sede en Saná. Pero, bajo la superficie, los dos socios perseguían objetivos muy diferentes.

Riad pretendía derrotar a las fuerzas armadas alineadas con Ansarallah y reinstalar un gobierno central dócil en Saná. Abu Dabi se centró en apoderarse de puertos, islas y rutas marítimas, y en aumentar su influencia a través de representantes locales.

Esta divergencia salió a la luz cuando los EAU apoyaron al Consejo de Transición del Sur (CTS), que busca dividir Yemen mediante el restablecimiento de un Estado sureño, desafiando directamente la insistencia saudí en la unidad yemení.

Los imperativos estratégicos de Arabia Saudí

La postura regional de Riad sigue basándose en la preservación del régimen y la contención geopolítica. La preservación de la unidad territorial en Yemen es una preocupación clave, ya que los gobernantes saudíes temen que el secesionismo del sur pueda sentar un peligroso precedente para las regiones conflictivas dentro del reino.

Esta inquietud se ve agravada por el hecho de que partes de la frontera sur de Arabia Saudí, como las provincias de Jizan, Asir y Najran, son históricamente tierras yemeníes anexionadas en virtud del Tratado de Taif de 1934, un legado que sigue siendo delicado en los círculos nacionalistas de Saná.

Contener a Irán sigue siendo fundamental, ya que Riad considera a Ansarallah y al Gobierno de Saná como representantes de Irán y está decidido a impedir que Teherán se afiance en el flanco sur de Arabia Saudí. Por último, el reino sigue proyectándose como una autoridad líder en el mundo musulmán suní, un estatus que requiere resistir el auge de esferas de influencia rivales.

Las ambiciones expansionistas de los EAU

Bajo el mandato del presidente emiratí Mohammed bin Zayed (MbZ), los EAU se han vuelto mucho más asertivos en su postura regional. La hegemonía marítima es el núcleo de su estrategia. Con una profundidad territorial limitada, Abu Dabi ha invertido en puertos y rutas marítimas desde el mar Rojo hasta el océano Índico, con el objetivo de controlar los puntos críticos para el comercio mundial.

La lucha contra el islam político es igualmente fundamental, ya que los dirigentes emiratíes consideran a los Hermanos Musulmanes una amenaza existencial y han respaldado sistemáticamente a los hombres fuertes y las milicias seculares para reprimir los movimientos islámicos.

Paralelamente, los EAU han emprendido una agresiva expansión económica, con entidades vinculadas al Estado que adquieren infraestructuras y recursos estratégicos en Asia occidental y África, lo que a menudo choca con los intereses saudíes.

Guerra por poder desde Siria hasta el Cuerno de África

Esta rivalidad se desarrolla ahora en varias zonas de conflicto. Durante el apogeo de la guerra en Siria, Riad respaldó a los grupos extremistas suníes salafistas como contrapeso a la influencia iraní. Los EAU tomaron un camino diferente. Fueron de los primeros en reabrir su embajada en Damasco en 2018, con el objetivo de rehabilitar el Gobierno del expresidente sirio Bashar al-Assad.

Abu Dabi también cooperó con las fuerzas kurdas y trabajó para marginar a las facciones islamistas, incluida Hayat Tahrir al-Sham (HTS), liderada por el actual presidente sirio Ahmad al-Sharaa, que anteriormente se hacía llamar Abu Mohammad al-Julani cuando era comandante de Al Qaeda.

En Sudán, Riad apoya al general Abdel Fattah al-Burhan y a las Fuerzas Armadas sudanesas, a quienes considera una fuerza estabilizadora y un socio para garantizar la seguridad del corredor del Mar Rojo. Por el contrario, los Emiratos Árabes Unidos han respaldado a las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF), a pesar de sus atrocidades documentadas, impulsados por su hostilidad hacia las corrientes islamistas y su deseo de controlar recursos clave.

En Somalia, ambos Estados han creado esferas de influencia rivales. Abu Dabi se ha atrincherado en Somalilandia y Puntlandia, mientras que Riad ha reforzado sus lazos con el Gobierno federal de Mogadiscio. Esta competencia se extiende a lo largo del mar Rojo, donde los puertos y las islas se han convertido en activos estratégicos de gran importancia.

Yemen: punto álgido de la disputa del Golfo

Los ataques aéreos saudíes del mes pasado contra las fuerzas respaldadas por los EAU en Hadramaut y Al-Mahra supusieron una escalada dramática. Riad exigió la retirada total del STC de las provincias. Al ser ignorada, los aviones saudíes atacaron posiciones ocupadas por fuerzas que antes se consideraban aliadas.

Esta respuesta revela la creciente alarma de Riad. El afianzamiento de los Emiratos y Israel en el sur de Yemen y el Cuerno de África supone ahora una amenaza directa para la seguridad nacional y el acceso marítimo de Arabia Saudí. El reino también considera el proyecto separatista del STC como un peligroso precedente que podría repercutir dentro de sus propias fronteras.

Los ataques indicaron que Arabia Saudí ya no toleraría la expansión descontrolada de los Emiratos, incluso a costa de fracturar la unidad del CCG. Abu Dabi, sin embargo, ha apoyado a sus aliados, ofreciendo solo concesiones simbólicas, como propuestas para el control conjunto de infraestructuras clave.

Una rivalidad que se ha ido gestando durante años

Las medidas de Abu Dabi no pillaron por sorpresa a los funcionarios saudíes. El apoyo de los Emiratos a los separatistas del sur era evidente en 2017 y se intensificó en los años siguientes, especialmente después de que los EAU redujeran su presencia militar y aumentaran su respaldo al STC.

Incluso en los primeros años de la guerra de Yemen, las diferencias eran evidentes: Riad defendía la unidad de Yemen y apoyaba al Gobierno en el exilio, mientras que Abu Dabi empoderaba a las milicias con agendas antiislamistas y separatistas.

La ruptura pública refleja ahora la formalización de un conflicto que se gestaba desde hacía tiempo. La retórica escalada en plataformas como X, incluida la de figuras como Saud al-Qahtani, indica que los esfuerzos entre bastidores han fracasado y que la brecha ya no es contenible.

Escalada saudí: líneas rojas sin ruptura

A pesar del aumento de las tensiones, sigue siendo poco probable que se produzca un enfrentamiento militar directo entre las dos monarquías del Golfo Pérsico.

Arabia Saudí está preparada para intensificar la escalada, pero lo hará mediante métodos indirectos y negables. Se espera que Riad redoble su guerra política en Yemen, apoye a las facciones del sur opuestas al STC, lleve a cabo ataques aéreos limitados destinados a debilitar a las fuerzas alineadas con los EAU y aplique presión económica y diplomática sobre los intereses emiratíes.

Los ataques con misiles o la guerra abierta correrían el riesgo de colapsar la arquitectura de seguridad colectiva del Golfo e invitarían a la intervención extranjera. Ambos Estados están profundamente arraigados en las estructuras de seguridad occidentales, lo que hace improbable que se produzcan tales resultados. En su lugar, Arabia Saudí tratará de afirmar su dominio mediante medidas calibradas e indirectas.

Remodelación de la región

Las consecuencias de esta ruptura ya se están dejando sentir en toda la región. Los conflictos se prolongan, las crisis humanitarias empeoran y las instituciones regionales se tambalean. El CCG, que en su día se promocionó como pilar de la unidad del Golfo, está perdiendo cada vez más relevancia. Mientras tanto, Tel Aviv ha aprovechado la oportunidad para ampliar su presencia en los puntos estratégicos marítimos y las zonas inestables.

Hay tres posibles trayectorias. Los dos Estados pueden llegar a un acuerdo informal que gestione la competencia sin resolverla. Podría surgir una reconciliación limitada, impulsada por los intereses mutuos en materia de seguridad marítima y estabilidad regional.

O bien, la rivalidad podría escalar hasta convertirse en enfrentamientos directos en Yemen o Sudán, con consecuencias potencialmente catastróficas para la región y más allá.

Lo que está claro es que ya no se trata de una disputa personal o ideológica. La rivalidad entre Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos es ahora estructural y cada vez más económica. A medida que Riad y Abu Dabi compiten por el dominio de las rutas comerciales, los flujos de inversión y la influencia política, su competencia determinará la trayectoria de una Asia occidental multipolar.

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6. El plan quinquenal chino y la IA.

Michael Roberts analiza el último plan quinquenal chino, y, en concreto, a su estrategia de desarrollo de nuevas tecnologías, y entre ellas, la IA.

https://thenextrecession.wordpress.com/2026/01/04/china-ai-involution-and-the-national-plan/

China: IA, involución y el plan nacional

Durante su discurso de Nochevieja retransmitido por televisión, el líder comunista chino Xi elogió los avances del país en sectores clave. Mientras hablaba, se proyectaban en pantalla imágenes que iban desde robots humanoides practicando kung fu hasta nuevos proyectos hidroeléctricos. También anunció que la Asamblea Popular Nacional debatiría el nuevo plan quinquenal del país en su próxima sesión legislativa de marzo.

El decimoquinto plan quinquenal de China se centra en la IA. El decimocuarto plan (2021-2025), que acaba de finalizar, se centró en la estrategia de «doble circulación» (comercio interior + exterior), es decir, impulsar el crecimiento económico no solo a través de las exportaciones, sino también mediante la inversión en la economía nacional, con el objetivo particular de alcanzar la autosuficiencia tecnológica. El nuevo plan continuará con ese impulso hacia la independencia tecnológica, pero esta vez a través de la difusión de la IA en los procesos industriales, los productos de consumo, la atención sanitaria, la educación y la administración digital. El plan prevé que, para 2030, la IA esté tan extendida como la electricidad o Internet, lo que la convertirá en un importante motor del crecimiento económico. El Gobierno habla de que China se convierta en una «sociedad inteligente» para 2035.

Parece que los líderes chinos están aún más comprometidos con el éxito de la IA que las principales economías occidentales, donde hay voces escépticas sobre lo que puede aportar en cuanto a nuevos descubrimientos, mayor productividad y rentabilidad. Para mí, la diferencia es que en China existe un plan para alcanzar objetivos clave en tecnología que impulsarán toda la economía, etc., mientras que en las principales economías capitalistas, todos los huevos de la IA están en una cesta propiedad de los hiperescaladores de IA privados y las siete gigantescas empresas de medios tecnológicos, y para ellos lo fundamental es la rentabilidad, no los resultados tecnológicos.

China entra en el Año del Burro en 2026 y en un nuevo plan quinquenal tras haber logrado en su mayor parte lo que se propuso en el plan anterior. China parece dispuesta a alcanzar un crecimiento real del PIB del 5 % en 2025 y, aunque su crecimiento anual real del PIB ya no es de dos dígitos, sigue creciendo el doble de rápido que la economía estadounidense, que logró un 2,5 % en 2025, en el mejor de los casos, mientras que el resto de las economías del G7 lucharon por crecer más de un 1 %.

Según el South China Morning Post, que a menudo critica duramente el éxito de China, el 86 % de los 250 objetivos fijados en el plan nacional anterior se cumplieron o se superaron. Dependiendo de cómo se mida, el PIB de China está a punto de superar al de Estados Unidos y, al ritmo actual de crecimiento, lo hará al final de este nuevo plan quinquenal.

Los críticos occidentales de China afirman que, si se compara el crecimiento del PIB nominal, que incluye la inflación, el PIB nominal de Estados Unidos aumentó un 5 % en 2025, tanto como la tasa nominal de China. Esto demuestra que China se encuentra en una espiral deflacionaria que está debilitando el gasto de los consumidores y reduciendo el crecimiento de la inversión. Muchos economistas occidentales convencionales sostienen que una inflación «moderada» es buena para la economía. Si hay deflación (caída de los precios), los consumidores pueden gastar menos en bienes y servicios y ahorrar su dinero con la esperanza de que los precios bajen aún más, lo que ralentizará el crecimiento económico.

Por supuesto, la hiperinflación o la inflación acelerada son malas noticias porque el nivel de vida de la población se hundirá, según este argumento. Pero lo que es bueno es una inflación «moderada y estable» para que las empresas capitalistas tengan margen para subir los precios y mantener sus beneficios. Este argumento debería aplicarse también a China. Pero no se aplica a los hogares medios de Estados Unidos, Europa y ahora Japón, que se enfrentan a subidas interminables de los precios de los bienes esenciales, mientras que en China los precios se mantienen estables e incluso bajan.

¿Por qué no suben los precios en China? Al parecer, todo tiene que ver con la «involución». El veterano «observador de China», el economista estadounidense Stephen Roach, explica que la persistente deflación de los precios en China refleja la involución (en chino, «neijuan» (内卷), que se refiere a la caída de los precios derivada de una competencia desordenada y excesivamente agresiva en varias industrias clave. ¡Los precios están bajando porque la competencia entre los fabricantes de vehículos, paneles solares, baterías, etc. es demasiado fuerte! Y, sin embargo, la economía dominante siempre nos dice que la competencia es buena.

Según Roach y otros observadores occidentales, incluidos muchos de izquierdas, sin una mayor demanda de los consumidores, la economía china sigue corriendo el riesgo de caer en un atolladero similar al de Japón, con precios a la baja y deuda al alza. Al igual que Japón a finales de los años 80 y principios de los 90, el aumento de la deuda de China sugiere la posibilidad de una prolongada recesión del balance. Aparece el espectro de la «japonización». En un nuevo estudio del Banco de la Reserva Federal de Dallas, los economistas Scott Davis y Brendan Kelly sostienen que «hay cada vez más pruebas de la existencia de «préstamos zombis» en China, bancos que renuevan préstamos incobrables a empresas no rentables y permiten que se mantenga el statu quo en lugar de reconocer las pérdidas». Afirman que «la experiencia actual de China refleja la de Japón en los años ochenta y noventa. El rápido crecimiento de la deuda del sector privado, impulsado también por el ahorro interno, fue seguido por la aparición de préstamos zombis. En Japón, esos préstamos zombis condujeron a una asignación ineficiente del capital y a una disminución de la productividad, especialmente en sectores protegidos de la competencia extranjera».

Y la directora del FMI, Georgieva, se centra en el riesgo de «japonización», instando a Pekín a dejar que los promotores inmobiliarios inviables quiebren, si es necesario. «Hemos estado instando a que se preste más atención al cierre de este problema», explicó Georgieva. «Ellos son las empresas zombis». Dejen que las zombis desaparezcan. Se trata de una propuesta política interesante para China, teniendo en cuenta que, en la crisis financiera mundial de 2008, el FMI y los gobiernos occidentales optaron por rescatar a los bancos y mantener la «flexibilización cuantitativa» para alimentar a las empresas «zombis» no rentables que aún hoy siguen arrastrándose. Aparentemente, hay una política para las economías capitalistas de Occidente y otra para China.

La caída del mercado inmobiliario ha sido grave en China. Sin embargo, no es malo que los precios de los inmuebles bajen drásticamente para que la vivienda sea más asequible. La solución a partir de aquí debe ser la expansión de la vivienda pública, no más desarrollo privado. Es cierto que los ratios de apalancamiento de la deuda de China se han disparado en las últimas décadas, pero son manejables, sobre todo porque la mayor parte de la deuda se concentra en los sectores de los gobiernos locales y, por lo tanto, puede ser rescatada por el gobierno central. Además, China cuenta con un sistema bancario estatal, empresas públicas y enormes reservas de divisas para cubrir cualquier pérdida.

Y China no está estancada como Japón. Tomemos como ejemplo el crecimiento de la productividad. Aunque el crecimiento de la productividad laboral de China se ha ralentizado en las últimas dos décadas, sigue siendo más de cuatro veces superior al de Estados Unidos y seis veces superior al de Japón. ¿Por qué China ha logrado evitar las crisis, incluida la Gran Recesión y la pandemia? ¿Por qué ha avanzado con tasas de crecimiento sin precedentes en una economía tan grande, mientras que otras grandes economías emergentes como Brasil o incluso la India no han logrado cerrar la brecha con las principales economías capitalistas avanzadas?

Esto se debe a que, aunque China tiene un gran sector capitalista, basado principalmente en los sectores de bienes de consumo y servicios, también tiene el sector estatal más grande de cualquier economía importante, que abarca las finanzas y los sectores industriales y manufactureros clave, con un plan nacional que guía y dirige tanto a las empresas estatales como al sector privado sobre dónde invertir y qué producir. Cualquier caída de su sector privado se compensa con el aumento de la inversión y la producción en el sector estatal: no impera el beneficio, sino los objetivos sociales. El Estado chino posee una ligera mayoría (55 %) del capital total de todas las empresas.

Pero el argumento dominante en Occidente, repetido por algunos en la izquierda marxista, sigue siendo el mismo: China debe poner fin a su estrategia de alta inversión, reducir la expansión de sus exportaciones y volver a impulsar el consumo interno, tal y como han hecho las principales economías occidentales. Sonali Jain-Chandra, una de las principales economistas del FMI especializada en China, sostiene que la clave es acelerar «las reformas para reequilibrar la demanda hacia el consumo y abrir aún más el sector de los servicios, lo que puede promover el crecimiento sostenible y ayudar a crear puestos de trabajo». Si bien «el desarrollo económico de China en las últimas décadas ha sido notable», «ha dependido demasiado de la inversión en lugar del consumo», afirma Jain-Chandra.

Pero, ¿ha funcionado bien la estrategia basada en el consumo para las principales economías occidentales? En cualquier caso, no es cierto que la economía china esté creciendo a expensas del consumo de los hogares. Una baja ratio de consumo respecto al PIB no significa necesariamente un bajo crecimiento del consumo. El crecimiento del consumo en China ha sido mucho más rápido que en las economías occidentales basadas en el consumo. Un estudio reciente de Richard Baldwin reveló que China puede haber funcionado con un modelo impulsado por las exportaciones hasta 2006, pero desde entonces las ventas internas se han disparado, por lo que la relación entre las exportaciones de China y el PIB ha disminuido. «El consumo chino de productos manufacturados en China ha crecido más rápidamente que la producción china durante casi dos décadas. Lejos de ser incapaz de absorber la producción, el consumo interno chino de productos fabricados en China ha crecido MUCHO más rápidamente que la producción del sector manufacturero chino». Hasta aquí el «exceso de capacidad» o la «involución». El crecimiento del consumo privado en China ha sido mucho más rápido que en las principales economías, precisamente debido al crecimiento económico más rápido impulsado por un crecimiento más rápido de la inversión. Repito lo que he dicho en entradas anteriores: la inversión impulsa el consumo a lo largo del tiempo, y no al revés, como piensa la economía dominante sobre las economías.

Sí, el superávit comercial de China con el resto del mundo es grande, alcanzando el billón de dólares. Pero también tiene un déficit de 100 millones de dólares en el comercio de servicios, y su superávit por cuenta corriente total como porcentaje del PIB no es superior al de Japón y Alemania, situándose en torno al 4-5 % del PIB. Contrariamente a las acusaciones de que China tiene «una determinación mercantilista de vender pero no de comprar», el país ha seguido siendo el segundo mayor importador del mundo durante 16 años consecutivos.

El verdadero problema para las principales economías occidentales es que China les está superando cada vez más en los sectores industriales avanzados.

Entre 2005 y 2025, el crecimiento de la producción china por hora trabajada ha eclipsado al de cualquier otro lugar, aunque sigue estando por detrás de Estados Unidos y las principales economías capitalistas en cuanto a nivel de productividad.

La ironía es que los economistas dominantes en Occidente nos dicen continuamente que la economía china se está ralentizando hasta casi detenerse y se encamina hacia un estancamiento al estilo japonés, e incluso podría colapsar en una espiral alimentada por la deuda. Y, sin embargo, también les dicen que China tiene «demasiada» capacidad y está sufriendo una «involución», lo que provoca la caída de los precios e inunda los mercados mundiales con productos baratos que amenazan las cuotas de mercado de las principales economías. Por lo tanto, China debe revertir su política de alta inversión en la industria manufacturera y convertirse en una economía impulsada por el consumo. Pero si China se encamina hacia el estancamiento y/o el colapso, entonces seguramente triunfará el modelo económico occidental, ¿no es así?

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7. La contaminación plástica.

Una nueva entrada en la serie que está publicando Angus sobre las sustancias químicas mortales con las que convivimos.

https://climateandcapitalism.com/2026/01/03/a-planet-poisoned-by-plastic/

Sustancias químicas mortales

Un planeta envenenado por el plástico

3 de enero de 2026

Tercera parte de una serie. Los plásticos son un sistema de distribución de 16 000 sustancias químicas potencialmente tóxicas.

[Primera parte] [Segunda parte] [Tercera parte]

por Ian Angus

Los plásticos sintéticos fabricados a partir de combustibles fósiles apenas existían en 1950, cuando comenzó el Antropoceno. Hoy en día están por todas partes. Se han encontrado en la cima del Everest y en el fondo de la fosa de las Marianas, la parte más profunda del océano. Están en los alimentos que comen, en el agua que beben y en el aire que respiran. Todas las personas del planeta tienen fragmentos microscópicos de plástico en la sangre y los órganos.

Karl Marx comparó el capitalismo con un dios malvado que exige sacrificios humanos como precio del progreso.[1] La industria del plástico es un ejemplo extremo de ello.

+ + + +

El primer plástico sintético, la baquelita, se patentó en 1909. El poliestireno, el cloruro de polivinilo, el polietileno y el nailon se inventaron en la década de 1930, pero no fue hasta después de 1950 cuando la combinación del petróleo barato y las nuevas tecnologías impulsó décadas de crecimiento espectacular, superando a cualquier otro material fabricado: 2 millones de toneladas en 1950, 4 millones de toneladas en 1955, 8 millones de toneladas en 1960. [2]

Después de 75 años, esas cifras parecen pequeñas. En 2025 se produjeron 504 millones de toneladas y la OCDE prevé que en 2060 se fabricarán 1260 millones de toneladas de plástico bruto.[3]

Hoy en día, el 8 % de todo el petróleo y el gas natural se destina a la fabricación de plástico, la mitad como materia prima y la otra mitad como energía. Enormes fábricas altamente automatizadas descomponen los combustibles fósiles en una variedad de moléculas de hidrocarburos con características físicas distintas que los hacen adecuados para diferentes usos, desde bolsas de plástico hasta materiales de construcción. A partir de la década de 1950, escribe Susan Freinkel, «en un producto tras otro, en un mercado tras otro, los plásticos desafiaron a los materiales tradicionales y ganaron, sustituyendo al acero en los automóviles, al papel y al vidrio en los envases y a la madera en los muebles». [4] Hoy en día, los plásticos son verdaderamente omnipresentes, profundamente arraigados en todos los ámbitos de la economía capitalista y en su vida cotidiana.

Las ventajas de los plásticos son innegables. Muchos procedimientos médicos que salvan vidas serían imposibles sin dispositivos de plástico. Los dispositivos electrónicos que forman parte de su vida cotidiana están fabricados en gran parte con plásticos. La lista de ejemplos podría continuar.

Pero hay un lado oscuro, un ámbito de daños extremos para el medio ambiente y la salud que contrarresta las ventajas. Un estudio publicado en The Lancet en 2025 no se anda con rodeos: los plásticos actuales suponen «un peligro grave, creciente y poco reconocido para la salud humana y del planeta».

«El mundo se encuentra en una crisis del plástico. Esta crisis se ha agravado junto con otras amenazas planetarias de nuestro tiempo y está contribuyendo al cambio climático, la contaminación y la pérdida de biodiversidad. Durante mucho tiempo invisible y sin abordar, la magnitud de la crisis del plástico es ahora ampliamente reconocida, y sus implicaciones para la salud humana y planetaria son cada vez más claras».[5]

Los plásticos pueden utilizarse, y algunos se utilizan, para fabricar productos resistentes que mantienen su forma durante décadas o incluso siglos. Pero las empresas capitalistas aprendieron rápidamente que se podían obtener mayores beneficios con los productos desechables, es decir, con productos que había que comprar una y otra vez. Los productos plásticos diseñados para un uso a largo plazo, principalmente materiales de construcción, solo representan el 17 % de los 8000 millones de toneladas de plástico producidos desde 1950. El resto, más de 6000 millones de toneladas, se diseñaron específicamente para ser utilizados y desechados.[6] De ellos,

  • el 50 % se entierra en vertederos;
  • el 19 % se incinera;
  • el 9 % se recicla;
  • el 22 % queda disperso en algún lugar del medio ambiente. [7]

El historiador Alexander Clapp escribe:

«Por cada ser humano vivo en la actualidad, existe algo más de una tonelada de plástico desechado en algún lugar, esparcido por la tierra, enterrado en el suelo o a la deriva en el mar; no hay duda de que la mayor parte sobrevivirá a nuestra presencia en el planeta durante miles, posiblemente cientos de miles de años. Solo en el océano, por cada ser humano, existen 21 000 piezas de plástico, una masa neta de bolsas de la compra, anillas de packs de seis y tapones de botellas que, para 2050, superará el peso de todos los peces juntos y se espera que se duplique cada seis años en el futuro previsible. Mientras tanto, en el minuto que le ha llevado leer este párrafo, se han desechado otro millón de botellas de plástico y otro camión de basura lleno de plástico ha entrado en los mares». [8]

Gran parte de la preocupación pública y medioambiental por los plásticos se ha centrado en la presencia visible de residuos plásticos en el medio ambiente, especialmente en los océanos, y en el daño que causan a la vida marina. Al menos 52 millones de toneladas de residuos plásticos se escapan al medio ambiente cada año y una gran parte de ellos son transportados por el viento y el agua hasta los océanos,[9] donde matan a millones de aves y animales cada año. Más de 1300 especies marinas, incluidas todas las familias de aves marinas, mamíferos marinos y especies de tortugas marinas, ingieren plástico, confundiéndolo con alimento.

En 2025, un estudio a gran escala de animales marinos que murieron en estado salvaje reveló que alrededor del 35 % de las aves marinas, el 50 % de las tortugas marinas y el 12 % de las focas, leones marinos, delfines y marsopas tenían plástico alojado en su tracto digestivo, lo que les causaba lesiones internas o les impedía digerir los alimentos. Solo seis trozos de goma del tamaño de un guisante son suficientes para matar a una gaviota, y una acumulación del tamaño de media pelota de béisbol puede matar a una tortuga boba. [10]

Ese estudio se centró en piezas lo suficientemente grandes como para ser fácilmente visibles, pero tras 75 años de contaminación plástica, un gran porcentaje se ha fragmentado en piezas mucho más pequeñas debido al viento, el sol y las olas. La gran mayoría de los plásticos que se encuentran hoy en día en el medio ambiente son microplásticos, más pequeños que una goma de borrar. Miles de millones de piezas más pequeñas que un cabello humano se originan a partir de fragmentos desprendidos de los tejidos sintéticos utilizados en la mayoría de las prendas de vestir. No son una contaminación visible, pero suponen una amenaza mucho mayor para la salud animal y humana. Pequeños, resistentes y muy ligeros, el viento y el agua los transportan a todas partes y son fácilmente consumidos por los animales y las plantas que se encuentran en la base de la pirámide alimenticia, para luego acumularse en los cuerpos de los que se encuentran por encima.

Un estudio de 2024 encontró microplásticos en el 88 % de los productos proteicos comprados en tiendas de alimentación de Estados Unidos, incluidas muestras de carne de vacuno, pollo, cerdo y productos vegetales. Los autores estiman que un adulto estadounidense medio podría ingerir 3,8 millones de partículas de plástico al año, solo a partir de las proteínas.[11] El aire que respiran también contamina sus cuerpos: un estudio realizado en Francia en 2025 descubrió que los adultos inhalan alrededor de 71 000 partículas de plástico de diversos tamaños cada día, en sus hogares y en sus coches. [12]

Un resumen de investigaciones recientes afirma que se han encontrado partículas de plástico «en el cerebro, el corazón, la sangre, los pulmones, las venas, el colon, el hígado, la placenta, el pene, los testículos y el líquido amniótico humanos. Se encuentran en la piel y el cabello humanos. También se han detectado en la leche materna, las heces —incluido el meconio, la primera materia fecal del bebé—, la mucosidad, la saliva y las muestras de semen».[13]

La amplia presencia física del plástico en los cuerpos de los seres humanos y otros animales plantea serias preocupaciones, pero una amenaza aún mayor la representan las miles de sustancias químicas tóxicas que se filtran en su entorno y en sus cuerpos.

Los plásticos están compuestos principalmente por polímeros, moléculas muy grandes formadas por muchas unidades idénticas llamadas monómeros. Existen en la naturaleza —la celulosa es uno de los más comunes—, pero casi todos los plásticos se basan en polímeros sintéticos fabricados a partir de petróleo, gas natural o carbón. Por sí solos, no son buenos productos plásticos: algunos se deterioran con la luz solar, otros se queman fácilmente o pierden su forma y estabilidad, por lo que son inferiores al vidrio, el metal y otros materiales a los que se supone que deben sustituir. La solución, que la industria petroquímica descubrió hace 70 años, consiste en añadir otras sustancias químicas que les confieren las características necesarias para diversas aplicaciones.

«Prácticamente todos los productos basados en plásticos contienen una amplia gama de aditivos químicos, a menudo en cantidades muy grandes. … Dependiendo del producto, los aditivos pueden constituir entre el 5 % y el 50 % del peso de los plásticos fabricados. La mayoría de los aditivos no forman enlaces químicos fuertes con la matriz polimérica. Por lo tanto, pueden filtrarse del plástico y contaminar el aire, el agua y el suelo, y exponer a los seres humanos».[14]

¿Qué gravedad tiene esto? No existe un registro central de las sustancias químicas que utilizan los fabricantes de plásticos, pero un reciente estudio exhaustivo de las bases de datos públicas existentes identificó la asombrosa cifra de 16 325 sustancias químicas diferentes que se utilizan en la producción de plásticos. Muchas de ellas son «sustancias químicas preocupantes», lo que significa que se sabe que tienen propiedades intrínsecas que suponen un peligro para la salud. [15] Entre ellas se incluyen carcinógenos conocidos, disruptores endocrinos, sustancias químicas eternas (PFAS) y otras amenazas probadas para la salud humana. Cada uno de los nueve tipos principales de polímeros utilizados en los plásticos sintéticos está asociado a más de 400 sustancias químicas preocupantes.

El resumen de esta investigación identifica siete conclusiones clave.

  • Más de 4200, es decir, el 25 % de las sustancias químicas plásticas, son preocupantes porque son peligrosas para la salud humana y el medio ambiente.
  • La mitad de las sustancias químicas comercializadas para su uso en plásticos están clasificadas como preocupantes.
  • Menos del 1 % de las sustancias químicas plásticas pueden clasificarse como no peligrosas. Sin embargo, se carece de una evaluación completa de los riesgos, lo que implica que no se puede determinar de forma concluyente su seguridad.
  • 3651 sustancias químicas plásticas preocupantes no están reguladas a nivel mundial. Estas sustancias químicas requieren la máxima atención, y se puede añadir más detalle teniendo en cuenta la información sobre su uso, producción y situación normativa.
  • Se han identificado quince grupos de sustancias químicas plásticas que son motivo de gran preocupación. Estos grupos contienen un elevado número de sustancias químicas preocupantes.
  • Se sabe que hay más de 1800 sustancias químicas preocupantes presentes en los plásticos. Esto incluye más de 500 sustancias químicas preocupantes que se liberan de los materiales y productos plásticos, lo que indica un potencial de exposición para las personas y el medio ambiente.
  • Cada tipo de polímero principal contiene al menos 400 sustancias químicas preocupantes. El caucho, los poliuretanos, los policarbonatos y el PVC son los que más probabilidades tienen de contener dichos compuestos.[16]

El informe de 2025 de The Lancet resume las últimas investigaciones sobre los plásticos y la salud. En cuanto a las sustancias químicas plásticas, los autores escribieron:

«La mayoría de las sustancias químicas plásticas, incluidos los aditivos, no están unidas químicamente a las matrices poliméricas. En cambio, se mezclan físicamente con los polímeros y pueden liberarse de los plásticos al entorno circundante por lixiviación, volatilización y abrasión. Estas sustancias químicas pueden entrar en el cuerpo humano por ingestión, inhalación y absorción dérmica.

La exposición humana a los productos químicos plásticos es muy amplia. Las encuestas nacionales de biomonitorización detectan niveles medibles de varios cientos de productos químicos sintéticos, incluidos los productos químicos plásticos, en personas de todas las edades, incluidos los recién nacidos expuestos en el útero, en todas las regiones del mundo…

«[Una reciente revisión general] encontró pruebas consistentes de múltiples efectos sobre la salud en todas las etapas de la vida humana de muchos productos químicos plásticos. Los bebés en el útero y los niños pequeños corren un riesgo especial. Estos efectos incluyen la alteración de la capacidad reproductiva (por ejemplo, síndrome de ovario poliquístico y endometriosis), efectos perinatales (por ejemplo, abortos espontáneos, reducción del peso al nacer y malformaciones de los órganos genitales), disminución de la función cognitiva (por ejemplo, pérdida del coeficiente intelectual), resistencia a la insulina, hipertensión y obesidad en los niños, y diabetes tipo 2, enfermedades cardiovasculares, accidentes cerebrovasculares, obesidad y cáncer en los adultos».[17]

Las pruebas de que los plásticos son mortíferos aumentan cada día. En abril de 2025, los investigadores informaron de que, en un año, 349 113 muertes por insuficiencia cardiovascular fueron causadas por una sustancia química, el ftalato de di-2-etilhexilo, que se filtró de un tipo de plástico, el cloruro de polivinilo. [18]

Un puñado de gigantescas empresas petroquímicas son responsables de casi toda la producción de plástico. Como veremos, están luchando con uñas y dientes para proteger su derecho a esparcir veneno por todo el mundo.

(Continuará)

Notas

[1] Karl Marx, «The Future Results of British Rule in India» (Los resultados futuros del dominio británico en la India), MECW, vol. 12, 222.

[2] Hannah Ritchie, Veronika Samborska y Max Roser. «Plastic Pollution», Our World in Data, https://ourworldindata.org/plastic-pollution.

[3] Global Plastic Outlook: Policy Scenarios to 2060, (OCDE. 2025), 10.

[4] Susan Freinkel, Plastics: A Toxic Love Story (Henry Holt, 2011), 4.

[5] Philip J. Landrigan et al., «The Lancet Countdown on Health and Plastics», Lancet, agosto de 2025, 1044, 1056.

[6] Paul Stegmann et al., «Plastic futures and their CO2 emissions», Nature, diciembre de 2022.

[7] Victoria Heath, «What actually happens to plastic?», Geographical, 24 de enero de 2025.

[8] Alexander Clapp, Waste Wars: The Wild Afterlife of Your Trash, (Little, Brown, 2025), 18.

[9] Joshua W. Cottom, et al., «A local-to-global emissions inventory of macroplastic pollution» (Inventario de emisiones locales y globales de la contaminación por macroplásticos), Nature, septiembre de 2024.

[10] Erin L. Murphy et al., «A quantitative risk assessment framework for mortality due to macroplastic ingestion in seabirds, marine mammals, and sea turtles» (Marco de evaluación cuantitativa del riesgo de mortalidad por ingestión de macroplásticos en aves marinas, mamíferos marinos y tortugas marinas), Proceedings of the National Academy of Sciences, noviembre de 2025.

[11] Madeleine H. Milne, et al., «Exposición de los adultos estadounidenses a los microplásticos procedentes de proteínas de consumo habitual», Environmental Pollution, 15 de febrero de 2024.

[12] Nadiia Yakovenko et al., «Exposición humana a los microplásticos PM10 en el aire interior», PLOS One, 30 de julio de 2025.

[13] «Microplastic Deluge: How These Small Plastic Particles Harm Our Health and the Environment» (El diluvio de microplásticos: cómo estas pequeñas partículas de plástico dañan nuestra salud y el medio ambiente), hoja informativa, Consejo para la Defensa de los Recursos Naturales, junio de 2025.

[14] Philip J. Landrigan et al., «The Minderoo-Monaco Commission on Plastics and Human Health» (La Comisión Minderoo-Mónaco sobre los plásticos y la salud humana), Annals of Global Health, marzo de 2023, 78.

[15] L. Monclús et al., «Mapping the chemical complexity of plastics» (Cartografía de la complejidad química de los plásticos), Nature, 9 de julio de 2025. El término «sustancias químicas preocupantes» se refiere a aquellas que presentan una o varias de las siguientes características. Persistencia: sobreviven durante largos periodos de tiempo en el aire, el agua, el suelo o los organismos. Movilidad: se propagan fácilmente en el agua y el aire. Bioacumulación: permanecen y se acumulan en animales y/o seres humanos. Toxicidad: causan daños a los organismos vivos.

[16] Martin Wagner et al., State of the science on plastic chemicals – Identifying and addressing chemicals and polymers of concern. (PlastChem, 2024) https://doi.org/10.5281/zenodo.10701705

[17] Landrigan et al., «The Lancet Countdown», 1049.

[18] Sara Hyman et al., «Exposición a ftalatos procedentes de plásticos y enfermedades cardiovasculares: estimaciones globales de mortalidad atribuible y años de vida perdidos», eBioMedicine, julio de 2025.

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8. Crítica a la crítica del ecomodernismo.

Tas los estupendos artículos de Heron-Pedregal-Lukić y el de Hickel, otro sobre el ecomodernismo y el imperialismo, este del siempre interesante Ajl, en el último número del Journal of Labor and Society.

https://brill.com/view/journals/jlso/aop/article-10.1163-24714607-bja10208/article-10.1163-24714607-bja10208.xml

Green Funhouses: Una crítica a la crítica del eco-modernismo

En: Journal of Labor and Society

Max Ajl

Fecha de publicación en línea: 09 de diciembre de 2025

Resumen

Este artículo critica dos articulaciones dominantes del pensamiento ecológico contemporáneo —el ecomodernismo del Norte y el decrecimiento/posdesarrollo— argumentando que forman una dicotomía especular y restrictiva. Sostiene que, a pesar de su aparente oposición, ambas perspectivas comparten puntos ciegos críticos: rechazan un análisis de clase global, descartan la necesidad imperiosa de la industrialización soberana y la liberación nacional en la periferia, no reflexionan seriamente sobre la tecnología y no abordan adecuadamente la realidad sociológica del imperialismo. En consecuencia, oscurecen una tradición histórica alternativa del pensamiento marxista del Tercer Mundo. Esta corriente ignorada no abogaba por el rechazo de la modernidad o el desarrollo, sino por un camino soberano y personalizado. Abrazaba un compromiso moderado con la tecnología y la industrialización para satisfacer las necesidades básicas, integrando las preocupaciones ecológicas con el antiimperialismo y el desarrollo nacional soberano.

1 Introducción

Se hizo cada vez más habitual en las conversaciones intelectuales del norte contrastar dos tendencias dentro del pensamiento verde. Una, el ecomodernismo: los problemas sociales y ecológicos pueden resolverse mediante la redistribución, la adopción y la inversión en las mismas tecnologías que proclama la clase capitalista, y el crecimiento, definido como un aumento de las fuerzas productivas, representado aritméticamente por el producto interior bruto. La segunda, el decrecimiento: el norte debe reducir el uso de recursos —muchos de ellos extraídos del sur— y alejarse del PIB como medida del progreso. Cada una de ellas apunta, entonces, a trayectorias de desarrollo del sur. La primera tiende hacia la convergencia global a través del crecimiento, reiniciando la teoría de la modernización de la Guerra Fría, con un interés pasajero en la descolonización o la soberanía estatal. El decrecimiento no tiene una posición uniforme sobre el desarrollo o la soberanía del Tercer Mundo y tiende a una conciencia más amplia de la desigualdad en el acceso a los recursos —menos en el caso de la mano de obra—, pero también tiende a sospechar de ideas deshistorizadas o esencializadas, pero también elefantinas, como «productivismo», «modernidad» o «desarrollo». La desconfianza hacia el Estado realmente existente es otro leitmotiv.

Este artículo sostiene que los puntos de vista tienden a reflejarse entre sí y pueden atrapar a quienes deambulan por el pensamiento verde del norte en una casa de diversión llena de confusión. Cada uno de ellos rechaza ampliamente un análisis de clase global, desdeña los movimientos nacionalistas periféricos, rechaza la industrialización soberana y carece de un análisis serio de la tecnología. Cada postura, reflejándose entre sí con movimientos inversos, da prioridad a un sector de los trabajadores: el proletariado industrial del norte o los productores primarios periféricos. Ignoran el antiimperialismo o lo reducen a flujos circulatorios interpretados desde el punto de vista económico, despojados de la ingeniería política que canaliza esos flujos. También tienden a eludir la mano de obra global. En el caso del decrecimiento y la nebulosa de corrientes y conceptos a los que a menudo se vincula, vuelven a los análisis proto-prebischianos que se centran en el Tercer Mundo como exportador de materias primas que sufre el deterioro de los términos de intercambio y la reducción de las rentas, lo que merma las condiciones para la reproducción social. Es fundamental señalar que estas interpretaciones de la explotación entre el centro y la periferia difieren de una concepción sociológica del imperialismo, que en la etapa actual del capitalismo se caracteriza por flujos de valor desde los países subdesarrollados o periféricos hacia los del centro, y se crea y recrea mediante guerras de invasión —o acumulación primitiva— que garantizan la continuidad de esos flujos y siembran el desarreglo a gran escala.

¿El resultado? Bloquean la mente de una perspectiva que buscaba integrar las luchas por las condiciones de reproducción social —contaminación, infraestructura, eliminación de residuos— con las luchas por la liberación nacional. Podemos referirnos a esto como el espacio problemático del desarrollo del Tercer Mundo, una línea argumental a su vez histórica, programática o aspiracional. Abarcaba la reforma agraria, el antiimperialismo, la industrialización soberana y la satisfacción de las necesidades básicas.

Para aclarar estas cuestiones, este artículo procede de la siguiente manera. En primer lugar, establece un contexto intelectual y político general para situar las «nuevas» teorías de la ecología política del norte. A continuación, resume algunos eco-modernistas paradigmáticos y grupos posdesarrollo vagamente asociados con el decrecimiento, incluyendo el colonialismo verde y el antiextractivismo. Muestra cómo no se comprometen con el desarrollo soberano y cómo el compromiso crítico se hace eco de esta ausencia. A continuación, ofrece un análisis de clase que pone de relieve el papel de las personas rurales y semiproletarizadas que se dedican a la subsistencia y a la producción asalariada, el papel de las reservas de mano de obra que componen y la importancia asociada del semiproletariado en la estabilidad y la explotación capitalistas globales. A continuación, vuelve a algunas obras árabes y africanas que proponían un compromiso moderado con la modernidad y enfoques de la tecnología que el espacio problemático de la «modernidad» frente al «posdesarrollo» impide ver. En particular, reconsidera una corriente marxista ignorada del «Tercer Mundo». Este modo, que tomó forma y textura en los años setenta y ochenta, no rechazaba ni la tecnología importada ni la modernidad, sino que aspiraba a una tecnología popular y soberana a medida —importada, endógena y modificada— junto con el establecimiento de los términos de su propia modernidad.

2 Debates en ecología política

El debate político-ecológico contemporáneo en el núcleo surgió en un momento imperialista y postsoviético, perfilado por la variedad de luchas que fomentaron ciertas corrientes de pensamiento al tiempo que hacían plausibles ciertas supresiones. La más reveladora y menos comentada ha sido la ruptura con el emergente debate medioambiental del Tercer Mundo, que se desarrolló en un mundo iluminado por un desarrollismo amplio y difuso, anclado en la existencia del socialismo real (Declaración de 1974). Las fuentes de luz no eran atmosféricas, sino que provenían de Estados en los que un desarrollismo no comunista, un compromiso con los pobres y con una base industrial nacional, marcaban, aunque también empañaban, las políticas estatales. Las paraestatales, como pequeños prismas y espejos, reflejaban y refractaban el ambiente general: una CEPAL entonces radical, el IDEP y el Tercer Foro Mundial (Nemchenok 2013). Y las universidades, incluidas las del Norte, se sintieron atraídas por su brillo. Coetánea a su aparición, la «cuestión medioambiental» se convirtió en objeto de preocupación mundial a principios de la década de 1970, cuando Occidente comenzó a desconfiar de la creciente lucha por los términos de intercambio, o su capacidad para garantizar un acceso desproporcionado a la mano de obra y los recursos periféricos (Ahmed 1981). De repente, invocó al dybbuk cautivo de la burguesía, Malthus, para argumentar que debían imponerse «límites al crecimiento» en medio de un inminente exceso ecológico.

El equilibrio mundial de fuerzas obligó a Occidente a reconocer retóricamente que las preocupaciones ecológicas no debían utilizarse para frenar el desarrollo, y que la crisis ecológica estaba relacionada tanto con el uso excesivo de los recursos en el centro como con la pobreza en la periferia (Tilley y Ajl 2023). Además, se entendió que no era posible ni deseable repetir las vías de desarrollo del norte. Pensadores de América Latina, Asia meridional, la región árabe y África navegaron por estas corrientes, zigzagueando entre la urgente necesidad de industrializarse y la compulsión de atender las necesidades básicas (Leff 1994; Mora y Peinado 2021). A menudo, pero no siempre, China y la experiencia maoísta habían polinizado diversos radicalismos (Ajl 2019, 2025b). Y a menudo, aunque no siempre, aunque ese pensamiento podía surgir en espacios no gubernamentales o paragubernamentales, estaba vinculado a proyectos burgueses nacionales y simpatizaba con el antiimperialismo.

La caída de la URSS marcó el comienzo de un período de ajuste estructural intelectual, ya que los avances de los años sesenta a ochenta quedaron prácticamente borrados de la mente y, sin duda, del debate académico dominante y crítico. Salvo algunas excepciones, lo que quedaba del marxismo en la academia del norte era eurocéntrico, profesionalizado y economista. Se alejó del antiimperialismo y del pensamiento liberador de la periferia. Y cuando gobiernos radicalizados tomaron el poder, desde Venezuela hasta Zimbabue, mostró, en el mejor de los casos, un desinterés tolerante, más a menudo desprecio y, en ocasiones, apoyo a las sanciones «democráticas» (Moyo et al. 2013; Jha et al. 2020). Mientras tanto, la cuestión ecológica a lo largo de la década de 1990 se convirtió cada vez más en un área de preocupación para las ONG tanto del Sur como del Norte, con demasiada frecuencia siguiendo las agendas de los donantes, hostiles a la liberación nacional y al antiimperialismo.

En este contexto, el resurgimiento del marxismo en Estados Unidos y Europa después de 2008 ha reavivado las tendencias eurocéntricas, economicistas y provincianas, que se manifiestan en innumerables grotescos, desde el cuestionamiento de la revista New Left Review sobre el genocidio en la Franja de Gaza, hasta la creación del comunismo espacial como objeto sincero de debate radical, pasando por la aceptación o la disputa arcana sobre las guerras de Estados Unidos en Libia y Siria, hasta abrazar tendencias ecologistas radicalmente antimarxistas y anticomunistas, siempre que sirvieran de combustible para las operaciones de cambio de régimen contra los Estados latinoamericanos, o socavar el papel de la acumulación primitiva mundial en la industrialización europea.

En medio de todo ello, el debate ecológico fue cobrando impulso poco a poco, a medida que el clima, una de las facetas de la crisis ecológica, se iba desfigura (Frame 2022; Hickel et al. 2024; Lemos 2025); intentos de suturar «nuevas» cuestiones coloniales y raciales con la ecología (Gill 2021; Tilley 2024; Perry 2025); y la recuperación de tradiciones anteriores (Ajl 2023; García Molinero y Pedregal 2024; Nott 2025b). En el proceso, como señala Prasad (2020, 2026), muchas corrientes dominantes del norte han tendido a dejar de lado el trabajo y el imperialismo. El ecomodernismo y el posdesarrollo, tal y como se desarrollaron en el núcleo, no han sido inmunes a estas tendencias.

2.1 Eco-modernismo

El eco-modernismo del norte, sin relación con su orientación de clase —por el momento—, es esencialmente una «política de más» a través del crecimiento, o del aumento de la disponibilidad general de utilidades (o valores de uso, en un marco marxista), con la utilidad congelada en bienes físicos. A través del aumento de la productividad, la prosperidad y el acceso a los bienes de uso pueden extenderse a nivel mundial. A través del aumento de la eficiencia ecológica, se puede reducir el impacto sobre el medio ambiente. El eje central del argumento: los cambios propuestos en las fuerzas productivas no reflejan un proyecto social. Ellos son ajenos a las clases que los proponen. Volveremos más adelante a esta noción de neutralidad tecnológica categórica. Dentro de las corrientes ecomodernistas que incorporan elementos marxistas, estas propuestas estarían vinculadas a políticas industriales y redistributivas verdes: la socialdemocracia. En este marco, los sectores industriales estratégicos son fundamentales, ya que tienen la influencia necesaria para impulsar la transición verde.

Evidentemente, estos argumentos difieren de las corrientes más dominantes del norte en materia de ecología política y política climática vinculadas al mundo académico y a las ONG. La diferencia fundamental es que los primeros productores intelectuales sostienen que la mayoría de los investigadores en ecología política del norte —los debates del sur no se tienen en cuenta— se centran en aquellos que obtienen su sustento directamente de la tierra, lo que lleva a ellos a preocuparse por lo irrelevante: «el capitalismo se define por el hecho de que la gran mayoría ya está desposeída de los medios de producción», por lo que «esa investigación se mantuvo en los márgenes y la periferia de la economía global» (Huber 2019).

Esta corriente del ecologismo moderno es esencialmente un economismo obrero primermundista con ropaje verde. No porque descarte el ecosocialismo, sino porque afirma que «la definición clásica del proletariado es una clase de personas desposeídas de los medios de producción y obligadas a sobrevivir a través del mercado». Por lo tanto, el interés de la clase trabajadora por la ecología surgirá de «una profunda separación de la naturaleza y los medios de subsistencia» (Huber 2022). En lugar de las luchas en primera línea, la «ecología proletaria» —un término académico de reciente acuñación— y la movilización para garantizar que la naturaleza no humana pueda nutrir el bienestar humano solo surgirán de aquellos que no están conectados a ella para su reproducción, mediante el entrelazamiento de las reformas socialdemócratas con las transiciones tecnológicas. Esta posición subjetiva permite una aprehensión «universal» de la crisis, una variación sobre la clase trabajadora como clase universal.

2.2 Críticas

El debate y la crítica en torno a la corriente «ecomodernista» se han topado con su rechazo de las luchas en primera línea y, de forma más confusa, con su nacionalismo metodológico en lo que respecta a los agentes de la transición. Algunos han argumentado, por ejemplo, que la clase trabajadora de la definición de Huber no tiene nada que ver con la clase trabajadora real, el sujeto (no la figura mental) del cambio socioecológico. A modo ilustrativo, Lieven escribe que su «clase trabajadora es en gran medida un concepto abstracto más que personas reales que trabajan y viven en cualquier lugar concreto de Estados Unidos». Entre esas personas, «la raza estructura tanto la sociedad estadounidense como el mundo en general», endureciendo las «desigualdades sociales del capitalismo fósil». Según estos argumentos (correctos), el marxismo ecomodernista carece de compromiso con «las luchas de los movimientos indígenas y liderados por negros contra las infraestructuras y las industrias de combustibles fósiles», luchas como la de Standing Rock (Levien 2023).

Es evidente que los tratados ecomodernistas están viciados por un análisis de clase empobrecido y un anticapitalismo que ignora las cuestiones raciales. Y, sin duda, el marxismo antirracista que abraza las luchas por la soberanía de los pueblos indígenas en el núcleo imperial es más plausible que un marxismo que considera esas luchas «marginales»; de hecho, cualquier lucha antisistémica plausible en los Estados Unidos tendría un liderazgo negro e indígena, ya sea dentro de un partido comunista o a través de una organización independiente de liberación nacional dentro de la «cárcel» de las naciones (Estes 2019). Sin embargo, estas críticas tienen la función de la lucha libre profesional: son combates amañados en los que está claro que un bando ganará (ha habido críticas más serias: Heron 2022; LaVenia Jr. y Busk 2024). Tienen otra función paralela: atraen la atención. Porque sustituir un marxismo ciego a la raza y al género por un marxismo antirracista metodológicamente nacionalista y presentar el imperialismo como la «interacción del racismo y la dominación de género dentro del capitalismo» es solo una pequeña mejora (otra crítica no llega tan lejos, embelleciendo el marxismo ecomodernista por su «primacía del capitalismo y la clase trabajadora» , un capitalismo, como el de Levien, despojado del intercambio desigual, las reservas de mano de obra y las guerras de despoblación) (Maher y McEvoy 2023).

2.3 Problemas del ecomodernismo

Es evidente que el entusiasmo del ecomodernismo por descartar a tantos sectores de la población mundial difícilmente puede considerarse una ciencia social legítima, pero para demostrarlo se necesita algo más que gestos alegres y casi vacíos hacia los marxismos del Tercer Mundo. Para empezar, los descartes del ecomodernismo, que toman la forma de metáforas espaciales sobre «márgenes» y «periferias», se expresan, en el mejor de los casos, en términos de valor de cambio en lugar de valor de uso, y son sociológicamente ciegos. El valor total relativamente pequeño de la producción agrícola en comparación con la producción total está relacionado con la supresión global de los precios de muchos productos agrícolas —el cacao, azafrán y café, no se pueden cultivar en el Norte ni sustituir fácilmente por productos similares— y, a su vez, a la baja remuneración de la mano de obra agrícola del Tercer Mundo e incluso del Primer Mundo, porque la subsistencia y la producción doméstica proporcionan una «subvención oculta» que forma parte integrante de la relación salarial, y porque los bajos precios son inseparables de una violenta historia de supresión salarial y subdesarrollo forzado (Deere 1976; Dunaway 2013). Lo mismo se aplica a los que se encuentran en los «márgenes» de la producción en relación con el coltán y el cobalto, quizás menos «marginales» desde el punto de vista de la ingeniería, ya que no hay sustitutos para estos metales, que desde una perspectiva que considera marginal la superexplotación de los africanos inducida por el imperialismo porque son pequeños. Además, la semi-proletarización generalizada significa que gran parte de las necesidades de subsistencia se satisfacen fuera del sistema de precios. Estos esfuerzos, expresados en términos de precios, aumentarían el porcentaje del PIB en la agricultura u otros «sectores marginales» (Ossome y Naidu, 2021; Rignall 2021; Yeros 2023).

Además, la producción de subsistencia periférica, la autoexplotación, la superexplotación y el daño al medio ambiente necesario para el florecimiento humano son parte integrante de la supresión salarial a través de las reservas de mano de obra. El aumento del ejército de reserva de mano de obra en la periferia reduce las presiones inflacionistas impulsadas por los salarios (Amin 1977; Patnaik y Patnaik 2021). Y esas grandes reservas, a su vez, se basan en todas las formas de trabajo «marginal», mal remunerado y degradado. A su vez, las estructuras agrarias desiguales son fundamentales para la creación de reservas de mano de obra y parecen convocar rápidamente los mecanismos de defensa armada o económica del imperialismo contemporáneo: Zimbabue fue sometido a un bloqueo económico y un asedio principalmente debido a la reforma agraria que destrozó el sistema de tenencia de la tierra de los colonos capitalistas blancos (Moyo 2011). Por último, las guerras, las masas continentales aparentemente sin descubrir, que no aparecen en los mapas eco-modernistas y en demasiados mapas de decrecimiento, inmolan a los Estados que buscan absorber las reservas de mano de obra, afianzan las tendencias neoliberales mediante sanciones, evaporan la propia capacidad del Estado o inducen un gasto generalizado en seguridad, cerrando el espacio para las alternativas (Matar y Kadri 2018; Mullin 2023; Doutaghi 2024).

Los conceptos formales del ecomodernismo tampoco pueden sobrevivir al más mínimo soplo. Definir «la vida de la clase trabajadora bajo el capitalismo como alienación y falta de control sobre las condiciones ecológicas de la existencia» es, en el mejor de los casos, eludir la cuestión, y difícilmente constituye un mapa preciso de la clase trabajadora mundial, que con frecuencia tiene un pie en el campo, ya sea directamente o a través de estructuras familiares ampliadas (Yeros 2023). Siendo así, la capacidad del ecosistema para producir resultados primarios es un imperativo para el desarrollo. Además, argumentar que «la principal barrera para la supervivencia de la clase trabajadora no tiene nada que ver con su hábitat inmediato» solo es parcialmente cierto, y solo para parte de la clase trabajadora, tal y como la define el ecomodernismo. Está lejos de ser cierto para la inmensa mayoría de las personas más pobres del planeta, teniendo en cuenta que el campo es más pobre que las ciudades. Porque es extraño argumentar que los problemas de contaminación, deslizamientos de tierra e inundaciones relacionados con el subdesarrollo y el desarreglo imperialista en Caracas y Derna «no tienen nada que ver con el hábitat inmediato» de la clase trabajadora. Por último, aunque las amenazas relacionadas con la falta de acceso a las necesidades básicas son tan «reales» como la contaminación o el despojo de tierras, es solo un juego de palabras «incluirlos como parte de… los intereses medioambientales». El acceso a las necesidades básicas a través de la desmercantilización es diferente a restaurar el acceso a la tierra a través de la reforma agraria (marcada en el mapa de esta tendencia, que no parece extenderse más allá de Europa y Estados Unidos, con una pequeña inscripción en latín que dice «Aquí hay dragones»), y no es lo mismo que las fábricas que arrojan fosfogesso al aire sobre bloques de viviendas de hormigón.

Descartar el interés por estos movimientos como anticuario o asimilar al semiproletariado global a los indígenas y descartarlo como objeto de una «obsesión romántica» carece de seriedad y ofrece una visión estrecha, economicista y eurocéntrica de la acumulación global (Huber 2025). Porque simplemente no toma en serio la magnitud de los seres humanos que se dedican a la producción primaria y la necesidad de cualquier transición para situarlos en el centro del desarrollo y la política: el eslabón débil, los menos integrados en la sociedad civil «global».

Es significativo que dos importantes y recientes conmociones geopolíticas hayan provenido de aquellos que se enfrentan al aplastamiento de la acumulación primitiva capitalista y colonialista, que no pudieron integrarse en el capitalismo «productivo» global: el pueblo de la Franja de Gaza y el de Saada, el norte y todo Yemen, un lumpenproletariado gravemente empobrecido. Además, a pesar de la supuesta naturaleza anticuada de la cuestión agraria, casi todas las fuerzas antisistémicas que tomaron el poder en los últimos 30 años se centraron en la reforma agraria. El conflicto geopolítico más explosivo del mundo actual es, con diferencia, la defensa por parte de Estados Unidos y la Unión Europea del capitalismo colonizador en Palestina, ya que siembran crisis de legitimidad global para impedir la liberación y el retorno de los palestinos (Ajl 2024a, 2024b).

2.4 Raíces del antidesarrollismo

Dicho esto, a menos que uno esté interesado únicamente en el equivalente intelectual de la lucha libre profesional, sería irresponsable no tomar en serio uno de los argumentos de Huber: la literatura reciente sobre ecología política a menudo descuida programáticamente a quienes no pertenecen a los sectores de la agricultura, la minería y la energía, y a menudo ha considerado de manera inadecuada qué tipo de alternativa emancipadora es posible para un mundo que, aunque sigue siendo muy rural, también sigue siendo muy urbano. Porque, ¿es erróneo afirmar que el trabajo por la justicia climática se centra en «los medios de vida… las comunidades que, en cierta medida, obtenían su sustento directamente de la tierra», centrándose en «el despojo de las comunidades locales de sus estrategias tradicionales de subsistencia» y en «las comunidades marginadas de primera línea como actores clave en la lucha climática»? (Huber 2019). De hecho, mientras que el ecomodernismo se fija, como un caballo con anteojeras, en ese tema recalcitrante de la revolución comunista, el proletariado industrial del Primer Mundo, las corrientes dominantes en la ecología política se centran en aquellos que se enfrentan directamente al despojo. Si bien estos últimos, y no los primeros, tienen un mayor potencial antisistémico, incluso juntos, a menudo se deja fuera algo importante. En particular, cada uno de ellos se abstiene de realizar un análisis de clase de un semiproletariado muy numeroso que se extiende por el campo y la ciudad, entretejido de forma irregular en un tejido productivo nacional y global, y carece de una noción seria —de hecho, rechaza por principio— de la idea de un desarrollo alternativo que pueda atender simultáneamente a los problemas de las reservas de mano de obra y la industrialización.

A su vez, podemos encontrar un tenue hilo conductor que une estas lagunas con la tendencia antidesarrollista más amplia de algunas corrientes recientes de ecología política más populares y habitualmente septentrionales, una raíz principal de estos debates, incluida la inquietud del decrecimiento ante la industrialización: la fuente de las caricaturas del ecomodernismo, pero lo que es más importante, dado que discutir con académicos ineficaces no es productivo, la fuente de la excesiva atención que presta la ecología política del norte a ciertas luchas, hasta el punto de no poder comprometerse seriamente con una planificación emancipadora más amplia.

Una figura importante en este sentido ha sido Arturo Escobar, cuyo trabajo abarca un amplio espectro en lo que se refiere a términos como «desarrollo» o «modernidad». Dio varios pasos críticos que se repiten ampliamente, aunque más tarde renegaría parcialmente de sus posiciones más extremas. En primer lugar, se había referido al «desarrollismo crudo e imprudente que caracterizó el período posterior a la Segunda Guerra Mundial». Frente a este panorama, argumentó que «los pobres intentan defender su entorno natural», una lucha interminable contra la acumulación primitiva (Escobar 1996: 56). Programáticamente, Escobar se inspiró en el ecologista Enrique Leff, quien desarrolló un «lenguaje de autoafirmación transformadora» y abogó por «la democracia ambiental, la descentralización económica y el pluralismo cultural y político» (Escobar 1996: 61) (cabe destacar que se ignora por completo el llamamiento de Leff a favor de un tejido industrial centralizado donde sea necesario y descentralizado donde sea necesario). En otra parte, Escobar abogó por movimientos descentralizados para crear «mundos pequeños», opuestos a un modelo jerárquico y homogeneizador (2020). Estos mundos estarían estriados por la «diferencia», movilizados políticamente a través de la lucha por el derecho a vivir de manera diferente (Escobar 2020: 276, 283). Esto condujo a la defensa de la «cosmovisión», una «afirmación del ser, junto con el derecho a construir una visión «autónoma» del desarrollo, basada en su propia «cultura y formas tradicionales de producción y organización social» (Escobar 2020: 223).

Estas medidas plantean una serie de cuestiones. En primer lugar, el debate de Escobar se plantea como un rechazo, no como un compromiso crítico: «El marxismo no era muy bueno a la hora de tratar con la naturaleza» (Escobar 2020: 8). En lo que respecta al socialismo realmente existente, esta afirmación es pobre. La Rusia soviética experimentó avances revolucionarios en la ciencia del suelo y la agrosilvicultura, y la China maoísta abrió nuevos caminos con la construcción de terrazas a gran escala, la gestión integrada de plagas y los abonos verdes. La Nicaragua revolucionaria aplicó la reforestación y redujo el uso de pesticidas, y la Cuba comunista ha liderado el mundo en lombricultura, restauración del suelo, formas avanzadas de agroecología e hidroponía sostenible. Podemos mencionar además la agronomía revolucionaria de Amílcar Cabral, que relacionaba los monocultivos coloniales-capitalistas de cacahuetes con la erosión social, y el argumento de Thomas Sankara de que el imperialismo estaba provocando el incendio de los bosques de Burkina Faso (Martinho 2023). Podemos añadir la herencia norteafricana de tecnología combinada y apropiada y la innovación protoagroecológica en los campos de las semillas y la hidráulica, basándose en el ejemplo chino. Además, una amplia gama de marxismo ecológico se ha comprometido seriamente con la naturaleza, desde Marie Mies hasta John Bellamy Foster y James O’Connor.

En segundo lugar, Escobar discrepa vagamente no solo con la corriente dominante, sino también con la desvinculación y la acumulación autocéntrica de Amin, respaldando a «ellos» como útiles «a nivel macroeconómico y político», pero advierte que están «escritos en un modo universalista y una epistemología realista», y que la práctica no debe orientarse hacia «regímenes más saludables de acumulación y desarrollo», como argumentaba Amin, «sino hacia proporcionar condiciones más propicias para experimentos locales y regionales basados en modelos autónomos (híbridos)» (Escobar 1995: 100). Por un lado, las mejoras en la vida de la clase obrera y el campesinado bajo Estados «desarrollistas» como el Egipto de Nasser o la India de Nehru se vuelven indistinguibles de la industrialización neofascista orientada a la exportación en Brasil, junto con la superexplotación del proletariado industrial, lo que Escobar reconoció tardíamente. Por otro lado, el rechazo de la «epistemología realista» resulta curioso, dada la opacidad que rodea el significado del término. Sin embargo, el realismo crítico es la base de un proyecto de planificación, y no hay nada en la naturaleza del realismo o la planificación que impida tratar de comprender y abordar los intereses y necesidades expresados a través de instituciones que se centralizan cuando es necesario y se descentralizan cuando es necesario. Tampoco está claro —ni se ha aclarado cómo el lenguaje de la autonomía y la hibridación trataría las demandas de industrialización soberana y autodefensa. Porque «autonomía» no significa en absoluto que se le deje en paz: la historia de la acumulación primitiva muestra precisamente lo contrario. Es muy posible que los «experimentos locales y regionales» necesiten el amparo político y militarizado de un Estado-nación centralizado para evitar su erradicación y asegurar su florecimiento.

Aun así, Escobar entonces y sus epígonos ahora tienen razón en una cosa: lidiar con quienes se dedican a la producción primaria y están acostumbrados a formas de organización social que son subóptimas desde el punto de vista de la «productividad» ha acosado a los gobiernos desarrollistas y nacionalistas de izquierda de todo el mundo, especialmente en los últimos tiempos. Fundamentalmente, asegurar un excedente para la acumulación primaria no es una tarea fácil cuando no se puede exportar a través de holocaustos coloniales y el comercio de esclavos. Han sido los pobres, generalmente los pobres rurales, quienes han soportado esta carga, lo que plantea la cuestión de las diferentes necesidades y los diferentes tipos de inserción en una formación social nacional. Y esto ha incluido a menudo, no sin resistencia, innumerables degradaciones de la ecología en la que viven las personas (Gill 2024). Y no cabe duda de que esto crea una «diferencia» que es el punto de partida de la política. Pero reificar la diferencia milita en contra de la posibilidad de unificar a las clases populares —indígenas, mujeres, campesinos, habitantes de barrios marginales— del Tercer Mundo. Además, puede justificar la sugerencia de que algunas personas simplemente no desean acceder a la medicina moderna que salva vidas, lo que justifica el desmantelamiento de los sistemas de salud universales. Además, se puede respetar la diferencia y el derecho a vivir de forma diferente sin rechazar la idea de los Estados como terrenos en los que se media la diferencia. A modo de ejemplo, no hace falta decir que una comunidad que vive cerca de una mina y una comunidad que podría beneficiarse de los ingresos procedentes de las exportaciones de materias primas tienen claramente diferencias. Rechazar cualquier proyecto que pretenda mediar y equilibrar esas diferencias es rechazar la unidad y los proyectos unificadores en general.

En este sentido, la literatura «extractivista» ha destacado acertadamente los daños sufridos por los grupos periféricos «de primera línea», pero ha sido mucho más débil a la hora de situar esos daños en su contexto. En este sentido, la crítica del extractivismo no consiste en desplazar o rechazar la crítica de los proyectos de extracción en la historia histórica o contemporánea de América Latina, sino en discutir cómo se han presentado para el consumo académico del norte de manera perjudicial para los proyectos emancipadores más amplios y poner de relieve sus puntos ciegos.

Para aclarar estas maniobras, veamos cómo los gestos de Escobar son repetidos por Maristella Svampa, Alberto Acosta y otros que se consideran defensores de los movimientos «territoriales». Desde esta posición, se argumenta que la «izquierda» se ha resistido a las críticas al paradigma «productivista», un término que tiende a difuminar la especificidad de la crítica, y duda en aclarar su propia posición o llegar a conclusiones claras: ¿puede alguien argumentar que las fuerzas productivas de la industrialización nacional son suficientes para una transición igualitaria, por ejemplo, en América Latina? De hecho, Svampa sostiene que la izquierda latinoamericana se ha intoxicado con «la ideología del progreso y la confianza en la expansión de las fuerzas productivas»: ¿qué sería una absorción sobria de estas ideologías? (Svampa 2015: 71). Pero, ¿hay alguna razón por la que América Latina no deba tener una industrialización soberana, sus propias industrias de máquinas-herramienta y fabricar su propio tren de alta velocidad? ¿Debe importarse esa tecnología para siempre? ¿Y acaso estas cosas —posiblemente mecanismos para una autonomía más plena— pisotean la «diferencia»?

Svampa sostiene entonces que «el Gobierno boliviano ha intensificado ahora su discurso a favor de la industrialización», vinculando la industrialización a proyectos de exportación de recursos intensivos en capital, y argumenta, dejando de lado la retórica, que «los gobiernos progresistas han aceptado la división internacional que ha marcado el continente desde la época colonial» (Svampa 2012). Aquí se puede observar una tensión en la que se menosprecia a los Estados «extractivistas» latinoamericanos por estar sometidos a visiones productivistas de la industrialización nacional, pero se les acusa de no industrializarse adecuadamente y de volver a la clásica división internacional del trabajo (mientras que los principales períodos de industrialización de Brasil y Argentina se produjeron bajo dictaduras neofascistas y la desindustrialización no comenzó con China y el «consenso de las materias primas», sino con la caída de la Unión Soviética y el avance del neoliberalismo global) (Marini 1973). Además, ha esbozado de forma inadecuada las limitaciones generales debidas a «la hegemonía de las finanzas globalizadas» (Patnaik 2025). Estas incoherencias, interpretaciones erróneas y contradicciones no nos ayudan a comprender qué es una alternativa emancipadora, cuáles son sus costes y beneficios, y cómo lograrla. Además, estos gestos eluden las dificultades que incluso los Estados nacionales latinoamericanos más grandes, como Brasil, han tenido para forjar una nueva política industrial, dejando de lado la dificultad de la planificación y las enormes dificultades de la reindustrialización, por no hablar de la industrialización soberana, cuando los horizontes de planificación se ven obstaculizados por la perturbación imperialista, que obliga a hacer hincapié en los bienes de consumo para mantener el apoyo popular.

Estos hechos siguen ausentes de ese discurso, una ceguera ante el imperialismo que, sin duda, comparten los ecomodernistas. La única mención que hace Svampa del imperialismo es el subimperialismo brasileño, una distorsión radical del concepto de Ruy Mauro Marini, quien vinculó la búsqueda de salidas para la exportación por parte del capital monopolista local en el contexto de la superexplotación interna con la alianza política con el imperialismo estadounidense. De hecho, bajo el gobierno de Lula en Brasil, los pobres vieron aumentar sus ingresos, junto con una política exterior que, aunque deficiente en comparación con la de Cuba o Venezuela, ciertamente no estaba totalmente alineada con la agenda estadounidense.

La cuestión de la industrialización, o incluso la naturaleza del tejido industrial periférico, es una debilidad recurrente. Aunque estos marcos rara vez lo argumentan abiertamente, al menos sugieren que el extractivismo explica la mayor parte del movimiento de las sociedades latinoamericanas. Luego se entrelazan con diagnósticos que insinúan que podemos reducir la formación de clases en el Tercer Mundo a aquellos que sufren la extracción o la acumulación primitiva de su entorno. Estos marcos se ven, pues, empañados por el auge de una imaginación folclórica que transmuta África, América Latina y la región árabe-iraní en víctimas de formas de extracción primaria directa, el saqueo de sus tierras y minas a través de «venas abiertas». Una variante de esta miopía afirma, al igual que Alberto Acosta, que hay países del Tercer Mundo que «son pobres porque son ricos en recursos naturales», a pesar de que Canadá y Australia, y de hecho Botsuana, son ricos, o al menos están en desarrollo, y son muy ricos en recursos naturales (Acosta 2013: 71). 1Se trata, pues, básicamente de una repetición burda de la tesis de Prebisch, centrada en el deterioro de los términos de intercambio de los productos básicos frente a los productos industriales (Ajl 2024c). Incluso en la época de Prebisch, aunque su argumento era esencialmente correcto para una amplia gama de productos en los que se centraba, este fetichismo de las materias primas no puede explicar el desarrollo impulsado por los productos básicos, el uso de los cereales como arma política y el predominio del control del Primer Mundo sobre los mercados de exportación de cereales, ni el hecho de que ciertas formas de madera sufran una disminución de los términos de intercambio y otras no, como señala Emmanuel (1972).

En segundo lugar, los gobiernos de un sistema capitalista neoliberal deben equilibrar las necesidades básicas a corto plazo de sus poblaciones la necesidad a corto y largo plazo de un medio ambiente limpio para garantizar la salud básica de las clases populares, y la necesidad a medio y largo plazo de mejorar las fuerzas productivas para asegurar el acceso permanente a los valores de uso para la población y protegerse contra el imperialismo: industrialización con valor añadido, importación y endogenización de máquinas herramientas y formas superiores de tecnología industrial, e industrialización defensiva. El equilibrio entre estas necesidades puede esbozarse teóricamente, pero llevarlo a la práctica siempre implicará sufrimiento directo, desplazamiento o cargo. 2 Sin embargo, incluso entonces, el enfoque también ha sido miope: la literatura sobre el extractivismo ha evitado poner de relieve otros aspectos de las formaciones sociales y ha sido poco útil para concebir vías alternativas.

Podemos centrarnos en la agricultura y la minería sin confundir el presente con el pasado. Sin embargo, alquimizar mentalmente el Tercer Mundo en una mina y una plantación, excavando y plantando para la exportación, crea dos distorsiones. Una, separa el papel de las reservas de mano de obra y el papel reproductivo social de la producción primaria de la supresión salarial periférica y su relación con las transferencias de valor de la periferia al centro, como han señalado Ossome y Naidu (2021), centrados en el papel de las mujeres en la producción primaria periférica y la reproducción social. Mientras tanto, los Patnaik vinculan la cesta de consumo de la aristocracia laboral del norte con la acumulación primitiva en el sur y la deflación de los ingresos, con el fin de desviar las tierras agrícolas hacia productos de exportación que no pueden producirse en los inviernos del norte.

La segunda distorsión es prescriptiva: evoca una visión de transformación centrada en el sector primario, reencantando, inconscientemente o no, uno tras otro, espectros: planes de desarrollo colonial, modelos de «doble sector», uno de baja productividad y otro de alta productividad, la sucesión de programas de desarrollo rural, PDRI a nivel mundial, romances con la «tecnología indígena» y coqueteos con la reducción del desarrollo y los paquetes tecnológicos a la «tecnología apropiada».

Además, estas tesis del colonialismo verde teorizan de forma inadecuada la forma política de explotación: neocolonial, no colonial. Criticar a los Estados soberanos por «coloniales» ignora los logros de las luchas anticoloniales para detener las hambrunas y los genocidios coloniales, o que la agenda del Estado estadounidense es precisamente la erradicación de la soberanía estatal desde Haití hasta Siria (Tornel y Dunlap 2025). También interpretan erróneamente los impactos ecológicos del neocolonialismo, que golpean a las comunidades de primera línea, pero también se extienden a todas las formaciones sociales del Tercer Mundo a través de la destrucción de la «naturaleza socialmente útil» necesaria para el bienestar de las clases populares, desde los desastres sociales y naturales hasta la falta de inversión en infraestructura sanitaria (Prasad 2019). Por último, interpretan erróneamente el imperialismo contemporáneo. Las economías del Tercer Mundo han sufrido cambios masivos en los últimos 50 años. Ya no son meros exportadores de materias primas, sino que se subcontratan para la producción industrial de bajo valor añadido, desde el montaje hasta los textiles. También se han integrado en la división internacional del trabajo como proveedores de servicios —centros de atención telefónica— y exportadores de mano de obra cualificada: enfermeras, médicos e ingenieros, basándose en la exportación de los frutos del trabajo social de la periferia. El énfasis en la «reprimarización» es exagerado incluso en el caso arquetípico de América Latina. Cuando se aplica a la región árabe, distorsiona gravemente la naturaleza de las formaciones sociales regionales.

Al haber borrado las pluralidades o mayorías de las formaciones sociales del Tercer Mundo, las recetas son en general inadecuadas con respecto a la gama de necesidades periféricas. Consideren que las propuestas de Svampa incluyen

…una perspectiva ambiental integral que enfatiza la idea del Buen Vivir; una perspectiva indígena y comunitaria; una perspectiva ecofeminista centrada en la economía del cuidado y la lucha contra el patriarcado; y una posición ecoterritorial vinculada a los movimientos sociales que han desarrollado una gramática política basada en las ideas de justicia ambiental, bienes comunes, territorio, soberanía alimentaria y vivir bien (Svampa 2012).

Son buenas ideas. Pero, ¿significan renunciar a una infraestructura eléctrica o sanitaria moderna, a las carreteras, al transporte público industrializado y a una base tecnológica soberana? Es sorprendente que Svampa —que rechaza el análisis marxista del trabajo alienado bajo el capitalismo, no tiene tiempo para el comunismo como horizonte alternativo, se distancia claramente de la izquierda «tradicional» de América Latina y se abstiene de comprometerse con la industrialización— se apoye en gran medida en Franz Hinkelammert, quien «desarrolló criterios para lo que él llama «una economía para la vida» con el fin de construir una alternativa». De hecho, Hinkelammert era un teólogo de la liberación marxista influenciado por la teoría de la dependencia que abogaba por «poner la tecnología moderna al servicio de la satisfacción de las necesidades humanas», en el marco de «otro tipo de desarrollo» (Hinkelammert 2005: 803). Abrazó la modernidad, la maquinaria y el desarrollo en los términos del Sur. Parece una decisión interpretativa extraña, que no se sostendría tras una lectura detenida, tomar de su clara aceptación de la modernidad industrial el humanismo sin forma de una «economía de la vida».

Además, es notable que, tras 15 años de debate sobre el «extractivismo», sus defensores no hayan ofrecido ninguna visión real ni ningún marco de formaciones sociales «postextractivistas», qué tipo de aparato productivo podría ofrecer la emancipación y satisfacer las necesidades básicas de las naciones sobre las que han escrito, ni han ofrecido ninguna claridad sobre la industrialización y su papel en el futuro de las periferias. Las invocaciones a la «reciprocidad y la redistribución» y a la «economía social y solidaria» eluden cómo la propiedad privada de los medios de producción existentes impide satisfacer las necesidades básicas, y una pregunta muy básica sobre el tejido productivo real: ¿hay suficiente? (Svampa 2019: 52).

De hecho, aunque esta literatura se blinda con denuncias sobre cómo los gobiernos latinoamericanos destacan la financiación de la UE y EE. UU. de gran parte del discurso extractivista —un hecho que estos intelectuales no niegan—, terminan adoptando parte de la retórica de la derecha latinoamericana y del Estado estadounidense, lo que contribuye a allanar el camino para el resurgimiento de la derecha respaldada por EE. UU. mediante la demonización de los gobiernos latinoamericanos, tachándolos de albergar un «dispositivo jerárquico, autoritario e incluso militarista» (Brand et al. 2016: 148).

Incluso si gran parte de la literatura sobre el «extractivismo» no hubiera arrojado un manto negro sobre los gobiernos nacionales populares de América Latina, también podría cuestionarse por otros motivos. Si gran parte del debate sobre el «posdesarrollo», el «antiextractivismo» y el «colonialismo verde» ha distorsionado o analizado de forma selectiva las formaciones sociales del Tercer Mundo, ha propuesto una noción fragmentaria del neocolonialismo moderno y ha impulsado imaginarios utópicos que a menudo son folclóricos, anticuados y románticos, podemos preguntarnos si el imperialismo se ve amenazado por una visión del posdesarrollo que no incluye la industrialización y la autodefensa como parte de la liberación nacional, o si dicha visión puede abordar claramente las necesidades básicas de todas las formaciones sociales del Tercer Mundo, muchas de las cuales, como en América Latina o la región árabe, están mayoritariamente urbanizadas.

Esto no debe entenderse como antagónico a los sujetos sociales a los que se refieren estos autores, y menos aún a programas políticos como la soberanía alimentaria —romper con la restricción de los cereales alimenticios, una agricultura orientada hacia el interior y la reforma agraria, aunque este término se omite a menudo en medio de la creciente ONG-ización del discurso sobre la soberanía alimentaria—. La re-campesinización es un programa necesario en las plataformas de desarrollo, junto con la presencia de una reforma agraria disruptiva y redistributiva que cambie las relaciones sociales rurales. Lo primero ocurrió en mayor medida en Zimbabue y, en menor medida, en los cambios agrarios de Brasil, Nicaragua y Venezuela. Sin embargo, a pesar de todo ello, la cuestión agraria no puede separarse de un programa de desarrollo nacional soberano y emancipador que tenga en cuenta las cuestiones de género y ecológicas y ponga la industria al servicio de la agricultura, en lugar de mostrarse agnóstico respecto a la industrialización.

2.5 ¿Posdesarrollo u otro desarrollo?

El posdesarrollo surgió casi subrepticiamente, sustituyendo a las nociones anteriores de otro desarrollo o desarrollo alternativo. Aunque estos dos últimos términos eran católicos, tendían a abarcar la reforma agraria, la industrialización soberana, la satisfacción de las necesidades básicas de los pobres y, muy a menudo, el compromiso con las tecnologías blandas. Los desacuerdos se centraban en el ritmo y las técnicas de la industrialización, la atención relativa a la ecología y el género y, quizás, el lugar de la propiedad privada en una transición nacional que, de hecho, seguía teniendo como objetivo cambiar quién era propietario de qué: las relaciones de propiedad social. Esa literatura, marxista o no, dialogaba sin duda con el pensamiento marxista y los partidos comunistas, aprendía de las experiencias de desarrollo socialista y no se entretenía con críticas generales del desarrollo o la modernidad.

La literatura «posdesarrollo» o «alternativas al desarrollo» se sitúa en un nivel diferente. Hay un compromiso ocasional con la economía política marxista, pero diluido con el posestructuralismo, los estudios de ciencia y tecnología y una hostilidad predominante hacia el marxismo por contener «formas de universalismo que llevaban consigo el atractivo de utopías seculares construidas con racionalidad e ilustración», junto con la burla hacia «el desarrollo [como] modernidad» (Peet y Hartwick 2015). De hecho, esta literatura reduce la modernidad a su implementación específicamente occidental vinculada al capitalismo y entiende el racionalismo como algo necesariamente atrapado en la historia de su mal uso. Curiosamente, estas decisiones interpretativas no se aplican necesariamente, o solo parcialmente, a otros campos del conocimiento: ¿debemos rechazar las matemáticas modernas porque gran parte de su desarrollo se produjo dentro de las formaciones sociales europeas racistas, coloniales y capitalistas?

Para aclarar lo que está en juego en el debate sobre la modernidad, comencemos con una reformulación más amplia de algunas posiciones clásicas con respecto a la racionalidad y la modernidad, surgidas del apogeo de los movimientos nacionales. Como señala el historiador intelectual egipcio-palestino Zeyad El Nabolsy, la aceptación de la modernidad y la racionalidad (que no debe confundirse con su despliegue como mecanismos de dominación imperial) fue un pilar del pensamiento de liberación nacional africano:

Este compromiso con la razón (y, en consecuencia, con la ciencia) como fuente principal de justificación normativa también es evidente en el enfoque de Cabral para la construcción de una cultura nacional moderna en Guinea-Bissau y Cabo Verde… En el contexto del discurso filosófico de la modernidad también existe la idea de que la ciencia libera a los seres humanos en la medida en que desencanta la naturaleza… Cabral suscribía esta tesis… [añadiendo que Cabral creía que] los individuos y las sociedades que creen en el progreso como ideal normativo están orientados principalmente hacia el futuro, en el sentido de que buscan conscientemente cambiar su entorno social para mejor (Nabolsy 2019: 4).

De hecho, este sentido de la modernidad estaba profundamente ligado a la autonomía (véase Nott 2025a). Como argumentó Samir Amin, «la modernidad se construye sobre el principio de que los seres humanos, individual y colectivamente (es decir, las sociedades), hacen su propia historia». Ni la modernidad ni la autonomía podían alcanzarse o consumarse de manera significativa bajo el capitalismo, el colonialismo o el imperialismo (Amin 1989: 7). Es decir, el hecho de que la razón, el progreso y el discurso filosófico de la modernidad se utilizaran para intentar justificar las plantaciones esclavistas no significa que debamos abandonarlos, del mismo modo que no se abandona las matemáticas por el hecho de que se utilizaran para calcular la riqueza de los esclavistas.

El planificador Ismail-Sabri Abdallah plantea este argumento desde múltiples vectores, basándose en Mao, Cabral y Fanon en un debate sobre la relación entre la planificación del desarrollo y el crecimiento, cada uno de ellos con la innovación tecnológica, y todos ellos con la creación de una cultura nacional vibrante. Abdallah defendió «el desarrollo como un proceso de cambio global con el crecimiento económico como componente principal» y señaló que dicho crecimiento podía descomponerse o diferenciarse: la industria puede crecer en diferentes direcciones, por ejemplo, y puede orientarse hacia «las necesidades básicas de la mayoría, la búsqueda de la autosuficiencia y la afirmación de la identidad cultural» (Abdalla 1977a: 7-8). Para Abdallah, esto implicaba el «derecho a ser diferente», que tenía un significado específico en lo que se refiere a la tecnología (Abdalla 1977a: 8). Cabe destacar que Abdallah pensaba, en línea con la heterodoxia predominante, que las necesidades básicas de los pobres podían entenderse mediante consultas y encuestas, que los deseos podían transmitirse con claridad e incorporarse al desarrollo a nivel macro, sin dejar de preocuparse por la legibilidad de los resultados del trabajo campesino (Abdalla 1977a, 1977b). No veía ninguna contradicción entre el crecimiento, el desarrollo, la satisfacción de las necesidades básicas y el florecimiento cultural.

Por el contrario, gran parte de la literatura crítica sobre ecología política y posdesarrollo es esencialmente hostil al desarrollo, la modernidad, la industrialización y la tecnología desarrollada en Occidente. En este sentido, es el reflejo de la literatura sobre ecomodernismo, que considera la adopción de tecnología procedente de fuera del Tercer Mundo como algo incondicionalmente bueno: considera la adopción de tecnología como algo esencialmente incondicionalmente malo. De hecho, parecen compartir la idea de que las personas no pueden tomar decisiones sociales y racionales sobre qué y cómo aceptar o rechazar la tecnología, ni que esas decisiones puedan cambiar a medida que las personas aprenden más sobre el mundo y esas tecnologías, ni que las facultades de la razón y la creatividad deban aplicarse a las decisiones sobre la tecnología.

Estas líneas de pensamiento, en consonancia con una amplia crítica árabe que Abdallah había ayudado a gestar —o incluso a concebir—, se cristalizaron en su afirmación de que los pueblos del Tercer Mundo tenían que «recuperar su creatividad e inventiva» y dejar de asumir que «se había dicho la última palabra sobre la tecnología» —China, entonces, pero aún más ahora, un excelente ejemplo de estas prescripciones cuando surgen en la planificación del desarrollo aplicada (Abdalla 1977a: 8).

Del mismo modo, en un estudio sobre el cambio tecnológico y el desarrollo, Souhail discrepó de quienes hacían demasiado hincapié en las tecnologías apropiadas, aceptaban acríticamente la transferencia de tecnología e incluso tenían algunos problemas con la noción de tecnologías «combinadas» por su falta de atención a las clases sociales. Abogó por una noción radicalmente diferente de la tecnología, puesta al servicio de una vía única de industrialización soberana y liberación nacional del Tercer Mundo, en particular una que combinara las llamadas tecnologías tradicionales y modernas, un pilar de la experiencia de desarrollo china que había marcado el pensamiento árabe sobre el desarrollo (Ajl 2021, 2025a).

Su argumento era pro-modernidad y pro-ciencia, al tiempo que se distanciaba deliberadamente de las aplicaciones estrechas e imperiales, coloniales y capitalistas del método científico. Como escribió, «la ciencia en general, como conjunto de conocimientos con un objeto y un método, no puede reducirse a la aplicación restrictiva de sus descubrimientos», argumentando que la acumulación histórica de conocimientos y hallazgos podría, «si se utilizara adecuadamente, según otra racionalidad… abrir amplias perspectivas para el Tercer Mundo». Además, como dejó claro, la reformulación de la política científica y tecnológica y su papel en el desarrollo nacional-popular no se produciría mediante una ruptura milenaria, ni mediante la adopción de las tecnologías que se utilizaban en la vía occidental de desarrollo, ni mediante un retorno anticuario al pasado, sino que partiría simplemente de donde se encontraba el Tercer Mundo. Sostuvo que su «salvación» no estaba en una «ruptura», sino que se centraba más en cómo «diseñaría su proceso de desarrollo», lo que significaba separarse de Occidente y comprometerse con la «ciencia «prestada»». A su vez, esto significaba un paso hacia la «originalidad creativa» que acogería la «influencia externa» sin acabar sometido a ella, logrando la autonomía a través del desarrollo. Es a través del redescubrimiento de su identidad por parte de los no occidentales, mediante la descolonización de la ciencia y la desoccidentalización de la tecnología, que la ciencia se convertiría en verdaderamente universal y alcanzaría su potencial. Desde el punto de vista programático, esto significaba dominar la tecnología, organizarla y reorientarla, a través de una «apropiación social de la tecnología» orientada a las clases populares, que se basaba en la «voluntad política para el acto colectivo de apropiación social de la tecnología». Esto significaría, en última instancia, una capacidad nacional para la investigación y el desarrollo y para la ingeniería (Souhail 1985, 278-285). En relación con esto, este método de apropiación social de la tecnología significaba instituir espacios nacionales para el desarrollo y la ingeniería, es decir, la industrialización nacional y la capacidad científica y de desarrollo, lo que inevitablemente iría en contra de los intereses del núcleo. Por último, Souhail planteó la cuestión de una movilización colectiva y basada en las clases para garantizar que este proceso siguiera siendo popular y en interés de las clases populares.

La aceptación de la ingeniería y la ciencia —sin reducir a ellos a sus historias, ya que estaban interrelacionadas con el capitalismo occidental— es una línea clara, en claro contraste con la corriente posdesarrollo (Dowidar 1973; ʻAlī 1983; Abdallah 1987). Un segundo aspecto, en línea con una amplia gama de literatura de la región árabe y África occidental, fue el impulso de un desarrollo personalizado, único y adecuado, de nuevo en claro contraste con su casi rechazo (Hountondji 1987). Además, esto no significaba rechazar ni siquiera las tecnologías forjadas en Occidente durante su violento y explotador proceso de desarrollo. La ciencia se entendía como un acervo universal y la tecnología, como un legado compartido.

3 Conclusión

Este artículo ha examinado algunas controversias en los debates actuales en torno a la cuestión ecológica, principalmente en el Norte, pero que, debido al poder abrumador de la producción académica del Norte, también marcan el ritmo de gran parte del debate académico del Sur. Se ha argumentado que, aunque en algunos aspectos el decrecimiento y las corrientes afines de posdesarrollo o antidesarrollo parecen totalmente opuestas al ecomodernismo, en otros aspectos son paralelas: carecen de compromiso con la soberanía estatal del Tercer Mundo. Tienden a ignorar la historia del pensamiento desarrollista más liberador del Tercer Mundo. Y se niegan a conceptualizar o a tener una perspectiva realista sobre la industrialización del Tercer Mundo. Además, ninguna de ellas realiza un análisis de clase riguroso y todas carecen de una perspectiva realista sobre el imperialismo. De ello se deduce que se encuentran mutuamente un antagonista útil en la medida en que hablan sin escucharse y, al mismo tiempo, no se comprometen suficientemente con la totalidad de la estructura de clases en la periferia. Por último, cada uno carece de una perspectiva seria sobre el desarrollo nacional-popular periférico, o incluso de herramientas suficientes para forjar programas para ello.

De hecho, aunque cada perspectiva insinúa su capacidad universalista, ninguna ofrece una perspectiva lo suficientemente amplia como para abordar la gran variedad de problemas, que son necesariamente específicos de diferentes formaciones sociales, pero que no excluyen cierto sentido de un proyecto universal compartido. Por el contrario, el artículo ha revisado los trabajos fundamentales del Sur sobre la modernidad, el desarrollo, la industrialización y la tecnología. Ha mostrado cómo los debates más destacados y sus raíces impiden ver un debate más antiguo que, arraigado en los Estados, las instituciones y los movimientos de la periferia, se dirigía más directamente a los intereses de sus clases populares en la ciudad y el campo. Abogaban por un enfoque nacional, adaptado y creativamente elaborado, de la modernidad y el desarrollo, con el fin de despojarlos de su provincialismo eurocéntrico y tratar así de hacerlos —más— universales.

1

Gracias a Ndongo Samba Sylla por este ejemplo.

2

Gracias a Paris Yeros por el debate sobre este punto.

Referencias

Autor: admin

Profesor jubilado. Colaborador de El Viejo Topo y Papeles de relaciones ecosociales.

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