El País, 28/03/2026. “Trump ha nombrado a su nuevo consejo asesor de ciencia y tecnología y allá que ha metido a medio Silicon Valley.”
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha revelado esta semana su nuevo consejo asesor en ciencia y tecnología (PCAST, por President’s Council of Advisors on Science and Technology) y, como tal vez cabía esperar de este millonario por nacimiento e indocto por formación, parece haber elegido a sus miembros en la lista Forbes. Si tiene tanta pasta será que es muy listo, habrá pensado Trump en un alarde de sofisticación intelectual, y allá que nos ha metido a medio Silicon Valley en uno de los pocos organismos que podría haberle desasnado en una serie de materias que quedan mucho más allá del radio de su ingenio.
El PCAST fue fundado por el presidente Franklin Delano Roosevelt en 1933, aunque entonces se llamaba Science Advisory Board (panel de asesoramiento científico), y normalmente ha estado formado por científicos del ámbito académico. Bajo Joe Biden, 20 de sus 30 miembros pertenecían a las academias nacionales de ciencias, ingeniería y medicina. Eso se acabó. En el comité de Trump están los milmillonarios Mark Zuckerberg (Meta), Larry Ellison (Oracle), Safra Catz (ex Oracle), Jensen Huang (Nvidia), Lisa Su (AMD), Sergey Brin (Google) y Michael Dell (Dell). El único verdadero científico es John Martinis, un experto en computación cuántica de la Universidad de California en Santa Cruz y premio Nobel de Física en 2025. El resto es mucha tecnología, mucha pasta y poca ciencia.
La confusión entre ciencia y tecnología es un signo de nuestro tiempo. La ciencia quiere entender el mundo, y la tecnología quiere transformarlo. Es cierto que esa nítida distinción sobre el papel se difumina en la práctica. El arranque de la física moderna le debió mucho a la invención del telescopio, tanto como le debió el de la biología al microscopio. También es verdad que esos dos instrumentos tecnológicos fueron inventados por Kepler, Galileo y Hooke, tres de los mayores científicos de su época. Pero la mayoría de la gente tiene actualmente una idea utilitaria de la ciencia que no se corresponde con la realidad. Watson, Crick y Franklin no descubrieron la doble hélice del ADN para curar el cáncer, ni Alan Turing formuló la inteligencia artificial para forrarse vendiendo chatbots. Estos científicos trabajaron para entender el mundo, y su verdadera motivación fue la curiosidad. La del PCAST de Trump es la codicia. No puede haber una diferencia más fundamental.
De los milmillonarios de California no cabe esperar una gran sensibilidad por la ciencia básica, pese a que ésta es la fuente de todo el conocimiento que les ha hecho ricos. Los consejos que le darán a Trump serán exactamente los que quiere oír: que debe apostar por las tecnologías de la información, la energía nuclear y la encriptación cuántica, y eso es lo que hará el presidente, por la sencilla razón de que es justo lo mismo que habría hecho de todos modos. Son los sectores que le darán dinero y poder, dos conceptos fáciles de entender para un empresario de la construcción.
Entretanto, los verdaderos cerebros de nuestro tiempo están que trinan con el presidente de color naranja (o “el único hombre que no necesita lavarse las manos después de comer Doritos”, como le llama Héctor de Miguel). Más de 1.500 matemáticos han firmado un manifiesto para boicotear el mayor congreso de su disciplina, el Congreso Internacional de Matemáticos (ICM), si se celebra en Estados Unidos, como está previsto este verano. Esta reunión tiene lugar cada cuatro años, suele redefinir subcampos enteros de las matemáticas y concede la Medalla Fields, el premio más prestigioso del sector. Las acciones militares en Venezuela e Irán, la suspensión de visados a 75 países y el comportamiento de los agentes del ICE chocan con el espíritu del congreso de “promover un sentido de unidad internacional entre los matemáticos”. Ese sí es el futuro.
https://elpais.com/opinion/2026-03-28/no-busques-cerebros-en-la-lista-forbes.html.