Me asombra la audacia de la clase política. Con la llegada del PSC a la presidencia de la Generalitat, en la persona de Salvador Illa, se decretó oficialmente que el “Procés” había muerto. Sin más. Una muerte dulce, eso sí, ya que, aunque no alcanzó su objetivo último -el referéndum de Autodeterminación-, sí consiguió, al menos teóricamente y con vistas a un futuro desarrollo, importantísimos hitos. Hitos que, de llevarse a cabo, cambiarán para siempre el carácter del estado español: un sistema fiscal particular para Cataluña -donde ésta, erigida en juez y parte, fijará la “cuota de solidaridad” con el resto del país- y la cesión del control de la Migración a esta comunidad. Puede que Cataluña no haya conseguido separarse, pero estas nuevas competencias, de sustanciarse, la acercarían a ese curioso statu quo en el que un territorio queda unido al resto del país apenas por un filamento: El Poder Central retendría Defensa, las relaciones exteriores y… ¿Mucho más? Nos volvemos a encontrar así con la eterna maldición de las dos Españas: Por una parte, País Vasco y Cataluña, convertidas en auténticas vedettes a las que hay que contentar y que no son, precisamente, las comunidades más pobres. Y por otra, el resto, que obviamente no se conformará con esta situación de desigualdad y, por tanto, se verá moralmente autorizado para reclamar un trato semejante. Un escenario que Joaquim Coll, en un artículo publicado en julio de 2024 en Crónica Global, calificaba muy acertadamente de “Confederalismo de los ricos”.
Esta “muerte dulce” no se limita a la estructura del Estado, sino que se extiende a un tema tan sensible como la Lengua. Se blindará aún más al catalán, como si ya no estuviera suficientemente blindado, incluso a base de pasarse por el arco del triunfo sentencias judiciales tan ajustadas a la realidad de Cataluña (que es un territorio bilingüe y lo seguirá siendo) como que los niños castellanohablantes reciban, al menos, el 25% de las clases en su lengua materna. La inmersión lingüística, por tanto, persistirá, pese a que en un pasado no tan lejano eran los propios catalanohablantes quienes se quejaban amargamente de ella (y con razón, añado): pero, claro, por aquel entonces las víctimas eran ellos, la lengua impuesta era el castellano y quien la imponía era un tal Francisco Franco.
A esta muerte oficial del “Procés”, decretada por el Poder, ayuda sin duda el silencio en las calles. Un silencio sospechoso, cuyo significado se nos escapa: ¿Qué se esconde detrás de él?
Tras el fracaso de la secesión, los independentistas están pasando por un conocido proceso que en psicología recibe el nombre de duelo, y cuyas diferentes fases fueron establecidas en 1969 por la psiquiatra Elisabeth Kübler-Ross: Negación, ira, negociación, depresión y aceptación. Un buen amigo que también escribe en este medio, Jordi Cuevas, afirma, sin embargo, que el esquema es inaplicable al independentismo. La razón es simple: el “Procés” siempre estuvo instalado en la Negación, inamovible. En su infinita soberbia, desde el principio se negó a aceptar la terca realidad de Cataluña, y es que la mitad del país no comulga con sus ideas. Ante ello, aplicó la lógica del Amo, según la cual un siervo no está precisamente para opinar. Por tanto, a quienes no pudo atraer o seducir, les ignoró. Pasó, sencillamente, por encima de ellos. Y pretendió crear un estado separado del resto de España (probablemente monolingüe a futuro), cuando lo cierto es que Cataluña se ha mestizado, entreverado y confundido con ella desde hace siglos; cuando la mitad de su población es castellanohablante y se siente española a la vez que catalana, sin mayor problema. Un disparate.
Añade Cuevas que para entrar en la fase de Negociación uno debe (y cito textualmente) “ser capaz de reconocer a la otra parte como dotada de entidad y dignidad para sentarse con ella a negociar”. E insiste: ¿cómo llegar a la fase de Negociación (¡y no digamos de Aceptación!) si desde el principio niegas la Realidad y, por tanto, al Otro?
Y así volvemos a mi pregunta inicial: ¿Qué hay realmente detrás de la muerte oficial del “Procés”? En primer lugar, que no hay tal muerte. Y ello pese al silencio reinante, que es engañoso. Lo que hay es una suerte de estado de latencia. Una latencia donde, en compleja mescolanza, podemos encontrar irritación, frustración, impotencia, desengaño o incluso depresión. Y que podría ser la calma que precede a una futura tempestad, si se dan las condiciones necesarias. ¿Llegarán esas condiciones si en las próximas elecciones generales el PP conquista el Poder con el apoyo de un partido furiosamente españolista como Vox? ¿Y todo ello con el caldo de cultivo de una clase media asfixiada por la carestía de la vida, como factor desestabilizante y polarizante? Podría ser. Sobre todo si los Populares ceden a las pulsiones uniformizadoras y anti-autonómicas de la formación ultraderechista. Pulsiones que, recordemos, tienen entre los Populares a una valedora esencial: Isabel Díaz Ayuso.
Estaríamos entonces ante la tormenta perfecta: Porque al independentismo le pone tener como contrincante a esa España cavernícola y casposa. Contra ella se mueve como pez en el agua: Porque le da argumentos, porque confirma sus prejuicios, porque constituye la gasolina que la enciende. Una España que -no lo olvidemos-, en un alarde de infinita estupidez, regaló el 1 de octubre de 2017 la postal que tanto buscaba el secesionismo: honrados ciudadanos apaleados por intentar votar. Postal que dio la vuelta al mundo, desatando una oleada mundial de solidaridad, y que de paso nos dejó vendidos, con el culo al aire, a quienes legítimamente nos posicionamos contra la consulta, convertidos así en poco menos que cómplices de una represión indiscriminada.
Pero descendamos a las calles. Descendamos y veremos que, a la que rasquemos en ese silencio engañoso, podremos comprobar que el sentimiento de “estar en el lado correcto de la Historia”, de que “hicimos lo que tuvimos que hacer y vencimos”, sigue vivo y vigente. En esto, nada ha cambiado. Poco importa que el referéndum fuera un simulacro infumable, no ya por ilegal, sino porque lo boicoteó, de facto, la otra mitad de Cataluña. O porque no hubo un censo fiable y se produjo multitud de irregularidades. O porque el agravio sobre el que se cimentó la necesidad de una consulta (“España nos roba”, “España nos maltrata”) fuera falso o, como mínimo, poco riguroso: el caso es que ganamos, y simplemente se nos impide realizar nuestra santa voluntad. El Amo (es decir, quien impuso el referéndum, quien impuso la pregunta y quien fabricó o magnificó el agravio) se convierte, así, en víctima. Una vez más.
Acostumbro a decir que la Historia gusta de las simetrías. Y en este caso intuyo (y creo no alejarme mucho de la realidad) que otro sentimiento reina hoy entre las huestes del “Procés”. Se trata del mismo que embargó a muchos alemanes (entre ellos Adolf Hitler) tras la Primera Guerra Mundial: Que Alemania no fue realmente derrotada en el campo de batalla, sino que en verdad fue traicionada por sus políticos. En este caso, los políticos independentistas. De esta forma, al resentimiento contra el Poder Central -ya secular en un territorio donde existe un nacionalismo sociológico que se transmite de padres a hijos- se añadiría una profunda desafección de las bases soberanistas hacia sus partidos.
De todas formas, debe quedar claro que, si alguna vez se rompe el silencio en Cataluña, no es lo mismo que lo rompan unos que que lo rompan otros: Quien verbaliza hoy públicamente la versión soberanista (que constituye actualmente el mainstream -en inglés, la corriente dominante- o el Relato, como diría un argentino), nada debe temer: no será contradecido, no será malmirado, no será señalado, pese a que muchas personas, en la sombra y en silencio, discrepen. Pero quien ose exponer la versión contraria en la plaza pública, más allá del círculo de sus afines ideológicos, se expone. No hablo de peligro físico -quiero creer que no nos hemos vuelto locos- pero sí de un peligro social. Por increíble que parezca, a estas alturas del siglo XXI, mostrarse contrario al referéndum supone en Cataluña salir de un armario. No fue una leyenda urbana el deterioro y la ruptura de relaciones interpersonales durante el “Procés”.
Y sin embargo, es necesario exponerse. Sin alardes, pero sin complejos. Por dignidad y por pura higiene democrática. Ya lo decía el gran Albert Camus, en su imprescindible ensayo El hombre rebelde: “Callar es dejar creer que no se juzga nada, y, en ciertos casos, no desear efectivamente nada. La desesperación, lo mismo que el absurdo, lo juzga y lo desea todo, en general, y nada, en particular. El silencio la traduce bien”. Y sentencia: “Pero a partir del momento en que habla, aun diciendo no, desea y juzga. El hombre en rebeldía, en el sentido etimológico, se vuelve. Caminaba bajo el azote del amo. Ahora planta cara”.
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