Me asombra la audacia de la clase política. Con la llegada del PSC a la presidencia de la Generalitat, en la persona de Salvador Illa, se decretó oficialmente que el “Procés” había muerto. Sin más. Una muerte dulce, eso sí, ya que, aunque no alcanzó su objetivo último -el referéndum de Autodeterminación-, sí consiguió, al menos teóricamente y con vistas a un futuro desarrollo, importantísimos hitos. Hitos que, de llevarse a cabo, cambiarán para siempre el carácter del estado español: un sistema fiscal particular para Cataluña -donde ésta, erigida en juez y parte, fijará la “cuota de solidaridad” con el resto del país- y la cesión del control de la Migración a esta comunidad. Puede que Cataluña no haya conseguido separarse, pero estas nuevas competencias, de sustanciarse, la acercarían a ese curioso statu quo en el que un territorio queda unido al resto del país apenas por un filamento: El Poder Central retendría Defensa, las relaciones exteriores y… ¿Mucho más? Nos volvemos a encontrar así con la eterna maldición de las dos Españas: Por una parte, País Vasco y Cataluña, convertidas en auténticas vedettes a las que hay que contentar y que no son, precisamente, las comunidades más pobres. Y por otra, el resto, que obviamente no se conformará con esta situación de desigualdad y, por tanto, se verá moralmente autorizado para reclamar un trato semejante. Un escenario que Joaquim Coll, en un artículo publicado en julio de 2024 en Crónica Global, calificaba muy acertadamente de “Confederalismo de los ricos”. Continuar leyendo «“No, la herida aún no se ha cerrado” por Luis Caldeiro.»