Lo que sigue es una reelaboración por escrito de la ponencia oral presentada en la Conferencia por la Paz y Contra el Rearme celebrada en Madrid, el 20 y 21 de junio pasados, en el Auditorio Marcelino Camacho del sindicato Comisiones Obreras.
Voy a abordar el tema de la guerra en Ucrania siendo consciente de que ha sido un asunto conflictivo en el movimiento por la paz y en las fuerzas políticas que le han sido tradicionalmente afines. También lo haré desde la consciencia de que dicha guerra es la gran justificación a la que recurre la OTAN para justificar su enloquecido programa de rearme. Debido al poco tiempo del que dispongo, trataré el tema de forma un tanto esquemática y telegráfica; por ello me temo que voy a incurrir en el defecto de la simplificación.
Para hablar sobre la guerra en Ucrania necesito hacer previamente una breve excursión al conflicto armado que estalló entre India y Pakistán a finales de abril y principios de mayo de este año. Como recordaréis, hubo unos atentados en la región de Cachemira que causaron una veintena de muertos y después una respuesta militar de la India en forma de lanzamiento de misiles contra el territorio de Pakistán que provocó una cifra similar de personas fallecidas. De todo ello informaron los medios de comunicación occidentales poniendo el énfasis, sobre todo, en la peligrosidad de dicho enfrentamiento debido a que esos dos estados poseían armas nucleares.
El mensaje básico que se trasladó a la opinión pública consistió, pues, en señalar que esos incidentes armados eran peligrosos porque podían ser el inicio de una escalada militar que podía llevar a una guerra nuclear, lo cual sería muy perjudicial para los habitantes de Cachemira, la India, Pakistán y, en última instancia, para la humanidad entera. La mayoría de los medios de comunicación dijeron que las causas del conflicto se arrastraban desde la independencia de la India en 1947, pero lo relevante, en ese momento, no era discutir sobre esas causas antiguas o sobre si tenía más razón la India que Pakistán. Lo que se debía pensar y hacer por el bien de la humanidad era favorecer la desescalada, no la escalada, proponiendo un alto el fuego y negociaciones entre India y Pakistán. Una forma muy sensata y adecuada de informar, valorar y actuar en la era nuclear en relación con cualquier conflicto armado y, mucho más, con uno en el que están implicados estados que poseen el arma atómica.
La gran pregunta que debemos hacernos es: ¿por qué no se ha informado, valorado y actuado de la misma forma en relación con la guerra en Ucrania? En esta guerra están implicadas, no dos, sino cuatro potencias nucleares (EE.UU., Rusia, Francia y Gran Bretaña), entre las cuales se encuentra la primera y única que hasta ahora ha utilizado la bomba atómica en una guerra (EE.UU.). ¿Por qué nos han importado más las causas que las terribles consecuencias que puede tener la escalada entre esas cuatro potencias nucleares que son, además, las principales potencias nucleares del mundo? Me gustaría subrayar que, aunque no lo hayan dicho los medios de comunicación occidentales, nunca hemos estado tan cerca de la guerra nuclear general como en los últimos tres años.
¿Adónde ha ido a parar el sentido común pacifista que, al menos en Europa, mucha gente interiorizó en los años de la guerra fría del siglo pasado? Claramente ese sentido común se ha diluido y eso hay que verlo como una derrota ideológica sin paliativos de todas las fuerzas sociales y políticas favorables a la supervivencia y la emancipación.
A ese desarme ideológico han contribuido muchos factores. Uno no menor ha sido la presentación mediática de esa guerra como una guerra exclusivamente entre Ucrania y Rusia, la cual comenzó, según dichos medios, con la invasión rusa de febrero de 2022. Visto así se trataría de un conflicto provocado por la agresión de una gran superpotencia a un país más pequeño y vulnerable, un conflicto entre David y Goliat por decirlo de otra manera. Para la propaganda atlantista (¡oh, sorpresa!), la OTAN no tiene ninguna responsabilidad en la génesis y continuidad de la guerra en Ucrania porque pasaba por allí por casualidad y se ha limitado a ayudar a la parte más débil por su vocación altruista, filantrópica y desinteresada, como se pone de manifiesto cada día con la gran ayuda humanitaria y militar que (no) está prestando a los palestinos que son víctimas de las embestidas genocidas del Estado de Israel, es decir, de ese estrechísimo aliado suyo. Por eso los dirigentes de la Alianza Atlántica acostumbrar a referirse a la guerra en Ucrania como el resultado de «una agresión rusa no provocada».
Se trata de una presentación muy infantil de dicha guerra que en Europa se han creído millones de personas, incluidas unas cuantas que se ubican a la izquierda del espectro ideológico.
La verdad histórica es otra (y atenerse a la verdad histórica es lo más importante en este asunto porque no se trata de una «lucha entre relatos», sino de actuar a partir de un buen conocimiento de la realidad). La verdad es que la guerra en Ucrania ha sido una guerra entre la OTAN y Rusia por estado interpuesto. Y comenzó en 2014, como reconoció el antiguo secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, en una entrevista publicada en The Washington Post el 9 de mayo de 2023 (y la cosa estaría muy mal si el secretario general de la OTAN se hubiera equivocado a la hora de señalar cuándo comenzó una guerra en la que la organización de la que era portavoz estuvo implicada desde el principio).
Si el gobierno de Ucrania pone los soldados, pero el resto de los elementos necesarios para poder hacer la guerra (armas, dinero, información, cobertura política y diplomática) lo ponen los países de la OTAN, entonces presentar esa guerra como exclusivamente entre Ucrania y Rusia es una falsa representación de la realidad. La guerra en el este de Europa ha sido una guerra entre dos Goliats en el que el gobierno de Kiev se ha prestado a ser instrumento de uno de ellos.
También forma parte de la verdad histórica, que explica muy bien el libro de Glenn Diesen que acaba de ser publicado en castellano con el título La guerra de Ucrania y el orden mundial euroasiático (Akal, Madrid, 2025), el hecho que dicha guerra ha sido la consecuencia de la catastrófica expansión de la OTAN hacia las fronteras rusas (¿hay alguien que todavía sea capaz de negar que la decisión de ampliar la OTAN hacia el este ha sido una verdadera catástrofe para Ucrania y para toda Europa?) y de la brutal y criminal reacción de la Federación Rusa para contenerla. De lo segundo son responsables Putin y su gobierno, pero de lo primero son responsables los gobernantes de los países de la OTAN, comenzando por el presidente norteamericano William Clinton, el cual en 1994 decidió pasarse por el arco del triunfo todos los pactos contraídos con Rusia al final de la guerra fría e iniciar su acorralamiento por tierra, mar y aire.
La OTAN por tanto es corresponsable del estallido y continuidad de la guerra en el este de Europa (recordemos, además, el incumplimiento occidental de los Acuerdos de Minsk de 2015 y de la decisión de Boris Johnson y de Joe Biden de no firmar nada con los rusos en abril de 2022). Sin embargo, para la mayoría de las poblaciones europeas la guerra en Ucrania es «la guerra de Putin».
La ausencia de crítica a dicha calificación ha facilitado otra derrota ideológica del movimiento por la paz europeo. Esa derrota hace ahora muy difícil impulsar la campaña por la paz y contra el rearme. Si todo el movimiento por la paz y toda la izquierda hubieran señalado a EE. UU./OTAN como corresponsables de la devastación y los muertos en Ucrania, ahora nos sería mucho más fácil explicar a las poblaciones que es totalmente inadmisible aumentar los presupuestos militares. Y no solamente por los recortes sociales que eso va a suponer, sino también porque va a servir para alimentar la maquinaria militar de una organización que, lejos de defendernos de algo, no para de implicarnos en una guerra detrás de otra, con el agravante de que la última en la que nos ha metido, la de Ucrania, ha elevado hasta niveles muy peligrosos el riesgo de enfrentamiento nuclear a gran escala.
Como esta Conferencia por la paz es fundamentalmente un foro de activistas, no quisiera acabar mi intervención sin proponer objetivos concretos que, en mi modesta opinión, el movimiento por la paz debería hacer suyos en relación con la guerra en Ucrania.
El primero sería plantear sin complejos la necesidad de alcanzar de forma inmediata una paz negativa, una triste y desoladora paz negativa que se puede traducir como ausencia de combates, muertes y destrucción. ¡Basta ya pues de fomentar la escalada enviando armas a una de las partes! Debemos exigir a los gobiernos europeos que abandonen esa actitud de esperar a ver qué quiere hacer con Ucrania el Papá del otro lado del Atlántico y se decidan de una vez a hacer propuestas propias para alcanzar la paz. Si eso condujera a una paz negativa, se podría entonces iniciar los pasos hacia una paz positiva abordando todos los problemas que condujeron al estallido de las hostilidades (situación en Crimea, en el Dombás, intereses legítimos de seguridad de Rusia, expansión de la OTAN, parámetros de la seguridad europea, etc.).
Si se consiguiese esa mera paz negativa, se debería convocar a continuación una conferencia de seguridad europea en la que también estuvieran presentes los rusos. Una política de seguridad en Europa solo se puede hacer con los rusos, no contra los rusos, porque, como se dijo en la Carta de París para una nueva Europa de 1990, la seguridad de los estados es indivisible. Los ciento cuarenta y cuatro millones de rusos, que son tan buenas o malas personas como somos nosotros, también tienen derecho a la seguridad, como la tenemos nosotros y la tienen los ucranianos. Contra los rusos se puede iniciar una nueva división de Europa —dado que Rusia también forma parte de Europa—, una nueva guerra fría, una nueva carrera de armamentos y un nuevo equilibrio/desequilibrio del terror que no generará seguridad sino inseguridad permanente y miedo al Armagedón.
Como podéis ver, no recurro a la terminología de la «paz justa» porque no conozco ninguna guerra que haya terminado con una paz considerada justa por todas las partes contendientes. Lo más habitual es que los vencedores de la guerra califiquen de justa la paz a la que se llegue y los vencidos de injusta. Y si resulta que no hay ni vencedores ni vencidos, porque se trata de esas guerras que se alargan y se alargan y se acaban por agotamiento, entonces los contendientes califican la paz resultante como universalmente injusta. Los dirigentes europeos que afirman estar a favor de una paz justa en Ucrania, lo que hacen en realidad es abogar por la continuidad de la guerra. Aquí y ahora, pretender relacionar guerra con justicia es un verdadero disparate moral y político.
Se puede criticar que proponer una paz negativa inmediata para esa región de Europa necesariamente va a consistir en una «paz por territorios». Quienes consideran que esa propuesta es inaceptable, deben pensar que las únicas opciones reales que hay sobre la mesa son «paz por territorios» hoy o «paz por más territorios» dentro de unos cuantos años. A los pacifistas se nos ha acusado tradicionalmente de ser unos utópicos, pero resulta que en relación con la guerra en Ucrania los pacifistas hemos sido siempre mucho más realistas que los belicistas de todo pelaje y condición.
https://mientrastanto.org/247/notas/paz-negativa-y-positiva-en-ucrania/