POR UNA ESPAÑA NEUTRAL EN UNA EUROPA SIN BLOQUES QUE ATIENDA LA VOZ DE SU CIUDADANÍA

Pocas veces unos representantes políticos, supuestamente democráticos, han actuado tan opuestamente a los deseos y aspiraciones de sus representados como lo está haciendo la Unión Europea, su Comisión, su Consejo y su Parlamento, a lo largo de todo este año.

No es que su trayectoria haya sido jamás un ejemplo de democracia, como demuestra lo sucedido cuando se intentó imponer un proyecto de Constitución Europea, rechazado en las urnas en varios países, aunque los eurócratas no perdieron la oportunidad de volver a hacer votar a los ciudadanos para que “acertaran”. Finalmente ellos mismos elaboraron un llamado Tratado de Funcionamiento de la Unión Europea en el que dejaban al Parlamento Europeo sin casi atribuciones, hacían que todos los poderes los tuviera una Comisión que no ha votado ningún ciudadano europeo y, por fin, convertían al Consejo en un reñidero de los intereses particulares de cada país, pero en el que siempre gana Alemania.

Armados con estas instituciones han postergado constantemente los intereses de los más débiles. Así tenemos un euro, pero sin un erario común, lo que lo convierte en un elemento de fuerza para los países del norte, al tiempo que incrementa continuamente la deuda de los del sur. Y cuando eso no es bastante, como se vio durante la crisis comenzada en 2008, ya intervienen los “hombres y mujeres de negro” y las “troikas” para empobrecer a los de siempre. Eso es lo que ocurrió en Grecia, cuyo pueblo fue despojado de casi todo para proteger a los bancos alemanes, por cierto sin que su Gobierno, aquel tan de izquierdas, moviera un sólo dedo para impedirlo, pese al resultado del referendo del año 2015, resultado inmediatamente traicionado por Tsipras.

Decididos a hacer bueno ese dicho de que “no hay nada, por malo que sea, que no se pueda empeorar”, ahora los eurócratas han pasado a mirar tan sólo por sus inmediatos intereses, dejando al margen incluso los globales de los países más poderosos de la UE. Como ejemplo basta recordar lo sucedido con las vacunas durante la pandemia. Cuando rechazaron las más baratas y compraron, a precio de oro, las de las grandes multinacionales. Y una parte no pequeña de ese oro acabó en los bolsillos de algunos personajes muy bien relacionados con la Comisión, como el marido de la presidenta Úrsula Von der Leyen.

Ahora, a lo largo de todo este año, se han multiplicado estos casos de atentados contra los más elementales principios democráticos por parte de la Comisión y sus secuaces. Desde el cierre administrativo, como hacía el franquismo en España, de medios de comunicación no a sueldo de ellos. Además de encerrar a periodistas no genuflexos ante el poder, como Pablo González, sin que su gobierno le defienda. Hasta las medidas económicas y energéticas que están haciendo que en toda Europa la inflación alcance cotas nunca vistas en la vida de las últimas generaciones. Todo esto lo hacen con el pretexto de la guerra. Una guerra que, si bien se libra en territorio europeo, ha sido provocada por una potencia que está al otro lado del Atlántico. Una potencia ante la que los eurócratas están subordinados, de tal manera que se golpean los intereses, no ya de los ciudadanos de a pie, sino de grandes países, por más que estos hayan decidido callar y arrodillarse. Así hemos visto al gobierno alemán encajar impertérrito el sabotaje de su principal enlace energético, fraguado por una potencia que dice ser aliada suya. Aunque esto no debería sorprendernos, pues no hace tantos años que esa potencia reconoció abiertamente que espiaba los teléfonos de la canciller Merkel y no pasó nada.

Un nuevo ejemplo de la degradación antidemocrática de estos eurócratas nos lo dan las recientes declaraciones de Josep Borrell sobre el “jardín europeo frente a la selva exterior”. Declaraciones repugnantes y que rezuman racismo por todos lados. Justo la clase de racismo que está sembrando de cadáveres todo el Mediterráneo.

Frente a esta deriva autoritaria y claramente antieuropea hay, pese a todo, una conciencia europea. Una conciencia que va mucho más allá de la UE. Esta conciencia europea se está manifestando ya en las calles. Lo hace en Francia, en Italia, en Alemania, en Chequia. Reclama una Europa soberana, sin bloques militares y en paz. Pero también lo hace fuera de la UE, como en las grandes movilizaciones veraniegas de los trabajadores en Gran Bretaña, lo que muestra claramente que Europa empieza a tener una ciudadanía consciente de si misma más allá de lo que significa la UE. Todas estas manifestaciones ponen sobre la mesa la exigencia de una transformación total de la actual UE y de toda Europa.

En España estamos sufriendo las mismas agresiones, como pone de manifiesto la presión a que nos está sometiendo la Comisión Europea para privatizar nuestro sistema de pensiones, al tiempo que quiere recortar las actuales, o la imposición de que aumentemos nuestro gasto militar, ya muy alto, dedicando a ello los recursos imprescindibles para la Sanidad y la Enseñanza, tan dañadas en los últimos años. Por eso ha llegado el momento de que nos unamos a estas movilizaciones democráticas y mostremos que otra Europa es posible. Una Europa que no esté subordinada a los EE.UU., sino que tome sus decisiones pensando exclusivamente en el interés de sus ciudadanos y que priorice el mantenimiento del poder adquisitivo de salarios y pensiones. Una Europa soberana en toda su extensión continental, que mantenga una política de paz, que renuncie al aumento de los presupuestos militares y que proteja la libertad de expresión. Una Europa en la que no quepan personas como Von der Leyen y Borrell y todos los demás que intentan acostumbrarnos a que en cualquier momento puede ocurrir una hecatombe nuclear.

Por ello estamos hoy aquí. Para exigir esto y para poner una primera piedra en el camino, pues esto no es más que un primer paso al que seguirán muchos más.

Autor: admin

Profesor jubilado. Colaborador de El Viejo Topo y Papeles de relaciones ecosociales.

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