“República tecnológica” por Miguel Candel

Se llama Alexander Karp, es de origen alemán y en 2024 cobró la «módica» suma de 6.800 millones de dólares por su (suponemos ímproba) labor en la empresa Palantir Technologies como gerente (pido perdón por no emplear las siglas de moda entre pijos pedantes y periodistas indocumentados, a saber CEO, uséase Chief Executive Officer).

Y ¿a qué se dedica Palantir Technologies? Vayamos por partes. Ante todo una observación léxico-semántica sobre el término «tecnología». Veamos: por analogía, pongamos, con «zoología» («estudio de los animales»), «tecnología» debería significar en principio «estudio de la técnica» (hay en español y otras lenguas modernas montones de términos con la terminación ―logía, ―logie, ―logy, etc. que significan «estudio de…»). ¿Por qué entonces referirse al bien conocido y clásico (milenario) concepto de técnica (helenismo hermano del latinismo arte) con la palabra que no lo designa propiamente a él, sino a su estudio? Inescrutables son los caminos, no sólo de Dios, sino también del deseo de enfatizar los conceptos, que de eso se trata, en definitiva, al usar un término compuesto y con resonancias científicas (las que aporta el sufijo de marras) en lugar del simple y diáfano técnica, demasiado simple, al parecer, para designar con él los complejos mecanismos producidos por la industria más moderna. Lo malo es que ya hay quien usa «tecnología» como recurso publicitario para referirse a cualquier cachivache doméstico diseñado por un técnico (¡no un «tecnólogo»!) del montón.

Pues bien, Palantir (nombre tomado por Peter Thiel, socio de Karp, de una figura de El Señor de los Anillos, obra de culto de tantas mentes infantiloides cautivadas por concepciones mágico-maniqueas del mundo) se dedica, ¡cómo no!, a la creación de sistemas de inteligencia artificial para uso militar, esa casi única industria en la que son punteros los Estados Unidos. Ni que decir tiene que, como ha confesado el propio Alex Karp, malos tiempos como los actuales son «increíblemente buenos» para empresas como Palantir, el valor de cuyas acciones se ha multiplicado por seis en el último año.

Pese a la retórica habitual sobre audaces emprendedores particulares que arriesgan sus pocos dólares e invierten todo su tiempo inventando cachivaches en el garaje de su casa, lo cierto es que Palantir recibió en sus comienzos ayudas económicas públicas, concretamente de un departamento de la CIA dedicado a inversiones de capital-riesgo llamado In-Q-Tel. Y ni que decir tiene que sus amables patrocinadores de la CIA y organismos similares, como el FBI o la NSA (National Security Agency), son hoy día sus principales clientes. Amén de las fuerzas armadas israelíes, a las que Palantir proporciona IA para lo que Karp (tipo imaginativo donde los haya) ha denominado kill chain («cadena de matar»): sistemas telemáticos de identificación de objetivos militares y guiado de los medios destinados a su destrucción (sin olvidar, ojo, que el concepto israelí de objetivo militar incluye niños, ancianos, hospitales, centros de distribución de víveres y un largo etcétera). Nada extraño, pues, entre tanta kill chain Gaza arriba Gaza abajo, que en algún folleto propagandístico de la empresa aparezca el mensaje: «Hamás nos ha llevado a la Luna».

Modesto logro, por cierto, si se compara con la «llegada a Marte» que suponen los encargos recibidos del gobierno federal estadounidense para diseñar sistemas de control de la inmigración mediante la obtención de datos biométricos y de geolocalización de posibles inmigrantes, cosa que, según denuncia The New York Times, abre la puerta a un régimen inconstitucional de estricto control y vigilancia del conjunto de la población.

Pero siguiendo lo que podríamos llamar el «estilo Nerón» (combinar los placeres del ejercicio del poder con los del ejercicio del «arte»), el «Señor de los Algoritmos» Alex Karp ha decidido amenizar el espectáculo del incendio de Gaza con los arpegios de su lira literaria. En efecto, ha perpetrado, a medias con un tal Nicholas W. Zamiska, asesor jurídico de Palantir, un libro (probablemente escrito, al menos en parte, mediante un chatbot de IA) titulado The Technological Republic.

Dicho libro (inspirado seguramente por la típica hybris del nuevo rico que, tan pagado de sí mismo como pagado por los demás, aspira a ser reconocido, además de como potentado, como ilustre ciudadano de la república de las letras) expone, junto a las consabidas banalidades apologéticas de la civilización occidental y su supuestamente civilizatoria violencia imperial, una tesis que parece inspirada en la famosa admonición puesta por Virgilio en boca del padre de Eneas: «Tu regere imperio populos, Romane, memento» (sustituyendo, claro está, «Romane» por «Americane» o algo así).

En efecto, la tesis central del libro es que las mentes dirigentes de la industria estadounidense del software, representada paradigmáticamente por Silicon Valley, han sido contaminadas por ideas «progresistas» que tienden a alejar dicha industria de los objetivos fundamentales y prioritarios de la seguridad nacional y moverla en otras direcciones que prometen grandes ganancias para las empresas particulares pero son incompatibles con el necesario esfuerzo en la defensa de los intereses generales del país. De ahí que en un párrafo especialmente explícito diga lo siguiente:

La industria del software debe reconstruir su relación con el gobierno y redirigir su esfuerzo y atención a construir la tecnología y las capacidades de inteligencia artificial necesarias para encarar los retos más acuciantes a los que nos enfrentamos colectivamente. La élite ingenieril de Silicon Valley tiene la inequívoca obligación de participar en la defensa de la nación y en la articulación de un proyecto nacional: definir qué es este país, cuáles son nuestros valores y por qué luchamos.

Pero arengas como ésta van a lo largo de todo el libro acompañadas de amonestaciones cargadas de moralina como la siguiente:

El futuro distópico imaginado, entre otros, por Orwell puede estar cerca, pero no a causa de la vigilancia del Estado o los artilugios creados por los gigantes de Silicon Valley que nos roban nuestra privacidad o nuestros momentos más íntimos. Somos nosotros, no nuestras creaciones técnicas, los culpables de no estimular y facilitar el radical acto de fe en algo que está por encima, más allá y fuera de nuestro yo.

Curiosa moral, por cierto, cuyo ideal subyacente es en esencia promover una carrera algorítmica de armamentos contra los rivales geopolíticos de los EE.UU. Algo para lo que los chicos de Silicon Valley parecen haber dejado de estar a la altura, según Karp, por haberse «arrugado» frente al empuje de la cultura «progre» dominante en las universidades.

En cualquier caso, la perspectiva de una república tecnológica como la propugnada por Karp no deja de ser inquietante aun en el supuesto de que los temores que parecen asaltar al susodicho «Señor de los Algoritmos» sean fundados y los creadores de inteligencia artificial se dediquen preferentemente a la industria civil en vez de a la militar. Una sociedad que ponga la técnica en cualquiera de sus formas por encima de la política nunca podrá ser «técnicamente» una democracia ni, por tanto, una república. Y la tecnocracia supuestamente inteligente que día a día se nos impone no es sino una forma retorcida de dictadura.

Autor: admin

Profesor jubilado. Colaborador de El Viejo Topo y Papeles de relaciones ecosociales.

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