Resumen (comentado) de El capital en la era del Antropoceno de Kohei Saito (VI)

Seguimos en el primer capítulo, en el apartado La profecia de Marx sobre la crisis climática”.
Repasando la historia del capitalismo, observa Saito, es fácil darse cuenta de la escasa (¿nula?) probabilidad de que los Estados o las grandes corporaciones vayan a proponer y ejecutar medidas radicales y a gran escala contra el cambio climático. En vez de soluciones, “lo que ha seguido ofreciendo el capitalismo es más saqueo de la periferia, más externalización y más transferencia de cargas”. Lo único que ha hecho el capitalismo es desplazar sus contradicciones a lugares remotos, a aplazar la solución a los problemas. Pero el caso, “es que, ya a mediados del siglo XIX, Karl Marx había analizado la creación de externalidades por la transferencia y sus problemas derivados”. Marx recalcaba “que el capitalismo transfiere sus contradicciones a otros lugares y las invisibiliza; pero que esta transferencia ahondaría necesariamentela contradicción del sistema hasta llegar a hacerlo insostenible. Los intentos de transferencia de cargas finalmente fracasarían. Y eso, a juicio de Marx, sería un límite insalvable para el capitalismo”.

Con el fin de identificar los límites del capitalismo, el filósofo nipón comenta que va a clasificar y analizar las transferencias en tres tipos: tecnológica, espacial y temporal, y se irá refiriendo en paralelo a las ideas de Marx.

En el apartado “Transferencia tecnológica: el hostigamiento de los ecosistemas”, Kaito comenta que “el primer tipo de transferencia es el recurso al desarrollo tecnológico para intentar superar la emergencia climática”. El problema que trató Marx fue el del agotamiento del suelo por la agricultura. Se basó para ello en la crítica a la «agricultura del saqueo», de Justus Freiherr von Liebig.

Según Liebig, “los nutrientes del suelo, especialmente las sustancias inorgánicas como el fósforo o el potasio, se convierten, por efecto de la meteorización, en formas aprovechables por las plantas”. Sin embargo, dado que la meteorización es un proceso comparativamente muy lento, “la cantidad de nutrientes presentes en el suelo que pueden aprovechar las plantas es limitada”. Por otra parte, “para mantener la fertilidad del suelo es imprescindible restituir correctamente la materia inorgánica que han absorbido las plantas”. Liebig lo llamó «ley de restitución»: para una agricultura sostenible es indispensable un ciclo consistente de nutrientes.

A pesar de ello, prosigue Saito, “con el desarrollo del capitalismo y la división del trabajo entre la ciudad y el campo, lo cosechado en el campo comienza a ser comercializado en las ciudades para el consumo de los trabajadores urbanos”. Cuando esto ocurre, “los nutrientes absorbidos por los productos agrícolas que se consumen en las ciudades no se restituyen en el suelo del que proceden y, tras ser consumidos y digeridos, se pierden en los ríos en forma de aguas residuales.”

Los problemas también están presentes en la gestión de la agricultura capitalista: “los empresarios agrícolas, guiados únicamente por una visión cortoplacista, prefieren el cultivo continuo, con el que se obtienen mayores beneficios, al barbecho, que facilita la recuperación de la fertilidad del suelo. También dedican lo mínimo a instalaciones de riego para mantener hidratado el suelo”. En el capitalismo, nos recuerda Saito innecesariamente, siempre manda la ganancia a corto plazo. De esta forma, “se produce una «fractura» en el ciclo de nutrientes y el suelo se agota porque estos no se restituyen”.

Liebig ya criticó en su momento la gestión agrícola irracional, que sacrifica la sostenibilidad en el altar de los beneficios inmediatos, “tachándola de «agricultura del saqueo», e hizo saltar las alarmas ante lo que consideró una situación crítica que podría derivar en el colapso de la civilización europea”.

Sin embargo, lo cierto es que la civilización no se ha tenido que enfrentar a ninguna crisis por agotamiento del suelo, como temía Liebig. ¿Por qué se pregunta Saito? “Por el desarrollo, a comienzos del siglo XX, del proceso de HaberBosch, un método de fabricación industrial de amoníaco que permitió la obtención barata y en masa de fertilizantes químicos”. No obstante, matiza, esta invención, esta tecnología, no significó la reparación de la fractura del ciclo de nutrientes. Solo implicó su transferencia; esta es la clave, remarca.

En la fabricación de amoníaco (NH3) mediante el proceso de Haber-Bosch, “se utiliza no solo nitrógeno atmosférico (N2), sino también hidrógeno (H) procedente de combustibles fósiles (principalmente, del gas natural). Por supuesto, para satisfacer la demanda de los campos de cultivo de todo el mundo se requieren cantidades ingentes de combustibles fósiles”. En efecto, sostiene Saito, “el volumen de gas natural utilizado en la obtención de amoníaco representa entre el 3 y el 5 % de la producción total”. Así, pues, “la agricultura actual está despilfarrando otro recurso finito en vez de los nutrientes naturales del suelo”. Y naturalmente, como sabemos, en el proceso de fabricación se emiten grandes cantidades de CO2. Esta, observa Saito, “es la esencia de la contradicción de la transferencia tecnológica”.

Por si fuera poco, “el desarrollo de la agricultura basado en el uso de grandes cantidades de abonos químicos inunda el medio ambiente con compuestos de nitrógeno y origina problemas como la contaminación por nitratos de las aguas subterráneas y las mareas rojas por la eutrofización”. De este modo, el agua potable y la pesca también se ven afectadas. “La transferencia debida al uso de nuevas tecnologías termina convirtiendo un problema, en principio delimitado al agotamiento del suelo, en otro problema ecológico a gran escala”.

Y hay más. “El acoso al ecosistema del suelo con el uso indiscriminado de fertilizantes reduce la capacidad de retención de agua del suelo y facilita el contagio y la transmisión de enfermedades infecciosas, tanto entre los animales como entre las plantas”. A pesar de ello, “los mercados demandan verduras sin mordeduras de insectos, de tamaños uniformes y baratas. Por eso, la agricultura actual no puede funcionar sin recurrir a cada vez mayores cantidades y variedades de fertilizantes químicos, abonos y antibióticos”. Todos estos productos químicos se acaban liberando en el MA y terminan alterando el ecosistema.

Sabido es que las empresas que “han originado los daños se niegan a indemnizarlos escudándose en la falta de pruebas que acrediten la relación causa-efecto entre sus actividades y los problemas ambientales”. Lo cierto es que, aunque se pudiera demostrar que son los culpables de los perjuicios ocasionados y asumieran hacerse cargo de indemnizaciones, lo que desde luego es mucho suponer, en muchos casos los daños ecológicos serían irreparables.”

En conclusión: la transferencia tecnológica no soluciona los problemas; dialécticamente, por decirlo con términos de la tradición, el abuso de la tecnología agudiza más bien las contradicciones.

«Transferencia espacial: la externalización y el imperialismo ecológico” es el título del siguiente apartado. La transferencia espacial es el segundo tipo de transferencia. Marx también la analizó a través de su relación con el agotamiento del suelo.

En los tiempos de Marx, nos recuerda Saito, “aún no se había desarrollado el proceso de Haber-Bosch y el guano era el fertilizante alternativo más apreciado”.

Brevemente: 1. El guano es el producto fosilizado de la sedimentación de los excrementos de las aves marinas. 2. Estas aves abundan en las costas peruanas (muchas islas de aquellas costas están literalmente cubiertas de guano). 3. Por ser el el excremento seco de las aves, el guano contiene gran cantidad de materia inorgánica (necesaria para el crecimiento de las plantas) y es de fácil manipulación. 4. Se sabe que los nativos de aquellas tierras utilizaban tradicionalmente el guano como fertilizante. 5. Uno de los europeos que supo de las bondades del guano (en una expedición por Sudamérica de comienzos del XIX) fue Alexander von Humboldt. 6. Posteriormente, el guano alcanzó gran fama como el salvador del agotamiento del suelo y se comenzó a exportar en grandes cantidades de Sudamérica a Europa y Estados Unidos. 7. Gracias al guano se logró mantener la fertilidad del suelo de Gran Bretaña o Estados Unidos y se pudieron seguir suministrando los alimentos que demandaban los trabajadores en las ciudades. 8. Sin embargo, tampoco en este caso se reparó la fractura: “Un gran número de trabajadores fue movilizado para saquear unilateralmente el guano. El resultado fue la represión brutal de los indígenas, la explotación de más de 90.000 culíes chinos, el agotamiento del guano a velocidad de vértigo, así como una reducción pavorosa de la población de aves marinas”.

También estallaron conflictos bélicos por este recurso natural (que comenzaba a escasear a marchas forzadas): la Guerra hispano-sudamericana (1864-1866) o la Guerra del salitre (1879-1884).

Como se colige de estos ejemplos, concluye Saito, “los intentos de transferencia, que pretenden resolver las contradicciones del sistema buscando únicamente soluciones que favorezcan al núcleo, adoptan la forma del imperialismo ecológico (ecological imperialism). El imperialismo ecológico depende del saqueo de la periferia y de la transferencia a esta de las contradicciones del núcleo”. Al tiempo que supone un enorme impacto negativo en las vidas de los indígenas y los ecosistemas, “este proceder no hace sino acentuar las contradicciones del sistema.

El siguiente apartado lleva por título: “Transferencia temporal: «¡Después de mí, el diluvio!»” [1]

Notas

1) Seguimos con la entrevista de Ferran de Vargas a Kohei Saito para Catarsi magazin https://catarsimagazin.cat/.

¿Cómo pasar de la sociedad capitalista a una sociedad basada en el asociacionismo? ¿Cree que sería necesaria una revolución?

Creo que en el mundo complejo de hoy en día algo así como la revolución rusa es imposible. Incluso si nos levantamos y tomamos el poder, eso no cambiaría el sistema complejo del mercado financiero, el mercado de valores, etc. En este sentido, gente como Andreas Malm habla de leninismo ecológico, pero este tipo de estrategia, en mi opinión, no es muy efectiva. Ya no podemos tumbar al capitalismo como principios del siglo XX.

En este sentido, soy más cercano al reformismo radical o «reformunismo». Debemos reformar para transformar radicalmente el modo de producción capitalista. Creo que si podemos desmercantilizar muchos ámbitos de nuestra vida habrá más espacio para involucrarnos en actividades no comerciales y no capitalistas, y se expandirá más la esfera de lo común. También podemos introducir una jornada laboral más corta, como un sistema de cuatro días laborales a la semana, la gratuidad del transporte público y la educación, o más vivienda pública. Estas reformas serían introducidas bajo el capitalismo, pero entonces la influencia de estas medidas abriría un nuevo modo de vida en el sentido de que no deberíamos preocuparnos tanto por el dinero y por tanto podríamos decidir si estamos dispuestos a trabajar duro oa dedicarnos más a otras actividades. Todo ello generaría más espacios para nuevas iniciativas, creatividad, cooperación y ayuda mutua.

Al mismo tiempo coincido con la propuesta de Malm: necesitamos una transformación fuerte y rápida, esta expansión de lo común parece muy lenta. Debemos reducir a la mitad las emisiones de CO2 y tenemos sólo seis o siete años. Así pues, entiendo que esta gente hable más en términos de disrupción del sistema y creo que éste es el punto más difícil.

Por supuesto que no ignoro que existen diferentes vías, no sólo la mía, y necesitamos poner todas las propuestas sobre la mesa. El problema es que las propuestas radicales han sido marginadas e ignoradas porque mucha gente del establishment sólo sabe hablar sobre capitalismo verde. Pero creo que ahora la situación está cambiando un poco y existe un interés creciente en el decrecimiento.

Uno tiene la sensación de que la recuperación de lo común puede ser demasiado lenta teniendo en cuenta que el capital es muy rápido y global, y que cuando destruye lo común lo hace a través de medios violentos.

Sí, pero el estalinismo viene exactamente de la misma lógica: «el capitalismo es tan fuerte y grande que debemos luchar contra él y necesitamos el partido de vanguardia, una disciplina de hierro, no podemos discutir todos los problemas con calma, debemos de decidir por ti, etc.» Éste es el camino de lo que llamo maoísmo climático. Por desgracia existe el peligro creciente del totalitarismo. Cuando las crisis se profundizan, incluso la gente de izquierdas desea líderes fuertes y transformaciones muy radicales, lo que comporta el peligro de repetir los antiguos fracasos. Creo que incluso si sabemos que estas propuestas no cambian la situación de forma tan efectiva, necesitamos un movimiento de base y democrático. Esto es un principio que nunca podemos abandonar.

¿Qué diría a quienes son tan pesimistas ante la crisis climática que ya se han rendido?

Escribí El capital en la era del antropoceno porque quería proponer otro futuro. Por supuesto, hay muchos libros que critican el capitalismo, el neoliberalismo y el cambio climático, pero desde mi punto de vista no clarifican qué tipo de sociedad deberíamos perseguir. Naomi Klein dijo que necesitamos una visión más concreta del futuro, y es por eso que propongo el comunismo decrecentista como una especie de nueva utopía.

Evidentemente soy consciente de que no es algo que podamos conseguir fácilmente, pero sin esta utopía la dicotomía es el maoísmo/estalinismo climático o el pesimismo de quienes dicen «OK, estamos jodidos».

Soy consciente de que la situación de la crisis climática va a empeorar, y especialmente después de la COP27 no creo que podamos alcanzar el objetivo de 1,5 grados, creo que nos dirigimos hacia más de 2 grados y esto es muy peligroso. Pero esto no significa que podamos rendirnos, debemos seguir haciendo todo lo posible por minimizar los daños. Si no conseguimos el objetivo del 1,5, debemos hacer lo posible para conseguir el 1,6, y si fracasamos debemos intentar conseguir el 1,7, etc.

Más que esperanza, es muy importante tener una visión. Mi deseo es que el comunismo decreciente se convierta en un nuevo punto de referencia y discusión útil.

No digo que las cosas sean fáciles, pero creo que ese tipo de discusión debería generar un nuevo espacio de imaginarios y políticas.

Autor: admin

Profesor jubilado. Colaborador de El Viejo Topo y Papeles de relaciones ecosociales.

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