José Luis Martín Ramos es miembro de Espai Marx
Al hilo de los comentarios de Fernando. Nunca es un buen negocio aislar una frase de Lenin, sacarla del contexto de su texto y del momento.
En cualquier caso, Lenin, en octubre de 1917 esperaba poder empezar a construir el socialismo, no de una manera general -por el momento el campo habría de quedar bajo el signo de la consigna democrática, no socialista, de la redistribución de la tierra- sino en el mundo urbano, en la industria y los servicios y eso empezaba por la igualación de las retribuciones (a cada uno según su trabajo) y otras medidas sobre la gestión del estado soviético. Llevaba a la confrontación con la realidad los principios de El Estado y la Revolución. Lo hacía considerando que la revolución rusa era el primer acto de la revolución mundial…que no se desencadenó finalmente; lo que se produjo fue la intervención extranjera, la guerra civil y la resiliencia del capitalismo tras la guerra y la crisis de postguerra. Sabemos que en febrero-marzo -paralelo al acuerdo de Brest-Litovsk- Lenin dejó en suspenso la aplicación de la transformación socialista en el mundo urbano y empezó a hablar de «capitalismo de estado» para señalar que la organización econòmica no podría seguir desplegando el proyecto socialista; se había de asumir una fase de transición entre la toma del poder y la constitución de un estado soviético que había quedado aislado, con urgencias de vida o muerte (no solo la guerra, las hambruna), aclarando que esa fase de transición no era el socialismo pero tampoco un regreso al capitalismo, ni siquiera al capitalismo de estado burgués que había crecido durante el período de la guerra, sino la instauración de un tipo diferente de «capitalismo de estado» un capitalismo de estado en el que el estado es un estado revolucionario que sigue teniendo como objetivo el socialismo y a partir de él avanzar hacia la sociedad sin clases, por tanto el fin del trabajo asalariado (a cada uno según su necesidad).
Estoy plenamente de acuerdo con Fernando en que el ruso simplifica tanto las cosas, que olvida que el objetivo final de la construcción del socialismo es el fin del trabajo asalariado, aunque eso no pueda producirse en un momento dado a través de la proclamación de su abolición y requiere no solo la condición local para ese salto sino una determinada condición mundial revolucionaria. Con la NEP se reforzó la idea del «capitalismo de estado de un estado revolucionario», y al propio tiempo aparecieron las contradicciones que eran de esperar entre la voluntad, la ideología, el objetivo del partido y el estado y la naturaleza no socialista, «capitalista de estado» de la economía. Lenin murió en ese momento, pasó lo que pasó y el reto de cómo vincular la fase de transición con la etapa socialista sigue abierto. La dualidad contradictoria – no necesariamente antagónica, depende de la orientación de la fase de transición- entre «capitalismo de estado», como lo entendía Lenin, ha generado un equívoco y se ha denominado sistema socialista lo que, en efecto, no es cierto todavía; no lo fue en la URSS y no lo es hoy por hoy en China. Pero nuestro juicio político no ha de tener en cuenta solo la estructura de un momento sino, y quizás sobre todo, el proceso de avance hacia el socialismo (si se avanza hacia él, significa que no se está todavía en él). La fase de transición puede dar paso paso a una fase de regresión, como en la URSS y a la restauración del capitalismo, sin más. Importa llegar a conocer el porqué de esa regresión, para no repetirla -caso de China ya que de ello hablamos, pero también de Viet-Nam, de Cuba- y también, ¿por qué no?, para recuperar el punto de partida de la transición, el estado revolucionario.