“¿Qué queda del pensamiento de Habermas (1929-2026)?” por Mauro Piras

¿Qué queda del pensamiento del gran intelectual fallecido el pasado 14 de marzo, más allá de la riqueza de sus distintas líneas de investigación?
Ese giro esencial tan propio del pensamiento de Habermas: la atención constante al lenguaje y al significado como elementos constitutivos de las relaciones sociales.
La idea de que la comunicación entre las esferas institucionales formales e informales es la savia que mantiene viva la democracia; y es en este fluir donde la democracia muere si la sociedad no es capz de alimentala con los recursos deliberativos apropiados. Continuar leyendo «“¿Qué queda del pensamiento de Habermas (1929-2026)?” por Mauro Piras»

“Tot allò que tenim en comú amb l’antiga Grècia” por Jordi Llovet

El País, 28/03/2026. “L’hel·lenista lleidatà Jordi Pàmias estudia a ‘Les renúncies’ la supervivència d’una sèrie de tendències al llarg de la història.” Continuar leyendo «“Tot allò que tenim en comú amb l’antiga Grècia” por Jordi Llovet»

“El mundo según Gaza” por Chris Hedges

Traducido del inglés por Sinfo Fernández

La guerra contra Irán y la destrucción total de Gaza son sólo el principio. ¡Bienvenidos al nuevo orden mundial! A la era de la barbarie tecnológicamente avanzada. No hay reglas para los fuertes, sólo para los débiles. Si te opones a los fuertes, si te niegas a doblegarte ante sus caprichosas exigencias, te lloverán misiles y bombas.

Hospitales, escuelas de primaria, universidades y complejos de apartamentos quedan reducidos a escombros. Médicos, estudiantes, periodistas, poetas, escritores, científicos, artistas y líderes políticos —incluidos los jefes de los equipos encargados de las negociaciones— son asesinados por decenas de miles con misiles y drones asesinos.

Los recursos —como bien saben los venezolanos— son robados abiertamente. La comida, el agua y la medicina, como en Palestina, se convierten en armas.

Que coman tierra.

Los organismos internacionales como las Naciones Unidas son una farsa, apéndices inútiles de otra época. La inviolabilidad de los derechos individuales, las fronteras abiertas y el derecho internacional han desaparecido. Los líderes más depravados de la historia de la humanidad, aquellos que redujeron ciudades a cenizas, condujeron a poblaciones cautivas a lugares de ejecución y llenaron de fosas comunes y cadáveres las tierras que ocupaban, han regresado con ganas de venganza.

Vierten los mismos tópicos hipermasculinizados. Vierten la misma retórica vil y racista. Vierten la misma visión maniquea del bien y el mal, del blanco y el negro. Vierten el mismo lenguaje vacuo de dominio total y violencia desenfrenada.

Payasos asesinos. Bufones. Idiotas. Se han apoderado de las riendas del poder para llevar a cabo sus visiones demenciales y caricaturescas mientras saquean el Estado para su propio enriquecimiento.

«Tras presenciar una matanza brutal masiva durante demasiados meses, sabiendo que fue concebida, ejecutada y respaldada por personas muy parecidas a ellos mismos, que la presentaron como una necesidad colectiva, legítima e incluso humana, millones de personas se sienten ahora menos a gusto en el mundo», escribe Pankaj Mishra en «The World After Gaza». «El impacto de esta renovada exposición ante un mal peculiarmente moderno —el mal que en la era premoderna sólo cometían individuos psicópatas y que en el siglo pasado desataron gobernantes y ciudadanos de sociedades ricas y supuestamente civilizadas— es incalculable. El abismo moral al que nos enfrentamos es asimismo inabarcable».

Los subyugados resultan ser una propiedad, mercancías que explotar en busca de lucro o placer. Los archivos de Epstein ponen al descubierto la enfermedad y la crueldad de la clase dominante. Liberales. Conservadores. Rectores universitarios. Académicos. Filántropos. Titanes de Wall Street. Celebridades. Demócratas. Republicanos.

Se regodean en un hedonismo desenfrenado. Van a colegios privados y cuentan con asistencia sanitaria privada. Viven aislados en burbujas egocéntricas rodeados de aduladores, publicistas, asesores financieros, abogados, sirvientes, chóferes, gurús de la autoayuda, cirujanos plásticos y entrenadores personales. Residen en fincas fuertemente vigiladas y pasan sus vacaciones en islas privadas. Viajan en jets privados y yates gigantescos. Viven en otra realidad, en lo que el reportero del Wall Street Journal Robert Frank denomina el mundo de «Richistán», un mundo de Xanadús privados donde celebran bacanales al estilo de Nerón, hacen sus tratos pérfidos, amasan sus miles de millones y desechan a quienes utilizan, incluidos los niños, como si fueran basura. Nadie en este círculo mágico rinde cuentas. Ningún pecado es demasiado depravado. Son parásitos humanos. Destripan el Estado para su beneficio personal. Aterrorizan a las «razas inferiores de la tierra». Acaban con los últimos y anémicos vestigios de nuestra sociedad abierta.

«No habrá curiosidad, ni disfrute del proceso de la vida», como escribe George Orwell en «1984». «Todos los placeres que compitan con él serán destruidos. Pero siempre —no lo olvides, Winston— siempre existirá la embriaguez del poder, en constante aumento y cada vez más sutil. Siempre, en todo momento, existirá la emoción de la victoria, la sensación de pisotear a un enemigo indefenso. Si quieres una imagen del futuro, imagina una bota pisoteando un rostro humano… para siempre».

La ley, a pesar de algunos valientes esfuerzos por parte de un puñado de jueces —que pronto serán purgados—, es un instrumento de represión. El poder judicial existe para montar juicios-espectáculo. Pasé mucho tiempo en los tribunales de Londres cubriendo la farsa dickensiana durante la persecución a Julian Assange. Una Lubianka a orillas del Támesis. Nuestros tribunales no son mejores. Nuestro Departamento de Justicia es una máquina de venganza.

Matones enmascarados y armados inundan las calles de Estados Unidos y asesinan a civiles, incluidos ciudadanos estadounidenses. Los mandarines gobernantes están gastando miles de millones para convertir almacenes en centros de detención y campos de concentración. Insisten en que sólo albergarán a los indocumentados, a los delincuentes, pero nuestra clase dirigente global miente como respira. Ante sus ojos, somos gentuza ciega y obediente que no cuestiona nada o meros delincuentes. No hay nada entre medias.

Estos campos de concentración, donde no hay garantías procesales y la gente desaparece, están diseñados para nosotros. Y por «nosotros», me refiero a los ciudadanos de esta república muerta. Sin embargo, nos quedamos observando, atónitos, incrédulos, esperando pasivamente nuestra propia esclavitud.

No nos harán esperar mucho.

La barbarie en Irán, el Líbano y Gaza es la misma barbarie a la que nos enfrentamos en casa. Quienes perpetran el genocidio, la matanza masiva y la guerra injustificada contra Irán son los mismos que están desmantelando nuestras instituciones democráticas.

El antropólogo social Arjun Appadurai denomina lo que está ocurriendo «una vasta corrección malthusiana a escala mundial» que está «destinada a preparar el mundo para los vencedores de la globalización sin el molesto ruido de sus perdedores».

Oh, dicen los críticos, no sean tan pesimistas. No sean tan negativos. ¿Dónde está la esperanza? En realidad, no es para tanto.

Si se creen eso, es que son parte del problema, un engranaje involuntario en la maquinaria de nuestro Estado fascista en rápida consolidación.

La realidad acabará por hacer implosionar estas fantasías «esperanzadoras», pero para entonces ya será demasiado tarde.

La verdadera desesperación no es el resultado de una lectura acertada de la realidad. La verdadera desesperación proviene de que nos rindamos, ya sea a través de la fantasía o la apatía, ante un poder maligno. La verdadera desesperación es la impotencia. Y la resistencia, la resistencia significativa, aunque esté casi con toda seguridad condenada al fracaso, es empoderamiento. Confiere autoestima. Confiere dignidad. Confiere capacidad de acción. Es la única acción que nos permite usar la palabra esperanza.

Los iraníes, los libaneses y los palestinos saben que no hay forma de apaciguar a estos monstruos. Las élites globales no creen en nada. No sienten nada. No son dignas de confianza. Exhiben los rasgos fundamentales de todos los psicópatas: encanto superficial, grandiosidad y egocentrismo, necesidad de estimulación constante, tendencia a la mentira, al engaño y a la manipulación, e incapacidad para sentir remordimiento o culpa. Desprecian como debilidades las virtudes de la empatía, la honestidad, la compasión y el sacrificio personal. Viven según el credo del «yo, yo, yo».

«El hecho de que millones de personas compartan los mismos vicios no convierte esos vicios en virtudes; el hecho de que compartan tantos errores no convierte esos errores en verdades; y el hecho de que millones de personas compartan las mismas formas de patología mental no convierte a esas personas en cuerdas», escribe Eric Fromm en «Psicoanálisis de la sociedad contemporánea».

Llevamos casi tres años siendo testigos del mal en Gaza. Ahora lo vemos en el Líbano y en Irán. Vemos cómo los líderes políticos y los medios de comunicación excusan o enmascaran este mal.

El New York Times, en una página sacada de Orwell, envió un memorándum interno en el que ordenaba a los periodistas y editores que evitaran los términos «campos de refugiados», «territorio ocupado», «limpieza étnica» y, por supuesto, «genocidio» al escribir sobre Gaza. Quienes nombran y denuncian este mal son difamados, incluidos en listas negras y expulsados de los campus universitarios y de la esfera pública. Son detenidos y deportados. Un silencio sepulcral se cierne sobre nosotros, el silencio de todos los Estados autoritarios. Si no cumples con tu deber, si no animas a la guerra contra Irán, verás cómo te revocan la licencia de emisión, tal y como ha propuesto Brendan Carr, el presidente de la Comisión Federal de Comunicaciones (FCC, por su siglas en inglés).

Tenemos enemigos. No están en Palestina. No están en el Líbano. No están en Irán. Están aquí. Entre nosotros. Dictan nuestras vidas. Son traidores a nuestros ideales. Son traidores a nuestro país. Imaginan un mundo de esclavos y amos. Gaza es sólo el comienzo. No existen mecanismos internos para la reforma. Podemos oponernos o rendirnos.

Esas son las únicas opciones que nos quedan.

Chris Hedges, The Chris Hedges Report

Fuente de la traducción: Voces del mundo https://vocesdelmundoes.com/2026/03/16/el-mundo-segun-gaza/

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“Cuenta atrás” por Enrico Tomaselli

TopoExpress, 28/03/2026. “La escalada de la guerra, a pesar del intento simplista de Trump de continuar con el juego del policía bueno y el policía malo en el que él y Netanyahu sobresalen, es una mala señal, y podría ser el preludio de un desastre global de proporciones incalculables.” Continuar leyendo «“Cuenta atrás” por Enrico Tomaselli»

MISCELÁNEA 28/3/2026

DEL COMPAÑERO Y MIEMBRO DE ESPAI MARX, CARLOS VALMASEDA.

ÍNDICE
1. Prashad sobre la situación en la guerra.
2. Trump el desalmado.
3. ¿Quién está al mando?
4. Arrogancia e incompetencia.
5. Dominio misilístico y estrecho de Ormuz.
6. División entre los países del Golfo.
7. Nueva conversación con Hudson y Wolff.
8. Kharg.
9. Resumen de la guerra en Irán, 27 de marzo.
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«Paciencia (o debilidad) rusa, implicación europea” por Rafael Poch de Feliu

El centro de mando del operativo americano contra Irán está en Ramstein (Alemania). Los bombarderos de Estados Unidos despegan para sus misiones de Fairford (Inglaterra). Las operaciones de reabastecimiento tienen base en Aviano (Italia) y Le Tubé (Francia). La base de Lajes, en Azores (Portugal), es etapa importante de la logística militar transatlántica y los aviones espía operan desde la base cretense de Souda (Grecia) y Akrotiri (Chipre), desde donde ya se colaboraba de la forma más activa en la masacre de Gaza Continuar leyendo ««Paciencia (o debilidad) rusa, implicación europea” por Rafael Poch de Feliu»

“Cien años, tú en todas partes” por Isabel Coixet

El País, 27/03/2026. “John Berger, un crítico que pintaba, un pintor que escribía, un escritor que miraba, habría cumplido cien años este 2026.”

Este año habrías cumplido cien años, John, y no sé cómo hacer esto. No sé cómo rendir homenaje a alguien que ya no está cuando esa persona era, de un modo inexplicable, la prueba de que tú misma existías.

Empezaré por el principio, que no es el principio.

Nevaba en Berlín cuando supe que habías muerto. Una nieve tonta, de las que caen sin convicción y se deshacen antes de tocar el suelo. Enero de 2017, y tú te ibas con nieve. Pensé que era una crueldad innecesaria por parte del universo, esa nieve. Y desde entonces, cada vez que nieva en cualquier ciudad del mundo en la que me encuentre —y he estado en muchas, y ha nevado en muchas— te busco entre los copos. No de manera mística o desesperada sino con el convencimiento firme que, de algún modo estás ahí.

Eras un crítico que pintaba. O un pintor que escribía. O un escritor que miraba. Las cuatro cosas a la vez, que es lo más difícil del mundo y lo más necesario. Tenías esa extraña capacidad de convertir una idea en imagen y una imagen en argumento ético. Cuando escribías sobre los campesinos de los Alpes, sobre Azdak, sobre los trabajadores migrantes que mandan dinero a casa desde ciudades que nunca serán verdaderamente suyas, no te limitabas a nombrarlos: los dibujabas en palabras hasta que aparecían en la habitación, entre nosotros, reclamando su lugar. GLa trilogía De sus fatigasEl séptimo hombre. Libros que no son meros libros sino intervenciones en el mundo real.

Me enseñaste que ver es un acto político.

Me enseñaste —y esto tardé más en aprenderlo, y me costó más— que tenía derecho a existir artísticamente. Que mi mirada tenía valor. Modos de ver lleva tu nombre pero es también el libro que me explicó por qué ciertas imágenes siempre me habían hecho sentir objeto y no sujeto, espectadora de una mirada que nunca fue la mía. Me devolviste los ojos. No como un regalo condescendiente sino como quien señala algo que siempre estuvo ahí y dice: mira, ya lo tenías, solo necesitaba ser nombrado.

Donaste el dinero del Premio Booker a los Panteras Negras. En 1972. Vistiendo ese viejo traje tuyo, con esa seriedad que nunca fue solemnidad sino otra cosa —convicción, quizás, o simplemente la negativa a separar lo que piensas de lo que haces—. Recuerdo haber leído eso siendo muy joven, muchos años antes de conocerte, y pensar: sí. Así se hace.

Ahora hay imágenes de Gaza en todos los teléfonos del mundo y también te busco ahí. En el polvo. En los niños que corren hacia algo o huyen de algo, ya es difícil saberlo. En los médicos que operan sin anestesia, con la frente perlada de un sudor que es también una forma de llanto. Habrías dicho algo. Habrías escrito algo. Habrías firmado algo, ido a algún sitio, sido incómodo y necesario como siempre fuiste. Tú, que escribiste sobre Palestina, tú que amas Palestina y a su pueblo. Y ahora… No, no vayamos ahí. Es impensable.

Tú, que nunca confundiste la incomodidad con el coraje, porque para ti no era coraje: era simplemente lo que había que hacer.

Esta mañana un perro callejero me miró con tus ojos.

No lo digo como metáfora, aunque lo es. Lo digo porque en ese momento era verdad: esa mirada larga, sin miedo ni hostilidad, solo una pregunta suspendida entre nosotros —y tú, ¿qué estás haciendo aquí, qué estás haciendo con tu tiempo, con todo lo que te fue dado?— esa mirada era la tuya. La he reconocido en Sobre el dibujo, donde escribes que dibujar es una manera de gritar sin que nadie te oiga, y en Y nuestros rostros, mi vida, breves como fotos, que es el libro más extraño y más honesto que escribiste, ese libro del que nunca estoy segura si es una carta de amor o una teoría del tiempo o simplemente un hombre de pie en el mundo con los ojos bien abiertos. Probablemente, todo al mismo tiempo.

Generoso. Qué palabra tan gastada para lo que eras. Generoso como los árboles, que no preguntan a quién dan sombra. Fuiste a vivir a Quincy, un pueblo campesino en los Alpes de la Alta Saboya, no como gesto romántico sino porque querías entender. Porque para ti, comprender requería presencia física, contacto, tiempo. Escribiste con ellos y para ellos y sobre ellos durante décadas. Eso tampoco era coraje. Era coherencia, que es aún más difícil.

Te escribo hoy porque mañana habrá otras urgencias, y porque los cumpleaños de los muertos son los únicos días en que nos permitimos el lujo de ser honestos sobre cuánto los necesitamos. Cien años, John. Cien años y el mundo sigue roto de las mismas maneras y de otras nuevas, y tú sigues siendo necesario de las mismas maneras y de otras nuevas.

No hace mucho, un estudiante me preguntó cómo aprender a mirar. Dije: abre los ojos, destápate los oídos y lee a Berger. No como respuesta fácil sino como la más honesta que tenía. Me enseñaste que mirar no es pasivo. Que entre el ojo y la imagen siempre hay una historia, una clase social, un género, un miedo, un deseo. Que ninguna imagen es inocente. Que el arte es siempre también una pregunta sobre el poder: quién lo tiene, quién lo ejerce, quién lo padece, quién lo canta.

La última canción que escuchamos juntos en París era de Nick Cave. Into My Arms. No puedo escuchar esa canción sin sentir que el corazón se me parte en pedazos.

Ahora llueve como llueve a menudo en tus poemas.

Sigo mirando.

Sigo buscándote en todo lo que veo.

Caras, colores, gestos, montañas, niños, perros, viento, hierba, lluvia, silencios, canciones…

https://elpais.com/opinion/2026-03-27/cien-anos-tu-en-todas-partes.html.