“Substancia y función“ por Miguel Candel Sanmartín

El filósofo alemán Ernst Cassirer (Breslavia 1874 – Nueva York 1945) publicó en 1910 un libro titulado Substanzbegriff und Funktionsbegriff (Concepto de substancia y concepto de función), donde contrapone la concepción de las cosas como entidades absolutas e independientes (substancias) al enfoque consistente en verlas como nudos de relaciones con otras cosas (funciones). Aparte del texto en cuestión, las obras más representativas del pensamiento de Cassirer son Filosofía de las formas simbólicas (1923-1929) y Símbolo, mito y cultura (editada póstumamente en 1979). Es conocida su definición del ser humano como “animal simbólico”.

Por cierto, eso de que el ser humano es un animal simbólico hay más de un político que se lo ha tomado al pie de la letra y, mientras no para de hacer animaladas, se dedica a intentar taparlas a base de acciones simbólicas, de ésas popularmente conocidas como “brindis al sol”. Verbigracia: mantener el comercio de armas con un Estado de Israel en modo genocida mientras se reconoce solemne (e inútilmente) al Estado palestino (en el que, por cierto, el número de sepulturas supera ya ampliamente el de viviendas).

En cuanto a mirar las cosas como substancias o como relaciones es una alternativa que da también mucho juego en política (esa ciencia no exacta ni natural y escasamente humana). Por ejemplo, a la hora de juzgar a un político como Salvador Illa hay quien lo considera un taimado nacionalista catalán de toda la vida camuflado, como tantísimos otros, bajo etiquetas tradicionalmente consideradas de izquierdas (nada menos que “socialista”, no veas). Quienes así lo conceptúan ven natural en él que parezca mostrarse empeñado en llevar a cabo desde el gobierno de la Generalitat el programa de ERC en plan gradualista: de momento, confederación (disfrazada de federación); más adelante, secesión. Al actuar así ―opinan sus críticos radicales― demuestra que, pese a la larga lista de declaraciones anteriores en sentido “unionista”, su “esencia” (un cuasi sinónimo de “substancia”) es la propia de un puro y simple independentista que, llegado el momento, se quitará su última careta: la de la negativa a un referéndum de autodeterminación, que, como la ley de amnistía, seguramente se nos venderá camuflado bajo pomposas declaraciones de lealtad constitucional y como una medida valiente y necesaria “por el bien de España”.

Pero esta visión “esencialista” de la política que, como hacía el estalinismo histórico, atribuye una naturaleza perversa permanente, por más que temporalmente oculta, a los adversarios políticos, dejando al margen su endeblez filosófica, es totalmente inútil a la hora de establecer juicios políticos eficaces, es decir, que sobre la base de un análisis de los hechos permitan hacer predicciones sobre la previsible evolución de los mismos. Y es que poco importa lo que un político es: lo que importa es lo que hace. En política las substancias son irrelevantes: lo que cuenta son las funciones.

Bien es verdad que conocer ciertos rasgos de la personalidad de un político puede dar pistas sobre cuál podría ser su comportamiento. Pero en fenómenos tan complejos como los procesos políticos los factores determinantes de su desarrollo son múltiples y no todos ellos pueden conocerse de antemano. Especialmente si el agente político estudiado no es autónomo en su toma de decisiones. En el caso concreto de Presidentilla (como, sin excesiva dosis de malicia, lo ha bautizado el periodista gerundense Albert Soler) es obvia su dependencia jerárquica respecto de Su Sanchidad. Y aunque al actual sumo pontífice con sede en el Vaticano no le faltan las criadas respondonas, en líneas generales donde hay papa no manda obispo y menos cura.

Personalmente, considero al actual ocupante de la presidencia de la Generalitat una persona inicialmente bienintencionada, cuyas posiciones políticas anteriores conocidas en modo alguno van en la línea que le atribuyen sus críticos “esencialistas”. Pero, aunque el hábito no hace al monje, la obediencia a la regla sí lo hace. Y nuestro hombre es una persona obediente. Por eso y porque para llegar al cargo que ahora ocupa ha debido pactar a diestro y siniestro y tragar unos cuantos sapos, sus convicciones personales resultan irrelevantes a la hora de juzgar su actuación como presidente número 11 de la Generalitat moderna (a contar desde 1932). Es decir, poco importa si los sapos tragados le han sabido a cuerno quemado o a gloria bendita: lo único cierto es que parece haberlos digerido, y eso es lo que va a contar a partir de ahora, como ya se está viendo con sus nombramientos (alguno tan incalificable como el de la neoliberal consejera de Sanidad, por ejemplo, que promete días poco felices para los trabajadores y los usuarios de la sanidad pública).

Como ya decíamos en un artículo anterior dentro de esta misma sección, el mal no es una substancia, sino una relación: no algo “en sí”, sino algo “respecto a” o “en función de”. Eso seguro que lo sabe el presidente en cuestión, como filósofo que es. Precisamente por eso, poniéndonos a hacer de abogados del diablo, podemos conjeturar que el razonamiento que ha guiado sus pasos hasta el palacio de la (que nunca debió dejar de llamarse) Plaza de la Constitución (cuyo nombre inscrito en la fachada del Ayuntamiento hizo borrar el alcalde Trias) puede muy bien haber sido de tipo “funcionalista”, algo así como:

Para poder llevar a cabo políticas de progreso en España es prioritario desactivar el dichoso “procés”. Y la única manera de desactivarlo es renunciar al palo y recurrir a la zanahoria. Si se les concede casi todo lo que piden los secesionistas, aumentando, digamos, el volumen de las concesiones, entonces en sus reivindicaciones, como si de gases se tratara, la presión y la temperatura disminuirán.

Bueno, ese razonamiento a lo Boyle-Mariotte suena muy mecánico. Y pierde de vista que los gases secesionistas no se hallan en el vacío, sino en la atmósfera de una sociedad que puede ver ciertas concesiones como privilegios y sentir que el aumento del volumen concedido a éstos ejerce ―por seguir con el símil termodinámico― una presión indebida sobre el aire que todos respiramos.

Pero volviendo a la valoración política no esencialista de nuestro actual president: éste, como persona creyente que es (bueno, un servidor también cree, pero no en lo mismo), seguro que tiene tan claro como nosotros el sentido de aquella frasecita del hijo (supuesto) del carpintero de Nazaret en metafórica referencia a los árboles: “Por sus frutos los conoceréis”.

https://www.cronica-politica.es/substancia-y-funcion/

Autor: admin

Profesor jubilado. Colaborador de El Viejo Topo y Papeles de relaciones ecosociales.

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