La meritocracia es uno de los grandes mitos del sistema en el que más que vivir desvivimos. Basado en otro – la igualdad de oportunidades – sirve tanto para lubricar en las capas medias y altas la circulación de las elites, como para mantener la ilusión de carrera y medro social en las capas bajas.
El resultado final es la reproducción de la fuerza de trabajo y de la estructura social, con algún que otro caso ejemplar de cooptación y escalada social que sirve de modelo del esfuerzo, el empeño y el emprendimiento triunfador y premiado, a pesar de ser en realidad la excepción que confirma la verdadera regla: los de arriba se quedan arriba y los de abajo permanecen abajo.
Sin embargo y a pesar de este carácter ilusorio, la meritocracia no es una mera ilusión. Es un anzuelo poderoso que todos acabamos por tragar en algún que otro momento. Su fuerza no solo está en su atractivo ideológico, sino también y sobre manera en que las condiciones reales de nuestra existencia nos empujan a ella.
Es pues un mecanismo de distribución de estatus y papeles sociales que realmente existe. Basado en la atomización social, en nuestra conversión en individuos desposeídos, en la precarización de nuestros medios de subsistencia y en la feroz competencia en los mercados del trabajo, del reconocimiento social y del sexo se presenta y es fomentado como la única vía posible, no ya solo para la felicidad personal, sino simplemente para alcanzar una mínima calidad de vida.
Sirvan de ejemplo los padres progresistas y de izquierdas que, a pesar de estar en contra de un sistema basado en el beneficio y en la competencia, llenan a sus hijos de masters y carreras para que puedan encontrar un “buen lugar” en la sociedad. Esta paradoja no es una mera incoherencia ideológica, es una situación real contradictoria en la que te coloca la propia estructura social.
La meritocracia es, pues, un mecanismo y una ideología, que tiene sus beneficiarios, los menos, y sus víctimas, los más… y sus tramposos claro, pues siempre habrá padrinos, enchufes y gentes de buen vivir.
Y es que todavía, señoras y señores, existen clases sociales. Faltaría más.