“El principio esperanza” por Miguel Candel

«El hombre, aunque les pese a los más sombríos literatos, es un animal con esperanza. Sentir insatisfacción, desear representarse un estado más general en el que las cosas pudieran ser distintas (esto es, mejores) de lo que son, es la forma más elemental de esta fundamental exigencia humana. Su forma más elevada es la utopía, es decir, la construcción de la perfección que los seres humanos buscan o tratan de realizar o que por lo menos brilla por encima de sus cabezas como un sol intelectual.»

Así se expresa el gran historiador marxista británico Eric Hobsbawm (1917-2012) en la página 196 de Revolucionarios (Barcelona, Crítica, 2000, original inglés de 1973) en su comentario a la obra El principio esperanza (Das Prinzip Hoffnung, Frankfurt, 1959) del atípico marxista alemán Ernst Bloch (1885-1977).

¿Un marxista hablando de lo que en la tradición cristiana se considera una de las tres virtudes teologales, es decir relacionadas directamente con la divinidad? Más paradójico aún: ¿no recuerda ese término, sospechosamente, la religión como «opio del pueblo», según la conocida y aguda metáfora de Marx?

Como tantas otras, «esperanza» es una palabra polisémica. La esperanza virtud teologal es una noción propia del cristianismo que, en efecto, tiene bastante que ver con la citada expresión de Marx y remite a la creencia en una vida ultraterrena libre de los sinsabores de la vida terrenal, en la que los justos recibirán el premio a sus buenas acciones (y los pecadores, el castigo a sus pecados). Un marxista como Bloch, obviamente, no concibe así la esperanza, ya que la suya es, pese a ciertos ramalazos «místicos», una filosofía materialista, para la que no existe nada más allá del mundo natural y en la que carece, por tanto, de sentido cualquier referencia a realidades sobrenaturales. La esperanza en la que piensa Bloch es la que subyace al hoy popular lema «otro mundo es posible». Es la virtud (nada teologal) propia de las personas inconformistas, las que saben que es posible, y quieren que sea real, romper el estrecho horizonte «materialista» de quienes reducen la materia a la riqueza y el placer inmediato y, lejos de estar dispuestos a compartir ambas cosas, se empeñan en acapararlas.

Los que sólo esperan una vida mejor después de la muerte suelen desperdiciar la oportunidad de tener una vida mejor antes de la muerte. Y quienes sí tratan de aprovechar esa oportunidad pero a costa de privar de ella a los demás son «asesinos en serie»… de esperanzas, uno de los mayores crímenes contra la humanidad si aceptamos que el ser humano es un «animal con esperanza».

Un caso particular (y más bien cutre) de ese tipo de crimen es el cometido por los partidos políticos que incumplen sistemáticamente sus promesas electorales, algo de lo que en España tenemos sobreabundancia de ejemplos. Por eso suele dibujar una curva ascendente el porcentaje de ciudadanos que renuncian a ser electores. Hasta el punto que uno piensa a veces que al escenario político español le vendría pintiparado aquel verso de la Divina Comedia de Dante que preside la puerta del infierno: «Lasciate ogni speranza voi che entrate».

No hay nada más deprimente y desmotivador que un presente cerrado sobre sí mismo, cuyo horizonte se puede tocar con la mano. Si Bloch tiene razón, una situación así atenta contra lo esencial de la especie humana misma, al extirpar de muchos (quizá la mayoría) de sus miembros toda expectativa de superación. Pero, claro, como una de las corrientes dominantes de la filosofía contemporánea, la posmoderna, sostiene que «no existe ninguna naturaleza humana» (en consecuencia tampoco existe el sexo, claro está), ¿qué les puede importar la erradicación de la esperanza a esos «presentistas» que vacían de contenido el sensato lema carpe diem al llevarlo al extremo de no abarcar más, en cada momento, que el instante actual?

Desde el campo de los traficantes de «opio del pueblo» se acusa a los materialistas de privar al ser humano de toda esperanza, cuando en realidad ocurre exactamente lo contrario. Todo el equívoco puede formularse como basado en la ignorancia o el olvido de la tesis de Spinoza según la cual «nadie ha determinado hasta ahora lo que puede un cuerpo», frase que aparece en un apéndice a la segunda proposición de la tercera parte de su Ética. En efecto, como ya anticipó ―¡cómo no!― Aristóteles, la materia es lo mismo que la potencia, un cúmulo inabarcable de posibilidades. El materialista que evita caer en el reduccionismo empirista (como es el caso del marxista) no niega el Absoluto como ideal al que tender incesantemente, como motor de la esperanza.

Ahora bien, los seguidores de credos religiosos parecen compartir esa convicción. Pero hay una diferencia fundamental entre ellos y quienes se inspiran en ideas similares a las de Bloch: los primeros infringen a escala cósmica la norma que el ayuntamiento de una población mexicana hizo inscribir hace años junto a la acera de alguna de sus calles, dirigida a los conductores de camiones de transporte: «Materialistas, prohibido estacionar en lo absoluto» (lo que en el castellano peninsular, más prosaico, equivale a: «Terminantemente prohibido el estacionamiento de camiones», siendo camión = vehículo de transporte de materiales). Los materialistas a los que se dirige Bloch sí respetamos escrupulosamente esa prohibición.

En efecto, los adeptos a las diferentes creencias religiosas «estacionan», es decir, se detienen en el absoluto que piensan que su fe les ha permitido alcanzar. El materialista marxista, en cambio, sabe que el absoluto es inalcanzable pero también, a la vez, acicate permanente para trascender los límites de cada situación social coartadora de la plena realización de los individuos que en ella se hallan.

Lo que el materialista marxista no tolera es el conformismo social que impide a las clases subalternas, reducidas a «rebaño», ver más allá del recinto en que la clase dominante las tiene «estabuladas» haciéndoles creer que sus únicas posibilidades de mejora se encuentran todas dentro de ese recinto y consisten, como máximo, en ocasionales aumentos de la ración de forraje. Y al tiempo que eso le resulta intolerable, desprecia profundamente la mezquindad, la presbicia intelectual de la clase dominante, entregada a un materialismo vacío en el que, lejos de darse saltos cualitativos a partir de aumentos cuantitativos, sucede precisamente lo contrario: la esterilizante reducción de todo lo cualitativo a lo meramente cuantitativo.

Habrá que ver si dentro de dos años, cuando se cumpla el cincuentenario de la muerte de Ernst Bloch, la penosa situación política actual de la parte del mundo en la que le tocó vivir, esta Europa «otanizada», se mantiene igual o peor o, por el contrario, permite a los hipotéticos lectores de su libro encontrarle un mínimo de realismo al título…

https://www.cronica-politica.es/el-principio-esperanza/.

Autor: admin

Profesor jubilado. Colaborador de El Viejo Topo y Papeles de relaciones ecosociales.

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