DEL COMPAÑERO Y MIEMBRO DE ESPAI MARX, CARLOS VALMASEDA.
ÍNDICE
1. La Estrategia de Seguridad Nacional 2026.
2. La ola ultraderechista en América Latina.
3. Trump y el núcleo irradiador de las fuerzas reaccionarias.
4. Minnesota, la tierra prometida a los somalíes .
5. Un par de libros de «otras economías».
6. El legado económico de Lenin.
7. Un protagonista del comunismo sirio.
8. Antropología del conocimiento.
9. Resumen de la guerra en Palestina, 8 de diciembre de 2025.
1. La Estrategia de Seguridad Nacional 2026.
Tenía mucha curiosidad por ver los comentarios de los analistas habituales sobre la recién publicada Estrategia de Seguridad Nacional estadounidense que ha puesto de los nervios a nuestras élites -ver El Pais de ayer-. Este primer análisis, de Tarik Cyril Amar, me ha parecido muy acertado.
https://swentr.site/news/629173-us-security-strategy-vassals/
La nueva Estrategia de Seguridad Nacional de EE. UU. respeta a quienes se opusieron a Washington, pero espera que sus vasallos sigan obedeciendo
La clase dirigente de Europa Occidental ha vendido los intereses de los ciudadanos europeos a EE. UU. y ahora está cosechando las consecuencias
Por Tarik Cyril Amar
Estados Unidos, que sigue siendo el país con mayor poderío militar del mundo, ha publicado una nueva Estrategia de Seguridad Nacional (NSS). Como se trata de Estados Unidos, lo que hace que Washington se sienta más seguro hace que bastantes gobiernos de todo el mundo se sientan menos seguros.
Hasta aquí, nada nuevo: si está en América Latina, la codificación de lo que en Washington se conoce extraoficialmente como la «Doctrina Donroe», que promete aún más agresividad y dominación por parte del gran matón del norte, no le sorprenderá, pero tampoco le hará feliz. Si está en Taiwán, en realidad debería sentirse aliviado, porque un retroceso de la política arriesgada de Biden contra China podría salvarle de sufrir el destino de Ucrania.
Pero como se trata de la América de Trump 2.0, irónicamente, muchos de esos gobiernos tan nerviosos pertenecen a aliados oficiales o favoritos de Estados Unidos, es decir, clientes y vasallos de facto. Y eso, para hacer las cosas aún más curiosas, es algo bueno. Porque muchos gobiernos y élites que se sienten alarmados por esta nueva versión trumpista de la seguridad nacional estadounidense necesitan una dosis de realidad, y cuanto más dura, mejor. Para aquellos que hiperventilan con una rusofobia autoinducida y una histeria bélica, cualquier cubo de agua fría solo puede ser útil.
Mientras tanto, algunos gobiernos muy importantes, con Rusia y China a la cabeza, que están acostumbrados a la hostilidad irracional y la agresión constante de Washington —ya sea mediante guerras por poder, operaciones encubiertas, intentos de subversión ideológica o guerra económica— pueden ver motivos para un optimismo cauteloso. Acostumbrados a ser tratados no solo como rivales geopolíticos y económicos, sino como enemigos y villanos a los que hay que cambiar de régimen hasta convertirlos en insignificantes, Pekín y Moscú detectarán sin duda un tono nuevo y categóricamente diferente.
Si ese nuevo tono estadounidense es genuino y prevalecerá a largo o incluso a corto plazo es otra cuestión, especialmente teniendo en cuenta el historial de volatilidad de Trump, así como la historia mucho más larga de prácticas desleales y engaños descarados de Estados Unidos. Solo el futuro dirá si esta Estrategia de Seguridad Nacional 2025 supone un verdadero desafío para al menos algunas de las peores tradiciones y los actuales callejones sin salida de la política exterior estadounidense. Sería ingenuo apostar por ello, pero sería una tontería no explorar la posibilidad de una distensión y una cooperación mutuamente beneficiosa, tanto política como económicamente.
El portavoz del Kremlin, Dmitry Peskov, ha reaccionado a la nueva NSS reconociendo que la administración Trump es «fundamentalmente» diferente de sus predecesoras, que sus «correcciones» en la política exterior se corresponden «en muchos aspectos con nuestras opiniones [rusas]» y que este hecho ofrece la oportunidad de «continuar, como mínimo, el trabajo constructivo para la resolución pacífica del conflicto de Ucrania». Peskov también ha acogido con satisfacción la aversión de la Estrategia de Seguridad Nacional a la expansión de la OTAN, así como a los conflictos en general, y su énfasis en la búsqueda del diálogo y las buenas relaciones. Al mismo tiempo, el portavoz de Moscú añadió que las cosas que parecen buenas sobre el papel pueden no impedir que el «Estado profundo» estadounidense actúe de forma totalmente diferente, es decir, obviamente, mucho peor.
En lenguaje diplomático, eso es mucho menos que el entusiasmo absoluto y trágicamente fuera de lugar con el que los últimos líderes y diplomáticos soviéticos, como Mijaíl Gorbachov y Eduard Shevardnadze, se dejaron seducir por las grandes promesas de Washington. Moscú ha aprendido hace tiempo la dura lección de la mala fe estadounidense: la confianza ingenua ya no está en el menú y no volverá. Sin embargo, Rusia también se encuentra en una posición —ganada por su resurgimiento y resistencia y, en particular, por su victoria de facto sobre una guerra proxy occidental en Ucrania— que le permite explorar oportunidades con cautela.
Demos un paso atrás y situémonos también en el contexto histórico. Washington —o, para ser precisos, el poder ejecutivo del Gobierno estadounidense liderado por la presidencia— lleva casi cuatro décadas elaborando este tipo de NSS oficiales.
Han tenido dos objetivos principales: comunicar las prioridades del presidente de los Estados Unidos a la audiencia internacional y nacional, incluidas otras partes y agencias del Gobierno estadounidense. En realidad, el efecto de las estrategias de seguridad nacional ha variado. Pero si se utilizan con voluntad, pueden ser lo que un comentarista de Fox News acaba de llamar «el documento principal» para configurar la defensa y, por tanto, también la política exterior.
Aunque en un principio estaban pensadas para publicarse anualmente, en realidad las estrategias de seguridad nacional han aparecido con retrasos y lagunas. No obstante, a día de hoy, contamos con veinte de ellos. La primera se elaboró al final de la (primera) Guerra Fría, en 1986, y desde entonces han reflejado circunstancias internacionales y prioridades estadounidenses muy diferentes.
Muchas de las estrategias de seguridad nacional anteriores han caído en el olvido, por buenas razones: no eran especialmente innovadoras ni, según los estándares estadounidenses, sensacionalmente aterradoras para el resto de nosotros en este planeta. Pero algunas han destacado, como la de 2002, que codificó la doctrina Bush, una mezcla tóxica neoconservadora de unilateralismo, cambio de régimen, guerra preventiva y adicción estadounidense a Israel que ha costado millones de vidas.
En 2010, la administración Obama afirmó falsamente que abría nuevos caminos al hacer hincapié en la «promoción de la democracia» (es decir, el cambio de régimen, una vez más) y la contrainsurgencia a través de otra estrategia para ganarse los corazones y las mentes de los ocupados y someterlos. La Estrategia de Seguridad Nacional de 2017, ya bajo Trump, entonces presidente de Estados Unidos por primera vez, ofrecía una mezcla de lo genuinamente disruptivo (en el buen sentido) al reconocer la realidad de la rivalidad geopolítica generalizada y lo trilladamente conservador (en el mal sentido) al señalar a las grandes y malvadas Rusia y China como principales amenazas.
Sin embargo, lo que ha ocurrido ahora es diferente. Especialmente las reacciones de sorpresa entre los partidarios de la línea dura occidental, en particular en la Europa de la OTAN y la UE, atestiguan que la segunda Estrategia de Seguridad Nacional de Trump no es, al menos sobre el papel, un compromiso incoherente, sino una afirmación abierta de nuevas prioridades y un enfoque programáticamente diferente.
En cuanto a los gemidos de incomodidad e incluso los gritos de dolor de los halcones y belicistas occidentales, basta con una pequeña muestra para transmitir el tono general: «La sombría e incoherente estrategia de política exterior de Donald Trump. Los aliados pueden entrar en pánico; los déspotas se alegrarán» (The Economist); una «estrategia [que] se vuelve contra las democracias europeas» y constituye un caso de emergencia («Ernstfall») para Europa (por desgracia, el destacado conservador alemán Norbert Rottgen); y la igualmente beligerante política verde Agnieszka Brugger solo ve una respuesta a la crisis: robar finalmente los activos rusos congelados lo antes posible. Cómo se supone que eso va a ayudar sigue siendo un misterio, pero Brugger simplemente «sabe» que o se lleva a cabo el gran robo ahora o se producirá una «caída despiadada» para la Europa de la OTAN y la UE. Se podrían multiplicar los ejemplos, pero ya se entiende la idea: la habitual histeria estúpida ante la perspectiva de una guerra y ni una pizca de racionalidad, más de lo mismo. En otras palabras, lo peor de las élites de la OTAN y la UE.
Desde su perspectiva obsesiva y sin salida, su pánico es, para ser justos, casi comprensible. La Europa oficial de la OTAN y la UE ha trabajado durante al menos una década —desde que utilizó indebidamente los acuerdos de Minsk II como engaño— para privarse de los últimos restos de opciones, influencia y credibilidad en su actual falta de relaciones con Moscú. Ahora, tras numerosas señales claras de desaprobación por parte de Washington en la versión Trump-Reloaded, el martillo parece estar cayendo desde el otro lado del Atlántico.
Basta con mirarlo con los ojos somnolientos, engreídos e ideológicamente engañados de Bruselas, París, Londres y Berlín. Aquí están los «amigos» y protectores estadounidenses, no solo enviando otra tanda de señales de distensión a Rusia y China, sino también declarando su firme intención de restaurar «la confianza civilizatoria de Europa y la identidad occidental». Puede parecer inofensivo, incluso protector. Siempre y cuando no se traduzca al inglés sencillo: Estados Unidos apoyará a la emergente Nueva Derecha europea, no a sus inestables instituciones centristas.
Porque la Nueva Derecha es donde el Washington de Trump ve esa «confianza en sí misma» y esa «identidad». Como teme el ultraconservador alemán Rottgen, Estados Unidos podría empezar a entrometerse seriamente en la política interna de Europa. Despierta, despierta, Norbert: lo han hecho siempre. Lo nuevo para usted es que ahora no está entre sus cómplices y favoritos, sino entre sus objetivos. Diga «así que eso es lo que se siente» y disfrute del viaje.
El optimismo extremo de la nueva Estrategia de Seguridad Nacional, que sitúa todo lo más bello y lo mejor en Estados Unidos, y solo allí, es tan estadounidense como la tarta de manzana. Trump simplemente lo dice sin tacto. Tampoco sorprende que ponga explícitamente a «Estados Unidos primero». Solo que es más honesto, una vez más, que las piedades centristas del pasado.
Sin embargo, cuando se forma parte de la élite europea que acaba de ser sometida y pisoteada en una guerra arancelaria, obligada a pagar mucho más por una OTAN con mucha menos fiabilidad estadounidense, y que está viendo cómo su base industrial es destruida, entre otras cosas, por la excesiva dependencia de una América brutalmente egoísta, incluso esos puntos adquieren un nuevo y siniestro significado: no se trata solo de «América primero». También se trata de «Europa última». Y, como ávidos colaboradores de todo lo que Estados Unidos ha impuesto, estas mismas élites europeas solo pueden culparse a sí mismas.
«¿Cómo sería vivir en un mundo en el que pudiéramos utilizar el apoyo ruso para contrarrestar la presión estadounidense?», se preguntarán ahora estos líderes europeos de la OTAN y la UE. Pero la pregunta se ha convertido en puramente hipotética, porque con una política —si es que se le puede llamar así— de sumisión autodestructiva a Estados Unidos y de confrontación igualmente autodestructiva con Rusia, han descartado esa opción.
Y, por último, pero no menos importante, la nueva Estrategia de Seguridad Nacional promete «buscar buenas relaciones y relaciones comerciales pacíficas con las naciones del mundo sin imponerle cambios democráticos o sociales que difieran ampliamente de sus tradiciones e historias a ellos» y mantener «buenas relaciones con países cuyos sistemas de gobierno y sociedades difieren de los nuestros».
En otras palabras: Estados Unidos ya ni siquiera fingirá librar una guerra, directa o indirectamente, por «valores». Pero —y aquí viene otra amarga ironía para sus clientes y vasallos occidentales— Washington «presionará a los amigos afines para que defiendan nuestras normas compartidas, promoviendo nuestros intereses al hacerlo».
En otras palabras: si se han resistido a nosotros y han mantenido una soberanía real, bien por ustedes. Por fin estamos dispuestos a respetarles. Sin embargo, si se han sometido a nosotros y han renunciado a su soberanía, mala suerte: esperamos que sigan obedeciendo. ¡Bam! Solo los trumpistas que tratan con los europeos pueden montar semejante doble engaño de degradación y humillación.
Si las instituciones europeas de la OTAN y la UE fueran medianamente racionales, ahora darían un giro rápido de 180 grados a su política exterior e intentarían reconciliarse con Moscú. (Obviamente, es otra cuestión si Rusia estaría interesada y en qué condiciones). Pero, de nuevo, si fueran racionales, no se encontrarían en esta horrible situación: en pleno enfrentamiento con Rusia, que acaba de demostrar de lo que es capaz, y abandonados por Estados Unidos, que probablemente aún no haya terminado de demostrar lo que puede hacer con sus vasallos más leales.
La clase dirigente de Europa occidental ha vendido los intereses de los europeos de a pie a Estados Unidos. Ahora, Estados Unidos parece dispuesto a vender a Europa a una nueva gran alianza con las grandes potencias que Washington ha aprendido a respetar, Rusia y China. El precio de la estupidez y la falta de carácter será muy alto.
2. La ola ultraderechista en América Latina.
Creo que no os había pasado este artículo de Prashad de hace unos días -publicado primero en la revista del CPI(M)- sobre la actual ola ultraderechista que está recorriendo América Latina. Me ha parecido bastante ajustado a la realidad.
https://peoplesdispatch.org/2025/11/29/the-angry-tide-of-the-latin-american-far-right/
La ola de ira de la extrema derecha latinoamericana
Las fuerzas de extrema derecha están ganando terreno en toda América Latina y el Caribe, armadas con una agenda común de anticomunismo, guerra cultural y economía neoliberal.
29 de noviembre de 2025 por Vijay Prashad
La extrema derecha en América Latina está enfurecida. Jair Bolsonaro, de Brasil, y Javier Milei, de Argentina, siempre parecen furiosos y siempre hablan en voz alta y de forma agresiva. La testosterona se les sale por los poros, un sudor tóxico que se ha extendido por toda la región. Sería fácil decir que se trata del impacto del neofascismo característico de Donald Trump, pero no es cierto. La extrema derecha tiene raíces mucho más profundas, vinculadas a la defensa de las familias oligárquicas que tienen sus orígenes en la época colonial en los virreinatos, desde Nueva España hasta Río de la Plata. Sin duda, estos hombres y mujeres de extrema derecha se inspiran en la agresividad de Trump y en la llegada de Marco Rubio, un furioso defensor de la extrema derecha en América Latina, al cargo de secretario de Estado de los Estados Unidos. Esta inspiración y apoyo son importantes, pero no son la razón del regreso de la extrema derecha, una marea de ira que ha ido creciendo en toda América Latina.
A primera vista, parece que la extrema derecha ha sufrido algunas derrotas. Jair Bolsonaro está en prisión por un largo periodo de tiempo debido a su papel en el fallido golpe de Estado del 8 de enero de 2023 (inspirado en el propio intento fallido de golpe de Estado de Trump el 6 de enero de 2021) . En la primera vuelta de las elecciones presidenciales en Chile, la candidata del Partido Comunista, Jeannette Jara, obtuvo la mayoría de los votos y liderará el bloque de centroizquierda en la segunda vuelta (14 de diciembre). A pesar de todos los intentos de derrocar al Gobierno de Venezuela, el presidente Nicolás Maduro sigue al mando y ha movilizado a amplios sectores de la población para defender la Revolución Bolivariana contra cualquier amenaza. Y, a finales de octubre de 2025, la mayoría de los países del mundo votaron a favor de una resolución de la Asamblea General de la ONU que exige el fin del bloqueo a Cuba. Estos indicadores —desde el encarcelamiento de Bolsonaro hasta la votación sobre Cuba— sugieren que la extrema derecha no ha sido capaz de impulsar su agenda en todos los lugares y a través de todos los canales.
Sin embargo, bajo la superficie, hay indicios de que América Latina no está asistiendo al resurgimiento de lo que se denominó la Marea Rosa (tras la elección de Hugo Chávez en Venezuela en 1998), sino que está experimentando el surgimiento de una marea de ira que poco a poco ha comenzado a barrer la región desde América Central hasta el Cono Sur.
Elecciones en América del Sur
La primera vuelta de las elecciones presidenciales chilenas arrojó un resultado preocupante. Mientras que Jara, del Partido Comunista, obtuvo el 26,85 % de una participación del 85,26 %, José Antonio Kast, de la extrema derecha, quedó en segundo lugar con el 23,92 %. Evelyn Matthei, de la derecha tradicional, obtuvo el 12,5 %, mientras que el candidato de extrema derecha que antes estaba con Kast y ahora a su derecha, Johannes Kaiser, obtuvo el 14 %. Es probable que Jara recabe algunos de los votos del centro, pero no los suficientes como para superar la ventaja de la extrema derecha, que parece contar con al menos más del 50 % de los votantes de su lado. El llamado social liberal, Franco Parisi, que quedó en tercer lugar, apoyó a Kast en 2021 y es probable que lo vuelva a hacer. Eso significa que en Chile la presidencia estará en manos de un hombre de extrema derecha cuyos antepasados tienen sus raíces en el nazismo alemán (el padre de Kast fue miembro del Partido Nazi y escapó de la justicia gracias a la intercesión del Vaticano) y que cree que la dictadura en Chile entre 1973 y 1990 fue, en general, una buena idea.
Al norte de Chile, en Bolivia, el nuevo presidente Rodrigo Paz Pereria, hijo de un expresidente, venció al ultraderechista Jorge Tuto Quiroga (también expresidente) en la segunda vuelta de las elecciones. En esta vuelta no hubo ningún candidato de izquierda, después de que el Movimiento al Socialismo gobernara Bolivia de forma ininterrumpida desde 2006 hasta 2025. El partido de Paz tiene una posición minoritaria en la legislatura, por lo que tendrá que alinearse con la coalición Libre de Quiroga y es probable que adopte una política exterior proestadounidense y una política económica libertaria. Perú celebrará sus propias elecciones en abril, en las que se espera que gane el expresidente de Lima, Rafael López Aliaga. Rechaza la etiqueta de extrema derecha, pero adopta todas las políticas genéricas de la extrema derecha (católico ultraconservador, defensor de medidas de seguridad severas y partidario de una agenda económica libertaria). Iván Cepeda, de Colombia, es el probable candidato de la izquierda en las elecciones presidenciales de mayo de 2026, ya que Colombia no permite segundos mandatos (por lo que el presidente Gustavo Petro no puede volver a presentarse). Cepeda se enfrentará a una fuerte oposición por parte de la oligarquía colombiana, que querrá devolver el país a su dominio. Es demasiado pronto para saber a quién se enfrentará Cepeda, pero podría ser la periodista Vicky Dávila, cuya oposición de extrema derecha a Petro está ganando adeptos en sectores inesperados de la sociedad colombiana. Es probable que a mediados de 2026, la mayoría de los estados del extremo occidental de Sudamérica (desde Chile hasta Colombia) estén gobernados por la extrema derecha.
A pesar de que Bolsonaro está en prisión, su partido, el PL (o Partido Liberal), es el bloque más grande del Congreso Nacional de Brasil. Es probable que Lula sea reelegido para la presidencia el año que viene debido a su enorme conexión personal con el electorado. El candidato de la extrema derecha, que podría ser Tarcísio de Freitas, gobernador del estado de São Paulo, o uno de los Bolsonaro (su esposa Michelle o su hijo Flavio), luchará contra él. Pero el PL hará incursiones en el Senado. Su control sobre la legislatura ya ha endurecido las riendas del Gobierno (en la COP30, el representante de Lula no presentó ninguna propuesta para hacer frente a la catástrofe climática), y una victoria en el Senado reforzará su control sobre el país.
Agenda común de la marea de la ira
Los políticos de la marea de la ira que están causando revuelo tienen muchas cosas en común. La mayoría de ellos tienen ahora cincuenta y tantos años: Kast (nacido en 1966), Paz (nacido en 1967), la política venezolana María Corina Machado (nacida en 1967) y Milei (nacido en 1970). Alcanzaron la mayoría de edad en el período posterior a la dictadura en América Latina (la última dictadura terminó en Chile en 1990). La década de 1990 continuó con el estancamiento económico que caracterizó a la década de 1980: la Década Perdida que convulsionó a estos países con bajas tasas de crecimiento y con ventajas comparativas poco desarrolladas, obligados a la globalización. En este contexto, los políticos de la Marea Roja desarrollaron su agenda común:
el anticomunismo. La extrema derecha en América Latina está moldeada por una agenda antizquierdista heredada de la Guerra Fría, lo que significa que sus formaciones políticas suelen respaldar la era de las dictaduras militares respaldadas por Estados Unidos. Las ideas de la izquierda, ya sean de la Revolución Cubana (1959) o de la era de la Marea Rosa (después de 1998), son anatema para estas fuerzas políticas; estas ideas incluyen la reforma agraria, la financiación estatal para la industrialización, la soberanía estatal y la importancia de los sindicatos para todos los trabajadores y campesinos. El anticomunismo de esta Marea Furiosa es rudimentario, le han inculcado desde la cuna a los políticos y lo utilizan hábilmente para enfrentar a unos sectores de la sociedad contra otros.
Políticas económicas libertarias. Las ideas económicas de la Marea Furiosa están moldeadas por los «Chicago Boys» chilenos (entre ellos el hermano de Kast, Miguel, que fue jefe de la Comisión de Planificación del general Augusto Pinochet, su ministro de Trabajo y su jefe del Banco Central). Su tradición proviene directamente de la escuela libertaria austriaca (Friedrich Hayek, Ludwig von Mises y Murray Rothbard, así como Milton Friedman). Las ideas se cultivaron en think tanks bien financiados, como el Centro de Estudios Macroeconómicos de Argentina (fundado en 1978) y el Centro de Estudios Públicos de Chile (fundado en 1980). Creen que el Estado debe ser una fuerza para disciplinar a los trabajadores y a los ciudadanos, y que la economía debe estar en manos de intereses privados. Las famosas payasadas de Milei con una motosierra ilustran esta política no solo de recortar el bienestar social (la labor del neoliberalismo), sino también de destruir la capacidad del propio Estado.
Guerras culturales. Aprovechando la ola de ideología antigénero y la retórica antimigratoria, la Marea Furiosa ha logrado atraer a los cristianos evangélicos conservadores y a amplios sectores de la clase trabajadora que se han visto desorientados por los cambios que parecen venir de arriba. La extrema derecha sostiene que la violencia en los barrios de clase trabajadora creada por la industria de la droga es fomentada por el «liberalismo» y que solo la violencia dura (como ha demostrado el presidente de El Salvador, Nayib Bukele) puede ser la solución; por esta razón, quieren fortalecer el ejército y la policía y dejar de lado las limitaciones constitucionales sobre el uso de la fuerza (el 28 de octubre, el gobierno de Cláudio Castro, aliado de Bolsonaro, en Río de Janeiro envió a la policía, que mató al menos a 121 personas en la Operación Contención). A la extrema derecha le ayuda el hecho de haber adoptado diversas teorías conspirativas sobre cómo las «élites» han difundido ideas «globalizadas» para dañar y destruir la «cultura» de sus naciones. Se trata de una idea ridícula procedente de las fuerzas políticas de extrema derecha y derecha tradicional que defienden la entrada a gran escala de las empresas estadounidenses en su sociedad y cultura, y que no respetan la historia de lucha de la clase trabajadora y el campesinado para construir sus propios mundos culturales nacionales y regionales. Pero la Marea Furiosa ha sido capaz de construir la idea de que son guerreros culturales que defienden su patrimonio contra las malignidades de la «globalización». Parte de esta guerra cultural es la promoción del empresario individual como sujeto de la historia y la denigración de la necesidad de la reproducción social.
Son estos tres elementos (el anticomunismo, las políticas económicas libertarias y las guerras culturales) los que unen a la extrema derecha en toda América Latina. Les proporcionan un sólido marco ideológico para galvanizar a sectores de la población y hacerles creer que son los salvadores del hemisferio. Esta extrema derecha latinoamericana cuenta con el respaldo de Trump y de la red internacional de la extrema derecha española (el Foro Madrid, creado en 2020 por la Fundación Disenso, el think tank del partido de extrema derecha Vox). Está fuertemente financiada por las antiguas clases sociales elitistas, que han abandonado poco a poco a la derecha tradicional para apoyar a estos nuevos y agresivos partidos de extrema derecha.
Crisis de la izquierda
La izquierda aún no ha desarrollado una evaluación adecuada del surgimiento de estos partidos y no ha sido capaz de impulsar una agenda que brille por su vitalidad. Una profunda crisis ideológica se apodera de la izquierda, que no puede decidir adecuadamente si construir un frente unido con la derecha tradicional y los liberales para disputar las elecciones o construir un frente popular entre la clase obrera y el campesinado para construir poder social como preludio de un impulso electoral adecuado. El ejemplo de la primera estrategia (la alianza electoral) proviene de Chile, donde primero se formó la Concertación de Partidos por la Democracia (Concertación) en 1988 para mantener fuera del poder a los partidos de la dictadura y, en segundo lugar, se formó Apruebo Dignidad en 2021, que llevó a Gabriel Boric, del Frente Amplio centrista, a la presidencia. Pero fuera de Chile, hay pocas pruebas de que esta estrategia funcione. Esta última se ha vuelto más difícil debido al colapso de las tasas de sindicalización y a que la uberización individualiza a la clase trabajadora y erosiona su cultura.
Es revelador que el exvicepresidente socialista de Bolivia, Álvaro García Linera, mirara hacia el norte, a la ciudad de Nueva York, en busca de inspiración. Cuando Zohran Mamdani ganó las elecciones a la alcaldía, García Linera dijo: «La victoria de Mamdani demuestra que la izquierda debe comprometerse con la audacia y un nuevo futuro». Es difícil no estar de acuerdo con esta afirmación; sin embargo, la agenda propuesta por Mamdani consiste principalmente en salvar la deteriorada infraestructura de Nueva York, más que en avanzar hacia el socialismo en la ciudad. García Linera no mencionó su propia etapa en Bolivia, cuando intentó construir una alternativa socialista junto al expresidente Evo Morales. La izquierda tendrá que ser audaz y articular un nuevo futuro, pero tendrá que ser uno que surja de su propia historia de luchas y construcción del socialismo.
Vijay Prashad es un historiador, editor y periodista indio. Es escritor y corresponsal jefe de Globetrotter. Es editor de LeftWord Books y director de Tricontinental: Institute for Social Research. Ha escrito más de 20 libros, entre ellos The Darker Nations y The Poorer Nations. Sus últimos libros son On Cuba: Reflections on 70 Years of Revolution and Struggle (con Noam Chomsky), Struggle Makes Us Human: Learning from Movements for Socialism y (también con Noam Chomsky) The Withdrawal: Iraq, Libya, Afghanistan, and the Fragility of US Power.
(*) Publicado por primera vez en People’s Democracy
3. Trump y el núcleo irradiador de las fuerzas reaccionarias.
No sabía de este centro de investigación venezolano que he conocido a través de la australiana LINKS, que traduce el artículo que os paso sobre la política exterior de Trump. Es el primero de una serie. Me ha hecho gracia lo del núcleo irradiador, que no había visto usar desde el ahora caído en desgracia Errejón.
Imperio por sumisión: elementos para una caracterización de la política exterior trumpista
Nov 11, 2025
Malfred Gerig
Sociólogo egresado de la Universidad Central de Venezuela. Dirige la línea de investigación «Economía política de Venezuela»
(I)
La hegemonía mundial en el sistema interestatal designa la capacidad de un Estado líder para ejercer funciones de liderazgo y gobierno dentro de la anarquía de Estados, pretendidamente soberanos, en búsqueda constante de riqueza, poder, prestigio o seguridad. Como bien nos enseñó Arrighi, la hegemonía mundial es distinta a la dominación pura y simple, ya que el Estado hegemónico debe ser capaz de dirigir al sistema interestatal a un tipo de interés general, al menos para las clases poseedoras y los detentadores del poder[1]. La economía-mundo capitalista no es un imperio mundial, por lo que para convertirse en su potencia hegemónica siempre ha sido necesaria cierta mezcla de coerción y consentimiento. No basta la coerción para dominar al mundo. La hegemonía histórico-mundial de Estados Unidos sobre el sistema-mundo moderno no escapó a estos axiomas. Sin embargo, a partir de la ruta agreste acogida por la administración Trump 2, parece cada vez más evidente que la potencia hegemónica estadounidense, en su fase de crisis-disputa, contrarresta la pérdida de poder relativo en el terreno del consenso, redoblando la apuesta en el terreno de la coerción, el “chantaje mafioso”, la dominación explotadora y la procura de la sumisión.
Entonces cabe la pregunta: ¿qué ha cambiado en la Gran Estrategia estadounidense bajo el trumpismo, sobremanera en su segunda administración? El propósito de este ensayo es indagar en esa interrogante. A través de tres entregas, profundizaremos, primero, en las tradiciones autóctonas que conforman la matriz de la política exterior estadounidense, para luego argumentar que el trumpismo amalgama a las fuerzas reaccionarias en el sistema interestatal. En una segunda entrega abordaremos la economía política del neomercantilismo trumpista y, conjuntamente, exploraremos la hipótesis de una política exterior macartista hacia América Latina. Por último, indagaremos sobre el novísimo imperialismo, la dominación explotadora y el imperio por sumisión como respuesta al presente conflicto hegemónico en la economía-mundo capitalista, ello a la luz de la política exterior trumpista hacia América Latina durante su segunda administración.
- Trump 2: ¿un jacksonianismo hamiltoniano?
¿Cómo podemos caracterizar a la política exterior de la administración Trump en su segundo mandato? Para adentrarnos en una respuesta a esta interrogante quizá sea preciso acudir, prima facie, a la tipología construida por Walter Russell Mead en Special Providence. Allí, el autor se propone despojar a la política exterior estadounidense de la matriz interpretativa de la realpolitik europea, que obviamente se asocia con Henry Kissinger y Zbigniew Brzezinski, en favor de una tradición autóctona[2]. Así, a la tipología de Kissinger compuesta por el idealismo wilsoniano y el realismo rooseveltiano, Russel Mead contrapondrá cuatro tipos. De acuerdo con las precisas palabras de Perry Anderson, según Russel Mead:
Se había intentado, de acuerdo con Alexander Hamilton, obtener ventajas comerciales para las empresas norteamericanas en el extranjero; siguiendo el ejemplo de Woodrow Wilson, se había asumido el deber de propagar la libertad por todo el mundo; se había observado la preocupación de Jefferson por mantener las virtudes de la república a salvo de las tentaciones extranjeras; y, al igual que Jackson, se había actuado valientemente siempre que se había desafiado el honor o la seguridad del país[3].
En lo que respecta a la caracterización de la administración Trump 1 (2017-2021), a principios de 2017 Russel Mead consideró que el trumpismo representaba una rebelión contra los pilares estándares de la política exterior estadounidense desde la Segunda Guerra Mundial, esto es, una rebelión jacksoniana[4]. Obama, a criterio de Russel Mead, habría sido el presidente con mayor desprecio por el legado jacksoniano, mientras que Trump 1 sería su revenant[5]. Ahora bien, ¿qué es la tradición jaksoniana? Y, más importante aún, ¿hasta qué punto podemos tomarnos en serio la capacidad de la tradición jacksoniana de moldear la política exterior de la administración Trump 2? En Special Providence, luego de repasar en términos comparativos el amplio historial de la capacidad estadounidense para asesinar personas en el exterior, Russel Mead va a apostillar:
Sin embargo, el registro bélico americano debería hacernos pensar. Un observador que piense la política exterior americana solo en términos del realismo comercial de los hamiltonianos, la cruzada moralista de los trascendentalistas wilsonianos y el pacifismo flexible de los principistas aunque escurridizos jeffersonianos, no sabría cómo explicar la implacabilidad americana en la guerra. Uno podría mirar el historial militar americano y hacerse la pregunta de William Blake en “El tigre”: “¿Acaso el que hizo al Cordero te hizo también a ti?”. Claramente alguna forma de pensamiento más allá de las tres escuelas que hemos revisado debe estar operando. No somos simplemente un pueblo de comerciantes, misioneros y abogados constitucionales[6].
Esa otra tradición, en presunción distinta del cálculo crematístico hamiltoniano, del idealismo democrático wilsoniano o del nacionalismo republicano jeffersoniano, es la jacksoniana. La llamada “sociedad jacksoniana” descrita por Russel Mead ofrece una panoplia de elementos para realizar una fenomenología del trumpismo. Sin embargo, ateniéndonos a los objetivos de este texto, es preciso detenerse en dos fundamentos del jacksonianismo: honor y violencia. Permítasenos citar in extenso a Russel Mead en este punto:
… mientras los jeffersonianos profesaban un realismo minimalista bajo el cual los Estados Unidos procuraban definir sus intereses de la manera más restringida posible y defenderlos con el mínimo absoluto de fuerza, los jacksonianos se aproximaban a la política exterior con un espíritu muy distinto, uno en el que el honor, la preocupación por la reputación y la fe en las instituciones militares desempeñan un papel mucho más importante (…) A diferencia de los wilsonianos, quienes esperaban finalmente convertir el mundo hobbesiano de las relaciones internacionales en una comunidad política lockeana, los jacksonianos creen que es natural e inevitable que la política y la vida nacionales funcionen según principios diferentes de aquellos que prevalecen en los asuntos internacionales. Para los jacksonianos, la comunidad mundial que los wilsonianos quieren construir es una imposibilidad moral, incluso una monstruosidad moral (…) Dada la brecha moral entre la comunidad popular y el resto del mundo, y dado que se cree que los otros países del mundo tienen sus propios sentimientos patrióticos y comunitarios, ─sentimientos que igualmente cambian una vez que el límite de la comunidad popular es alcanzado─ los jacksonianos creen que la vida internacional es y seguirá siendo violenta y anárquica. Los Estados Unidos deben ser vigilantes, fuertemente armados. Nuestra diplomacia debe ser astuta, enérgica y no más escrupulosa que la de ningún otro país. A veces debemos pelear guerras preventivas. No hay nada absolutamente malo con subvertir gobiernos extranjeros o asesinar lideres extranjeros cuyas malas intenciones son claras. De hecho, los jacksonianos se inclinan más por reprochar a los lideres políticos su fracaso en emplear medidas vigorosas que a preocuparse por las sutilezas del derecho internacional. De todas las corrientes principales de la sociedad americana, los jacksonianos son los que menos respeto muestran por el derecho y la práctica internacionales[7].
Dejemos, momentáneamente, los comentarios sobre las palabras de Russel Mead para dar cabida al desarrollo de nuestro argumento. Escribiendo en agosto de 2024, cuando el clima de la rebelión jacksoniana había perdido fuelle, Russel Mead redescubrió aquella máxima expresada por Žižek según la cual “la verdadera revolución es ya el capitalismo mismo”[8]. Expresada en términos de la política exterior de la potencia hegemónica en decadencia, la máxima de Žižek se traduce en el dictum de Anderson según el cual “en esencia, la política exterior de EEUU ha sido inquebrantablemente hamiltoniana”[9]. A criterio de Russel Mead:
Aunque el nacional populismo jacksoniano y el aislacionismo jeffersoniano tienen su lugar legítimo en los debates de la política exterior americana, ninguno puede responder completamente a los desafíos del presente. Otra escuela histórica de la política exterior estadounidense, el pragmatismo hamiltoniano, responde mejor a las crisis del mundo contemporáneo (…) La fuerza motriz detrás del resurgimiento hamiltoniano es la creciente importancia de la interdependencia entre el éxito corporativo y el poder estatal (…) Tanto los líderes empresariales como los líderes de los gobiernos están descubriendo hoy en día algo que Hamilton podría haberles dicho que ha sido verdadero desde hace mucho tiempo: la política económica es estrategia y viceversa[10].
El ascenso manufacturero y geopolítico de China ha hecho que la élite de geoestrategas estadounidenses redescubran los fundamentos últimos de la riqueza y el poder en la economía-mundo capitalista y el moderno sistema interestatal. Fue el propio Alexander Hamilton quien en 1791 declaró con simpleza esta verdad cuando sostuvo: “No solo la riqueza, sino también la independencia y la seguridad de un país parecen estar materialmente vinculadas a la prosperidad de las manufacturas. Toda nación, con miras a esos grandes propósitos, debería procurar poseer en sí misma todos los elementos esenciales para su abastecimiento nacional”[11]. La perorata jacksoniana de Trump, así como algunos gestos jeffersonianos destinados al vulgo, son una máscara que obedece a un amo, a saber, el capital. No obstante, la forma y el contenido se median dialécticamente para codeterminarse y distorsionarse. Entonces, las denuncias MAGA al imperio como “policía del mundo” por parte de los neoconservadores de la administración Busch Jr., pueden fácilmente transmutarse en el imperio como “sicario benevolente” en el Caribe según la guía doctrinaria jacksoniana. En definitiva, si acudimos a la célebre tesis de Walter Benjamin, dentro del hipócrita autómata wilsoniano parloteando sobre la libertad y la democracia, se sienta un enano jorobado ajedrecista hamiltoniano, guiando mediante hilos la mano de un muñeco imperial cuyo ídolo siempre es la ganancia y la reproducción del capital.
De nueva cuenta vale repetir que la política exterior estadounidense ─ese país al que se refirió aquel paladín ficticio de la clase obrera llamado Frank Sobotka diciendo “solíamos hacer cosas en este país, construir cosas. Ahora solo metemos la mano en el bolsillo del próximo que pase”[12] ─ nunca ha percibido una distorsión entre sus valores y sus intereses, por lo que hablar de tradiciones de política exterior es tan sólo discutir la máscara del dinero como non plus ultra. Así pues, si la tipología de Russel Mead tiene alguna capacidad para describir al trumpismo 2, es para designar a un jacksonianismo en forma trabajando para un particular hamiltonianismo en contenido. Se trata de un hamiltonianismo para la era del novísimo imperialismo, esto es, la era de la financiarización, la acumulación por despojo y la fase de crisis-disputa del ciclo hegemónico estadounidense.
- El trumpismo como núcleo irradiador de los reaccionarios en el sistema interestatal
Walter Russel Mead, sin embargo, lleva razón al sostener le ineficacia de la realpolitik europea para fundamentar a la Gran Estrategia estadounidense cuando esta se enfrenta ante la fase de crisis-disputa de su ciclo hegemónico. Como indicó Perry Anderson, la dicotomía entre el idealismo wilsoniano centrado en “el compromiso idealista destinado a poner fin a las fuerzas arbitrarias en todo el mundo” y el realismo rooseveltiano cuyo propósito es “mantener un equilibrio de poder en el mundo”, se levantaba sobre un fundamento hamiltoniano según el cual la razón de ser de la política exterior de EE.UU. es “la búsqueda de la supremacía norteamericana en un mundo seguro para el capital”[13]. Por lo que el jacksonianismo hamiltoniano de Trump 2, por un lado, da cuenta de la deflación de poder del wilsonianismo hamiltoniano al uso desde la administración Reagan hasta la administración Biden y, por otro lado, expresa la necesidad de encontrar otra amalgama entre valores e intereses para la potencia estadounidense cuando el moderno sistema interestatal se dirige hacia una fase de disputa hegemónica signada por el surgimiento de nuevas configuraciones de poder a escala global.
Precisamente por ser expuesta para explicar una situación análoga en el sistema interestatal, consideramos que la tipología desarrollada por Arno Mayer en Dynamics of Counterrevolution in Europe, 1870-1956 ofrece un marco heurístico para comprender a las fuerzas que actúan en la política mundial en la contemporaneidad[14]. En el análisis de Mayer, las consecuencias de la Primera Guerra Mundial crearon las condiciones para que el sistema interestatal se dirigiera directo al caos, ya que generó los escenarios para un auge de la rebelión de las clases trabajadoras, al tiempo que propició un apogeo de los derechos de autodeterminación nacional. La Revolución Rusa se convirtió en hito y síntesis de ambos aspectos. En tercer lugar, la Gran Guerra además formó el escenario para el revanchismo de la Gran Potencia derrotada, Alemania. En consecuencia, la política mundial basculó hacia un campo de fuerzas donde el Reino Unido y Francia propiciaban la conservación del statu quo ─a saber, el imperialismo de libre comercio─, mientras que la Alemania Nazi se convirtió en el paladín de las fuerzas reaccionarias. La Unión Soviética estalinista, por su parte, era el núcleo de las fuerzas revolucionarias, siendo, paradójicamente, una contrarrevolución a escala nacional[15].
Si acudimos a la tipología de Mayer en un momento donde la locomotora del sistema interestatal parece dirigirse al caos, ¿cuáles son las fuerzas conservadoras, reaccionarias y revolucionarias en el sistema interestatal? Las ambiciones de esta pregunta sobrepasan los objetivos de este texto. Lo que sí atañe acá es que, a diferencia de la anterior fase de disputa hegemónica en el sistema interestatal, cuando el Reino Unido optó por conservar o defender al sistema que había creado, Estados Unidos bajo el mandato de Trump se convirtió en el núcleo irradiador de las fuerzas reaccionarias contra el orden mundial neoliberal nacido en la década de 1980. Por lo que, y hay más de una paradoja en todo esto, la “internacional MAGA” agrupa a los revanchistas contra las consecuencias de la Contrarrevolución monetarista, la financiarización y la globalización neoliberal. Dicho de otra forma: la contrarrevolución trumpista agrupa a los perdedores de la anterior contrarrevolución en Occidente, de la cual salieron vencedores a mediano plazo los comunistas en China.
Al igual que los herederos de los perdedores de la Gran Guerra, el trumpismo reúne a las fuerzas reaccionarias que perciben que la mejor forma de enfrentarse a la reorientación de la economía política global que conlleva el ascenso geoeconómico y geopolítico de China ─con la respectiva rebelión y ascenso de las clases subalternas del Sur global que ello propicia─ es metamorfoseando el antiguo régimen desde adentro, en lugar de conservarlo como aspiraron Bush hijo, Obama y Biden. In nuce, la “internacional MAGA” se rebela frente a un mundo occidental en ruinas que les legaron sus ídolos Reagan, Thatcher, Volcker, Friedman y Pinochet.
Referencias
[1]Véase G. Arrighi, El largo siglo XX: dinero y poder en los orígenes de nuestra época, Madrid, Akal, 1999, cap. I.
[2]W.R. Mead, Special Providence: American Foreign Policy and How it Changed the World, New York, Routledge, 2009.
[3]Anderson, Imperium et Consilium: la política exterior norteamericana y sus teóricos, Madrid, Akal, 2014, p. 170.
[4]W.R. Mead, “The Jacksonian Revolt: American Populism and the Liberal Order,” Foreign Affairs, 20 de enero de 2017. Disponible en: https://www.foreignaffairs.com/north-america/jacksonian-revolt
[5]W.R. Mead, “Andrew Jackson, Revenant”, The American Interest, 17 de enero de 2016. Disponible en: https://www.the-american-interest.com/2016/01/17/andrew-jackson-revenant/
[6]W. R. Mead, Special Providence: American Foreign Policy and How it Changed the World, cit., p. 220.
[7]Ibid., pp. 245-246.
[8]Žižek, Visión de paralaje, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2011, p.
[9]P. Anderson, Imperium et Consilium: la política exterior norteamericana y sus teóricos, cit., p. 172.
[10]W.R. Mead, “The Return of Hamiltonian Statecraft”, Foreign Affairs, Hudson Institute, 20 de agosto de 2024. Disponible en: https://www.hudson.org/foreign-policy/return-hamiltonian-statecraft-walter-russell-mead
[11]A. Hamilton, “Final Version of the Report on the Subject of Manufactures, [5 December 1791],” Founders Online, National Archives. Disponible en: https://founders.archives.gov/documents/Hamilton/01-10-02-0001-0007
[12]The Wire, temporada 2, episodio 4, «Hard Cases», dirigido por Elodie Keene, emitido por HBO, 22 de junio de 2003.
[13]P. Anderson, Imperium et Consilium: la política exterior norteamericana y sus teóricos, cit., pp. 171-172.
[14]A. J. Mayer, Dynamics of Counterrevolution in Europe, 1870-1956: An Analytic Framework, New York, Harper & Row, 1971.
[15]Véase G. Arrighi, El largo siglo XX: dinero y poder en los orígenes de nuestra época, cit., pp. 84-85.
4. Minnesota, la tierra prometida a los somalíes.
Llevo unos días viendo desopilantes memes a raíz de una de esas estupideces racistas que suelta frecuentemente Trump. Los somalíes, muy abundantes en Minnesota, se lo han tomado con humor.
https://www.middleeasteye.net/trending/promised-land-somali-americans-flip-trumps-attack-global-meme
«La tierra prometida»: los somalíes estadounidenses convierten el ataque de Trump en un meme global
Después de que Trump llamara «basura» a los somalíes, las redes sociales se han inundado de memes bromeando con que Minnesota es su patria ancestral

Imagen generada por IA de los somalíes como peregrinos llegando a Estados Unidos en el Mayflower en 1620, creada por un usuario somalí-estadounidense de las redes sociales (Captura de pantalla/X/@SonOfSomali)
Por Maysa Mustafa
Fecha de publicación: 4 de diciembre de 2025
Después de que el presidente de EE. UU., Donald Trump, llamara «basura» a los estadounidenses de origen somalí y les dijera que «se volvieran a su país», estos le dieron la vuelta al guion en Internet convirtiendo su diatriba en una broma viral sobre Minnesota como su verdadera patria.
A principios de esta semana, Trump lanzó una dura diatriba contra los inmigrantes somalíes en Minnesota. Ellos, y específicamente la representante del Congreso Ilhan Omar, los llamó «basura», declaró que no los quería en el país e insistió en que los inmigrantes somalíes «no aportan nada», que su patria «apesta» y les instó a volver al lugar de donde vinieron.
«No aportan nada. No quiero que ellos estén en nuestro país, seré sincero con ustedes», dijo. «Vamos por mal camino si seguimos acogiendo basura en nuestro país».
«Son personas que no hacen más que quejarse», continuó. «Se quejan y, de donde vienen, no tienen nada… Cuando vienen del infierno y se quejan y no hacen más que criticar, no los queremos en nuestro país.
Que vuelvan al lugar de donde vinieron y lo arreglen.
Todas las plataformas de redes sociales se han visto inundadas de imágenes generadas por IA de somalíes como figuras estadounidenses, desde Abraham Lincoln hasta Cristóbal Colón, o recreaciones de acontecimientos históricos.
https://x.com/AbdisalamAato/status/1996306397743480837
«En 1620, 102 somalíes abandonaron su hogar en busca de la tierra prometida», publicó un usuario somalí en las redes sociales en X. «No desembarcaron en Plymouth Rock, sino que la roca desembarcó sobre ellos. Gracias a los indígenas locales, sobrevivimos a nuestro primer invierno. Los somalíes son el tejido de esta nación».
Muchas publicaciones afirmaban en tono de broma que el abuelo de Lincoln era somalí.
https://x.com/BoomThatsGenius/status/1996517643336225192
«El abuelo somalí de Abraham Lincoln, un noble príncipe guerrero del antiguo Cuerno de África», publicó un usuario de las redes sociales en X. Junto a Benjamin Franklin y Thomas Jefferson, firmó los importantes documentos que declaraban la independencia del dominio británico y las tierras prometidas de Minnesota al pueblo de Somalia».
Otros afirmaban que los padres fundadores de los Estados Unidos eran somalíes.
«En 1776, 56 somalíes estadounidenses se reunieron en el Independence Hall de Filadelfia para redactar la primera Declaración de Independencia de este tipo», publicó un usuario de las redes sociales junto a una imagen generada por IA de somalíes firmando el documento. «Declaramos que todos los hombres son iguales, con derecho a la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad para todos. Los somalíes estadounidenses son el tejido de esta nación».
Los usuarios de las redes sociales también han bromeado sobre que los somalíes son los nativos americanos.
«Minnesota fue prometida hace 3000 años»
Las bromas van más allá de la historia de Estados Unidos, ya que los somalíes estadounidenses utilizan la misma retórica de reivindicación ancestral que se suele emplear para defender la ocupación de Palestina por parte de Israel.
La frase «Minnesota fue prometida hace 3000 años» se ha utilizado en muchas de las publicaciones y vídeos sarcásticos que han inundado las redes sociales durante la última semana.
https://x.com/YabarowMedia/status/1996588047647887864?
«Los únicos que tienen derecho a la autodeterminación en Minnesota son los somalíes», dijo un somalí-estadounidense en un vídeo viral de TikTok. «Los somalíes tienen un vínculo cultural con la tierra. Nos fue prometida hace 3000 años. Tenemos derecho a volver a nuestra patria».
Otra publicación dice: « Minnesota es el único estado con somalíes y está rodeado por otros 47 estados que los odian. Pedimos a Alemania que nos dé 10 000 millones de dólares y algunas armas nucleares.
Una persona bromeó sobre una versión somalí del grupo de presión proisraelí, el Comité Americano-Israelí de Asuntos Públicos o Aipac, como se le conoce comúnmente, bromeando con que existe un «SAPAC», el Comité Somalí-Estadounidense de Asuntos Públicos.

https://x.com/SonOfSomali/status/1996213448871407857
El humor ha llegado incluso a la diáspora somalí en general, que ahora bromea sobre volar a Minnesota para su viaje de «derecho de nacimiento», muy similar a las visitas organizadas de la diáspora judía a Israel.
«Buscando vuelos de Alemania a Minnesota después de descubrir que Minnesota es la tierra que nos pertenece a los somalíes desde hace 3000 años», publicó una joven somalí en un vídeo de TikTok, en el que se la veía reservando un vuelo.
Otros publicaron versículos inventados de textos religiosos, imitando a los conservadores de extrema derecha que citan la Biblia como prueba de la reivindicación de Israel sobre la Palestina ocupada.
https://x.com/InaHassan3/status/1996405603561001308
«Minnesota fue prometida a los somalíes hace 3000 años. Biblia, Mateo 17:21; Torá, Levítico 18:5», se lee en una publicación en X.
5. Un par de libros de «otras economías».
El otro día Salvador nos recomendaba el libro sobre Economía inclusiva de FUHEM. Tenía desde hace unos días en la «nevera» la presentación que hace de él Óscar Carpintero. Y aprovecho para pasaros una explicación, con enlace de descarga gratuita, de otro libro que me ha parecido interesante: Buen Vivir y «otras economías» en América Latina.
Economía Inclusiva: conceptos básicos y algunos debates
Óscar Carpintero, catedrático de Economía Aplicada de la Universidad de Valladolid, presenta el nuevo libro «Economía Inclusiva. Conceptos básicos y algunos debates».
¿Es posible pensar una economía más inclusiva? Esta obra responde afirmativamente, apostando por un pluralismo integrador que articule distintas corrientes críticas. A través de conceptos clave y debates fundamentales, se plantea una alternativa al paradigma convencional, mostrando que el capitalismo no tiende al equilibrio, sino que está atravesado por tensiones persistentes: capital-trabajo, capital-naturaleza, capital-género, entre otras.

