En 1975, uno de cada tres vecinos de la ciudad, cerca de 90.000 residentes, eran analfabetos funcionales o solo sabían dibujar la firma.
Para rebelarse contra esa situación, tres escolapios de la parroquia de Can Serra sentaron las bases de la que sería la primera escuela de adultos del país.
En 1975 residían en L’Hospitalet 90.000 personas, un 32% de la población, que no tenían ni el Certificado de Estudios Primarios: eran analfabetos funcionales o solo podían «dibujar» su firma, sin saber leer ni escribir. En aquel momento la ciudad acababa de recibir a miles de nuevos vecinos que empezaban una nueva vida trabajando en la construcción o en grandes fábricas como la Seat, la Corberó o la Siemens. Se instalaban junto a sus familias en altos bloques levantados para acoger a todos esos nuevos residentes que apenas eran leídos como «mano de obra». En ese contexto nació en la parroquia de Can Serra la primera escuela de adultos de L’Hospitalet y muy probablemente de Catalunya (se disputan el título con la de La Mina, surgida en los mismos años de forma muy similar).
Una escuela –en los primeros años sin edificio propio– cuya primera urgencia era enseñar a leer y a escribir a los trabajadores para que entendieran los contratos de empleo que firmaban y para que pudieran leer su hoja de salario, pero que también sirvió, algo igual de importante, para que las madres pudieran cartearse con sus hijos en el servicio militar y, al fin y al cabo, sentar una de las bases del proyecto: construir sentimiento de pertenencia al barrio y a la ciudad y «crear conciencia». No es casualidad que la escuela de adultos naciera casi en paralelo a la asociación de vecinos de Can Serra. Los alumnos de la primera eran los miembros activos de la segunda. Todo ello, alrededor de la parroquia del barrio, llevada en aquellos primeros años 70 por los escolapios Jaume Botey, Andreu Trilla y Jaume Salas.
Profesorado ilustre
La de Can Serra no ha pasado a la historia solo por ser la primera escuela de adultos el país, y por ser, además, escuela de ciudadanía para muchos, también lo ha hecho por la cantidad de docentes que pasaron por ella con entrada en la Wikipedia: clases nocturnas, de siete a diez de la noche, impartidas de forma voluntaria por profesores universitarios como los filósofos Manuel Sacristán [de quien estos días se celebra el centenario de su nacimiento] o Francisco Fernández Buey.
Los vínculos vecinales tejidos en la escuela de adultos de Can Serra –en la que jugó en papel vital la también escolapia Mercè Romans, profesora y autora del manual de referencia ‘Así aprendemos los adultos’– hicieron que fueran los propios alumnos, al fin y al cabo los vecinos del barrio, los que ayudaran a construir con sus propias manos el local de la parroquia.
Uno de aquellos tres escolapios que impulsaron la escuela, Jaume Botey, se convirtió luego en el primer concejal de Educación en democracia de L’Hospitalet, posición desde la que defendió la necesidad de llevar la educación de adultos a todos los distritos. Botey se presentó como independiente en la lista del PSUC (iba de número tres, tras Francisco Candel y Joan Saura).
Otra persona que jugó un papel fundamental en esta historia es Pilar Massana, quien, junto con el exsacerdote Botey, años más tarde formaría parte del equipo impulsor del Centre d’Estudis de L’Hospitalet.
Massana llegó a Can Serra en 1972 contratada por la parroquia como trabajadora social y fue una pieza clave para vincular a los vecinos con la escuela de adultos (y el barrio). Compañera de vida de Botey, atesora, además, en el piso de L’Hospitalet en el que todavía vive, cientos de libros y papeles de aquella época (y de incontables luchas posteriores). Documentos como las originales hojas parroquiales que dibujaba Andreu Trilla casi como si fueran un pequeño cómic, en las que invitaba al vecindario a acudir a la construcción de la iglesia. «Nuestra parroquia no es una gran iglesia, son unos locales para servir a la comunidad«, señalaba en uno de los documentos conservados por Massana.
Los materiales de Mercè Romans –cuidados también con mimo por Pilar Massana– seguían el método de las «palabras generadoras» del pedagogo brasileño Paulo Freire. «Se enseñaba a leer a través de palabras que provocaban interés», explica Massana. Hojea el libro y, junto a una fotografía de un bloque de Can Serra, aparece la palabra «piso». «Tener un piso era una gran preocupación que unía a los vecinos, como ahora. Y a partir de ‘piso’, se trabajaban el «pa-pe-pi-po-pu», relata, emocionada.
«Conciencia social y política»
«Freire decía que la alfabetización tiene dos elementos: la formación bancaria y la de tomar conciencia: quiénes somos, qué hacemos aquí. Somos inmigrantes, somos trabajadores, estamos en Catalunya; aquí hablan otro idioma. Todo eso es alfabetización«, recuerda Massana, quien subraya que la escuela de adultos fue una manera de construir comunidad y de tomar conciencia social y política, «en un sentido amplio, no de partido, sino de conciencia cívica, de ciudadanía«. «Al final, aprender a leer y a escribir era la puerta de entrada para todo lo demás».
A partir de ahí, y de reunirse alrededor de la parroquia, se organizaron infinidad de reivindicaciones para mejorar el barrio. El primer gran éxito, todavía durante el franquismo, fue lograr la paralización de las licencias de obras para evitar que se levantaran bloques en el último solar vacío del barrio en el que las constructoras habían prometido equipamientos a los vecinos. «La presión popular logró parar los pisos, y allí finalmente se construyó el mercado, la plaza y la escuela», rememora Massana.
Ambas cosas –educación y lucha vecinal– eran casi indisociables. «Cuando tenían que hacer matemáticas, iban al solar a medir el reivindicado solar», ejemplifica Massana.
Fueron también maestros en la escuela de adultos de Can Serra los primeros objetores de conciencia del Estado, conocidos como ‘Los objetores de Can Serra’, grupo nacido la noche de Navidad de 1975, ahora hace 50 años. Uno de los miembros del grupo era un joven Jesús Viñas, quien décadas más tarde presidió el Consell Escolar de Catalunya y el grupo de expertos para remontar los resultados educativos constituido por el Govern tras el descalabro del último informe PISA.
Si uno llega a un barrio y dice ‘yo no hago la mili’, nadie le entiende (…) Pero si uno llega a un barrio, se pone a trabajar con y por el barrio, a enseñar a leer a la gente adulta que aún no sabe, y cuando lleva ya una temporada haciendo esto, les dice que él no va al servicio porque ya lo está haciendo, porque cree que es más importante servir al pueblo enseñándole a leer que haciendo la instrucción con un fusil al hombro, la gente lo entiende en seguida (…) que la gente entendiese esto era para nosotros muy importante, casi más que el conseguir el propio estatuto», recoge el libro ‘Los objetores: historia de una acción’ (José Luis Lafuente del Campo, 1977).