Me ha emocionado la actuación de ayer de Bad Bunny.
Si me hubieran dicho esto hace 20 años, cuando orgulloso proclamaba que jamás bailaría reguetón, habría enviado un misil termonuclear en un DeLorean contra mi yo del futuro. Pero así están las cosas.
Lo de ayer de Bad Bunny no es revolucionario, claro. Pero tampoco me parece mera disidencia controlada, como he leído por ahí.
Este señor ya me sorprendió con su documental sobre la gentrificación en Puerto Rico, y algún otro detalle que me fue alejando de la imagen de trapero superficial que, sin duda, es la que le alcanzó la gloria en primer término. Convertirse ayer en el primer artista en realizar un show principal de medio tiempo completamente en español en la historia del Super Bowl, días después de haber proclamado en los Grammy «ICE Out», no es una cuestión menor en un país donde ser hispano es, en esta tierra de la libertad, un acto de resistencia. Yo mismo he visto a empleados puertorriqueños hablarme bajito en español porque «el jefe solo nos deja hablar inglés», hace más de 20 años.
Además, activistas del grupo Contra-ICE distribuyeron de forma clandestina 15.000 toallas con el lema «ICE OUT» entre los asistentes. El show de Bad Bunny —quien meses antes había cancelado su gira en EE.UU. en reacción a las redadas—, de hecho, provocó los eruptos del Zanahorio, para el cual «nadie entiende una palabra» de lo que dice y que era «una afrenta a la grandeza de América».
Solo estos aspectos parecen suficientes para considerar lo de ayer un acto de importante carga política. Más aún en un país sin izquierda con peso real.
Por otro lado, tampoco podemos obviar dos cosas. Primero, los necesarios límites que debe tener un acto de este tipo para que pueda ser tolerado, e incluso promovido, por la NFL, una liga históricamente conservadora. Segundo, que esta seleccionó a Bad Bunny no por su activismo, sino por su «alcance global» y su capacidad para atraer a la crucial audiencia latina.
Lo que ayer la NFL contrató no fue disidencia, sino marketing de nicho.
¿Es esto suficiente para no sentirnos conmovidos ante este espectáculo? No me lo parece.
Si así fuera, tampoco podríamos disfrutar el cine de Hollywood durante el macartismo, por poner solo un ejemplo. En el mundo de las grandes superproducciones audiovisuales emerge con facilidad una tensión dinámica entre un mensaje político o identitario disruptivo y las estructuras de poder —corporativas, familiares o industriales— que deciden albergarlo. Nada nuevo bajo el sol.
En la era dorada de Hollywood, los grandes estudios, fábricas capitalistas de sueños, contrataron durante años a guionistas y directores de izquierda porque su talento y su sensibilidad social eran valiosos para crear películas con resonancia popular. Cuando el clima político cambió y esa disidencia interna se convirtió en un riesgo para la viabilidad del negocio, el sistema optó por la purga masiva a través de las listas negras. La disidencia es bienvenida solo mientras su costo político sea bajo.
El comisionado de la NFL, Roger Goodell, enmarcaba el espectáculo en términos apolíticos y universales: una herramienta para «unir a la gente». El mensaje político fue así neutralizado y repintado como una celebración inofensiva de la «diversidad», un valor brand-friendly.
La reacción furibunda del Chetto cumple, por su parte, una función esencial: encerrar la conversación en el marco de guerra cultural preexistente.
Y, precisamente, con este marco hay que romper.
Oponerse verdaderamente a la agenda de Donald Trump y sus secuaces requiere ir más allá de la simbología cultural, por poderosa que sea, y enfrentar sus políticas más concretas y brutales. Es de justicia enfrentarse a la persecución de inmigrantes, especialmente en su vertiente más inhumana, cruel y contraria a los DDHH como es el ICE. Pero de poco sirve si, además, no apoyamos los intentos por construir verdaderas independencias en América Latina. En suma, si no adoptamos una lucha claramente antiimperialista, esto se nos queda corto.
El bloqueo energético contra Cuba —una presión diseñada para crear hambre y desesperación mediante cortes de luz de hasta 20 horas, el colapso del transporte y la escasez de medicamentos— es un acto de castigo colectivo calculado por la Administración Trump. De forma paralela, el secuestro del presidente venezolano mediante una operación militar, justificada con cargos de «narcoterrorismo» y seguida del control del petróleo del país, constituye una intervención imperial clásica que viola abiertamente la soberanía y el derecho internacional.
Estas no son políticas marginales, sino el núcleo del «corolario Trump» de la Doctrina Monroe: la reafirmación del dominio hemisférico de EE.UU. a cualquier costo, mediante la fuerza militar y la coerción económica.
Condenar estas acciones específicas es atacar la raíz misma del proyecto imperialista estadounidense, que se nutre de la impunidad. La oposición significativa no puede limitarse a celebrar gestos aislados de disidencia; debe nombrar y rechazar estos crímenes de lesa humanidad y violaciones flagrantes del derecho internacional, que son la verdadera materialización de su ideología en el continente.
Mientras tanto, mesotes aristotélica.
Y que el fin del mundo nos pille bailando.