El primer artículo, “¿Lecciones aprendidas en Afganistán? Ninguna” de Pere Vilanova, se publicó en El País, en la edición del pasado lunes 16 de agosto: https://elpais.com/opinion/2021-08-16/lecciones-aprendidas-en-afganistan-ninguna.html. A continuación, los tres comentarios del historiador José Luis Martín Ramos.
Cuando vemos esas imágenes de hombres, mujeres y niños desesperados buscando un visado o esperando para cruzar las fronteras, debemos tener presente que sus padres y abuelos ya pasaron por esto.
Una foto publicada hace pocos días era un excelente resumen de la situación en Afganistán. A la izquierda aparece un personaje bien conocido, Ismael Khan, quien manda en Herat desde hace cuarenta años; a la derecha un guerrillero talibán, con el preceptivo turbante negro, se inclina respetuosamente ante él, con la mano en el corazón. Lo llamativo es que este segundo personaje es el invasor, el talibán que acababa de tomar Herat, mientras el primero parece darle paternalmente la bienvenida. Conviene saber que Ismail Khan, aparte de controlar Herat y toda su región, luchó contra los soviéticos en los años ochenta y luchó contra los talibanes de la generación de los noventa; mantuvo su región al margen de la “guerra de los señores de la guerra” que asoló el país entre 1992 y 1996 y mantuvo sustancialmente su control durante los últimos 20 años ante el despliegue de la ISAF (la fuerza internacional liderada por la OTAN en el país). Las tropas españolas, desplegadas en Qala-i-Naw y presentes en Herat, tuvieron que aprender todo esto.
Vayamos ahora literalmente al otro extremo del país, en la frontera con Pakistán, a las provincias de Gazni y aledañas. Allí reina la red Haqqani desde los años ochenta, desde su líder inicial, Jalaluddin Haqqani, que luchó contra los soviéticos, hasta sus actuales descendientes Khaled Haqqani (supuestamente no hace mucho en combate) y Beitullah Haqqani. Los dos ejemplos ilustran bien la realidad de Afganistán: quien venga de fuera (los soviéticos, la OTAN u otros por venir) debe saber que tendrá que lidiar con Ismail Khan en el oeste y los Haqqani en el Este del país.
Cuando la lucha contra la invasión soviética (1980-1989), se formaron varios grupos de resistencia, a los que se conocía como “los siete de Peshawar” (nombre de la ciudad pakistaní donde tenían su retaguardia y se reunían). Los más importantes alcanzaron notoriedad: Jamiat Islami (del legendario comandante Massud), Hezb e Islami de Gulbudin Hekmatyar, Hezb e islami de Yunus Khales, la facción de Amin Wardak, o la de Sayaf. Uno de los más famosos, Rashid Dostum, líder uzbeko, empezó como todos ellos luchando contra los soviéticos en los años ochenta, luego se alió con ellos (que le nombraron general) para traicionarlos en 1988, y todo ello fuertemente aferrado —dice la leyenda urbana en Kabul— a una botella de vodka. Se enfrentó contra los talibanes en los años noventa, y a finales de 2001, como uno de los jefes de la Alianza del Norte, se hizo famoso por matar a cientos de talibanes presos en la región de Kunduz y Mazar-i-Sharif con el sencillo método de encerrarlos por docenas en contenedores metálicos y dejarlos al sol. Sin agua.
En cuanto se marchó el último soviético (el general Gromov) por el puente que le llevó hasta el actual Uzbekistán, los siete grupos se enfrentaron a muerte, literalmente, en los años ochenta. En ese episodio mencionado como “la guerra de los señores de la guerra” llevaron Kabul a la ruina entre 1992 y 1994. Después, tomaron el poder los talibanes de primera generación.
Faltaba la concatenación entre los atentados del 11 de septiembre de 2001 perpetrados por Osama Bin Laden, la intervención de Estados Unidos, la guerra relámpago de la Alianza del Norte contra el régimen talibán (que cayó en tres semanas), el despliegue de OTAN/ISAF durante casi 20 años. Y ahora, este colapso final. A la hora de redactar estas líneas Kabul ha caído, mientras el presidente Ghani parece haber huido después de hacer proclamas delirantes de que revertiría la situación. Mejor para él, si recuerda lo que hicieron los talibanes en 1992 con el último presidente prosoviético, Najibullah, antes de colgarle de una grúa en la vía pública.
Mientras la mayoría de los medios y analistas tiran de la comparativa con la caída de Saigón en 1975 (¡ah! Estados Unidos siempre en medio de la foto), no deberíamos perder la vista la dimensión humana del drama. A mediados de los ochenta, en los campos de refugiados afganos en el lado pakistaní de la frontera, se agolpaban algo más de dos millones de personas y otro millón más del lado iraní. ¿Dónde están ahora? ACNUR no se vio capaz de controlar las idas y venidas de cientos de miles de ellos, aunque intentaba registrar sus nombres a la llegada. Pronto se vio que muy a menudo los hombres (desde su adolescencia) pasaban a ser “refugiados de ida y vuelta”, en una región donde las fronteras son una mera sugerencia. Además, casi todos ellos pasaban además a ser “refugiados de día, muyahidín (combatientes de la fe, antes de que apareciese la palabra talibán en Kandahar en 1994) de noche”.
En síntesis apresurada, el factor dominante es que Afganistán es un país en guerra civil y las derivadas ocasionales son las sucesivas intervenciones extranjeras, y la Historia es generosa con los ejemplos. Desde Alejandro Magno, pasando por el Gran Mongol, hasta las tres guerras anglo-afganas de finales del XIX y comienzos del XX, quien llegó de fuera por las malas, acabó yéndose. Un buen observador de Afganistán dijo hace unos años que los afganos son gente acogedora mientras te aceptan temporalmente en su casa, pero que a veces les sale muy mal carácter y entonces es hora de irse.
Para llegar al descalabro actual, hay que recordar que en 1973, un golpe de Estado derribó la monarquía (que reinaba desde 1750), y que luego la intervención soviética de diciembre de 1979 acabó de llevar el país al desastre. Por tanto, y contra lo que dicen muchos medios y no pocos especialistas, no es que estemos “a las puertas de un desastre humanitario” sino que Afganistán está inmerso en un gran desastre humanitario desde hace cuatro décadas. Déjense de Saigón 1975, ya es historia. Cuando vemos cada día esas fotos de mujeres, niños, hombres, todos desesperados buscando un visado o simplemente esperando la apertura de la frontera con Pakistán, debemos tener presente que sus padres y abuelos ya pasaron por esto.
Para entender lo que vendrá ahora, habrá que acudir a los que nos puedan explicar cómo se han definido esta vez las lealtades entre individuos, clanes, tribus, fracturas interétnicas e influencias externas (entre otras del vecino Pakistán). La vieja explicación de tensiones entre los pastunes (mayoritarios), los tayikos, los uzbekos, los nuristaníes o los hazaras no parece bastar. En los años noventa, los talibanes fueron básicamente pastunes, y la Alianza del Norte eran todos los demás contra aquellos. Nos interesará ver el nuevo organigrama del régimen, primero en Kabul y luego ciudad a ciudad, valle a valle. ¿Dónde están los descendientes políticos de Massud, Rabani o Khan? Será probablemente un régimen integrista en lo social, totalitario en lo político, pero que buscará relaciones estables y pragmáticas con todos sus vecinos. La entrada en Kabul parece estar haciéndose de modo soft, veremos que harán las embajadas extranjeras.
Y, por cierto, ¿dónde está la oficina internacional de “lecciones aprendidas”? No parece existir, ni se la espera.
Las tres observaciones del historiador José Luis Martín Ramos:
1. Este relato no está exento de tópicos, sobre todo por lo que se refiere al período que va de la República de Daud hasta el giro de la política soviética con el inefable duo “reformista” Gorbachov- Shevarnadze. Hay una ruptura en las líneas de confrontación interna, dominada por las intrigas de palacio y la dominancia de la organización tribal que caracterizan al Afganistan moderno; la ruptura es que el golpe encabezado por Daud que proclama la República ya no es un simple golpe de palacio. Daud impulsa un proyecto de reforma social y construcción de un estado afgano efectivo, sostenido por las poblaciones urbanas y rechazadas por los poderes tribales. La larga guerra civil se inicia en julio de 1975 con la rebelión islamista sostenida de Rabbani-Massoud-Hekmatiar, ante la que Daud reacciona, pidiendo el apoyo militar soviético -por el momento instrucción y armas- de acuerdo con el tratado afgano-soviético, creo que de 1968. La presencia rusa en Afganistán no es ninguna novedad, se remonta al siglo XIX en competencia con Gran Bretaña y, evidentemente, se ve beneficiada por la independencia de la India y la retirada del Imperio Británico del Próximo Oriente. Daud contiene la rebelión sin poder derrotarla y sin poder evitar que en su estela se sumen levantamientos tribales en el sur y el este, entre los pastunes. Todos esos levantamientos son inmediatamente apoyados por Pakistán y Arabia Saudí y, detrás de ellos, EEUU. Daud decide entonces aproximarse a Arabia Saudi y Pakistán y rompe con el Partido Democrático Popular, más o menos comunista, que hasta 1977 ha formado parte del gobierno de la República y se opone al giro de Daud. El intento de Daud de aplastar con la represión al PDP acaba con una rebelión interna, en la que es decisiva la intervención de una parte de ejército, que depone y ejecuta a Daud y sitúa en el poder al PDP en abril de 1978. La URSS no tiene ninguna intervención en el golpe, que considera un error, pero tras él reconoce al nuevo gobierno, que reactiva la petición de ayuda a los soviéticos. Es importante retener que desde 1975 EEUU ha empezado a intervenir en el conflicto afgano, sosteniendo la capacidad defensiva de los rebeldes islamistas. Tras la caída de Daud el inefable Carter da un paso fundamental: a partir de julio de 1978, de acuerdo con Pakistán, y en coordinación operativa con el Servicio Secreto pakistaní, pone en marcha la Operación Cyclon, que va no solo a financiar a la guerrilla sino a dotarle también de armamento ofensivo, misiles entre ello.
En el contexto de la Operación Cyclón se producen algunos hechos que llegaran a tener trascendencia futura. En 1979, se une a los mujaidines islamistas afganos Osama Bin Laden, de la familia real saudí, aunque aparentemente en ruptura con ella. Por esos mismos años, inicia su carrera como mullah, entre los refugiados afganos en Pakistán, un tal Muhammad Omar.
Si no os he aburrido, os explico luego la historia de Babrak Karmal y el gran error de los soviéticos, que no fue acudir en apoyo de la República, sino abandonarla a partir de 1986.
2. En 1978 teníamos dos fuentes de información que prestaron atención a los conflictos de Oriente Próximo y del mundo árabe en términos de información y análisis de los que hoy no disponemos: Le Monde Diplomatique, en su mejor época, la de la dirección de Claude Julien, y Afrique-Asie fundada y dirigida por Simon Malley. Mis fuentes principales de lo que conozco sobre el maldito embrollo afgano fueron esas.
El PDP que asumió el poder en abril de 1978 no era un partido homogéneo; tampoco exactamente un partido comunista en el sentido tradicional. Era un partido-frente en cuyo seno coincidían nacionalistas afganos y comunistas, posiciones mezcladas. En 1978 estaba dividido en dos grupos, el que lideraba Babrak Karmal, “Parcham” (Bandera), y el que lideraba Nur Muhammad Taraki, “Jalq” (Pueblo), con posiciones estratégicas diferenciadas sobre la revolución democrático-popular o socialista (en el sentido del “socialismo” soviético) respectivamente. Cuando Taraki depone y ejecuta a Daud, lo hace por cuenta de su facción y envía fuera de Afganistán a Karmal, como embajador. Taraki dio un acelerón político y social, impulsando colectivizacion y estatización, enfrentándose al mundo islámico y a los líderes tribales y respondiendo con represión policial el crecimiento de la disidencia. Cuentan que cuando Breznev le recriminó ese acelerón y en particular las formas represivas, Tariki le respondió invocando lo que Stalin se había “visto obligado” a hacer. Si non é vero é ben trobatto.
Inesperadamente se produjo una ruptura entre Taraki y Hazifullá Amin, su ministro de Defensa y Jefe del gobierno; no tengo claras las razones y nada puedo decir de ellas. El hecho es que acabaron a tiros, Taraki fue asesinado y Amin asumió todo el poder en octubre de 1979, endureciendo la respuesta represiva que afectó también a los miembros del grupo Parcham y del Jalq que no secundaron el golpe contra Taraki. Ese hecho y el abierto desplante a los soviéticos que no le apoyaron mantuvo inestable la situación de Amin. Dos meses más tarde la mayoría de la dirección del PDP y los soviéticos -Breznev- decidieron acabar con Amin, que fue asesinado en diciembre de 1979 por un grupo operativo soviético y el Consejo Revolucionario eligió a Babrak Karmal como nuevo presidente. Es a partir de entonces que se impulsa la presencia de tropas soviéticas en Afganistán, al tiempo que Karmal modera la política “revolucionaria” de Taraki.
En otras palabras, la presencia soviética pasa de la ayuda técnica y material al envío de tropas después de que se inicie la Operación Cyclón; reforzada por el temor soviético de que el estado afgano no pueda resistir el levantamiento fundamentalista y tribal, potenciado por el apoyo extranjero del Paquistán, los saudíes y EEUU. El hundimiento de Afganistán en esos términos situaría en la frontera musulmana de la URSS no dos potencias dispuestas a negociar (Turquía en la occidental y Gran Bretaña en la oriental), sino tres enemigos abiertamente hostiles.
3. Karmal consolidó la República popular en las ciudades, pero ya no pudo recuperar el terreno perdido en el mundo rural, la gran base del poder tribal-islámico. La guerra se enquistó y las tropas rusas se encontraron con problemas de eficiencia militar. Y en eso llegó… Gorbachov y Shevardnadze, que desviaron todas las culpas hacia Karmal y el PDP, proponiendo un giro que se demostró erróneo, catastrófico y que no encuentra, para mí, justificación en el escenario afgano. Decidieron limitar primero y dar marcha atrás después la presencia de tropas soviéticas y compensar esa retirada con la “descomunistización” de la república y la aproximación a los grupos islámicos menos hostiles, los del Norte, los menos vinculados a Paquistán-EEUU. Ese cambio supuso la sustitución en 1986 de Karmal por Najibulá, también del grupo Parcham, jefe del “KGB” afgano y muy vinculado al KGB soviético. Esta vez el cambio fue pacífico y Karmal marchó a residir en Kabul. Najibulá pactó con sectores islámicos, impulsó una nueva constitución que reconocía el islam como la religión del estado; también anuló de hecho al PDP. Combinó una política de “ reconciliación” con el reforzamiento del ejército propio. De acuerdo con el plan previsto en 1989 se retiraron las tropas soviéticas y Shevardnadze disolvió la Comisión afgana del ministerio de Exteriores soviético. El hundimiento de la URSS en 1991 remató la faena, con la derrota militar de Najibulá en 1992, que se refugió en la sede de la ONU en Kabul.
Lo que siguió luego ha sido un proceso de casi treinta años, durante los cuales se ha puesto en evidencia la incapacidad de los señores de la guerra tribales, que derrotaron en 1992 a Najibulá, por construir un estado afgano, por encima de sus divisiones étnicas y religiosas, al tiempo que ha dado lugar a la emergencia de un factor nuevo, el movimiento de los talibanes (estudiosos del Corán), que levantaron un nuevo proyecto de unificación en torno a la religión, el del Emirato de Afganistán. Tengo muchos interrogantes sobre cómo surgió ese proyecto. Me cuesta creer que fuera autóctono. También que lo impulsara Paquistán, que le interesaba mas la instrumentalización del conflicto afgano que de él naciera realmente un nuevo estado; otra cosa es Arabia Saudí, para la que la proliferación de emiratos es compatible con su aspiración a ser el centro de califato contemporáneo. Las figuras entre controvertidas y enigmáticas de Bin Laden, y sobre todo del mulláh Omar, fundador del Emirato, tienen muchas sombras. Pero más allá de su origen, el hecho fundamental es que son ellos los ganadores de esta desgraciada historia. Hay emirato para rato. Y veremos cuál va a ser su efecto en los territorios musulmanes que formaron parte de la antigua URSS.
PD: Cuando Carter aprobó la operación Cyclon lo hizo pensando en generar a la URSS su propio Viet-Nam. No fue exactamente así, aunque lo pareciera. Los soviéticos no salieron de Afganistán como vencedores, pero tampoco como derrotados; o dejando atrás una derrota consumada. Najibulá aguantó hasta 1992. Por el contrario, todo el mundo está diciendo que la desastrosa evacuación de Kabul es lo más parecido a la evacuación de Saigón. Ellos, los norteamericanos, si se volvieron a generar su propio segundo Viet-Nam.