Actual; es decir, clásico; es decir, eterno.
Juan Ramón Jiménez
Dar nombre a las cosas es fundamental para ser alguien. En el amor no eres nadie sin oír tu nombre en los labios de la persona amada. En las cosas de la política y de la lucha social no eres nadie si aceptas el nombre que dan a la cosa, a su cosa, los que mandan. La lucha por nombrar correctamente y con precisión es el primer acto de la lucha de clases con consciencia. Marx y Engels sabían esto.
Francisco Fernández Buey (1999)
Tal como escribiera su admirada Simone Weil, Francisco Fernández Buey (1943-2012), el autor del libros tan imprescindibles para todos nosotros como Marx sin ismos, Leyendo a Gramsci, La gran perturbación o Utopía e ilusiones naturales, echó raíces. En Palencia, su ciudad natal, en Valladolid y en Barcelona. Aquí vivió unos 50 años.
Fue en Barcelona, contaba en un “curriculum vitae” que escribió en 2003 (“ridiculum vitae” lo llamó él; modestia y autoironía fueron dos de sus muchas virtudes republicanas), donde se manifestó por primera vez en solidaridad con los mineros asturianos y al poco, y en compañía de muy pocos, para protestar contra el vil asesinato de Julián Grimau. Fue en Barcelona donde fue detenido tres veces en 1966 y donde fue expedientado por tres años (rector de la UB: el farmacólogo franquista Francisco García Valdecasas Santamaría) [1]. Fue viviendo en Barcelona cuando le quitaron la beca con la que había estudiado desde el bachillerato y le mandaron al Sáhara a barrer el desierto (entre otros, con Quim Boix y con un obrero de la construcción, Paco Téllez, que siempre le quiso y admiró). Fue en Barcelona donde le detuvieron en una manifestación, una de las primeras conmemorativas del 1l de septiembre (nada que ver con las actuales), acusado de soltar palomas con banderas rojas y cuatribarradas, volviendo a pasar otra temporada en la cárcel Modelo. Fue en Barcelona donde anduvo huido casi todo el año por el estado de excepción de 1969 y bajo la acusación de haber organizado (con su maestro y amigo Manuel Sacristán y otros compañeros) la comisión de formación del PSUC (se salvó esta vez de la cárcel gracias al abogado Josep Solé Barberà). Fue en Barcelona desde donde participó en la organización del movimiento de los PNNs (Profesorado no numerario con muy malas condiciones laborales), siendo miembro de su Coordinadora nacional. Fue en Barcelona donde ayudó a organizar una de las huelgas más duraderas de la enseñanza bajo el franquismo a lo largo del curso 1974-1975 (resistencia a lo largo, que diría Gil de Biedma, un poeta que leía y apreciaba) y fue también en Barcelona, como consecuencia de su papel en esa lucha, donde le expulsaron de nuevo de la universidad junto a su amigo, el también PNN, Miguel Candel.
No finalizó aquí su compromiso con la ciudad. Tras la muerte del general criminal y golpista, el profesor Fernández Buey, años después catedrático de Filosofía Moral y Política en la UPF y miembro de la Academia de Ciencias de Estados Unidos, distinciones de las que nunca hizo ostentación, se mantuvo fiel a sí mismo y a su compromiso poliético. Salvo en períodos de ausencia (su estancia en la Universidad de Valladolid como profesor de Metodología de las ciencias sociales en los años ochenta, por ejemplo, o en universidades centroamericanas años después), no se recordará ningún acto de resistencia democrática, antimilitarista y anticapitalista celebrado en la ciudad de López Raimundo, Teresa Pàmies y Salvat- Papasseit que no contara con su participación. Nada humano (y no humano) que tuviera que ver con la justicia, la igualdad, la fraternidad, la libertad republicana, el apoyo mutuo, la paz internacional, el respeto a la Naturaleza, la lucha contra el ecosuicidio… le fue ajeno. Su última intervención política ya muy enfermo: 14 de abril de 2012, conmemoración de la II República en la Plaza Cataluña de Barcelona. Julio Anguita le dedicó una entrevista ese mismo día.
En resumen: poquísimas personas han hecho tanto por la Barcelona democrática y ecosocialista (socialista y ecologista en serio) como el profesor, y maestro de muchos de nosotros, Francisco Fernández Buey.
Pero la relación inversa no existe. No soy capaz de ver hasta la fecha (¡son ya 10 años los transcurridos desde su fallecimiento en agosto de 2012) que la ciudad le haya correspondido, que Barcelona y sus instituciones hayan estado a la altura de sus circunstancias, de su entrega, del permanente compromiso del coautor de Ni tribunos con los sectores más vulnerables y olvidados de nuestra sociedad.
Francisco Fernández Buey (con Neus Porta, su esposa y compañera, y Eloy Fernández Porta) vivieron muchos, muchos años en la calle Bonaplata de Barcelona. Ninguna placa lo recuerda.
Y ninguna calle de la ciudad lleva su nombre. Amparándose en lo más elemental, en el sentido de justicia más esencial que todos compartimos (y también en la Nueva Ley de Memoria Democrática), un colectivo amigo, con tenacidad y paciencia, debería abogar para que una avenida, que para vergüenza de todos los barceloneses demócratas, sigue llevando el nombre de un mecenas del golpe militar, fascista y criminal de 1936, me estoy refiriendo a la muy céntrica avenida Francesc Cambó, cambiara su nombre por el de avenida Francisco Fernández Buey. Por dignidad, por dar a las cosas su nombre, el nombre que merecen. Recordemos sus palabras: “En las cosas de la política y de la lucha social no eres nadie si aceptas el nombre que dan a la cosa, a su cosa, los que mandan.”
¿No debería ser sensible el actual gobierno de izquierdas de la ciudad, así ha obrado en otras ocasiones, ante una petición tan razonable, justa y democrática?
Notas.
1) En carta fechada en Barcelona el 27 de enero de 1994, el profesor Fernández Buey escribía a su amigo palentino, el magistrado Perfecto Andrés Ibáñez, en los siguientes términos:
Querido Perfecto:
Aprovecho el hueco que me deja la huelga general para agradecerte como se merece tu carta del 14, los recortes del 66 y el texto tomista de Miguel Ángel, ¿del 59, de 670? La reseña y la foto son de un acto que hubo en en el paraninfo de la Universidad de Barcelona nada más comenzar el curso 66/67, entre octubre y noviembre. Lo recuerdo muy bien. Ya nos habían expedientado a todos los de la junta de delegados del “sindicato libre” que se constituyó formalmente en marzo del 66 y yo estaba en una de esas situaciones en las que te lo dan todo hecho: de una sola tacada me quitaron la beca con la que había estudiado desde el bachillerato, me echaron de la universidad (“de todas las universidades españolas”, decía el papelito de turno) por tres años y, consiguientemente, me quitaron la prórroga militar; de manera que más o menos hacia el Pilar estaba yo esperando saber a dónde me iban a mandar los mandamases que de verdad mandaban. Por entonces llegó a Barcelona el tal “don” Luis Ortega Escós, presidente de las APE (Asociaciones Profesionales de Estudiantes) con la intención de convencer a los universitarios barceloneses de que les iba a ir mejor en la legalidad que en aquella “ilegalidad semiclandestina” en que, según él, les habíamos metido nosotros. Y convocó a bombo y platillo, con entrevista de televisión incluida, una reunión en el paraninfo para convencer a la gente. Como nosotros no habíamos podido disponer nunca de un lugar tan hermoso, grande y adecuado para decir lo que pensábamos, se me ocurrió que podíamos transformar “su acto informativo de las APE” en “nuestro acto informativo del Sindicato”. Desde el particular ángulo de las convicciones de los rojazos que entonces éramos, la cosa salió más que bien: los estudiantes se pusieron otra vez de nuestra parte, “don” Luis Ortega Escós tuvo que reconocer que la mayoría del personal quería el Sindicato y, al cabo de poco tiempo, dimitió. Y le dieron un cargo, claro. Desde el otro punto de vista el personal en el que yo no me fijaba para nada en aquellos tiempos (nos enseñaron nuestras chicas a pensar de otra manera, ¡ay!), las cosas fueron, sin embargo, un poco peor. Aunque “lógicamente”, como dice el ABC, me preocupé de pedir la anulación de las sanciones impuestas a profesores y alumnos, también “lógicamente” no solo no hubo tal anulación sino que las autoridades académicas nos echaron encima a la policía. Total que allá por Los Santos mi vida estaba decidida: estaba yo expedientado por tres años, sin beca, sin prórroga militar, preso en la cárcel Modelo de Barcelona, con tres sumarios abiertos por preocuparme “lógicamente” de la anulación de las sanciones de profesores y alumnos, y con un comunicado de capitanía general en el bolsillo por el que mandaban a hacer la mili al Sahara…
Remiro ahora las caras sonrientes de los asistentes a aquella reunión y pienso, una vez más, con la bobalicona complacencia de siempre, claro, cuánta suerte he tenido en estos años: Ortega Escós murió de cáncer hace lustros, la mayoría de esos chicos sonrientes en la foto son ahora gobernadores, directores generales y señores importantes del nuevo régimen que claman contra la huelga general e intentan cabalgar sobre la espaldas de sus trabajadores como los monos de los chistes de Chumy Chúmez… Y yo, que iba entonces, decían, de joven promesa de la filosofía, me salvé aquel día de convertirme en un pingo almidonado y hasta puedo escribirte el 27 de enero del 94 estas cosas haciendo huelga, en minoría de a uno en mi facultad. ¡Gran suerte la de la libertad, vive Dios! Me veo ahí en la foto y pienso: solo estoy más gordo y más calvo. Y no te digo que sigo pensando igual que entonces, porque mientras tanto leí a Brecht y me enteré de que decir eso ahora sería como no haber aprendido nada en este mundo grande y terrible.
Tendré muy presente tu beccariano encargo. Y, mientras, te mandaré un trozo de mi rollo filosófico-moral sobre Las Casas; ¡a ver si te gusta!
Gracias por todo, Perfe. Me fue muy estimulante el encuentro en Medina.
Hasta pronto, un fuerte abrazo, Paco