Para el compañero Crespín, que siempre está donde hay que estar (sin olvidar nunca su bandera republicana)
Con independencia de todos los valores ético-políticos que pueda tener una huelga en una situación determinada, en ella hay algo valioso en cuanto tal, más allá de las circunstancias concretas que la enmarcan: su carácter de interrupción del curso maquinal de las cosas.
Es un corte potencialmente capaz de romper el desastre hacia el que se encamina el mundo. En el universo del tardocapitalismo, lo maquinal es el principio de muerte, y tenemos que saludar la discontinuidad como una afirmación de vida.
Frente a la dictadura del “tiempo real”, la demora.
Frente a la brutal coacción de lo inmediato, la articulada delicadeza de las mediaciones.
Frente al abaratamiento de la palabra (condicionado por las mejoras técnicas en el campo de las telecomunicaciones), el valor de la reticencia y el silencio.
Frente a la falsa autoridad de la imagen, la dignidad del hueco.
Frente a la tiranía del trabajo muerto, frente a la demagogia de la normalidad, la restallante belleza de la huelga general.
Jorge Riechmann, “La belleza de la huelga general”
Desearía ser un poeta de la sensibilidad, sabiduría y buen oficio creativo del maestro y amigo Jorge Riechmann para dar cuenta poética de otra belleza y profundidad, de otra discontinuidad con “el curso maquinal de las cosas”, de otra afirmación de vida, de buena vida. Lamentablemente no me sale, no sé hacerlo. Uso el medio de siempre.
Desde hace meses, desde hace muchos meses, un nutrido grupo de trabajadores y trabajadoras jubilados se reúnen cada lunes a las diez de la mañana en la Plaza Universidad de Barcelona. Se saludan, se reconocen, se sienten, se abrazan, se dan ánimos, hacen piña, se cuenta sus cosas, se informan y analizan los ¨últimos acontecimientos”, organizan la concentración, pancartas, tarima y altavoces incluidos, exponen públicamente sus inquietudes y las nuevas informaciones, piensan y consensúan sus intervenciones futuras, y siguen ahí de nuevo, una semana más, en pie de resistencia en su larga e ininterrumpida lucha por unas pensiones justas, oponiéndose firmemente a los intentos de privatización, a la pérdida del poder adquisitivo, y combatiendo la discriminación que sufren muchas mujeres trabajadoras por la menor pensión que reciben.
Siempre ahí, haga frío, calor o mal tiempo. Los lunes son sagrados, laico-sagrados por así decir. Les acompaño en algunas ocasiones. No siempre, no tengo su tenacidad, estoy lejos de estar a su altura militante, a la altura de unas circunstancias que nos afectan a todos, a todas.
Pocos visitantes de la ciudad saben de ese encuentro en una de las plazas donde más puede observarse y sentirse la belleza, el compromiso y la esperanza de la ciudad de López Raimundo, Teresa Pàmies y Paco Fernández Buey. Hay excepciones sin embargo. El profesor Martín Alonso por ejemplo. Nos visitó recientemente y no se perdió, por supuesto que no, estar con ellos, a su lado, como uno más, tomando nota (Martín siempre toma notas, de todo, nada humano le es ajeno).
Tras cada uno de estos trabajadores y trabajadoras, ahora jubilados: vidas sin enchufes, con trabajos duros, de explotación durante décadas (algunos empezaron a trabajar a los 14 años o antes), de bajos salarios, de maltrato y menosprecio en ocasiones, de enfermedades laborales, pero también de organización sindical, política, de esperanza, de lucha ininterrumpida, con fuerte represión en muchos momentos (torturas y asesinatos incluidos en tiempos del franquismo).
Pequeñas-grandes vidas, pequeñas-grandes luchas. Alguien tendría que hacer con ellos y sus trabajos, días y esfuerzos algo parecido a lo que ha hecho recientemente Paco Cerdà en su novela de no-ficción 14 de abril: contar esas “pequeñas historias” que, día a día, construyen la Historia.
¿Cuándo llegaron a Barcelona, a Cataluña? ¿Cuáles son sus orígenes? ¿Qué tierras, qué amigos, qué familiares dejaron atrás? ¿Dónde viven, dónde vivieron? ¿Pudieron estudiar? ¿Qué trabajos han realizado? ¿Cómo se han formado? ¿Qué amores han tenido? ¿Dónde han militado? ¿Se desencantaron? ¿De qué materia están hechos sus sueños? ¿Qué esperanzas abrigan? ¿Qué frustraciones han tenido? ¿Se han sentido desesperados alguna vez? ¿Pensaron en un tiempo democrático con más justicia, con más hermandad, con más proximidad con más unión? ¿Cómo se han sentido durante estos años de procesismo y menosprecio? ¿Se sienten ñordos, charnegos? ¿Se sienten representados en las instituciones actuales? ¿Qué les mueve a estar cada lunes ahí, donde hay que estar? ¿Qué esperan conseguir? ¿Buscan mejorar su situación personal o están pensando en términos de solidaridad, fraternidad, apoyo mutuo, de conquistas sociales, en términos del Nosotros, de futuras generaciones, de aportar su granito de arena a una lucha secular?
Siempre que me acerco, siempre que les saludo y escucho, siento su dignidad, su inquebrantable creencia en la lucha colectiva, en el seguir viviendo de pie, organizados, resistiendo, sin acobardarse. Jorge habló del “corte potencialmente capaz de romper el desastre hacia el que se encamina el mundo”. En el universo del tardocapitalismo, añadió, “lo maquinal es el principio de muerte, y tenemos que saludar la discontinuidad como una afirmación de vida”. También estos trabajadores/as jubilados, que han protagonizado una de las manifestaciones sociales más importantes de los últimos meses en Barcelona y que, con total seguridad, han participado y protagonizado muchas huelgas generales, rompen el “desastre hacia el que encamina el mundo”. También ellos son una afirmación de vida, de buena vida. Basta estar a su lado, mirarles, observarles, oír sus intervenciones, absorber su espíritu de lucha y su vivir de pie, en pie de rebeldía, sin resignarse.
Es la belleza de su lucha, de su estar-en-el-mundo; la profundidad de su compromiso poliético. La sal de la tierra. El poeta del “Pequeño vals vienés” lo expresó así: “porque queremos el pan nuestro de cada día,/ flor de aliso y perenne ternura desgranada,/ porque queremos que se cumpla la voluntad de la Tierra/ que da sus frutos para todos.”