El texto que publicamos hoy es la última entrevista importante a Berlinguer que publicó la prensa italiana, en esta ocasión el diario del PCI; medio año más tarde murió, de manera inesperada, sin poder llevar a término la propuesta de la «alternativa democrática» que había llevado al XVI congreso del PCI, en marzo de 1983 y que éste aprobó.
La entrevista tuvo como argumento primero el debate sobre el impacto de la nueva tecnología, del uso masivo del ordenador y los medios de comunicación visual, antes de la expansión de las redes de internet. No obstante, al final de la entrevista Berlinguer entró en la cuestión política más preocupante del momento, la de la nueva escalada de la producción e instalación de misiles con el consiguiente recrudecimiento del peligro de confrontación nuclear. Sus palabras resuenan hoy con toda validez, tanto más cuanto que su propuesta, su esperanza, de una desescalada nuclear hasta la plena prohibición está hoy más lejos de cumplirse que en 1983. Suenan de nuevo las voces de los irresponsables que creen posible una guerra nuclear limitada, una guerra nuclear victoriosa. En la entrevista Berlinguer propone no solo la desescalada, sino «la congelación, la reducción progresiva hasta la prohibición completa de las armas nucleares, de las biológicas, químicas», todo el abanico de las armas de destrucción masiva. El uso de esos términos precisos, desescalada, congelación, prohibición, no debió ser accidental. La cuestión de la congelación había sido propuesta por Andropov, ante el despliegue norteamericano de nuevos misiles, también en Italia donde la Cámara de diputados había probado el 16 de noviembre su instalación en la base estadounidense de Comiso. EEUU rechazó el concepto afirmando que esa congelación favorecería a la URSS. El intercambio entre ambas potencias suscitó un nuevo desencuentro entre la dirección soviética y la del PCI, cuando Berlinguer propuso en el Comité Central del 24 de noviembre un comportamiento recíproco de ambas potencias: que EEUU aplazasen en despliegue de los nuevos misiles y que la URSS llevara a cabo «actos significativos» de desmantelamiento de misiles nucleares. Obviamente, Berlinguer no estaba proponiendo la solución sino un paso adelante, es decir un paso atrás, por ambas partes para poder encarar la solución que no podía –no puede– ser otra que la prohibición generalizada. Pero la propuesta del secretario general del PCI causó malestar en ámbitos soviéticos. Luciano Barca[1] anotó en su dietario el resultado del encuentro en Moscú de una delegación del PCI y los responsables del Departamento Internacional del Comité Central del PCUS, en el transcurso del cual Vladimir Zagladin comunicó a los italianos, fuera de la reunión formal, que su propuesta podría ser útil si se añadían propuestas generales como podría ser la del retorno a la situación de despliegue nuclear anterior a 1976. Los italianos dieron por supuesto que no podía ser una simple opinión personal de Zagladin y que Andropov estaba al tanto de dicho comentario. La delegación italiana informó de todo ello a la dirección del PCI el 15 de diciembre y, sean los que fueren los motivos de Zagladin, parece que se debió aceptar la impresión sobre el pensamiento de Andropov. El hecho fue que, en la entrevista publicada el 18, Berlinguer recuperó el concepto de la «congelación», acompañándolo al de la reducción progresiva. Ni Andropov, fallecido en abril, ni Berlinguer, que lo fue en junio, pudieron ver como esa perspectiva se alejaba; ni como, ni tan siquiera el fin de la URSS, ponía no ya el fin sino al menos el principio del camino hacia la otra solución final: la de la prohibición absoluta y general de las armas nucleares.