Del compañero y miembro de Espai Marx, Carlos Valmaseda.
1. Otro asesinato policial en los EEUU.
2. Video del día: Kerala.
3. Kalewche.
4. Blanco y en botella.
5. Más sobre imperialismo.
6. Ritter sobre Georgia.
7. Pax Sinica
1. Otro asesinato policial en los EEUU
No es ninguna novedad, es una ejecución más de la policía estadounidense de un ciudadano indefenso. La novedad en este caso es que era un activista ecologista luchando por preservar unos bosques en Georgia en los que se quiere construir una «ciudad policial» (Cop city) para poder hacer prácticas -de tiro, imagino-. Le llamaban Tortuguita, era anarco, y le metieron trece tiros mientras estaba sentado y con las manos en alto, según la autopsia. Naturalmente, la policía dice que fue en defensa propia. Parece que murió un agente por «fuego amigo» y había que camuflarlo. No sé si habéis seguido el caso. Se ha publicado bastante sobre el tema, aunque no sé si en España -era de origen panameño-.
https://twitter.com/El_Doomer/
2. Video del día: Kerala.
Marcha de la resistencia de los pueblos, organizada por el CPI(M) en Kerala.
https://twitter.com/cpimspeak/
3. Kalewche.
Ya envió ayer Salvador el mensaje que aparece más abajo, pero creo que vale la pena insistir. Como me recuerda uno de sus editores, además de la discusión sobre la guerra de Ucrania en la que participamos algunos de los que participamos en este foro, también contiene un extenso ensayo de Salvador López Arnal acerca de Manuel Sacristán, una reseña del uruguayo Alexis Capobianco sobre el libro La naturaleza contra el capital, de K. Saito y el ensayo «Racismo albiceleste» de Federico Mare, entre otros artículos.
Este 12 de marzo de 2023, penúltimo domingo estival del hemisferio sur, nuestro regocijo marinero es doble: el semanario digital Kalewche no se adentra solo en el vasto y turbulento océano de Internet. Nuestro barco fantasma de pensamiento crítico y parresía anticapitalista hace hoy su travesía dominical en compañía de la nave pirata Corsario Rojo, nuestra revista trimestral en formato PDF, que estrena esta mañana su segundo número, el correspondiente a la temporada verano austral 2023.
Nuestra profunda gratitud con todas las personas que nos ayudan a sostener, contra viento y marea, estas dos utopías intelectual-político-ayudar es ayudarse.
¡Suban a bordo! La santabárbara está hasta el colmo de pólvora y los cañones claman por la presencia de artilleros. ¡Vamos a barrenar y echar al traste a la Armada «Invencible» del capital!
4. Blanco y en botella.
El pope de la Agencia Internacional de la Energía -dependiente de la OCDE-, Fatih Birol, nos lo deja bien claro: adiós a la competitividad europea por la subida de los costes de energía. «Esto se ha acabado. No hay vuelta atrás», empieza diciendo…: https://twitter.com/
5. Más sobre imperialismo.
Este autor argentino considera que la crisis del imperialismo actual, que tomó la forma de «imperialismo informal» es una crisis del neoliberalismo, y que «unir Occidente» ya no es suficiente para salir de esa crisis. Es más, la agudiza. Más floja me parece su segunda parte, de caracterización de la URSS y, especialmente de Rusia como un régimen semidemocrático que intentaría recuperar su dominio en la relación asimétrica anterior con las otras exrepúblicas de la URSS.
6. Ritter sobre Georgia
Scott Ritter tiene conexiones familiares con Georgia -no el estado americano, el país-. Ante las recientes movilizaciones impulsadas por los EEUU para que abran un «segundo frente» a Rusia, Ritter les recomienda que no lo hagan, que los dejarán tirados, y que así perderán irreversiblemente Abjasia y Osetia del Sur, si no desaparecen como estado… https://www.scottritterextra.
Adiós, Sujumi
Los manifestantes georgianos ponen en peligro, sin saberlo, la supervivencia de su nación.
Scott Ritter
«¡Sokhumi!» Sokhumi!» Sokhumi!»
Los gritos resuenan entre la multitud de jóvenes georgianos congregados en la plaza Rustaveli, frente al edificio del Parlamento en Tiflis, la capital de Georgia. Sujumi (Sokhumi es la pronunciación georgiana) es la capital de Abjasia, el territorio georgiano escindido que se separó tras una guerra de un año que dejó miles de muertos en cada bando y cientos de miles de georgianos sin hogar.
«¡Sokhumi!» «¡Sokhumi!» «¡Sokhumi!»
Esas palabras resonaron en mí más que en la mayoría de los estadounidenses. Mi esposa nació y creció en Sujumi, y yo viajé a Sujumi en el verano de 1991 en un intento exitoso de convencerla de que se casara conmigo.
Los padres de mi mujer se conocieron en Sujumi, se casaron y empezaron una vida juntos, formando una familia mientras enseñaban en la universidad local.
En Sujumi, el padre de mi mujer, Bidzina, junto con otros profesores del Instituto de Agronomía Subtropical de Sujumi, fue reclutado por el ejército georgiano a los 62 años, en una unidad encargada de vigilar un puente estratégico que salía de la ciudad hacia el sur. Él y sus compañeros defendieron el puente contra ataques de artillería que le ensordecieron y bombardeos aéreos que acabaron hiriéndole en la espalda.
A pesar de sus heridas, Bidzina ayudó a sus compañeros a defender el puente hasta el final, manteniéndolo abierto para que la última oleada de refugiados escapara de la ira asesina de los rebeldes abjasios que capturaron la ciudad de manos de los defensores georgianos a finales de septiembre de 1993. Sólo cuando se quedó sin munición, Bidzina se retiró de su puesto, uniéndose a la larga fila de despojos humanos en su largo camino de huida por las montañas, hacia un lugar seguro.
La casa de la familia de mi esposa fue tomada por los victoriosos abjasios, junto con las de cientos de miles de personas que fueron asesinadas o huyeron para salvar sus vidas.
Bidzina rara vez hablaba de su experiencia bélica. Una vez conseguí que me contara lo que había sucedido durante la retirada de Sujumi. Me contó cómo muchas de las mujeres y los niños se habían visto obligados a huir para salvar sus vidas en ropa de dormir, y cómo perecieron en la nieve recién caída que cubría las montañas en las que se habían refugiado.
Bidzina habló de encontrarse con cadáveres de madres congeladas que abrazaban a sus hijos en un intento desesperado de darles calor para salvarles la vida, de llevar en brazos a niños recién huérfanos y de encontrarse con más, demasiados para que los llevara un solo hombre. El dolor en sus ojos cuando dejó sin decir el resto de la frase -que para salvar a algunos tenía que abandonar a otros a su suerte- me persiguió entonces y me persigue hoy en mis recuerdos.
Por algo abrazaba tan fuerte a sus nietas…
«¡Sokhumi!» «¡Sokhumi!» «¡Sokhumi!»
Más que los que coreaban esas palabras, yo conocía el dolor causado por la pérdida de esa ciudad, y de Abjasia en su conjunto. Durante décadas, vi cómo la familia de mi esposa sufría al saber que todo por lo que habían trabajado en la vida había sido abandonado en manos de un enemigo que no tenía intención de permitirles regresar. Bidzina y su esposa, Lamara, murieron a miles de kilómetros de su patria, condenados a ser enterrados bajo el suelo extranjero de un país al que estaban agradecidos por acogerlos, pero que era, y nunca podría ser, su patria.
«¡Sokhumi!» «¡Sokhumi!» «¡Sokhumi!»
Mientras observaba a estos jóvenes georgianos furiosos exigir a su gobierno que actuara para devolver la Georgia «no conquistada» a su control, supe que algo no iba bien en la escena que se desarrollaba ante mí. Había un ingrediente que faltaba en la sopa de emociones que se mostraba, y ese ingrediente era mi país: los Estados Unidos de América.
La manifestación que llevó a estos jóvenes georgianos enfurecidos ante el edificio del parlamento no se originó como una llamada a la acción en relación con la liberación de Sujumi, sino para protestar contra una propuesta de ley que habría exigido que los medios de comunicación y las organizaciones no gubernamentales que recibieran más del 20% de su financiación de fuentes extranjeras se registraran como agentes de influencia extranjera. La ley seguía el modelo de la Ley estadounidense de Registro de Agentes Extranjeros (FARA) de 1938, que obliga a las personas a declarar cuando ejercen presión en Estados Unidos en nombre de gobiernos o entidades políticas extranjeras.
Los detractores de la ley declararon que, de aprobarse, la legislación -que tacharon de prorrusa- podría obstaculizar los objetivos de Georgia de ingresar en la OTAN y la Unión Europea, y señalaron que el proyecto de ley de agentes extranjeros tenía una intención similar a la promulgada en Rusia en 2012, que allanó el camino para que el gobierno ruso cerrara numerosas organizaciones no gubernamentales (ONG) acusadas de apoyar la labor de políticos de la oposición.
En muchos sentidos, los críticos tenían razón: el resultado práctico del proyecto de ley sobre agentes extranjeros habría sido sacar a la luz hasta qué punto la política y la gobernanza georgianas se habían visto invadidas por el dinero y la influencia extranjeros. La amenaza, sin embargo, no procedía de Rusia, sino de Estados Unidos, que utiliza los 40 millones de dólares de ayuda canalizada cada año a través de la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID) para llevar a cabo lo que equivale a un «golpe blando» en Georgia, diseñado para sustituir al gobierno actual por otro que se ajuste a las metas y objetivos estadounidenses, no georgianos, incluido el establecimiento de un «segundo frente» contra Rusia.
Todo esto se hace, según Samantha Power, directora de USID, para construir «un país con libertad de expresión, prensa libre y un camino hacia la integración euroatlántica».
Pero lo que realmente quiere decir es un país que suprime cualquier disidencia como «desinformación», utiliza los medios de comunicación como propaganda patrocinada por el Estado y aparta del poder a cualquier político o partido político que se atreva a impedir la absorción de Georgia en la esfera de influencia de la OTAN liderada por Estados Unidos.
El primer ministro de Georgia, Irakli Garibashvili, no quiere una guerra ampliada con Rusia, especialmente una que arrastre a Georgia al conflicto.
Por ello, Samantha Power y sus secuaces de la USAID creen que el primer ministro de Georgia debe ser destituido y sustituido por un líder antirruso (es decir, favorable a la guerra) cortado por el mismo patrón proestadounidense que la presidenta de Georgia, Salome Zurabishvili, respaldada por Estados Unidos.
Para lograrlo, la USAID financia programas diseñados para fomentar una transformación «de abajo arriba» de la sociedad y la política georgianas, potenciando la «diversidad» a nivel popular, suprimiendo los puntos de vista contrarios en nombre de la creación de una «resistencia social a la desinformación» y haciéndose con el control del proceso electoral para que los movimientos de «diversidad» controlados por Estados Unidos puedan imponerse en las elecciones locales y, por extensión, en las nacionales.
La ley georgiana sobre agentes extranjeros habría puesto al descubierto hasta qué punto estos programas financiados por USAID, y otras actividades conexas financiadas por Estados Unidos y la UE, se habían infiltrado en la sociedad georgiana. Por ese motivo, Estados Unidos movilizó a sus activistas a sueldo para que salieran a la calle, obligando al Primer Ministro georgiano a retirar la ley en aras de la seguridad pública.
El ex juez del Tribunal Supremo Louis Brandeis observó en una ocasión que «se dice que la luz del sol es el mejor de los desinfectantes», lo que implica, por extensión, que la democracia prospera en una atmósfera de total transparencia.
El hecho de que Samantha Power y USAID no quieran que se sepa hasta qué punto sus actividades han corrompido la soberanía georgiana es una prueba fehaciente de hasta qué punto la enfermedad del «poder blando» financiado por Estados Unidos ha infectado a la nación georgiana.
Se podría pensar que el pueblo georgiano ha creado anticuerpos contra la infección estadounidense, tras haber sufrido una corta pero violenta guerra con Rusia en agosto de 2008, provocada por las exhortaciones estadounidenses a enfrentarse militarmente a Rusia como requisito previo para entrar en la OTAN. Este mensaje fue transmitido al ex presidente georgiano Mikhail Saakashvili por la entonces secretaria de Estado estadounidense Condoleezza Rice durante su viaje a Georgia el 9 de julio de 2008. El objetivo declarado de la visita era discutir las perspectivas de ingreso de Georgia en la OTAN, durante la cual la alta diplomática estadounidense declaró públicamente el apoyo de Estados Unidos al mantenimiento de la «integridad territorial» de Georgia.
Haga clic aquí para obtener más información.
Hasta la visita de la Secretaria Rice en julio de 2008, Saakashvili mantenía reuniones periódicas con el Presidente ruso Dmitry Medvedev, en las que discutían las posibilidades de una solución negociada al problema de la devolución de los territorios escindidos de Abjasia y Osetia del Sur al control soberano de Georgia. Inmediatamente después de su reunión con Rice, Saakashvili puso fin a toda comunicación con Medvedev.
El grado en que Condoleezza Rice animó a Saakashvili a provocar un conflicto militar con Rusia es objeto de controversia. El Departamento de Estado estadounidense sostiene que Rice advirtió a Saakashvili de que no tomara medidas precipitadas contra los rusos, mientras que el ex presidente georgiano insiste en que Rice le había dado luz verde para actuar.
En cualquier caso, cuando Saakashvili envió al ejército georgiano a Osetia del Sur en la mañana del 7 de agosto, Estados Unidos no estaba dispuesto a respaldar con la fuerza militar las supuestas exhortaciones de Condoleezza Rice. Mientras algunos participantes en la reunión de emergencia en la Sala de Situaciones de la Casa Blanca que se convocó tras la incursión georgiana, y la respuesta rusa, instaban al ejército estadounidense a llevar a cabo operaciones de apoyo al ejército georgiano, como bombardear los túneles de Roki que conectaban Osetia del Sur con Osetia del Norte, y a través de los cuales los rusos estaban enviando tropas y suministros para apoyar su contraataque, el entonces Consejero de Seguridad Nacional de EEUU, Steve Hadley, silenció la sala formulando la sencilla pregunta: «¿Estamos preparados para entrar en guerra con Rusia por Georgia?».
La respuesta fue un rotundo «No».
Para Georgia fue un trago amargo. Al fin y al cabo, los georgianos habían pagado un precio de sangre por la lealtad estadounidense, sacrificando 35 muertos y 300 heridos mientras apoyaban las guerras de Estados Unidos en Irak y Afganistán tras el 11 de septiembre.
A esto hay que añadir ahora 180 soldados muertos y otros 1.174 heridos en la breve derrota de cinco días de Georgia a manos del ejército ruso, que expulsó rápidamente a los georgianos de Osetia del Sur antes de penetrar en Georgia propiamente dicha, deteniéndose a las afueras de la capital, Tiflis.
Estados Unidos está totalmente dispuesto a dejar que los georgianos mueran por nuestras causas, ya sea en el suelo de tierras lejanas que no suponen ninguna amenaza para Georgia, o en suelo georgiano en pos de la ambición geopolítica estadounidense.
Pero nunca sacrificaremos una sola vida estadounidense en defensa de Georgia.
Como ven, en la mente de funcionarios estadounidenses como Samantha Power y Condoleezza Rice, Georgia sólo existe para cumplir las órdenes de su amo estadounidense.
La juventud georgiana gritando «¡Sokhumi!» «¡Sokhumi!» Sokhumi!» en el aire nocturno de la Plaza Rustaveli de Tiflis trabajan bajo la noción errónea de que existe algún tipo de vínculo fraternal entre ellos y el pueblo estadounidense.
No podrían estar más equivocados.
En la medida en que los estadounidenses saben algo sobre Georgia y la cultura georgiana, este «conocimiento» se limita a una apreciación superficial de la cocina y la danza georgianas que puede resumirse en lo que yo llamo las «cinco K»: Khinkali, Khachapouri, Khvanchkara, Kartuli y Khoroumi.
Los khinkali, o albóndigas georgianas, son un pilar en los restaurantes rusos y/o georgianos, un aperitivo popular hecho de masa retorcida rellena de carne picada (tradicionalmente cordero, pero también ternera y cerdo mezclados), cebollas, guindilla, sal y comino que, como la carne está cruda cuando se coloca en la masa, produce un caldo sabroso al hervirla. Los conocedores del khinkali saben que deben chupar el caldo de la bola de masa, no sea que explote al cortarla, y dejar el grueso nudo retorcido en el plato como prueba de su conquista (porque no se puede comer sólo uno).
El khachapouri es el delicioso pan de queso georgiano que tiene diversas variantes, según el lugar de Georgia donde se elabore. El khachapouri de Adjaria, consistente en una barra de pan gruesa en forma de barca que contiene queso cubierto por un huevo, es muy popular. La familia de mi mujer es más aficionada al khachapouri de Imeruli, en el que se coloca una fina capa de queso entre dos finas capas de masa para producir una corteza parecida a la pizza rellena de un centro de queso mantecoso que estalla de sabor al consumirlo. Existen, como se puede imaginar, diversas variaciones de este tema.
Y qué mejor que una botella de Khvanchkara, un vino tinto semidulce georgiano, para regar una buena comida georgiana de Khinkali y Khachapouri. El vino Khvanchkara, que debe su nombre al pueblo en el que está establecida la bodega, procede de un proceso perfeccionado en la década de 1880 por Dmitri Kipiani, miembro de la nobleza georgiana, que en 1907 presentó su vino, entonces llamado «El Vino Kipiani», en el Festival Europeo del Vino, donde se llevó el Gran Premio de Oro. En 1927, la bodega Kipiani pasó a manos de una nueva dirección (después de todo, era la época soviética, cuando la nobleza estaba abiertamente mal vista, o peor). Rebautizada como «Khvanchkara, Ltd», la nueva bodega continuó la tradición de Kipiani, produciendo un vino idéntico al de su predecesora en todos los sentidos excepto en el nombre.
El vino Kipiani había llamado la atención de un joven seminarista convertido en revolucionario llamado Ioseb Dzhugashvili -más conocido como Joseph Stalin- y cuando resurgió como Khvanchkara, Stalin (que por entonces llevaba tres años al frente de la Unión Soviética) lo adoptó como uno de sus vinos favoritos, sirviéndolo en todas las comidas y actos. Hoy en día, el Khvanchkara se conoce más por la notoriedad del hombre que lo consumió que por su calidad como vino galardonado.
El Ballet Nacional de Georgia (antes Compañía Estatal de Danza de Georgia, creada en 1945 por Iliko Sukhishvili y Nino Ramishvili) es el principal exportador de danzas tradicionales georgianas al resto del mundo. Dos danzas en particular destacan en la mente de la mayoría de los no georgianos que asisten a una representación. La primera es la danza nupcial tradicional georgiana, conocida como Kartuli. La combinación de gracia y caballerosidad que define a las mujeres y los hombres georgianos, respectivamente, se exhibe a lo largo de la representación mientras los intérpretes se deslizan por el escenario, hipnotizando a todos los espectadores.
Pero es el Khoroumi, una danza tradicional nacida de la tradición marcial georgiana, la que más seduce, especialmente su dramática danza de espadas final. Es también en las raíces del Khoroumi donde puede descifrarse la trágica realidad de la nación georgiana.
El khoroumi procede de la historia de Diaokh, una unión tribal del siglo VIII a.C. situada en el noreste de Anatolia, y de Cólquida, más conocida en la mitología griega por ser el destino de Jasón y los argonautas, y hogar de Medea y el Vellocino de Oro. La antigua Diaokh fue derrotada por los precursores de la actual Armenia, los urartios, mientras que Colchis sucumbió a las sucesivas invasiones de persas, armenios y romanos.
La realidad es que la historia no brindó a los antiguos georgianos muchas oportunidades de bailar la victoriosa danza de la espada que se ha convertido en el momento definitorio del Jorumí.
Es interesante señalar que la versión del Jorumí popularizada por el Ballet Nacional de Georgia es una amalgama de variaciones populares en Adjaria, entre los laz y en Guria.
Adjaria es una región predominantemente musulmana de Georgia, fronteriza con Turquía, donde se encuentra Batumi, la principal ciudad portuaria de Georgia en la costa del Mar Negro. Antiguo territorio otomano, Adjaria fue tomada por los rusos tras la guerra de 1876-1878 con Turquía, reconquistada por los otomanos en 1918 (y más tarde por los turcos en 1921), antes de incorporarse finalmente a lo que se convirtió en la República Socialista Soviética de Georgia en virtud del Tratado de Kars, cuyo artículo 6 establece que Turquía es garante de la autonomía de Adjaria (algo que los nacionalistas georgianos actuales deberían tener en cuenta).
Los laz se remontan a la época de Cólquida y son pueblos georgianos que se asentaron en la región de Trabzon, en la Turquía actual. Los bizantinos les concedieron un mínimo de autonomía, pero con el tiempo fueron absorbidos por una sucesión de principados y reinos georgianos, durante los cuales imprimieron su identidad cultural georgiana, antes de ser ocupados por el Imperio Otomano en el siglo XVII. Durante los 200 años siguientes, los laz resistieron el dominio otomano, luchando por conservar su herencia georgiana, antes de ser finalmente aplastados a mediados del siglo XIX. Hoy residen principalmente en Turquía, y tanto su lengua como su identidad cultural corren peligro de extinción.
Al norte de Adjaria se encuentra la región georgiana de Guria, que a lo largo de los siglos ha sufrido muchas tribulaciones. En el siglo XVII, los príncipes de Guria se vieron obligados a pagar un tributo anual de 56 niñas y niños a sus amos otomanos. Durante la guerra de 1876-1878 entre Rusia y los otomanos, Guria sirvió de línea de frente y fue arrasada. Guria era considerada la región étnicamente más homogénea de toda Georgia, lo que dio lugar a un fuerte sentimiento de identidad nacional que resultó ser su perdición.
El campesinado de Guria se rebeló contra la nobleza rusa en 1902, y de nuevo en 1905, antes de ser masacrado por los cosacos enviados por el Zar para doblegarlos. De 1918 a 1921, Guria volvió a desempeñar un papel destacado en la creación de la efímera República Democrática de Georgia, antes de ser aplastada por el Ejército Rojo y transformada en la República Socialista Soviética de Georgia.
Los gurianos son vecinos al norte de otros dos pueblos georgianos: los svanos y los mingrelianos. Los svanos se asentaron en la región montañosa del norte de Georgia, mientras que los mingrelianos ocuparon los valles y llanuras del norte de Guria. Al igual que Guria, tanto Svanetti como Mingrelia se consideran focos del nacionalismo georgiano. Fueron los svanos quienes, en el verano de 1989, salieron de su reducto montañoso de Zemo Svaneti, descamisados, para marchar hacia Sujumi y acabar con los disturbios de la minoría abjasia.
Y es a un erudito mingreliano, Zviad Gamsakhurdia, a quien muchos consideran el padre del nacionalismo georgiano y que fue el primer presidente de Georgia tras la independencia de la Unión Soviética en 1991. Fue bajo el liderazgo de Gamsakhurdia cuando Georgia trató de suprimir violentamente la independencia de Osetia del Sur para preservar la soberanía y la integridad territorial georgianas tras el colapso de la autoridad soviética, preparando el escenario para la corta y trágica guerra de Georgia con Rusia en 2008.
Hoy las multitudes de jóvenes georgianos se reúnen en Tiflis al grito de «¡Sokhumi! Sokhumi!» «¡Sokhumi!» para incitar al gobierno georgiano a reconquistar Abjasia por la fuerza de las armas, cumpliendo así el objetivo más amplio impulsado por la OTAN de abrir un segundo frente con Rusia. Sin embargo, para que no se vuelvan demasiado nostálgicos con la percepción del poderío militar nacionalista georgiano, la historia nos recuerda crudamente que no todo es lo que parece.
En septiembre de 1993, cuando el destino de Sujumi pendía de un hilo, fueron las milicias mingrelianas bajo el control de Loti Kobalia, un leal a Gamsajurdia, quienes bloquearon el tren que transportaba refuerzos georgianos a Abjasia, desarmándolas y condenando a la guarnición de Sujumi -y a la población civil que protegían- a la derrota.
Y en octubre de 1993, tras la caída de Sujumi, decenas de miles de refugiados georgianos que huían para salvar sus vidas tuvieron que atravesar las montañas de Zemo Svaneti, donde bandas armadas de sus antiguos aliados esvanos establecieron controles de carretera, despojando a los desesperados georgianos de las posesiones que habían conseguido traer consigo, antes de enviarlos a un viaje por el desfiladero nevado de Kodori, donde decenas de mujeres, niños y ancianos perecieron expuestos y de hambre.
Refugiados georgianos de Sujumi cruzan las montañas huyendo de las fuerzas abjasias, octubre de 1993.
Sujumi, la capital de Abjasia donde nació y creció mi esposa, ya no está bajo control georgiano. Sí, fueron las milicias abjasias, respaldadas por Rusia, los chechenos, los armenios y otros pueblos del norte del Cáucaso quienes llevaron a cabo los ataques que provocaron la matanza de miles de civiles georgianos y la limpieza étnica de otros más de 200.000, entre ellos mi esposa, su hermano y sus padres.
Sí, fueron las políticas de ideólogos soviéticos como Mijaíl Andréievich Suslov las que ayudaron a fomentar y alimentar la imaginación separatista de los abjasios y otros pueblos del norte del Cáucaso como contrapeso al naciente nacionalismo georgiano.
Pero los orígenes del conflicto abjasio de 1992-93 se remontan también a los excesos nacionalistas de los georgianos. Fueron las bandas criminales de los paramilitares Mkhedrioni («Jinetes») de Jaba Ioseliani, que Eduard Shevardnadze desató sobre Sujumi en agosto de 1992, las que transformaron lo que había sido una disputa política entre Georgia y su minoría abjasia en una Guerra Civil que Georgia acabó perdiendo.
Parece que los georgianos que traicionan a los georgianos es un tema que le costó a Georgia sus territorios abjasios, incluida la ciudad de Sujumi, en 1993, y que hoy parece empeñada en preparar a Georgia para que, como un lemming, provoque a Rusia a una guerra que Georgia no puede ganar y que, de producirse, no sobrevivirá como Estado nación moderno y viable.
Sí, valientes hijos e hijas de Georgia, cantad vuestras consignas, comed vuestro Khinkali y Khachapouri, bebed vuestro Kvanchkara y ved a vuestras mujeres bailar el Kartuli, antes de deleitaros con el drama masculino del Khoroumi.
Pero tenga en cuenta que el Khoroumi es la danza de un pueblo derrotado cuyas ambiciones de gloria fueron, siempre e inevitablemente, aplastadas por el poder de vecinos más grandes.
Rusia es un vecino mayor.
Los jóvenes de Georgia harían bien en considerar lo siguiente: pocos estadounidenses, si es que hay alguno, pueden apreciar el papel de Khinkali y Khachapouri en la vida georgiana, o la historia de la elaboración del vino georgiano que se encapsula en Kvanchkara, las complejidades sociales de Kartuli, y la dolorosa historia detrás de Khoroumi.
Para la mayoría de los estadounidenses, se trata sólo de comida, vino y algún baile divertido.
Esta es la realidad de la sociedad en la que los georgianos estáis apostando vuestro futuro: a Estados Unidos no le importáis.
Ni siquiera les caéis bien. Apenas toleramos su comida y su vino, y vemos su cultura como una mera curiosidad.
La historia demuestra claramente que no vamos a morir por vosotros.
Existís sólo para servir a nuestros grandes objetivos geopolíticos.
No sois más que parte del «cinturón de inestabilidad» que Estados Unidos está instalando a lo largo de la periferia de Rusia.
Reflexiona sobre ello por un momento: el propósito estadounidense de Georgia es generar inestabilidad regional. ¿Quién paga el precio?
Estados Unidos no.
Georgia.
Georgia no es más que una versión reducida de Ucrania, otro engranaje del «cinturón de inestabilidad» estadounidense.
Reflexionen sobre ello mientras actúan sobre el objetivo impulsado por Estados Unidos de abrir un segundo frente contra Rusia.
Reflexionen sobre el destino de Ucrania.
Reflexionen sobre los cientos de miles de ucranianos muertos.
Reflexionen sobre las decenas de millones de ucranianos desplazados y sin hogar.
Reflexionen sobre los daños de más de un billón de dólares causados a las infraestructuras de Ucrania.
Reflexionen sobre el territorio ucraniano perdido de forma permanente.
Reflexionen sobre el hecho de que Ucrania, como ocurrió antes con Afganistán (y antes con Vietnam del Sur), acabará siendo abandonada a su suerte por sus buenos «amigos», los estadounidenses.
Y entiendan que lo que Rusia ha hecho a Ucrania en un año puede conseguirlo contra Georgia en menos de un mes.
Georgia perderá Abjasia y Osetia del Sur para siempre. Rusia puede muy bien tomar Poti por las buenas, junto con Gori y Kutaisi. ¿Y por qué no? Si Georgia quiere convertirse en una amenaza militar permanente para Rusia, entonces Rusia está obligada a eliminar permanentemente esa amenaza.
Una vez que Georgia comience a ser desmembrada, Turquía podría tomar Adjaria. No se trata de una mera especulación: el presidente turco Recep Erdogan ha estado haciendo declaraciones sobre la reivindicación histórica de Turquía sobre Batumi en virtud de los términos del «Contrato Nacional» de Attaturk, o Misak-i Milli, de 1920, que establecía los términos de la fundación de la moderna República Turca post-otomana.
Una vez que Georgia comience a dividirse, no habrá nada que Estados Unidos, la Unión Europea o la OTAN puedan o quieran hacer al respecto.
Georgia dejará de existir como Estado nación moderno viable.
Garantizado.
¿Por qué? Una vez más, recuerdo al pueblo de Georgia que no le caéis bien a Estados Unidos.
No somos vuestros amigos.
Os estamos utilizando.
Y cuando hayamos terminado de utilizaros, os abandonaremos.
Dejaré que cada georgiano que lea esto reflexione sobre lo siguiente:
Las mujeres rusas pueden amasar la masa utilizada para hacer Khinkali con la misma paciente habilidad que las mujeres de Georgia, porque tienen amigas y parientes georgianas con las que crecieron haciendo precisamente eso como un acto de unión social.
Las mujeres rusas pueden apreciar las complejidades asociadas a la elaboración de los diferentes estilos de Khachapouri, porque han pasado vacaciones en Georgia y conocen los agradables caprichos culinarios de sus diferentes regiones.
Los hombres rusos pueden desechar las tapas de Khinkali con abandono, devorando rebanadas de Khachapouri, porque comer comida georgiana es algo natural para ellos: lo han hecho toda su vida. La cocina georgiana no les es ajena, es su cocina, porque en todas las ciudades rusas importantes hay al menos un restaurante georgiano. Y pueden hacerlo mientras acompañan cada sabroso bocado con un sorbo de Kvanchkara, al tiempo que discuten el legado de Stalin con un nivel de detalle y pasión que sólo se consigue al haber crecido a la sombra de un legado compartido.
Georgianos y rusos sangraron juntos en la Gran Guerra Patria.
Georgianos y rusos sufrieron juntos en el Gulag.
Georgianos y rusos estudiaron juntos en las mismas universidades.
Georgianos y rusos se han casado y han formado familias juntos.
Los rusos veían las representaciones de Kartuli y Khoroumi igual que los georgianos veían El lago de los cisnes y La suite del Cascanueces, con una apreciación mutua de la importancia y relevancia cultural e histórica de cada paso, cada gesto, cada movimiento, porque era su cultura compartida.
En 1829, un poeta ruso, Alexander Sergeyevich Pushkin, escribió «Sobre las colinas de Georgia», tras el rechazo de una propuesta de matrimonio. Se alistó en el ejército ruso y fue enviado a servir a Georgia, donde, en las estribaciones de las montañas del Cáucaso meridional, a orillas del río Aragvi, escribió este verso clásico sobre el amor insatisfecho.
La oscuridad cae sobre las colinas de Georgia,
oigo el rugido del Aragva.
Soy triste y ligero, mi pena – transparente,
Mi pena está impregnada de ti,
Contigo, sólo contigo… Mi melancolía
Permanece intacta e imperturbable,
Y una vez más mi corazón se enciende y ama
Porque no puede hacer otra cosa.
Pushkin conocía y comprendía Georgia. Había leído a Shota Rustaveli, y a partir de esa base pudo escribir un poema sobre el amor impenitente, ambientado en la belleza de Georgia y narrado por un hombre al que muchos han llegado a reconocer como representante del alma misma de Rusia.
Las palabras de Pushkin sirvieron de inspiración a otros escritores rusos, como Mijaíl Yúrievich Lermontov, otro oficial ruso que pasó una temporada en Georgia, y que llegó a ser conocido como «el poeta del Cáucaso».
Lo que quiero decir es simplemente esto: los rusos conocen Georgia. Los rusos entienden Georgia. Los rusos aman Georgia.
El hecho es que, a pesar de todas las dificultades entre Rusia y Georgia, Rusia es, y siempre será, mejor amigo de Georgia que Estados Unidos.
«¡Sokhumi!» «¡Sokhumi!» «¡Sokhumi!»
El pueblo de Georgia se ha dejado seducir por la ilusión de la amistad estadounidense y ha creído que el camino a Sujumi pasa por Washington DC y Bruselas, cuando todo lo que tenía que hacer era mantener abierto el camino a Moscú y Sujumi podría volver a ser suya.
Veo con tristeza cómo los jóvenes equivocados de Georgia corean el nombre de una ciudad que nunca han conocido y que, debido a sus acciones equivocadas, nunca conocerán. Y mientras escucho sus insensatas palabras, comprendo que, a menos que Georgia cambie de rumbo, mi familia y yo, junto con toda Georgia, debemos despedirnos de la ciudad que conocemos y amamos, porque si Georgia abre un segundo frente contra Rusia, Sujumi estará perdida para siempre.
7. Pax Sinica
Artículo en el periódico hongkonés Asia Times sobre la participación de China en el acuerdo Irán-Arabia Saudí y lo que eso puede suponer en la geopolítica de la región -incluida Turquía-. Según el analista, hasta Israel estaría interesado en una pacificación de la región, cosa de la que dudo muy profundamente.
https://asiatimes.com/2023/03/
El poder blando de China da forma a una Pax Sinica en Oriente Próximo
Pekín negocia un sorprendente acuerdo diplomático entre Arabia Saudí e Irán respaldado por infraestructuras comerciales y tecnológicas
por Spengler 12 de marzo de 2023
El anuncio del 10 de marzo de que Arabia Saudí e Irán restablecerían relaciones diplomáticas con la mediación de China provocó el asombro de los comentaristas occidentales.
Desde el punto de vista estadounidense, la presencia china en Oriente Medio es mínima. Pero la huella china en el comercio y, sobre todo, en la tecnología ha crecido enormemente en Asia Occidental, lo que ha permitido a Pekín convertir su acumulación gradual de poder blando en un golpe diplomático sin precedentes.
Arabia Saudí es el evidente ganador del acuerdo. Tras décadas de guerra por poderes entre el Irán chií y el reino suní, el cese de hostilidades implica que Irán y sus apoderados se retirarán. El portavoz del Consejo de Seguridad Nacional estadounidense, John Kirby, declaró el 10 de marzo que «cualquier esfuerzo por rebajar las tensiones en la región… redunda en nuestro interés», y añadió que Estados Unidos acogía con satisfacción el acuerdo.
Pero el éxito de China en el Golfo Pérsico apunta a un fracaso de los intentos estadounidenses de contener el liderazgo mundial de China en tecnología de telecomunicaciones e inteligencia artificial (IA). La capacidad de China para transformar tecnológicamente las economías regionales es un factor clave en sus esfuerzos diplomáticos.
El interés inmediato de China en la estabilidad regional se deriva de su dependencia del petróleo de Oriente Medio. Lo último que quiere Pekín es un conflicto regional que pueda interrumpir el suministro energético. Pero los planes de China para la región incluyen su potencial industrial en una expansión de las infraestructuras euroasiáticas dirigida por China.
Aunque a los analistas occidentales les pilló por sorpresa, la diplomacia china preparó la declaración conjunta saudí-iraní, que elogiaba «la noble iniciativa de Su Excelencia el Presidente Xi Jinping», durante los últimos meses y a plena luz del día. Turquía, que ha mejorado sus relaciones tanto con los Estados del Golfo como con Israel durante el último año, ocupa un lugar central en el plan de China.
La creciente influencia de China queda patente en los datos comerciales, que muestran que sus exportaciones a países clave de la región se han duplicado aproximadamente en los últimos tres años.
Algunos observadores israelíes expresaron un cauto optimismo sobre el acuerdo Irán-Saudí. Seth Frantzman escribió el 11 de marzo en el Jerusalem Post: «Turquía está haciendo lo mismo que Arabia Saudí. Ankara se ha reconciliado con países con los que en el pasado se mostró hostil, como Israel y el Golfo. Esto significa que, en general, Oriente Próximo es ahora un escenario de diplomacia, y no de conflicto. Los Acuerdos de Abraham, el Foro del Néguev, el I2U2 (India, Israel EAU, EEUU) y otras agrupaciones lo han dejado claro».
El pasado diciembre, China emitió una declaración conjunta con Arabia Saudí y otros miembros del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG) en la que tachaba a Irán de apoyar a organizaciones terroristas regionales («Pax Sinica of sorts taking shape in Middle East», Asia Times, 15 de diciembre de 2022), y advertía sobre las ambiciones nucleares de Irán.
La declaración subrayaba la necesidad de «abordar el expediente nuclear iraní y las actividades regionales desestabilizadoras, hacer frente al apoyo a grupos terroristas y sectarios y a organizaciones armadas ilegales, impedir la proliferación de misiles balísticos y aviones no tripulados, garantizar la seguridad de la navegación internacional y de las instalaciones petrolíferas, y adherirse a las resoluciones de la ONU y a la legitimidad internacional», según un resumen publicado por MEMRI.
Era la primera vez que Pekín tomaba partido en el conflicto que enfrenta desde hace un cuarto de siglo a Arabia Saudí e Irán, que respaldan a los rebeldes Houthi contra un régimen apoyado por Arabia Saudí. Los proxies iraníes lanzaron un exitoso ataque con drones contra instalaciones petroleras saudíes en septiembre de 2019, y contra una refinería de Aramco en Riad en marzo de 2022.
No está claro qué incentivos dio China a Irán para firmar el acuerdo con los saudíes, pero parece que le hizo una oferta que no podía rechazar. Irán depende abrumadoramente de China para sus productos manufacturados, incluidas las armas y especialmente la tecnología de misiles. La influencia de Pekín sobre Teherán es, por tanto, enorme. Aunque China se opone formalmente a las sanciones occidentales contra Irán, el régimen de sanciones otorga a China casi el monopolio de las principales importaciones iraníes.
El reciente cambio de Turquía, que ha pasado de ser el enfermo de la economía regional a la estrella, también ha influido en los cálculos del régimen iraní. Las exportaciones chinas a Turquía se han triplicado desde 2019, y la financiación del comercio chino ayudó al gobierno de Recap Tayyip Erdogan a salir renqueante de una crisis monetaria que dejó al país al borde de la hiperinflación hace apenas un año.
Con el ejército más grande de la región, Turquía presenta un contrapeso a las ambiciones regionales de Irán, y sus relaciones recientemente restauradas con Israel y los Estados del Golfo indican que puede convertirse en una fuerza estabilizadora («How Erdogan Got Back in the Money», Asia Times, 20 de febrero de 2023).
China sólo tiene una base militar en Oriente Medio -de hecho, sólo una en el mundo-, con menos de 2.000 efectivos y sólo 200 soldados de combate en Yibuti.
Estados Unidos, por el contrario, tiene 7.000 efectivos en el cuartel general de la V Flota en Bahréin, 10.000 en la base aérea de Al Udeid en Qatar, 3.800 en la base aérea de Al Dhafra en Emiratos Árabes Unidos, 2.500 en la base aérea de Incirlik en Turquía, así como otros 4.000 efectivos en Yibuti, entre otras instalaciones.
Lo que China tiene, y Estados Unidos no, es un plan para transformar las economías de la región con infraestructuras digitales, puertos, ferrocarriles, energía solar guiada por inteligencia artificial, así como los medios para rescatar economías en crisis.
Cuando Xi Jinping visitó Arabia Saudí en diciembre de 2022, Reuters informó: «Se acordó un memorando con la china Huawei Technologies, sobre computación en la nube y construcción de complejos de alta tecnología en ciudades saudíes, a pesar del malestar de EEUU con los aliados del Golfo por un posible riesgo para la seguridad en el uso de la tecnología de la firma china». Huawei ha participado en la construcción de redes 5G en la mayoría de los Estados del Golfo a pesar de las preocupaciones de Estados Unidos.»
Anteriormente, en 2022, los EAU rompieron las negociaciones para comprar el caza furtivo estadounidense F-35 después de que Washington exigiera que excluyeran los sistemas de banda ancha móvil 5G que planean comprar a Huawei. Los analistas estadounidenses afirmaron que la red 5G civil de Huawei podría recopilar información de inteligencia sobre los aviones estadounidenses. Los EAU mantuvieron su acuerdo con Huawei y compraron en su lugar 80 cazas Rafale franceses.
El Proyecto Mar Rojo de Huawei, firmado en 2019, está construyendo una red de energía solar habilitada para IA que proporcionará energía a una ciudad de un millón de personas.
La firma china dominó el Congreso Mundial de Móviles de Barcelona la semana pasada. Altos funcionarios estadounidenses se desplegaron en la conferencia para advertir que Huawei podría ayudar a los espías chinos a recopilar información a través de sus redes 5G.
En una conferencia de prensa el 1 de marzo, el jefe cibernético del Departamento de Estado, Robert Strayer, dijo: «Estados Unidos está pidiendo a otros gobiernos y al sector privado que consideren la amenaza planteada por Huawei y otras empresas chinas de tecnología de la información», afirmando que la compañía era «engañosa y tramposa.»
Mientras tanto, en la Sala de Exposiciones Uno, representantes de Turkcell, el mayor proveedor de telefonía móvil de Turquía, instalaron un stand dentro del amplio pabellón de Huawei para anunciar su colaboración con la empresa china, que proporciona la mayor parte de la infraestructura de banda ancha de Turquía.
Los responsables de Huawei afirmaron que las restricciones estadounidenses a los chips informáticos más avanzados, con transistores de 7 nanómetros o menos, no afectarían a su negocio global de infraestructuras, que funciona con tecnologías maduras que China puede fabricar en su propio país.
Traducción realizada con la versión gratuita del traductor www.DeepL.com/Translator